Atada al destino Capítulo 2 El precio de la libertad
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Capítulo 2 El precio de la libertad

La oportunidad llegó a través del rumor de un conocido del instituto: el amigo de un amigo hacía documentación ilegal.

Era una jugada desesperada, pero se había convertido en mi única salida de aquella cárcel de cristal.

Aprovechando que mis padres y Adeline habían salido a una gala benéfica, me escabullí por la puerta trasera de la mansión.

Caminé bajo la llovizna hacia la dirección que me habían dado, un rincón apartado de la zona portuaria de la ciudad donde las reglas del estatus de mi familia no valían absolutamente nada.

Cuando entré a la oficina improvisada en el segundo piso de un almacén abandonado, el aire se volvió denso. El hombre sentado detrás del escritorio de roble no era el falsificador anciano y descuidado que me habían descrito.

Era un hombre imponente, de facciones afiladas, cabello oscuro y una musculatura robusta que delataba un poder implacable bajo su costosa camisa gris de sastre.

Tenía los ojos de un color plomo helado, y su mirada era tan oscura y afilada que proyectaba un aura capaz de colocar a cualquiera de rodillas.

Un par de carpetas de cuero y un vaso de whisky a medio terminar descansaban a su lado.

Era el tipo de hombre que la intuición te ordenaba mantener muy lejos, pero del que tus ojos no podían apartarse.

Me quedé estática junto a la puerta, analizándolo inconscientemente en silencio, hasta que su voz grave y profunda rompió la penumbra.

—Me dejaste de desvestir con la mirada —dijo, con una media sonrisa cargada de una arrogancia letal.

—Yo... yo lo siento —tartamudeé, sintiendo un calor violento subir por mi cuello directo a mis mejillas.

Él apoyó las manos entrelazadas sobre la mesa, inclinándose hacia adelante. Su escrutinio era asfixiante, como si pudiera ver a través de mi piel y leer mis secretos más oscuros. Había una elegancia en sus movimientos que no encajaba con el entorno criminal de este despacho.

—Bien. Cuéntame por qué una niña de alta sociedad quiere una identificación falsa —sentenció, fijando sus ojos de tormenta en los míos—. Y no me mientas, que lo sabré al primer parpadeo.

Tragué grueso. El miedo y la adrenalina se mezclaron en mi garganta, pero di un paso al frente. No había hecho todo este trayecto para acobardarme ahora. La timidez ya no era un lujo que pudiera permitirme.

—Me quieren casar a la fuerza con un inversionista de los Estados Unidos diez años mayor cuando cumpla los dieciocho —solté de golpe, con la voz firme a pesar del temblor interno—.

Yo no voy a ser el peón de nadie, ni me voy a casar por obligación.

Quiero huir del país, por eso necesito la documentación con un nuevo nombre.

El hombre arqueó una ceja, visiblemente divertido por mi arrebato. Había una chispa de intriga y algo parecido a la satisfacción en su mirada, como si estuviera confirmando un dato que ya poseía.

—Bien —dijo de forma pausada, arrastrando las palabras—. ¿Y no te gustaría conocer primero a tu prometido? Podría sorprenderte.

—¿Para qué? —respondí con desdén, cruzándome de brazos con fuerza—.

Un viejo de esa edad lo único que quiere es tener una esposa joven para exhibirla como un trofeo en sus reuniones corporativas.

Seguro tendrá una amante en cada esquina y gastará su dinero en vicios.

Yo no quiero ser el adorno de nadie. Quiero estudiar, conocer el mundo, valerme por mí misma...

Y si algún día me caso, será por amor, porque ambos lo queramos, no por un contrato financiero.

—¿Viejo? —repitió él, atrapando esa única palabra en el aire con una expresión indescifrable que mezclaba la burla con una fría intensidad.

"Qué idiota", pensé, exasperada por los nervios. Con todo el drama que le acababa de confesar, eso era lo único que el tipo decidía retener.

—Está bien, señorita —dijo él finalmente, rompiendo la tensión con un leve asentimiento—. Te tendré el pasaporte y la identidad falsa en tres días, aquí mismo. El precio ya lo acordamos con tu contacto.

Me guardé el alivio en los bolsillos del abrigo y di un paso hacia la salida, pero la curiosidad pudo más que mi prudencia. Me giré antes de tocar la manija de la puerta.

—¿Cuál es tu nombre? —le pregunté, notando que el ambiente seguía extrañamente controlado por él.

Él sostuvo mi mirada, y por un segundo sentí que me conocía de toda la vida. Su sonrisa se volvió enigmática, la sonrisa de un cazador que sabe que la presa ha caído voluntariamente en su red.

—Mi nombre no es relevante en este lugar —respondió, y su tono rozó un magnetismo peligroso—. Pero ten por seguro que pronto lo sabrás.