Capítulo 6 Fantasmas de oro y cristal
Mientras yo construía en secreto los cimientos de mi libertad, en el ala principal de la mansión el tiempo parecía correr en una dirección completamente distinta, ajena a mi inminente desaparición.
Una tarde, tras regresar de la biblioteca con los últimos certificados escolares, me quedé oculta detrás de las pesadas cortinas de terciopelo del salón principal.
Las voces que se desarrollaban en el comedor me obligaron a guardar silencio.
Adeline estaba radiante, sentada en la mesa central rodeada de revistas de novias importadas y catálogos de alta costura parisina. Tenía toda su vida fríamente planificada, y la idea de su matrimonio arreglado no parecía causarle el menor reparo.
—Mientras el flujo de dinero sea constante, no me interesa en absoluto lo que él haga con su tiempo libre —decía mi hermana con total ligereza, limándose las uñas con parsimonia—.
Si mi futuro marido decide engañarme con alguna modelo, que lo haga.
Yo también tendré mis propios asuntos por separado y una tarjeta de crédito sin límite para compensarlo.
Lo verdaderamente importante aquí es el estatus y el apellido que voy a portar.
A unos metros de ella, mis padres asentían con una sonrisa de orgullo aristocrático mientras revisaban unos balances financieros sobre la mesa de caoba. Sus miradas reflejaban una ambición desmedida, la misma que los había llevado a la cima del mundo corporativo a costa de lo que fuera.
—Con estas dos uniones estratégicas, las ganancias de nuestra corporación aumentarán un cien por ciento antes del cierre del año fiscal —aseguró mi padre, golpeando el documento con el puño en un gesto de victoria—.
El consorcio de marketing y el capital del inversionista de Nueva York nos convertirán en un imperio imbatible.
Nadie en el sector privado podrá competir contra nosotros.
Escuchar aquello desde la oscuridad de mi escondite me revolvió el estómago. Sentí una profunda y dolorosa punzada en el centro del pecho, un peso helado que me dificultó la respiración.
"¿De verdad pertenezco a esta familia?", me pregunté en un susurro mental, sintiéndome más extranjera y huérfana que nunca en mi propia casa. ¿Por qué era tan drásticamente diferente a ellos? ¿Había algo malo en mi naturaleza por no desear los lujos artificiales que a Adeline le quitaban el sueño?
No, no había absolutamente nada malo en mí.
El error de ellos era creer que el valor de una vida y la paz del alma se podían comprar con un contrato de bodas y un fajo de acciones.
Mis padres y mi hermana adoraban al dios del dinero; yo, en cambio, solo quería una oportunidad para respirar aire limpio y ser dueña de mis propios pasos.
La decisión estaba tomada. Ellos se quedarían con sus millones y sus contratos vacíos; yo me quedaría con mi libertad
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