Atada al destino Capítulo 9 Un nuevo amanecer en Lincoln
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Capítulo 9 Un nuevo amanecer en Lincoln

El aire de Nueva Zelanda me recibió con una pureza helada que me llenó los pulmones de una energía completamente nueva.

Lincoln era exactamente todo lo que había soñado: una localidad universitaria apacible, rodeada de extensos campos verdes, horizontes infinitos y una paz rural que contrastaba drásticamente con el ambiente asfixiante y superficial de la mansión de mis padres.

Llegué a la pequeña casita amoblada que había alquilado desde el foro municipal.

Era perfecta en su simplicidad. El aroma a madera de pino, la tranquilidad del vecindario y el silencio absoluto de mi dormitorio me hicieron sentir a salvo desde el primer segundo.

Aquí nadie me gritaba que fuera una copia exacta de Adeline.

Nadie calculaba cuánto valor financiero aportaba mi presencia a una junta de accionistas.

Los primeros días pasaron en una burbuja de trámites migratorios y descubrimientos locales.

Utilizando mi documentación escolar real —aquella que el director me había entregado con orgullo— y mi nueva identidad legal como Alexia, me acerqué al frondoso campus de la Universidad de Lincoln.

El proceso de admisión para el periodo adelantado fue un éxito rotundo gracias a mis excelentes calificaciones de secundaria.

Me inscribí formalmente en la carrera de Arquitectura Paisajista, el sueño que tanto tiempo me habían prohibido.

Compré un par de libros de texto sobre botánica y diseño estructural, y me senté en el césped del campus a leer bajo el cálido sol de la tarde.

Por primera vez en dieciocho años, era simplemente yo. Alexia, la estudiante universitaria.

A la semana de haber llegado, decidí celebrar mi nueva independencia yendo a una pequeña y acogedora cafetería cerca del campus.

El lugar estaba lleno de estudiantes conversando en inglés y el aroma a grano de café tostado inundaba el ambiente.

Me senté en una mesa individual junto al ventanal de cristal, disfrutando de la lectura de mi novela y de la maravillosa tranquilidad de no tener que esconderme de nadie.

Estaba tan sumergida en mis pensamientos que no me di cuenta de que una figura imponente se había detenido justo frente a mi mesa, bloqueando la luz del sol.

—Te dije que Lincoln era hermoso en esta época del año —pronunció una voz grave, profunda y peligrosamente familiar.

Un escalofrío eléctrico me recorrió la espina dorsal, paralizándome por completo.

Lentamente, levanté la mirada del libro.

Sentado en la silla de enfrente, sosteniendo una taza de café con una elegancia natural y vistiendo un suéter que remarcaba su físico imponente, se encontraba el hombre del despacho de los bajos mundos.

El falsificador de las facciones afiladas y los impactantes ojos color plomo que tanto me habían desvelado durante el viaje transoceánico.

Estaba allí, mirándome con una sonrisa enigmática que me robó el aliento.

* * *