Capítulo 3 El mapa de la libertad
Llegué a la mansión a altas horas de la noche, cobijada por la oscuridad de la llovizna y con una tranquilidad que no había sentido en años.
El rompecabezas de mi escape por fin estaba encajando.
Solo tenía que esperar tres días para recibir mi nueva identidad de manos de aquel misterioso hombre de mirada gris.
Como aún faltaban dos semanas completas para mi cumpleaños número dieciocho, el margen de tiempo era perfecto para actuar con frialdad y sin levantar una sola sospecha.
El lunes siguiente puse en marcha la segunda fase de mi plan en el prestigioso instituto privado donde estudiaba.
Durante los descansos, hablé con cada uno de mis profesores para adelantar la materia y rendir los exámenes finales antes de tiempo.
A ninguno le pareció una locura; después de todo, yo siempre había sido la alumna aplicada y silenciosa que prefería refugiarse en la biblioteca antes que socializar en las fiestas de la élite.
Tras una intensa jornada de evaluaciones que aprobé con notas perfectas, me dirigí a la oficina de la dirección principal.
—Director, si obtengo el promedio máximo en estos exámenes adelantados, ¿habría alguna posibilidad de que me entregue mi documentación escolar legal antes de que termine el ciclo oficial?
—pregunté, entrelazando mis manos sobre el regazo y manteniendo la voz serena, ensayando la timidez que ellos esperaban de mí.
El director se quitó las gafas de lectura y me miró con una sonrisa paternal.
—No veo ningún inconveniente legal, Alina —respondió, acomodando unas carpetas—. Tu expediente es impecable. Pero, ¿a qué se debe tanta prisa? Tus padres no me han mencionado nada al respecto.
—Quiero postular a las becas de las mejores universidades del extranjero —mentí sin parpadear, sosteniéndole la mirada con total naturalidad—.
Me piden el expediente académico completo, certificado y apostillado con urgencia para asegurar los cupos internacionales antes de que cierren las convocatorias de este semestre.
No quería molestar a mis padres con los trámites hasta tener la aceptación en la mano.
El director sonrió, profundamente orgulloso de la "sombra" de la familia Ferrer.
Me concedió el permiso y firmó la liberación de los documentos de inmediato.
Con mis papeles escolares reales en mano y la identidad falsa que recibiría en tres días, podría postular a cualquier universidad del mundo bajo mi nuevo nombre, sin que la red de influencias de mi padre o mi futuro "dueño" financiero pudieran rastrear mi paradero.
Ahora solo faltaba definir el destino exacto. Necesitaba un lugar lejano, pacífico, donde el dinero de mi familia no tuviera ningún poder de compra y donde pudiera pasar desapercibida como una estudiante común.
Aprovechando las computadoras públicas de la biblioteca municipal —donde nadie en mi casa podía rastrear el historial de navegación de mi red Wi-Fi—, me dediqué a investigar mapas internacionales.
Tras descartar las grandes metrópolis europeas y americanas donde mi padre tenía socios comerciales, elegí mi refugio ideal: la pequeña localidad universitaria de Lincoln, en la Isla Sur de Nueva Zelanda.
Era el extremo sur del mundo. Un rincón rodeado de extensos campos verdes, aire puro y una tranquilidad absoluta.
Lincoln era famosa por su prestigiosa institución especializada en diseño y paisajismo, la carrera que siempre había deseado y que mi padre consideraba "una pérdida de tiempo para una mujer".
Para llegar allí tendría que cruzar el océano Pacífico en un larguísimo viaje de múltiples escalas, pero valdría la pena. Entre más fronteras y horas de vuelo hubiera de por medio, más segura estaría de mis verdugos.
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