At His Beck & Call (Sterling House) 44. Oliver
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44. Oliver

Oliver

Esa tarde, estoy sentado frente a la sala de reuniones en la lujosa planta superior de las oficinas de AGS, esperando a que me hagan pasar. Warren ha salido hace diez minutos, pero no ha dejado traslucir nada al pasar junto a mí.

Hoy es el día en que el comité votará quién debe ser el próximo socio capitalista.

Si alguien me hubiera preguntado hace un mes qué era lo que más deseaba en la vida, esa habría sido mi respuesta. El puesto de socio capitalista representa mi éxito, mi valía y todo aquello por lo que tanto he trabajado.

Pero ahora apenas consigo reunir fuerzas para entrar en la sala, y mucho menos para preocuparme por el resultado.

Lissa se ha marchado a la hora de comer. No me ha hablado ni me ha mirado al irse; le ha explicado a Adelaide que se debía a un cambio en sus circunstancias personales.

He dejado la puerta abierta y he escuchado cómo se despedían. Adelaide ha entrado en mi despacho cinco minutos después, me ha dicho que se iba a comer y se ha marchado. Desde entonces no me ha dirigido la palabra.

Lissa ni siquiera se ha despedido.

Pero ¿qué esperaba? Prácticamente la había despedido del puesto y, aunque le dije que podía quedarse en AGS todo el tiempo que necesitara, debería haber sabido que se marcharía en cuanto pudiera.

¿Por qué iba a quedarse solo para verse obligada a soportar mis deseos perversos y mi cuerpo feo y lleno de cicatrices? Está mejor sin mí.

—¡Oliver!

Levanto la vista y veo a Tom Burton de pie en la puerta, mirándome con el ceño fruncido. Está claro que no es la primera vez que dice mi nombre.

Me levanto, me aliso la corbata y entro.

Solo he entrado en esta sala unas pocas veces a lo largo de los años. La utilizan casi exclusivamente los socios principales y el consejo de administración. Tiene el techo alto, dos paredes cubiertas de enormes ventanales y unas vistas impresionantes de la ciudad.

Hay siete hombres de aspecto intimidante sentados alrededor de la mesa.

Aprieto la mandíbula ante la falta de diversidad. Todos son hombres blancos y me observan con expresión sombría, como si ahora mismo prefirieran estar en cualquier otro sitio.

¿Soy yo o hace frío aquí?

Tomo asiento y observo cómo Tom hace lo mismo al otro lado de mí. Conozco a todos estos hombres desde hace más de una década. Ninguno tiene menos de cincuenta años y me contemplan con frialdad mientras me acomodo.

—Gracias por venir —dice Tom mientras acerca hacia sí una hoja de papel y levanta la vista para dirigirme una mirada sombría.

Aquí pasa algo raro.

—Iré directo al grano, Oliver —empieza Tom, mientras tres de los hombres que lo rodean se inclinan hacia delante en sus asientos—. Ya se ha tomado la decisión sobre el puesto de socio capitalista y hemos elegido a Warren Sutcliffe.

Enderezo la espalda mientras recorro la mesa con la mirada, deteniéndome en cada hombre. Solo dos me sostienen la mirada.

No sé por qué esperaba otra cosa.

Sutcliffe no es la elección adecuada, y es casi como si todos lo supieran, pero aun así lo han elegido.

A lo largo de los años, he traído a este bufete decenas de clientes muy lucrativos.

Incluso antes de convertirme en socio, superaba en rendimiento a todos los demás abogados sénior.

Mi programa de mentoría ha formado a algunos de los mejores abogados que tenemos y, a diferencia de Sutcliffe, yo conservo a mi personal durante años.

Su tasa de rotación es la más alta del bufete.

No soy tan sociable como él, eso es cierto. No juego al golf; no me codeo con todo el mundo en las fiestas ni me emborracho y me caigo en piscinas, algo que Sutcliffe ha hecho más de una vez. Pero soy un abogado condenadamente bueno.

—Ya veo —digo sin inflexión alguna.

Se produce un largo silencio, y el gran reloj ornamentado de la pared marca los segundos con estrépito mientras uno de los hombres sentados al extremo de la mesa coge el teléfono como si estuviera aburrido.

Sin saber qué más queda por discutir, echo la silla hacia atrás como si fuera a marcharme, preguntándome si es eso lo que esperan, pero entonces Tom levanta una mano.

—Usted habría sido nuestra primera opción, Oliver. Espero que sea consciente de ello. Pero tenemos que tomar esta decisión pensando en lo que más conviene al bufete, y últimamente algunas de sus actuaciones han sido cuestionables, por decirlo suavemente.

Lo miro fijamente, sinceramente atónito ante las palabras que ha elegido. ¿Mis actuaciones? ¿Qué sabe él?

—¿Podría explicarse? —pregunto, y alguien resopla con desdén. No sé cuál de los viejos carcamales ha sido.

—Hace poco aceptó un caso pro bono, ¿no es así? —pregunta Tom mientras uno de los hombres le entrega una gruesa carpeta negra. Cuando la abre, distingo en su interior un correo electrónico de varios párrafos. Fuerzo la vista para ver quién lo ha enviado, pero la letra es demasiado pequeña.

—Así es —concedo.

—¿Le pareció una decisión sensata? ¿Dar prioridad a algo de escaso valor para el bufete en detrimento del caso Reynolds?

—¿En detrimento? —pregunto, incrédulo—. Dudo mucho que tuviera repercusión alguna.

—Ah. Bueno, me alegra que pueda aclarármelo —replica Tom con brusquedad.

—No es raro que los socios acepten trabajos pro bono. En todo caso, mejora la reputación del bufete. Habría pensado que sería beneficioso, y apenas me ocupó tiempo.

—Imagino que también benefició a Melissa Davenport. Hace poco empezó a trabajar con usted como asistente ejecutiva, ¿no es así?

—Así es —respondo.

—Y se ha estado acostando con ella durante la mayor parte de ese tiempo, ¿correcto?

Me quedo inmóvil, mirando a Tom con absoluta conmoción.

No es siquiera que sepa que me he estado acostando con Lissa lo que me deja atónito, sino que lo utilice como arma contra mí en esta sala, cuando sé con certeza que, a lo largo de los años, él ha mantenido aventuras no con una, sino con varias de sus abogadas júniores.

Una de ellas era veinte años menor que él.

—¿Es eso relevante? —pregunto, y vuelve a oírse el resoplido desdeñoso. Esta vez veo que ha sido Miles De-Vere, el mayor putero que he conocido en mi vida.

—¿Aparte del hecho de que constituye una infracción del código ético? —pregunta Tom.

No puedo evitar soltar una carcajada y recibo a cambio siete miradas impasibles y furiosas.

Oh, por el amor de Dios.

Si nos atuviéramos al reglamento, todos y cada uno de los hombres sentados frente a mí habrían cometido alguna infracción del código ético en algún momento.

La cantidad de casos que han aceptado porque un amigo necesitaba ayuda, porque iban a deportar a su niñera o porque su esposa había cabreado al socio equivocado del club de campo.

Y tienen la desfachatez de quedarse ahí sentados y decirme que he infringido el código ético del bufete por dedicar media jornada a salvar a una madre soltera de un ex maltratador.

Cabrones.

Por las expresiones de los hombres que me rodean, me doy cuenta de que esperan que me disculpe. Probablemente imaginaban una escena humillante en la que les suplicaba perdón, prometía mejorar y me flagelaba en público por mis terribles decisiones.

Pues que les jodan.

Me he dejado la piel por este lugar durante casi quince años. He generado millones de dólares en ingresos y he traído a tres de los clientes más importantes de su cartera.

He pasado días y noches dejándome los ojos con expedientes, haciéndome cargo de casos de otros que tienen hijos pequeños, cubriendo a los hombres de esta sala, ¿y para qué? Para que mi puesto acabe en manos de un mierda sin agallas al que le doy mil vueltas.

—Estará bajo evaluación durante las próximas dos semanas, durante las cuales analizaremos el alcance de sus actos —dice Tom con suficiencia—. Yo lo tendría presente y me centraría en el trabajo que le ha asignado el bufete, Oliver.

—No será necesario —digo con decisión, manteniendo la voz baja y serena. No voy a darle a este imbécil la satisfacción de oírme levantar la voz.

—¿Perdón? —pregunta, alzando la vista hacia mí, confuso.

Son demasiado arrogantes para haberlo visto venir. Como no me he entregado a la autoflagelación, esperarán que salga hecho una furia o quizá que los amenace con presentarles una demanda. No esperan lo que se avecina.

—Dimito —digo con firmeza, y resulta satisfactorio ver cómo, en cuestión de cinco segundos, siete rostros pasan de la superioridad arrogante a la alarma. Tom balbucea, indignado.

—No sea ridículo, Oliver, eso no...

—No. No estoy siendo ridículo, Tom. Dimito.

Ahora que estoy aquí sentado, en este club de amigotes que se han montado, no sé por qué no lo hice antes.

Buena suerte con Sutcliffe. Imagino que provocará un agujero catastrófico en sus preciados beneficios, agasajando a los clientes sin hacer absolutamente nada de trabajo.

Tom abre mucho los ojos cuando me levanto; le tiembla la barbilla de indignación mientras intenta dar con una réplica adecuada. Es lo más cerca del pánico que lo he visto nunca.

—Cumplirá el plazo de preaviso —consigue decir, aunque tiene la voz ronca.

—Por supuesto. Nunca los dejaría en la estacada de esa manera. Buenos días, caballeros.