At His Beck & Call (Sterling House) 45. Lissa
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45. Lissa

Lissa

Abro la puerta de mi apartamento al tiempo que un corcho de champán sale disparado y rebota contra el techo, mientras Bethany chilla a pleno pulmón con una enorme sonrisa en la cara.

—¡Beth! —exclamo, riéndome a mi pesar mientras el champán sale a borbotones de la botella y empapa la moqueta del pasillo—. Tengo que recuperar la fianza.

—¡Que le den! —responde a gritos—. ¡Seguro que este cuchitril se la queda de todos modos!

Sonríe de oreja a oreja, y su entusiasmo resulta contagioso mientras entra con unos tacones de vértigo, un vestido ajustado de color rojo oscuro y su preciosa melena cayéndole por la espalda.

Cierro la puerta justo cuando Henry sale del dormitorio para mirar a Bethany con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Qué pasa, mamá? —pregunta.

—La tía Bethany se ha vuelto loca —respondo con una sonrisa mientras Bethany rebusca en los armarios de mierda dos tazas para el champán.

—¡Tu madre y yo estamos de celebración, Hen! —anuncia, volviéndose triunfalmente con una taza en cada mano.

—¿De celebración? —pregunta Henry, mirándome perplejo.

—¡Sí! —respondo, preguntándome cómo formular lo que viene a continuación—. Las cosas van a ser un poco más fáciles para nosotros, cariño. Para empezar, nos mudaremos de aquí y tendrás tu propia habitación.

Se ríe emocionado.

—¿También volveremos a cenar con Oliver? ¿Y a ver otro espectáculo con todas esas señoras de vestidos bonitos?

Bethany baja las manos hasta las caderas, olvidándose del champán mientras me mira incrédula.

—¿Perdona? —dice, dejando todo sobre la mesa—. ¿Os llevó a cenar? ¿A los dos?

—Hen, ¿por qué no vas a ver el final de Zootrópolis, vale?

Henry arrastra los pies hasta el sofá, trepa con cuidado y se acomoda sobre los cojines mientras yo voy a situarme junto a mi amiga. Los ojos de Bethany reflejan preocupación cuando acerca el champán y nos sirve una taza a cada una.

—¿Qué coño está pasando, Liss? —pregunta, con una expresión profundamente dolida—. No me habías contado eso.

—Lo sé —digo con voz lastimera—. Siento haberte mentido.

—¡Más te vale! —sisea—. Yo te lo cuento todo, y estaba preocupadísima por que aceptaras este trabajo. Me quitaba el sueño presentarte a Pippa; me aterraba que pudiera ser traumático. ¿Desde cuándo sales a cenar con un cliente... y encima te llevas a tu hijo?

Baja la voz hasta convertirla en un susurro mientras suelta una maldición, pero cuando nuestras miradas se encuentran, su expresión cambia y baja lentamente la botella.

—Ay, no, cariño. No habrás hecho ninguna estupidez, ¿verdad?

—¿Como cuál? ¿Enamorarme de mi jefe? —murmuro con amargura, y Bethany alza los ojos al techo con un largo suspiro.

—Joder, lo sabía.

—La tía Beth ha dicho una palabrota —repite Henry, y Bethany gime.

—Lo siento, Hen. No debería haberla dicho.

Henry vuelve de inmediato a prestar atención a la película. Me acerco al sofá, lo tapo con una manta y subo el volumen de la televisión, acariciándole la cabeza mientras vuelve a acomodarse.

Cuando regreso a la mesa, Bethany ha llenado ambas tazas hasta el borde.

—Empieza a hablar —ordena con tono sombrío—. Y esta vez no te dejes nada. No puedo creer que no me lo contaras...

—Lo siento, Beth.

—No me malinterpretes, no es que no supiera que pasaba algo desde el instante en que os vi juntos —dice, recuperando rápidamente el ánimo—. Lo mirabas con unos ojitos... aunque pensé que quizá solo fuera por el dinero.

La miro con el ceño fruncido y ella deja la taza sobre la mesa de un golpe.

—Ese es el trabajo, Liss —dice, torciendo los labios—. Deja de presentarlo como algo sórdido. Te paga por un servicio, como cualquier otra persona.

—No es eso —respondo apresuradamente, haciendo girar el champán en la taza antes de beber un largo trago—. Es solo que ya no me gusta la idea de que me pague. A mí sí me parece sórdido, pero solo por... No sé, sencillamente no me gusta. No porque sea degradante ni tenga nada de malo.

Bethany resopla.

—Bien, porque mi trabajo es tan legítimo como el de cualquier asistente ejecutiva y gano muchísimo más.

Tira de un hilo suelto del vestido y cruza las piernas mientras me lanza una mirada irritada.

—Beth, no creo que haya nada vergonzoso en lo que haces.

—En lo que hacemos —puntualiza—. Y tienes derecho a sentirte mal por el dinero si él te gusta. Pero así es como os conocisteis, ¿recuerdas? Aunque ahora haya sentimientos de por medio.

Contemplo las burbujas del champán y se hace un silencio largo y opresivo, hasta que Bethany gime.

—Joder, Liss, no estarás enamorada, ¿verdad? Por favor, dime que no.

Me froto la nariz, incapaz de responder, y Bethany apoya despacio la frente sobre la mesa.

—Joder —dice abatida—. Esto es culpa mía.

Sabía que eras demasiado dulce para este trabajo.

El primer hombre que te trata con un mínimo de decencia y te enamoras perdidamente en cuestión de segundos.

Cuando vino contigo a buscar a Henry aquel día, me pareció raro.

Me dije que te lo habrías encontrado al salir del trabajo o algo así. ¿Fue eso?

Niego con la cabeza.

—De acuerdo, entonces ¿qué coño pasó?

Vacilo y después le relato poco a poco lo sucedido aquella noche, procurando no mirar a Bethany a los ojos mientras se pone rígida con cada nuevo detalle.

—Dios mío —dice, apurando el champán y volviendo a llenarse la taza—. Dios mío. ¿De verdad estaba celoso de Noah?

—No lo sé.

—Liss, claro que lo estaba, joder. No arrastras a tu acompañante hasta un callejón después de una cita y te la follas contra una pared si no te importa que vea a otras personas.

—¡Bethany! —exclamo desesperada, mirando hacia Henry, aunque me alivia descubrir que se ha quedado dormido en el sofá.

Hace el gesto de cerrarse la boca con una cremallera mientras suspira y se rasca la cabeza.

—Jesús. ¿Sabe lo que sientes?

—No. Me ha dicho que me fuera.

Se queda inmóvil, se inclina hacia delante y me coge la mano con fuerza.

—¿Que ha hecho qué?

—Hoy, después de negociar el acuerdo con James, me ha dicho que sería mejor que dejara de trabajar para él.

—Será cabrón —dice Bethany, levantándose mientras intento que vuelva a sentarse.

—Me ha dicho que podía quedarme en AGS todo el tiempo que quisiera, pero hoy he decidido irme. No podía... seguir allí sabiendo que él quería que me marchara.

—Explícate —dice Bethany con firmeza—. Explícame qué ha...

—Parpadea y se vuelve para mirarme—. Un momento, un momento.

¿Qué quieres decir con «después de que Oliver negociara el acuerdo con James»?

¿Oliver te representó como abogado? —Asiento mientras ella niega con la cabeza y se recuesta en la silla—. Estás de broma.

—¿Por qué iba a bromear con algo así?

—Sé que querías sacar a James de tu vida, pero Oliver es uno de los abogados más caros de Nueva York. Creo que podrías haberte divorciado sin pagar a AGS, cariño.

—Lo hizo pro bono.

Bethany guarda silencio unos segundos y luego resopla, termina su champán y se sirve otra taza más.

—Te quiero muchísimo, Liss, pero a veces no tienes ni puta idea de cómo son los hombres. —Frunzo el ceño y ella deja la botella—. Lo cual es comprensible, por supuesto, teniendo en cuenta tu pasado, pero ¿de verdad me estás diciendo que crees que quería que te fueras después de hacer eso por ti?

—Sí —respondo a la defensiva—. Ya no tiene por qué seguir teniéndome contratada. Ha resuelto mi problema y ha salvado a Henry; ha cumplido con todas sus obligaciones.

—Liss, cariño, él no tenía ninguna obligación. Te contrató como acompañante; podría haberte despedido sin volver a pensar en ti ni una sola vez durante el resto de su vida.

—Él jamás haría eso.

—Porque le gustas, idiota. Para empezar, ¿cómo sabe lo de Henry?

—Estaba en el hospital; ya te lo conté, vio allí a James.

—Y se acercó a ti, te defendió e hizo que James se marchara. Y después se fue, ¿verdad?

—Bueno, no... Vino a conocer a Henry.

—Y luego, cuando estaba nevando, te ofreció un lugar donde quedaros y os alojó a los dos en su apartamento.

—Solo lo hizo porque...

—Lissa —dice Bethany, apretándome aún más la mano—. Escúchame: tienes que decirle a Oliver lo que sientes.

—¿Qué?

Ella resopla.

—Vale, déjame preguntarte una cosa más. Cuando te dijo que sería mejor que dejaras de trabajar allí, ¿qué expresión tenía? ¿Parecía importarle una mierda? ¿O estaba afectado?

Recuerdo aquel momento, el espacio estrecho y cerrado, cómo Oliver evitaba mirarme, su evidente agitación e incomodidad, tan impropias de su carácter fuerte y reservado.

—No estoy segura. Se marchó bastante deprisa después. Pero le dije que era un cobarde. —Bethany alza las cejas y yo trago saliva, nerviosa—. No debería haberle dicho eso, ¿verdad?

—¿Estás de broma? Estoy muy orgullosa de ti. Ahora eres una tía dura de cojones. Es un cobarde por dejarte marchar. Es evidente que le importas.

—¿De verdad?

—Sí. Y, si no es así, ¿qué tienes que perder? Ya no trabajas para él; te ha echado para que «vivas tu vida» o como coño quiera justificarlo. Si le dices lo que quieres, lo que quieres de verdad, que deseas intentarlo y tenerlo en tu vida, y él te dice que no, no habrás perdido nada.

—¿No me dijiste que la primera regla de este trabajo es no enamorarte de tu cliente?

Bethany me dedica una sonrisa burlona mientras vuelve a llenarme la taza.

—Creo que esa regla admite una excepción cuando el cliente se enamora de ti primero.