Atada al destino Capítulo 7 La víspera del vuelo
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Capítulo 7 La víspera del vuelo

El domingo por la noche, veinticuatro horas antes de mi partida definitiva, dejé una pequeña maleta lista debajo de mi cama, camuflada meticulosamente con un par de mantas gruesas para que el servicio de limpieza no la notara.

Mis documentos escolares reales y mi nueva identidad falsa estaban a salvo en el bolsillo interior de mi abrigo más abrigado.

Cenamos juntos por última vez en el gran comedor.

Mi madre no paraba de hablar con Adeline sobre los preparativos para la fiesta de nuestros dieciocho años que se celebraría en dos semanas, la misma gala donde planeaban anunciar con bombos y platillos nuestros respectivos compromisos corporativos.

Yo solo miraba mi plato, asintiendo mecánicamente ante sus comentarios y fingiendo sumisión, sabiendo perfectamente que para ese día yo ya estaría al otro lado del océano, oculta en un huso horario completamente diferente.

Cuando todos se durmieron y la mansión quedó sumergida en un silencio sepulcral, caminé descalza hacia la ventana de mi habitación. Miré el jardín iluminado por los reflectores de seguridad y exhalé despacio. Mañana sería el gran día. Dejaría de ser la sombra invisible de Adeline.

A la mañana siguiente, me levanté antes de que el primer rayo de sol tocara el horizonte.

Tomé mi maleta, me aseguré de no dejar ningún rastro de mi huida en la habitación y salí de la propiedad en absoluto silencio, esquivando los puntos ciegos de las cámaras que ya me sabía de memoria.

Caminé tres calles antes de tomar un taxi directo al aeropuerto internacional.

Al llegar a la terminal, el bullicio de los viajeros y el anuncio de los vuelos internacionales me envolvieron.

Caminé hacia el mostrador de la aerolínea con el corazón latiéndome con fuerza en las orejas, sintiendo que en cualquier momento la seguridad de mi padre me detendría.

Entregué mi nuevo pasaporte falso. La empleada del mostrador lo revisó con rutina, tecleó en su computadora, me sonrió con amabilidad y me devolvió el documento junto con el pase de abordar.

—Buen viaje a Nueva Zelanda, señorita Alexia —dijo.

Escuchar mi nuevo nombre de labios de una desconocida me dio una descarga de pura adrenalina.

Caminé hacia el control de seguridad sintiendo un alivio indescriptible que me aflojó los músculos del cuerpo.

Estaba a punto de lograrlo. Pero justo antes de cruzar la línea de escaneo de equipajes, el teléfono celular que llevaba en el bolsillo vibró con insistencia.

Fruncí el ceño y lo saqué. Era un mensaje de texto de un número desconocido. Al abrirlo, se me cortó la respiración por completo y el mundo pareció detenerse a mi alrededor:

"Buen viaje, Alina. Lincoln es hermoso en esta época del año. Nos vemos pronto."

Me giré bruscamente, con los ojos abiertos de par en par por el pánico absoluto.

Escaneé la multitud del aeropuerto internacional, buscando desesperadamente entre los cientos de rostros de la terminal de Nueva York unos intensos ojos color plomo.

Nadie sabía mi destino. Nadie conocía el nombre de Lincoln. ¿Cómo carajos me había encontrado?

* * *