Atada al destino Capítulo 1 Las dos caras de la misma moneda
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Atada al destino

Atada al destino

Por Salome H

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Capítulo 1 Las dos caras de la misma moneda

Vivía en un reflejo distorsionado. Compartir el mismo rostro con Adeline no nos hacía iguales; nos convertía en polos opuestos en un tablero donde yo siempre llevaba las de perder.

Ella era el sol de la casa: deslumbrante, ruidosa, hambrienta de atención y adorada por mis padres.

Yo, en cambio, era la sombra. El espacio en blanco que ellos intentaban rellenar con comparaciones hirientes y exigencias imposibles.

—Alina, tienes que esforzarte por ser como tu hermana —era el coro diario de mi madre, arrastrando las palabras con ese tono aristocrático y falso que tanto odiaba—.

Mira su postura, mira cómo destaca en los eventos.

Adeline hace todo mucho mejor que tú. Ella sí entiende el valor de nuestro apellido.

A mi hermana le encantaba el ruido, las luces de la calle y derrochar montos exuberantes en ropa de diseñador y joyas que apenas usaría dos veces para subirse el ego.

A mí me bastaba la tranquilidad de mi dormitorio, el aroma reconfortante de las páginas de un libro y el silencio.

Mientras ella gastaba sin control, yo guardaba cada centavo que mi padre me depositaba para mis gastos escolares en una cuenta aparte.

Al principio lo hice por inercia, pero pronto se convirtió en un instinto de supervivencia financiera.

Mis padres jamás lo entendieron. Para ellos, el mundo giraba en torno al dinero, al poder y a las relaciones de las que pudieran extraer algún provecho.

En esa mansión no éramos hijas; éramos mercancía. Peones en su tablero de estatus.

La confirmación de mi peor sospecha llegó una noche fría, a solo dos semanas de nuestro cumpleaños número dieciocho.

Bajé a la cocina descalza, buscando un vaso de agua para calmar la inquietud que me asfixiaba en el pecho.

Al pasar junto al comedor, las voces amortiguadas de mis padres me detuvieron en seco.

Las luces estaban atenuadas, pero la codicia en el aire era densa.

Estaban planeando nuestro futuro como quien subasta ganado al mejor postor.

—En cuanto cumplan los dieciocho en dos semanas, cerraremos los contratos matrimoniales —decía mi padre, golpeando suavemente la mesa de caoba con su anillo de sello—.

Adeline se casará con el heredero del consorcio de marketing.

El muchacho tiene veinte años y una reputación impecable en los clubes de élite.

Es el encaje perfecto para mantener nuestras acciones en la cima.

¿Y Alina? Ella se casará con el inversionista principal de Nueva York.

El tipo tiene veintiocho años, pero su fortuna es sólida y nos dará el control absoluto del mercado estadounidense.

Se me congeló la sangre en las venas y el vaso de cristal casi se me resbala de las manos.

¿Veintiocho años? ¿Casarme obligada con un hombre diez años mayor por pura imposición corporativa?

Ni loca. En ese momento, escuché la risa ligera de Adeline desde el fondo del salón, encantada con la idea de su boda millonaria y el estatus que recibiría.

Para ella era un triunfo; para mí, una sentencia de muerte.

Sentí que el techo de la mansión se me venía encima, aplastando los pocos rastros de inocencia que me quedaban. Subí a mi dormitorio en absoluto silencio, con el corazón martilleando con tanta fuerza contra mis costillas que temía que me rompiera el pecho.

Esa misma noche, oculta en la penumbra de mi habitación y usando la vieja computadora portátil que mis padres habían olvidado rastrear, tomé la primera decisión real de mi vida.

Utilicé el apellido de soltera de mi abuela y mi segundo nombre para abrir una cuenta bancaria digital completamente secreta.

A partir de esa madrugada, cada depósito de manutención que mi padre hiciera sería retirado en efectivo en cajeros distantes y desviado a ese fondo de escape.

Yo quería estudiar. Quería respirar aire limpio. Quería ser libre. Iba a dejar de ser la sombra sumisa de Adeline para convertirme, por fin, en la dueña de mi propio destino.

* * *