46. Lissa
Lissa
Bethany se quedó hasta que se acabó la botella. El alcohol y que se ofreciera a quedarse con Henry tienen la culpa de que ahora mismo esté en un autobús atravesando Nueva York, a punto de hacer el ridículo.
Ni una sola parte de mí cree que esto sea una buena idea, pero también siento que es necesario. Oliver no puede echarme de mi trabajo y de su vida sin que yo tenga nada que decir al respecto.
Los hombres me han dado órdenes y me han controlado toda la vida y, aunque Oliver siempre me dio a elegir durante el tiempo que pasamos juntos, cuando llegó la decisión más importante, no me permitió opinar en absoluto.
Intento aferrarme a esa rabia mientras los efectos del alcohol se desvanecen poco a poco. Entre los rascacielos, vislumbro una preciosa luna llena mientras avanzamos dando tumbos hacia nuestro destino.
Presentarme en casa de Oliver y exigir hablar con él es, sin duda, lo más disparatado que he hecho en mi vida. Es como si Bethany se hubiera apoderado de mi cuerpo y me hubiera arrancado de mí misma, obligándome a afrontar las consecuencias de mi estúpido y vulnerable corazón.
No estoy segura de qué voy a decirle a Oliver. Siento rabia y ansiedad a partes iguales; quiero que me escuche, pero también golpearle el pecho con los puños y gritarle por lo que me dijo.
¿Y si se ríe?
Es muy posible que me presente en su casa, que me mire con absoluto desprecio y me pregunte por qué demonios una escort le exige algo que no sea dinero. La idea es tan espantosa que casi me quedo en el autobús cuando nos acercamos a mi parada.
En el último momento me levanto, recorro con paso inseguro el estrecho pasillo y salgo a trompicones por las puertas cuando el autobús se detiene. Al bajar y hundir los pies en la nieve marrón y pastosa, contemplo, entumecida, la calle donde vive Oliver.
Oficialmente, he perdido la cabeza.
Saco el teléfono y le escribo a Bethany, aunque cada fibra de mi ser quiere darse la vuelta y regresar a casa.
LISSA: ESTO ES UNA LOCURA. NO PUEDO CREER QUE ME HAYAS CONVENCIDO PARA HACERLO. NO VA A QUERER VERME.
BETHANY: ENTRA Y DILE LO QUE SIENTES. NO TIENES NADA QUE PERDER.
LISSA: SALVO MI ORGULLO.
BETHANY: SI NO LO HACES, SIEMPRE TE PREGUNTARÁS QUÉ PODRÍA HABER PASADO.
Joder, tiene razón.
Me guardo el teléfono en el bolsillo y dejo escapar un gemido mientras avanzo por la calle. Vuelve a nevar; las nubes parecen debatirse entre agruparse o dispersarse, y levanto la vista hacia el cielo gris y brumoso, intentando calmar el corazón, que me late desbocado.
Al llegar a casa de Oliver, me quedo allí plantada un buen rato, intentando decidir exactamente qué decir. ¿Hasta qué punto debería ser sincera? ¿Y si le abro mi corazón, él lo pisotea y me dice que me marche?
Si no lo haces, siempre te preguntarás…
—Joder.
Subo los escalones y pulso el timbre. Al oír unos pasos acercándose a la puerta, ensayo mentalmente lo que voy a decir. Mi intención es mantener la calma y la compostura y limitarme a contarle cómo me siento.
Necesito averiguar qué siente él, pero con un hombre tan difícil de descifrar como Oliver, no será fácil.
Haciendo acopio de valor, cuadro los hombros y espero a que se abra la puerta. Cuando lo hace, contengo el aliento; una vez más, no estoy acostumbrada a ver a Oliver vestido con algo que no sea un traje.
Lleva un jersey verde oscuro y unos vaqueros que hacen que sus piernas parezcan aún más largas de lo habitual.
Se queda paralizado en cuanto me ve. Vuelve a nevar y, en el escalón de entrada, me siento diminuta y terriblemente vulnerable.
Abro la boca para decir algo como «Perdona que te moleste…» o «Sé que no esperabas esto…», pero, en su lugar, lo que sale de mis labios es:
—Tengo que hablar contigo. Ahora mismo. Y estampo la palma contra la puerta y la abro de golpe; paso junto a él con paso decidido y subo las escaleras antes de que pueda decirme que me detenga.
Llego arriba justo cuando Truman se abalanza hacia mí soltando un pequeño ladrido de emoción y salta para apoyarse en mis piernas. Me inclino, le acaricio la cabeza y él me lame la mano.
Oigo a Oliver subir las escaleras detrás de mí y entro deprisa en el salón. Hay un fuego encendido y la estancia está mucho más iluminada que la última vez que estuvimos aquí.
Cojo a Truman y lo aprieto contra mi pecho. Es tan ligero y suave que el movimiento de su pecho al respirar me reconforta frente al pánico que recorre mi cuerpo.
Oliver cruza el umbral con expresión inescrutable, se mete las manos en los bolsillos y me mira.
Es tan guapo, con el pelo rizado cayéndole sobre la frente y las mejillas ligeramente sonrosadas. Abre la boca como si fuera a hablar, pero no le dejo, desesperada por soltar las palabras.
—No me voy a marchar —digo con severidad, y él enarca las cejas.
—Lissa…
—No. Esta vez me toca hablar a mí —digo con firmeza, sintiendo cómo la nieve se derrite en mi pelo y resbala por mi cuello.
Oliver parpadea; aprieta la mandíbula y aparta la mirada.
—No tienes derecho a decidir lo que hago con mi vida —digo, dando un paso al frente—. Sé que nuestra… relación no ha sido precisamente convencional, pero me niego a creer que no significo nada para ti.
Pronunciar esas palabras en voz alta es como recibir un puñetazo en el estómago, pero sigo obligándome a articular cada sílaba, procurando no darle demasiadas vueltas.
Truman se escurre de entre mis brazos y cae sobre el sofá. Se acerca trotando para mirar a Oliver, ladea la cabeza y después vuelve a mirarme a mí.
—Nos acogiste a mi hijo y a mí en tu casa —continúo—.
Cuidaste de Henry, te preocupaste por él.
Sé que me molestó lo del dinero y siento haberme hecho un lío, pero no deberías tratar a alguien como si te importara si no quieres que los límites se difuminen.
Para mí, esto no es solo un trabajo. No es solo un contrato; quizá nunca lo fue.
Eres el primer hombre que me trata bien desde hace mucho tiempo.
Me echo el pelo por encima del hombro y solo entonces reparo en lo empapado que está por la nieve. Debo de parecer una rata mojada.
—Me salvaste de mi exmarido, me protegiste de él en el hospital y me proporcionaste el dinero que necesitaba para la operación de Henry.
No sé si negociaste ese acuerdo con James para librarte de mí con la conciencia tranquila o para liberarme de lo que considerabas una situación imposible.
Pero, al margen de tus intenciones, me importas, y no puedes ser el único que decida si voy a volver a verte o no.
Suelto el aire con fuerza. Sus ojos no revelan nada mientras permanece bajo la luz del umbral, completamente inmóvil.
—Si me he equivocado al interpretar todo esto y para ti no fue más que una transacción, me marcharé y no tendrás que volver a verme jamás. Pero, si no es así, creo que merecemos una oportunidad. Porque tú y yo compartimos algo importante, quieras admitirlo o no.
Guardo silencio. El peso de mis palabras queda suspendido entre nosotros, enrareciendo el aire de la habitación hasta volverlo opresivo y claustrofóbico.
Él sigue sin decir nada y resulta difícil descifrar su expresión, pero, para mi consternación, ya ni siquiera me está mirando.
Ha fijado la vista en algo situado por encima de mi hombro mientras se rasca la nuca y baja los ojos hacia la alfombra.
—Joder —dice, y siento que el estómago se me encoge sobre sí mismo. Entonces oigo movimiento detrás de mí.
Me vuelvo de golpe y veo a una mujer levantarse del sillón que hay a mi espalda. Ni siquiera me había fijado en ella al entrar, pues el sillón está orientado hacia la ventana, de espaldas al fuego.
Alarga una mano hacia un andador que el alto respaldo del sillón ocultaba de mi vista. Sus ojos brillan al mirarme mientras se apoya en él con todo su peso.
—Dios mío —digo, incrédula, al reconocer a Anne, la mujer del hospital. Me agarro al borde del sillón; las rodillas amenazan con fallarme. —¿Qué haces aquí?