Atada al destino Capítulo 4 Tres días después
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Capítulo 4 Tres días después

El tiempo pasó volando, diluido entre exámenes adelantados que rendía a primera hora del día y retiros silenciosos de efectivo en cajeros automáticos alejados de mi ruta habitual.

Al tercer día, con el corazón golpeándome la garganta con fuerza, me escabullí nuevamente hacia la zona portuaria para dirigirme al despacho del misterioso hombre que sostenía mi futuro en sus manos.

Cuando empujé la puerta de madera, él ya estaba allí.

Permanecía sentado en la misma posición que la primera vez, imponente y sereno, como si el tiempo exterior no lo afectara.

Vestía un traje de sastre oscuro de corte impecable que remarcaba sus hombros anchos y exudaba un poder sofisticado, demasiado elegante para un rincón clandestino.

Sobre la mesa de roble descansaba un sobre de manila cerrado.

—Puntual —dijo con esa voz grave, un sonido profundo que me causó un escalofrío inevitable por la espalda—. Aquí tienes tu boleto hacia una nueva vida, señorita.

Di un paso al frente y tomé el sobre con los dedos temblorosos.

Al girarlo y abrirlo, saqué los documentos texturizados.

Mi fotografía estaba impresa a la perfección, pero el nombre que figuraba abajo era completamente diferente: Alexia.

Al tocar el papel oficial y revisar el pasaporte falso, sentí por primera vez en dieciocho años que mis pulmones se llenaban de aire real.

Aliviada, levanté la mirada para agradecerle, pero él se inclinó hacia adelante, fijando sus ojos de tormenta en los míos con una intensidad peligrosa.

—Todo en esta vida tiene un precio, y no me refiero únicamente al dinero que ya transferiste a la cuenta de mi socio —murmuró, con una sonrisa enigmática que me heló la sangre—.

Te vas a ir muy lejos, Alina. Pero el mundo de los negocios es más pequeño de lo que imaginas, y los "viejos" de veintiocho años a veces tienen muy buen oído.

Un frío helado me recorrió la columna vertebral al escuchar la cifra exacta de la edad de mi prometido corporativo.

Me quedé inmóvil, con el pasaporte apretado contra el pecho, sintiendo que el aire de la habitación se volvía espeso y asfixiante.

¿Cómo carajos sabía ese número si yo solo le había dicho que era diez años mayor que yo?

La sospecha de que este hombre ocultaba un secreto monumental se instaló en mi pecho como una alarma silenciosa.

* * *