At His Beck & Call (Sterling House) 40. Lissa #2
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40. Lissa #2

—¿No se te ocurrió despertarme para avisarme de que te ibas? ¿O dejar una nota para decir que seguías viva?

—Pensé que lo mejor era marcharme —digo, alzando la barbilla mientras él se yergue en toda su estatura y avanza hacia mí de forma amenazadora, aunque sin tocarme.

—Ah, ¿sí? ¿Y por qué pensaste eso? —gruñe.

—Es lo mejor.

—¿Qué es lo mejor, Lissa?

—Mantener separadas nuestra vida laboral y la personal.

—¿Eso era lo que estábamos haciendo? —pregunta, dando un paso hacia mí. Es imposible ignorar su enorme cuerpo mientras retrocedo una y otra vez hasta que los hombros chocan contra el borde de las estanterías.

—S… sí.

Inclina la cabeza; su boca queda a poco más de un centímetro de la mía mientras dejo escapar un suspiro tembloroso e impotente.

—¿Eso era lo que hacías anoche en mi cama? —murmura, rozándome las caderas con las manos—. ¿Eso hacías cuando te corriste sobre mi polla y después me suplicaste que te follara otra vez?

Se acerca a la puerta y echa la llave antes de regresar junto a mí.

Su pecho presiona contra el mío mientras empuja mi cuerpo contra las estanterías. Se oye un pequeño tintineo cuando uno de los juguetes cae al suelo, y Oliver me agarra las caderas con tanta fuerza que hago una mueca.

Su erección presiona entre mis piernas y me hace estremecer.

—Eres mía, Lissa, ¿me oyes? Puedo hacer contigo lo que me dé la gana y, si quiero que te quedes en mi casa, te quedas donde yo te ponga. —Ahora su voz vacila, con un gruñido de fondo que hace que todo mi cuerpo lo ansíe.

Sus labios rozan los míos y dejo escapar un grito sobresaltado cuando me muerde el labio inferior antes de hundir la lengua en mi boca.

Desliza los dedos por la parte posterior de mis muslos mientras me alza contra las estanterías, sosteniendo mi peso con la fuerza de su cuerpo.

Con breves embestidas de las caderas, frota la polla contra mí mientras abro las piernas y las enrosco en torno a su cintura.

Mis zapatos caen al suelo con un golpe sordo.

Su boca aplasta la mía antes de apartarse para morderme el cuello, lamerlo y raspar mi carne con los dientes. Vuelve a hundir la lengua en mi boca con un gemido y succiona la mía. Desliza una mano hasta mi muslo y la mete bajo la falda, ahuecándola entre mis piernas.

Jadeo sobre él, completamente deshecha por el calor de su cuerpo.

Se aparta y me atraviesa con esa mirada negra como la noche mientras empuja la polla contra mí con tanta fuerza que mi cabeza golpea las estanterías con un ruido sordo.

—Al principio te dije que nunca te marcharas cuando estuvieras disgustada. ¿Es que no me oíste?

No puedo hablar; todo mi cuerpo se derrite contra él. Cada parte de mí desea complacerlo, borrar para siempre la rabia de su cara.

—Lo siento —exhalo, y él emite un leve gruñido de satisfacción.

—Más te vale.

Tras una última embestida de su polla, vuelve a bajarme al suelo. El cambio repentino me marea, y me sujeto a las estanterías para recuperar el equilibrio mientras él retrocede. Sigue mirándome, pero ahora su expresión es más dulce.

—Los dos hemos cometido errores y pienso compensártelo esta noche.

—¿Esta noche? —pregunto mientras se arregla la ropa.

—Esta noche. A las siete. También me gustaría que viniera Henry.

—¿Adónde vamos?

—A un sitio elegante. ¿Qué tipo de comida te gusta más?

Lo miro sin comprender.

—No tienes por qué hacer eso…

—Quiero hacerlo —dice con voz sombría, interrumpiéndome mientras un escalofrío me recorre la espalda—. La he cagado y tengo que arreglarlo.

Lo miro jadeando, con el cuerpo palpitando de deseo por él. Mantiene los ojos fijos en mi rostro mientras se pasa una mano muy deliberadamente por la parte delantera de los pantalones y se recoloca.

—¿Me dejarás hacerlo, Lissa? —pregunta, y siento alivio al oír que la dulzura ha regresado a su tono.

—De acuerdo —murmuro, y, sin añadir palabra, regresa a su escritorio y se sienta.

—No vuelvas a alejarte de mí cuando estés enfadada —dice—. Ni a salir de mi casa sin decírmelo, ya puestos. Nunca más. ¿Ha quedado claro?

—Sí, señor —respondo con un toque de petulancia. Él me mira y recorre mi cuerpo con los ojos por última vez.

Se muerde la comisura de los labios y aparta la mirada un instante.

—Estate lista a las siete.

Retrocedo hacia la puerta y me arreglo la ropa sin dejar de mirarlo, deseando que vuelva a fijarse en mí, pero no lo hace.

Abro la puerta, tan confusa como cuando entré, y estoy a punto de chocar con Noah.

—¡Ah! —exclamo rápidamente mientras retrocedo y me llevo una mano al pelo por puro reflejo—. Perdona, Noah.

—¿Está libre el señor Heath? —pregunta.

—Eh…

Me vuelvo y encuentro la oscura mirada de Oliver clavada en mí. Tengo que contener el escalofrío que amenaza con recorrerme. Él asiente con brusquedad.

—Sí. Pasa.

Me aparto para dejarlo entrar y regreso a mi escritorio.

Solo cuando llego y me miro en el pequeño espejo del cajón descubro que tengo el pintalabios emborronado alrededor de la boca e incluso una mancha en la barbilla.

Me lo limpio mientras miro de reojo a Adelaide, pero ella no ha levantado la vista del expediente que está leyendo.