At His Beck & Call (Sterling House) 41. Lissa
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41. Lissa

Lissa

Por suerte, Bethany está disponible para volver a acudir al rescate y, cuando llevo una hora en su casa, ya me ha peinado y me ha vestido con un precioso vestido azul marino y unos zapatos de salón color nude con tacones de vértigo.

Me ha retocado el maquillaje y acribillado a preguntas sobre adónde voy. Es la primera vez en nuestros casi diez años de amistad que le miento.

Sé lo que dirá si le cuento que voy a salir con Oliver. Bethany no es tonta y me conoce como si me hubiera parido.

Se las ha apañado para encontrar no sé dónde una pequeña americana azul marino para Henry. Está monísimo y rebosa entusiasmo cuando le digo que vamos a ir a un sitio sorpresa.

Bethany se muere por saber qué vamos a hacer, pero da por hecho que se trata de una celebración por el éxito de la operación de Henry y que vamos a salir a cenar juntos. Yo no la saco de su error.

A las siete, le escribo a Oliver para que me recoja a una manzana de casa de Bethany, y nos quedamos allí, fuera de la vista desde su ventana, para que no descubra lo que me traigo entre manos.

Para mi sorpresa, Oliver no llega en su elegante coche negro, sino en una berlina con chófer. Nos abre la puerta y deja que Henry suba primero.

Los asientos traseros están enfrentados y una mampara de privacidad nos separa del conductor, así que estamos relativamente solos. Cuando me siento junto a él, Oliver me recorre con la mirada, apreciativo.

Lleva un traje gris antracita, una camisa sin cuello debajo y nada de corbata. Está guapísimo.

—¿Dónde está Truman? —pregunta Henry con inocencia, y Oliver aparta los ojos de mí para mirar a mi hijo.

—Está en casa, Henry. Siento no haber podido traerlo conmigo, pero puedes ir a verlo cuando quieras. También puedes elegir algunos libros nuevos para llevártelos a casa.

Aprieto el bolso entre los dedos mientras miro por la ventanilla.

Como si eso fuera a suceder de verdad.

—Estás deslumbrante —dice en voz baja mientras Henry parlotea entusiasmado sobre el interior del coche. Siempre le han encantado los coches y, las pocas veces que hemos cogido un taxi juntos, ha trabado amistad con el conductor en cuestión de segundos.

—Gracias —respondo, cruzando las piernas—. ¿Vas a decirme adónde vamos?

—No hace falta, ya casi hemos llegado.

—¿De verdad? —pregunto mientras observo las bulliciosas calles de Nueva York.

Sigue haciendo frío y los peatones pasan a toda prisa, con la cabeza gacha, mientras nos deslizamos por las calles.

Unos minutos después, nos detenemos ante un pequeño edificio negro con dos guardias de seguridad en la entrada.

—¿Piensas secuestrarnos? —pregunto, solo medio en broma.

Oliver resopla. —No sería muy discreto si lo pretendiera. Henry, ¿ves a esos dos hombres al otro lado de las puertas? —Henry asiente, inseguro—. ¿Podrías acercarte y decirles que han llegado Lissa y Henry Davenport y Oliver Heath, por favor?

Miro fijamente a Oliver mientras Henry sonríe entusiasmado. Bajamos todos del coche; Oliver le dice algo en voz baja al conductor mientras Henry permanece a mi lado, mirando el edificio.

Oliver se acerca a nosotros. —¿Preparado? —le dice a Henry, y mi hijo asiente con entusiasmo. Oliver le susurra los nombres de nuevo para asegurarse de que los recuerda, y entonces observo, orgullosa, cómo se acerca sin miedo a los dos hombres enormes y recita su frase.

Los guardias de seguridad miran a Oliver con sonrisas cómplices mientras uno de ellos saca tres acreditaciones del bolsillo.

—Aquí tiene, Henry Davenport —dice uno de los guardias, entregándole una acreditación mientras él lanza un grito de emoción—. Esta noche sois invitados vip.

Oliver me ofrece el brazo y no me queda más remedio que aceptarlo. El estómago me da un vuelco cuando entramos. Henry me entrega mi acreditación con solemnidad, dando saltitos en los escalones de puro entusiasmo.

Al cruzar las puertas, nos encontramos en un pasillo negro de techo bajo, de apenas tres metros de largo, y el ruido de la calle se amortigua al instante.

Avanzamos mientras miro a Oliver, con una sensación de inquietud palpitando en mi interior, y él alarga la mano para abrir la puerta que tenemos delante.

Dentro hay una sala enorme llena de espejos que cubren todas las paredes.

En el centro de la sala hay una larga plataforma elevada sobre el suelo que conduce hasta una abertura al fondo.

—¿Es una pasarela? —le pregunto sin aliento.

—Dijiste que te gustaba la moda. He pensado en conseguirnos entradas para un desfile.

—¿De quién? —pregunto, abriendo mucho los ojos mientras él deja escapar una risita grave.

—Judith Linetti —responde con toda la naturalidad del mundo, mientras yo intento no desplomarme contra él.

—¿Linetti? —siseo, procurando mantener la voz baja mientras los demás asistentes empiezan a ocupar sus asientos. Hay hileras de sillas blancas a ambos lados de la pasarela, y Oliver nos conduce hasta el centro mismo de la primera fila, en una posición privilegiada para verlo todo a la perfección.

El corazón me martillea mientras un miembro del personal se lleva mi abrigo y nos sentamos.

Henry está entre nosotros, emocionado pero confundido.

No es precisamente algo que vaya a entusiasmarlo, pero lo acurruco contra mi costado.

Sigue fascinado con la acreditación y le pregunta a Oliver por las luces y por qué hay tanta gente en la sala.

Estoy más que entusiasmada con lo que está a punto de suceder. Llevo años admirando el trabajo de Judith Linetti, desde que debutó en Milán. Es una diseñadora en pleno ascenso, que empieza a abrirse paso entre las celebridades, y su línea de trajes de alta costura es increíble.

—Después iremos a comer pizza y helado para Henry —dice Oliver con decisión—. Henry, este es mi regalo para tu madre. ¿Qué te parece?

—¡A mamá le encantan los vestidos! —exclama Henry con entusiasmo.

—Pues por esa puerta de ahí van a salir muchísimos vestidos —le explica Oliver—. Y cuando termine, tu madre podrá escoger el que más le guste y yo se lo compraré.

Vuelvo la cabeza de golpe para mirarlo, abriendo y cerrando la boca sin conseguir articular palabra. No me da tiempo a protestar porque la música comienza y da inicio el desfile.

Al principio apenas puedo prestar atención a los vestidos, incapaz de asimilar lo que acaba de decir Oliver.

La idea de tener un vestido recién salido de la pasarela me resulta tan ajena que mi mente no logra procesarla.

Oliver se limita a permanecer sentado tranquilamente junto a mi hijo, lo que me impide discutir porque Henry está emocionadísimo por mí.

Los diseños quitan el aliento, con pliegues, encaje y espectaculares cascadas de vaporoso tul que brotan de cada prenda.

No me doy cuenta de que estoy mirando un vestido en particular hasta que es demasiado tarde.

Es un vestido tubo de corte escultural, con un profundo escote retrato que cae desde los hombros.

Un escote en forma de diamante en la parte superior se transforma en un cuello que recorre todo el borde del vestido y centellea bajo las luces mientras lo contemplo maravillada.

No reparo en que Oliver está hablando con uno de los responsables de los invitados vip hasta que vuelvo la cabeza hacia él y observo, horrorizada, cómo señala el vestido, le da al asistente el número cuando pasa por delante y lo encarga.

Mantengo la mirada fija en las modelos mientras desfilan una tras otra, cada diseño más maravilloso que el anterior.

El lujo expuesto resulta abrumador, y ni siquiera puedo pensar en cuánto deben de costar los vestidos.

Me sumerjo por completo en el desfile y saco unas cuantas fotos discretas para enseñárselas a Bethany en algún momento del futuro.

Tal vez, cuando todo este asunto con Oliver haya quedado atrás, pueda contarle lo de esta noche.

Cuando el desfile llega a su fin, me levanto y capto la mirada de Oliver mientras cojo a Henry de la mano.

—No vas a comprarme ese vestido —le susurro a Oliver.

—Considéralo mi disculpa.

—¿Te disculpas por darme dinero comprándome un vestido?

—Te estoy haciendo un regalo de verdad porque el otro no fue de tu agrado.

Pongo los ojos en blanco, pero, a decir verdad, todavía estoy tan abrumada por lo increíble que ha sido todo que no consigo seguir enfadada con él.

Ni en mis sueños más disparatados habría imaginado que sería invitada vip en un evento como este. Me siento como una celebridad al salir a la acera y no puedo evitar sonreír cuando Oliver baja la mirada hacia mí, con los ojos brillando bajo la luz de la farola.

—A mi madre le ha encantado —le dice Henry a Oliver antes de soltar un pequeño bostezo.

Oliver lo mira con el ceño fruncido. —¿Necesitas volver a casa? No quiero que mañana estés cansado.

—¡Dijiste pizza… y helado! —protesta Henry, abatido, mientras Oliver se ríe y asiente.

—De acuerdo, pero después tú y tu madre tenéis que volver a casa y acostaros, ¿vale?

La decepción que me provocan esas palabras me reconcome mientras bajamos todos por la calle hasta una pizzería situada justo al lado de una heladería de lujo que siempre he querido probar. Esperaba que Oliver nos invitara a volver a su casa, pero tal vez lo haya estropeado.

Devoramos porciones de pizza tan grandes como nuestras caras. Henry elige el clásico pepperoni, yo me decanto por champiñones y pimientos, y Oliver pide algo que solo puede describirse como una montaña de carne: todas las carnes que ofrece la pizzería apiladas sobre una gloriosa porción.

Después, ante el insistente recordatorio de Henry, llega el momento de pasar al helado.

Sigo a Oliver hasta nuestra mesa mientras Henry contempla el surtido de postres expuestos.

En el mostrador hay cubetas metálicas con todos los sabores de helado imaginables, pero siento un pequeño cosquilleo de felicidad cuando Henry me mira con una sonrisa.

Para nosotros solo hay una elección posible.

Una vez sentados, Oliver pide chocolate negro para él y enarca las cejas al mirarme.

—Stracciatella para Henry y para mí, por favor —digo—. Creo que será mejor que compartamos uno o estará hasta arriba de azúcar el resto de la noche.

Oliver asiente y le transmite nuestro pedido a la camarera. Cuando llega el helado, Henry empieza a comerlo feliz.

—¿Te lo has pasado bien? —pregunta Oliver, y yo alzo la vista hacia él.

—Creo que sabes que sí.

—En Nueva York se celebran bastantes eventos de este tipo.

Se queda en silencio, alisando el helado con la cuchara, pero no vuelve a hablar, como si hubiera estado a punto de invitarme a otro y se lo hubiera pensado mejor.

—Gracias —digo con sinceridad—. Ha sido mágico.

Esboza media sonrisa y mira a Henry antes de dejar la cuchara, con una expresión que pasa de despreocupada a seria en cuestión de segundos.

El corazón me da un vuelco al preguntarme si este es el momento en que me dirá que todo tiene que terminar entre nosotros.

—James vendrá al despacho el viernes.

Abro mucho los ojos, conmocionada, mientras Oliver se inclina hacia delante y me atraviesa con esa mirada intensa de la que no puedo apartarme. Rebusco torpemente en el bolso y saco los auriculares de Henry.

—¿Quieres escuchar un poco de música, cariño? —le pregunto. Henry se anima, me los coge y se los coloca sobre la cabeza. Abro Spotify y pongo una lista de reproducción que le gusta, asegurándome de que no pueda oír nada más de esta conversación.

Los ojos de Oliver no se han apartado de mi rostro y me quedo sin aliento al mirarlos. Son los ojos marrones más preciosos que he visto en mi vida.

—Puedo resolver esto por ti, Lissa —afirma con seguridad—. Por fin se acabará. Te lo prometo. Y si actuamos rápido, podremos vencerlo. Le han dado un plazo de cuarenta y ocho horas para firmar su declaración patrimonial. En cuanto lo haga, podremos demostrar que ha mentido sobre sus bienes.

—¿Que ha mentido? —pregunto, confundida—. Pero ¿no intentará buscar alguna forma de librarse? James tiene muchísimo dinero repartido por muchos sitios… Alegará que se le olvidó o algo parecido.

—Puede que lo intente —responde Oliver con calma—, pero hay otras cosas relacionadas con eso sobre las que creo que también está mintiendo.

He investigado un poco y es imprescindible que actuemos rápido.

Sé que no quieres lidiar con esto, además de con todo lo demás, pero te dije que te ayudaría y lo haré.

Puedo ganar esto por ti si confías en mí.

Asiento sin la menor vacilación. —Confío en ti. Pero ¿seguro que puedes encargarte? También tienes el caso Reynolds, por no hablar de todos los demás en los que estás implicado.

—Lo tengo controlado. Tampoco tendrás que ver a James. Me aseguraré de que te mantengan completamente separada. No necesitamos que estés en la sala y probablemente sea mejor que no estés allí.

Trago la cucharada de helado frío, con los trocitos de chocolate dulces sobre la lengua, y dejo la cuchara a mi lado, sin apetito.

—¿Y si te equivocas? —susurro—. Eres un abogado brillante, Oliver, y te estoy muy agradecida por tu ayuda. —Sus ojos se dulcifican—. Pero ¿y si esto sale mal y consigue quitarme a Hen?

—No me equivoco —afirma con una seguridad que me roba el aliento—. Confía en mí, Lissa. Todo esto acabará muy pronto.

La idea de que James desaparezca de mi vida para siempre es maravillosa.

Pero no estoy segura de qué ha querido decir con esa frase.

¿Se refiere Oliver a que James desaparecerá o a que él y yo seguiremos caminos separados para siempre?

De repente, la generosidad del dinero, el desfile y el vestido cobran mucho más sentido.

Oliver se está despidiendo a su manera. Asegurándose de que no me falte de nada después de poner fin para siempre a lo nuestro.

Ese pensamiento hace que la euforia de la velada se desvanezca poco a poco hasta desaparecer por completo mientras fuerzo una sonrisa y vuelvo a mi postre.