At His Beck & Call (Sterling House) 42. Oliver
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42. Oliver

Oliver

El viernes por la mañana, estoy de pie fuera de una sala de reuniones en la tercera planta de mi edificio, esperando para entrar.

A través del cristal veo la cara de suficiencia de James, sentado en la sala con sus abogados a ambos lados. Noah Finnigan, el artífice de nuestros hallazgos, está junto a mí, pero lleva toda la mañana muy callado.

Lissa está en una sala varias puertas más allá, con instrucciones de no salir hasta que termine la reunión. Quiero tenerla cerca por demasiadas razones para enumerarlas, pero no quiero que se cruce con su ex. Nunca más, si puedo evitarlo.

Me resulta imposible comprender que un hombre pueda hacerle daño o encontrar en ella algo tan reprochable como para empujarla contra la encimera de una cocina.

Es la mujer más dulce que he conocido jamás y, mientras observo a James reír y bromear con sus abogados, me alegro muchísimo de que Lissa y yo nos conociéramos.

Nadie va a hundir a este hijo de puta como lo haré yo.

—¿Por qué aceptaste este caso? —me pregunta Noah cuando me vuelvo hacia él y aprieto contra el pecho las carpetas que llevo en las manos.

—¿Perdona?

—Estamos en plena batalla con Reynolds y compites con Sutcliffe por el puesto de socio principal. ¿Por qué aceptar ahora un caso pro bono?

Inspira hondo y entorna los ojos.

Arqueo las cejas. Es impertinente, por no decir grosero, que me cuestione sobre esto precisamente ahora. Como asociado júnior, debe seguir las instrucciones de los socios sénior sin hacer preguntas. Por no mencionar que estamos a punto de ganar. Me aclaro la garganta.

—¿Tienes algo en contra de ayudar a los menos afortunados? —pregunto con frialdad.

Noah no responde. Tensa la mandíbula, se encoge levemente de hombros y se vuelve hacia la puerta, dispuesto a entrar.

—Dame un minuto —digo.

Me doy la vuelta y me dirijo a la sala donde está Lissa. Abro la puerta y me cuelo dentro. Ella se pone en pie, visiblemente nerviosa; no para de moverse, diez veces más que de costumbre.

—¿Estás bien?

Asiente, pero noto que no lo está. —¿Seguro que es una buena idea? Si sale mal, podría causarte muchos problemas. Y James es un maestro manipulando las cosas para salirse con la suya.

—Sé lo que hago, Lissa. Ya me he ocupado de casos como este. Muchas veces, de hecho.

—Pero no con él.

—Es verdad. Pero todo va a salir bien. Te lo prometo.

Se muerde el labio y yo miro hacia la pared de cristal, odiando no poder cogerle la mano ni ofrecerle consuelo de ninguna clase.

—¿Necesitas algo? No debería durar mucho.

Niega con la cabeza y vuelve a sentarse.

—¿Tienes el móvil contigo? —Asiente y saco el mío para enviarle la relajante lista de reproducción que utilicé mientras le daban el masaje—. Ponla y escúchala durante la reunión, ¿de acuerdo?

Asiente de nuevo y me sonríe agradecida mientras regreso al pasillo. Noah está exactamente donde lo dejé, de pie junto a la puerta y con expresión adusta.

—Hablaré yo —digo antes de entrar en la sala, con Noah justo detrás.

Los ojos de James se vuelven hacia mí y se abren un poco más cuando le sostengo la mirada.

¿Te acuerdas de mí, gilipollas?

—Vaya. El mismísimo mandamás —dice con suficiencia mientras tomo asiento. Noah guarda silencio a mi lado, pero me complace en secreto que nosotros tengamos menos representantes que James. Tiene pinta de creer que está a punto de salir de aquí con el trato de su vida.

Coloco con cuidado la carpeta frente a mí y entrelazo los dedos encima.

—Mire, no quiero que esto se ponga feo —dice James, extendiendo las manos sobre la mesa—.

Pero Lissa me desafió cuando no me contó que a mi hijo le habían diagnosticado cáncer.

No creo que eso demuestre que esté en pleno uso de sus facultades mentales y, ahora mismo, mi prioridad es mi hijo y sus cuidados.

Ha estado pagando sumas astronómicas por el tratamiento en lugar de utilizar la póliza que me cuesta un buen dinero.

—La póliza la mantendría vinculada a usted mientras durase el tratamiento —digo mientras abro la carpeta y leo los detalles que proporcionó Lissa.

—El bienestar y la salud de nuestro hijo no deberían depender de que sus padres mantengan o no una buena relación —dice James con un tono de lo más razonable. Es un cabrón muy hábil, eso desde luego.

—Lissa tiene una orden de protección contra usted —digo sin mirarlo mientras repaso la documentación—.

Pero durante el último año se ha vulnerado en múltiples ocasiones.

¿Qué garantiza que el aumento del contacto con su hijo no los obligará a encontrarse con mayor frecuencia?

Es una situación que Lissa intenta evitar por su propio bienestar.

—Lo entiendo —concede James sin perder la calma—.

Pero Henry estaría mejor conmigo. ¿Sabe dónde vive ella?

No es un entorno saludable para un niño que tendrá que recuperarse de la quimioterapia.

Los médicos me han asegurado que Henry tiene buenas probabilidades.

Pero solo si recibe los cuidados adecuados.

Uno de sus abogados abre su propia carpeta y está a punto de deslizar hacia mí el acuerdo propuesto cuando levanto una mano.

—Un momento antes de examinar su oferta, señor Davenport —digo, percibiendo cómo se tensa el cuerpo de Noah a mi lado.

James frunce el ceño y nos mira alternativamente. —Mi oferta es más que generosa. Si tengo que llevar esto a los tribunales, lo haré, pero preferiría no obligar a Lissa a pasar por eso.

Qué considerado por tu puta parte.

—¿En cuál de sus propiedades viviría con su hijo durante y después del tratamiento? —pregunto. Los ojos de James se suavizan, como si fuéramos amigos. Cree que estoy de su parte y esto me está divirtiendo mucho más de lo que debería.

—En mi casa de Brooklyn. Está en un barrio seguro, está bien construida y tiene cinco dormitorios. Lissa podría visitarlo cuando quisiera.

—Parece bastante agradable.

—Lo es.

—¿Y su apartamento de Nueva Jersey? ¿También irá allí?

James se queda inmóvil y sus abogados intercambian una mirada mientras yo espero en silencio para ver con qué rapidez es capaz de salir del agujero que él mismo ha cavado.

James traga saliva, la primera señal que observo de que su aplomo empieza a resquebrajarse.

—Mi apartamento de...

—Nueva Jersey. Sí. Ya sabe cuál. Hemos encontrado pruebas de que lleva casi seis años pagando la hipoteca. El primer pago se realizó un mes después de que usted y la señora Davenport contrajeran matrimonio.

Le entrego los documentos que Noah obtuvo del contrato de arrendamiento del edificio, con el nombre de James claramente visible en la parte superior.

—¿Y Henry pasaría tiempo con la mujer que vive allí? —pregunto mientras deslizo hacia él una fotografía de James y esa mujer. Están de pie en el balcón, metiéndose la lengua hasta la garganta.

—Entenderá que necesite una aclaración, señor Davenport.

Después de todo, para un niño podría ser duro estar cerca de la novia de su padre, sobre todo durante un tratamiento de quimioterapia que podría resultarle difícil.

En especial cuando esa mujer ha sido la novia de su padre durante todo el tiempo que lleva casado.

Las mejillas de James arden y sus abogados, uno a cada lado, parecen decididamente sorprendidos ante esta nueva información.

Los dos hombres intercambian una mirada fatigada y puedo imaginar a la perfección lo que se les pasa por la cabeza.

Si James no les ha revelado lo del apartamento ni siquiera a ellos, entonces tiene más problemas de los que yo creía.

No tendrán defensa para esto ni lo habrán tenido en cuenta a la hora de preparar sus argumentos.

Ahora sí que te has jodido bien, James, ¿verdad?

—Un momento... —intenta protestar James mientras coge la fotografía—. La han retocado. Ella solo es mi inquilina.

—Debe de tener mucha suerte de contar con un casero tan atento —digo, cerrando la carpeta mientras saco la declaración patrimonial que lleva la firma de James al pie.

—Usted firmó esto, señor Davenport, y el apartamento no figura entre sus bienes.

Eso es perjurio, como estoy seguro de que le explicarán sus abogados.

Sin embargo, resulta aún más llamativo que haya llevado una doble vida sin conocimiento de quien entonces era su esposa.

No parece precisamente un entorno adecuado para un niño.

¿Cuántas mentiras le ha contado a Henry para explicar por qué no podía estar en casa para arroparlo por las noches?

¿De cuántos actos escolares y partidos se ha ausentado porque estaba con ella?

James se queda con la boca abierta mientras mira a sus abogados, pero ninguno de ellos le sostiene la mirada.

—Si acudimos a los tribunales e intenta obtener la custodia de su hijo, se presentarán ante el juez todos y cada uno de los recibos de todo lo que se ha gastado en su amante.

El nombre de ella también se verá arrastrado a todo esto y, por lo que hemos averiguado, no parece saber que usted tiene esposa e hijo en otro estado.

James se pone en pie, con el rostro amoratado y cubierto de manchas por la ira.

—Esto es ridículo —brama—. Voy a acabar con usted por esto, puto gilipollas.

—Puede ser, señor Davenport. Pero esta es la alternativa: hoy mismo retiramos la solicitud de custodia principal y usted le paga a Lissa lo que le debe.

Hasta el último centavo que se ha gastado en su amante durante los últimos cinco años, más la «generosa» suma que acaba de ofrecer en el acuerdo, además de activar su póliza de seguro para garantizar que se pague todo cuanto necesite su hijo.

Lo verá un fin de semana sí y otro no, como hasta ahora, y no volverá a vulnerar la orden de protección.

Si vuelve a ponerle un dedo encima a mi clienta, convertiré en mi misión personal que no vuelva a ver a su hijo. ¿Tenemos un trato?

Mi voz resuena por la sala y la expresión furiosa de James pasa del rojo al blanco en cuestión de segundos. Lo tengo entre la espada y la pared; él lo sabe y yo también.

Mira a sus abogados y les hace una señal silenciosa, tras la cual ambos se levantan.

—Tendrá noticias mías —escupe.

—Las espero con impaciencia, señor Davenport. Asegúrese de pensárselo bien antes de seguir adelante. Un tribunal no verá con buenos ojos sus mentiras. Y algún día, su hijo tampoco.

Sale hecho una furia y golpea la puerta de cristal con la mano con tanta fuerza que veo a Noah estremecerse. Sus abogados salen apresuradamente tras él, y yo me recuesto en la silla mientras guardo la hoja de papel en la carpeta con una sonrisa de satisfacción en el rostro.