Atada al destino Capítulo 5 Las piezas en su lugar
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Capítulo 5 Las piezas en su lugar

—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, sintiendo que el aire de la habitación se volvía de repente muy denso.

—Tú misma me lo dijiste en tu visita anterior —respondió él, alzando una ceja con una calma exasperante—. "Diez años mayor", ¿no lo recuerdas? Solo saqué la cuenta matemática de tu edad actual.

Me quedé descolocada por un segundo. Era verdad.

El pánico del escape y los nervios me estaban jugando una mala pasada, haciéndome caer en una paranoia absurda.

Tratando de recuperar la compostura para no lucir débil ante un hombre tan imponente, guardé los documentos dentro de mi bolso y lo miré con toda la firmeza que pude reunir en el rostro.

—Bueno, sí... Tienes razón —sentencié, dándome la vuelta hacia la salida—. Pero no te molestes en adivinar a dónde me voy, porque no pienso decírtelo.

—Ojalá tengas un buen viaje y que ese "viejo" no te encuentre —escuché su voz grave a mis espaldas, cargada de una ironía que me erizó la piel—. Aunque ten cuidado, señorita... Un viejo sabe más por viejo que por diablo.

Me quedé congelada un instante ante el umbral de la puerta.

Había algo en su tono, una especie de advertencia oculta y madura, que me dio un escalofrío eléctrico.

Sin embargo, sacudí la cabeza con fuerza para alejar los fantasmas y apresuré el paso por el pasillo.

No le di más importancia de la cuenta; al fin y al cabo, estaba convencida de que nunca más en mi vida volvería a cruzarme con este sujeto del bajo mundo.

Mi destino ya estaba sellado: la pequeña localidad de Lincoln, en Nueva Zelanda. Es un lugar pacífico, famoso por su campus universitario y rodeado de naturaleza; el refugio perfecto donde nadie con sentido común buscaría a la heredera fugitiva de unos magnates urbanos americanos.

Al día siguiente, aproveché las computadoras de la biblioteca de la escuela, donde nadie podía rastrear mis búsquedas privadas, para gestionar el alojamiento.

Tras descartar residencias estudiantiles masivas y hoteles ruidosos que exigirían tarjetas de crédito a mi nombre real, encontré la publicación ideal en un foro local neozelandés: una casita pequeña, acogedora, amoblada y con jardín independiente para mí sola.

Me comuniqué de inmediato con el propietario a través de un correo electrónico encriptado bajo mi nueva identidad como Alexia.

Tras explicarle que era una estudiante internacional que pagaría los primeros meses por adelantado mediante transferencia desde una cuenta digital, dejamos todo formalmente pactado.

Ya no había marcha atrás. Tenía el pasaporte falso en mis manos, el pasaje de avión internacional comprado en efectivo en una agencia del centro, mis ahorros seguros en la cuenta secreta, el hospedaje reservado y la documentación escolar lista para ser retirada.

El próximo lunes comenzaría mi verdadera vida al otro lado del planeta.

* * *