At His Beck & Call (Sterling House) 43. Oliver
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43. Oliver

Oliver

Al salir de la sala de reuniones, Noah me estrecha la mano con cierta torpeza y echa a andar por el pasillo, flexionando los dedos mientras desaparece escaleras abajo. En cuanto lo pierdo de vista, una pesada losa se me instala en el estómago al asimilar la realidad de lo que acaba de ocurrir.

Acabo de darle a Lissa todo cuanto podría desear. He destrozado a su ex, le he garantizado seguridad económica y he salvado a su hijo.

Ya no me necesita.

La diminuta semilla de esperanza a la que me he aferrado durante las últimas semanas se marchita hasta desaparecer. La idea de que yo pudiera significar para ella algo más que dinero ahora parece una locura.

Cierro los ojos e intento apaciguar la desdicha que me desgarra por dentro. Siempre supe que el final llegaría; lo que no sabía era que sería hoy.

Esto es algo bueno. Lissa ya es libre, y ha sido gracias a mí.

De todos modos, ¿por qué iba a querer a alguien como yo? Ahora tiene el mundo entero a su alcance.

Contemplo el pasillo mientras escucho el bullicio de la oficina. Debería estar eufórico por haber acorralado a James. Pero me siento vacío. La idea de que se marche es insoportable.

Se me cierra la garganta y se me revuelve el estómago mientras me acerco a abrir la puerta del despacho donde está.

Alza la vista y clava sus preciosos ojos azul oscuro en los míos mientras se levanta de la silla.

La lista de reproducción que le envié sigue sonando en voz baja en su teléfono, y ella la silencia a toda prisa antes de alisarse la chaqueta y mirar con temor por encima de mi hombro.

Quizá sea lo mejor. Corta por lo sano. Arranca la tirita de golpe. Al menos así tendré el control.

—No pasa nada —digo despacio mientras cierro la puerta—. Se ha ido.

Me mira con el ceño fruncido y una arruga entre las cejas. Sabe que ocurre algo; ya lo noto por su lenguaje corporal.

—¿Qué ha pasado? ¿Se ha sacado algo de la manga en el último momento? Se le da de maravilla.

—No —respondo despacio, dejando los expedientes sobre la mesa que hay a un lado de la sala y metiéndome las manos en los bolsillos.

Quizá, si no la miro, me resulte más fácil superar esto.

—Ha salido exactamente como esperábamos —digo con solemnidad—. Hemos descubierto algo de su pasado que nos ha dado una ventaja enorme.

—¿Qué? —pregunta.

Llevo días debatiéndome entre contarle o no lo de la otra mujer. Se llama Amber Wallace, y James empezó a verla apenas unas semanas después de que se casaran.

Sé que Lissa merece saberlo, pero ahora debería centrarse en su hijo, en la recuperación de Henry, y no en lidiar con aún más dolor infligido por un pedazo de mierda que no vale nada.

Sé que algún día se enterará, pero hoy no.

—Tiene que ver con una omisión financiera. ¿Recuerdas que te dije que James tenía que firmar su declaración jurada de bienes? —Ella asiente—. Pues la firmó sin contar toda la verdad. Tiene más activos de los que declaró. No es raro en casos como este.

Estoy a punto de contarle que Noah ayudó a descubrir la verdad, pero entonces se me encoge el corazón al pensar que quizá empiece a salir con él ahora que se ha librado de mí.

Joder, cuánto odio esto.

—En fin, se lo hemos expuesto de forma clara y sencilla, y sabe que no puede salirse con la suya.

Si te lleva a juicio, habrá cometido perjurio.

Y no es solo eso: te mintió sobre su situación económica, lo que probablemente significa que la pensión de alimentos que has estado recibiendo era bastante menor de lo que debería.

—Nada de eso me importa —dice con firmeza—. Quiero decir, gracias. Te lo agradezco, por supuesto. Pero ¿qué va a pasar con Henry?

—Conservas la custodia exclusiva —respondo, y sus hombros se hunden de alivio.

—¡Dios mío! —exclama, con una sonrisa deslumbrante extendiéndose por sus labios mientras sus ojos se llenan de lágrimas de felicidad.

Da un paso hacia mí con los brazos extendidos. Aunque alguien nos viera, podría justificar fácilmente un abrazo después de una reunión tan trascendental, pero aun así retrocedo ante ella.

Despacio, baja los brazos y su sonrisa se desvanece.

—No volverá a solicitar la custodia —añado deprisa, cogiendo de nuevo los expedientes como si fueran un escudo—. Se mantienen las condiciones originales de custodia. La orden de protección sigue vigente. No podrá volver a incumplirla sin que le caiga encima todo el peso de la ley.

Sus ojos escudriñan los míos mientras me observa, con los labios apretados y la mirada recorriéndome el rostro. Aparto la vista.

Soy un puto cobarde.

—Entonces… ¿vas a seguir representándome? —pregunta, con vacilación en la voz.

Es lo mejor.

—Sí…, a menos que prefieras que se encargue otra persona. Aquí hay bastantes abogados excelentes que podrían llevar el caso.

Inspira bruscamente y se rasca la muñeca mientras mira hacia la puerta. Siento como si fuera a fundirme con el suelo bajo mis pies.

—James va a pagar el tratamiento de Henry —consigo decir—. Se activará la póliza del seguro y te reembolsarán todo el dinero que hayas gastado hasta ahora.

Me aclaro la garganta y fijo la vista en una pequeña mancha de la mesa del centro de la sala mientras intento mantener firme la voz.

—Puedes seguir en AGS todo el tiempo que quieras, hasta que encuentres otro trabajo. Estoy seguro de que preferirás trabajar en otro sitio…, dadas las circunstancias.

—Las circunstancias… —espeta, y la ira que tan pocas veces he visto en su rostro reaparece con toda su fuerza.

—Es mejor que no trabajes para mí mientras se tramita el divorcio —prosigo atropelladamente, soltando las palabras mientras todavía consigo que me entre aire en los pulmones—. Es lo más sensato.

Retrocedo alarmado cuando avanza hacia mí, con los ojos centelleantes y los labios retorcidos en una mueca feroz. Es una mujer muy menuda, pero en ese momento siento como si se alzara por encima de mí, como si la fuerza de su ira fuera una bofetada física en plena cara.

—Es lo más sensato, ¿verdad? —masculla, levantando un dedo para señalarme el pecho—. Me alegra muchísimo que lo hayas dejado todo bien atado y rematado con un lacito, señor Heath —dice mientras me aparto de ella hasta que mi espalda choca con el frío cristal de la ventana.

Los ojos de Lissa brillan con lágrimas contenidas.

—Eres un cobarde —murmura con amargura, y ese golpe final es más de lo que puedo soportar. Sé que las cosas tienen que ser así; no tiene sentido que se quede, pero saber que va a marcharse, que no volveré a verla jamás, es una auténtica agonía.

Mi mano busca a ciegas el pomo de la puerta mientras me deslizo junto a ella y salgo de la sala sin decir una palabra.

Una vez en el pasillo, me dirijo a mi despacho. Respiro con jadeos breves y entrecortados mientras avanzo deprisa, con un dolor en el pecho.

Al llegar a la puerta, Adelaide me pregunta alguna trivialidad en la que no consigo concentrarme. Le hago un gesto para que me deje y entro a trompicones en mi despacho, desplomándome contra la puerta después de cerrarla.

No me sentía así desde que era adolescente. La agonía de perder a Lissa es abrumadora. Quiero quitármela de encima y recomponerme, pero, por mucho que mi voz interior me grite que me levante y me porte como un hombre, pareciéndose más a mi padre con cada palabra, no soy capaz.

Me quedo ahí, hundido contra la puerta, contemplando con la mirada perdida la sala en la que hemos pasado tantas horas maravillosas.

Al mirar los juguetes de las estanterías y la chaise longue del placer, las entrañas me arden de rabia.

¿Por qué tiene que ser así para mí?

Me incorporo, avanzo con paso furioso hasta la papelera que hay en un rincón y la arrastro hacia las estanterías. Empiezo a arrojar dentro los juguetes uno a uno, borrando su presencia de mi vida.

Me vuelvo, arranco la escultura de la pared sin importarme el enorme agujero que queda en su lugar y me deshago de todo lo demás que me recuerda a ella.

La chaise longue es lo último que queda, pero ahora no puedo hacer nada con ella. Ojalá pudiera tirarlo todo por la ventana o prenderle fuego.

Me llevo una mano al pecho y me froto el dolor palpitante que se niega a remitir. Incluso de pie entre los destrozos que he causado, no puedo evitar aguzar el oído, ansioso por escuchar los pasos de Lissa al otro lado de la puerta.

Las uñas se me clavan en la palma cuando alguien llama con suavidad. Me enderezo y exhalo lentamente.

—Adelante.

Adelaide abre la puerta con los ojos muy abiertos mientras contempla la sala y su mirada pasa por la profunda hendidura del yeso donde antes estaba la escultura.

—¿Va todo bien? —pregunta, muy preocupada, con los dedos todavía aferrados al pomo de la puerta.

Miro más allá de ella, hacia el escritorio vacío de Lissa. ¿Ya se ha marchado?

Joder…

—Estoy bien. ¿A qué hora es la reunión de socios de esta tarde?

—Es… es a las dos —responde, mirando de nuevo alrededor de la sala—. ¿Necesitas algo?

—No.

Tendré que contarle que Lissa se marcha. Pero ahora no. Adelaide se disgustará, y en este momento no puedo lidiar con las emociones de nadie más.

—Vete —espeto—. Todo va bien.

Adelaide da un paso atrás y alza sus finas cejas mientras se retira.

Me vuelvo, camino hasta mi escritorio y enciendo el ordenador. Tengo que centrarme, concentrarme en la reunión y mantenerme fiel a mi objetivo de convertirme en socio de pleno derecho. Es lo que he querido durante la última década. Ese es mi objetivo.

Todo lo demás no es más que una distracción, y estoy mejor sin ella.