40. Lissa
Lissa
Estoy en la cola de la cafetería con la sensación de que podría desmayarme de agotamiento. No sé cómo una sola noche sin dormir ha podido dejarme hecha polvo, pero me siento completamente exhausta.
Desde luego, caminar penosamente por la nieve a las cinco de la mañana no estaba en mis planes para este año. En cuanto pude, cogí un taxi, ya que mi cuenta corriente está a rebosar de dinero gracias a Oliver.
Me sentí fatal por presentarme en casa de Bethany tan temprano, pero le bastó con echarnos un vistazo para hacernos entrar a rastras, casi sin decir palabra.
Me dio un vaso de agua, me preparó el desayuno y me dijo que no me preocupara por Henry mientras lo acostaba. Añadió que luego lo llevaría con Jenna.
Bethany no me preguntó qué había pasado, pero vi el «te lo dije» en sus ojos y decidí marcharme antes de que pudiera expresarlo en voz alta.
Hago una mueca mientras avanzo en la cola, con el móvil apretado en la mano. El recuerdo de abrir anoche mi cuenta bancaria y ver aquel enorme ingreso hace que me invada una nueva oleada de náuseas.
Estaba tumbada en la cama, extasiada por el sexo, deseando acurrucarme junto a Oliver durante nuestra primera noche de verdad juntos. Solo había mirado el móvil porque se había iluminado a mi lado con una notificación.
La expresión de Oliver cuando le pedí explicaciones fue, con diferencia, lo peor. Parecía totalmente desconcertado, como si lo hubiera acusado de algo terrible.
¿Y por qué no iba a estarlo? Me pagó generosamente por un servicio para el que me habían contratado y yo se lo eché en cara.
No era culpa de Oliver que mi corazón se hubiera quedado atrapado entre su preciosa casa, su adorable perro y el tiempo que pasaba con mi hijo.
El rato que pasamos frente al fuego me pareció el comienzo de algo real; podía olvidarme de todo lo demás y limitarme a sumergirme en el resplandor cálido y suave de su compañía. Nunca había experimentado nada semejante, nunca me había sentido tan segura, tan vista.
Y entonces fui yo y lo arruiné.
Desde que salí de casa de Oliver, no he parado de pensar en llamar a Sterling House. Podría llamar ahora mismo a Pippa y decirle que lo de Oliver no está funcionando. Me pregunto si podría conseguirme otro cliente. Bethany dice que estas cosas pasan constantemente.
Me muerdo el labio inferior al llegar al principio de la cola y pido el café más grande y cargado que tengan.
Tengo que disculparme; eso es evidente. Si Oliver no acepta mis disculpas, me marcharé y me plantearé pedir ayuda a Bethany para pagar lo que queda de las facturas médicas de Henry.
Doy un salto hacia atrás cuando un tipo enfadado con casco de bicicleta pasa empujándome.
—Coja de una puta vez su café, señora.
Me quedo mirándolo y, al volverme, descubro que mi café ya está esperándome sobre el mostrador. Lo cojo rápidamente y me marcho, lamentando no haberle escrito a Adelaide para preguntarle si quería uno.
Mientras bebo a sorbos el mágico líquido caliente, avanzo haciendo crujir la nieve de la acera, con las suelas de los zapatos empapadas.
Saco el móvil y escribo a Bethany para preguntarle por Henry. Al instante me envía una foto de él jugando en la encimera de la cocina, con huevos revueltos y un vaso grande de zumo de naranja a su lado. Después, Bethany manda un sencillo «¿tas bien?», pero no respondo.
Soy idiota, eso es lo que soy.
El primer hombre que se fija en mí desde que me separé, alguien que me paga por acostarme con él, y voy yo y me enamoro. Quizá Bethany tenga razón y sea demasiado inocente para este trabajo.
El móvil vuelve a sonar. Es un mensaje de la doctora Erkhart preguntándome si puedo llamarla más tarde para hablar del calendario de tratamiento de Henry. Cierro los ojos, consumida por la vergüenza.
Soy increíblemente egoísta por pensar tanto en Oliver cuando mi hijo sigue enfermo. Debería centrar toda mi atención en él y no perder el tiempo con un hombre al que nunca le importará de verdad.
Me disculparé con Oliver, seguiré como si nada y mantendré bien enterrada cualquier ilusión absurda acerca de que haya sentimientos entre nosotros.
De todos modos, solo es cuestión de tiempo que se deshaga de mí.
¿Qué hombre que se apuntó a tener sexo casual y sin compromisos querría cargar con todo este equipaje?
Para cuando llego al despacho, mi estado de ánimo ha empeorado y el cansancio que me pesa en los párpados es aún mayor que antes.
Consigo sonreír a Adelaide, que me saluda con la cabeza en el pasillo mientras se dirige al área de administración. Acabo de dejar el bolso sobre mi escritorio cuando la puerta del despacho de Oliver se abre de golpe y se me corta la respiración ante la mirada abrasadora que me lanza.
Parece enorme, furioso e intimidante. Mi cuerpo solo sabe reaccionar de una manera ante eso, y me ruborizo al instante; la sangre se concentra entre mis piernas cuando da un paso hacia mí.
—Ah, ¿Lissa?
Adelaide regresa, y los ojos de Oliver se desplazan hacia ella. Aprieta la mandíbula y vuelve a cerrar la puerta en silencio.
—¿Te importaría echarme una mano con esto?
—pregunta, señalando unos expedientes con la cabeza—.
Es la información sobre las propiedades que encontraste en el caso Reynolds y solo quiero hablar con Renee para que haga unas copias.
¿Las necesitamos para todas las partes? Creo que Noah envió un correo al respecto.
—Puedo comprobarlo —respondo rápidamente mientras enciendo el ordenador.
—Vaya, estás muy colorada. ¿Hace frío fuera? —pregunta Adelaide mientras me toco la mejilla con el dorso de la mano.
—Sí —respondo—. Aunque por fin ha dejado de nevar.
—No me puedo creer este tiempo. A mi jardín no le está gustando nada, y los pobres pájaros… Les he comprado vellón para que forren los nidos. No deberían tener que enfrentarse a tormentas árticas en esta época del año.
Asiento distraída, pendiente de la lucecita que hay al extremo de mi escritorio y preguntándome si se encenderá para indicar que Oliver quiere verme. Parecía cabreadísimo.
¿Va a despedirme?
—¿Este? —digo aliviada, enseñándole el correo de Noah—. Creo que tendremos que hacer cuatro o cinco copias…
El teléfono del escritorio de Adelaide empieza a sonar y ella masculla algo con irritación.
—Esta mañana salimos de una y nos metemos en otra.
—Dámelos —digo, tendiendo una mano hacia las carpetas—. Iré a pedirle a Renee que haga las copias y luego las ordenaré. No hay problema.
—Gracias —dice Adelaide mientras se acerca deprisa al teléfono y coge el auricular—. Despacho del señor Heath. Ah, hola, Mark. Sí, llegará una media hora más tarde de lo que pensábamos. ¿Te parece bien?
Me levanto del escritorio. El calor palpitante entre mis piernas es un recordatorio humillante de lo que Oliver Heath me provoca. Ni siquiera me he acercado a él todavía. Me basta una mirada suya para convertirme en un charco en el suelo.
Enderezo los hombros y me dirijo al despacho de administración. Con suerte, cuando vuelva a mi escritorio, Oliver estará reunido durante el resto del día y no tendré que verlo de nuevo.
Al pasar junto a los demás despachos de la planta, veo a Noah dentro de uno. No me escribió después de nuestra cita; espero que comprendiera que no va a pasar nada entre nosotros.
Aun así, le sonrío porque no quiero que haya incomodidad entre nosotros.
Me saluda con la cabeza, con el móvil pegado a la oreja, mientras le pregunto por señas si quiere un café.
Niega con la cabeza, pero levanta el pulgar, lo que espero que signifique que no está demasiado disgustado por lo ocurrido.
Al llegar al despacho de administración, entrego a Renee los documentos que necesitamos copiar. Ella los coge y se dirige a la máquina situada al fondo de la sala.
El sonido de la fotocopiadora es constante en este extremo del pasillo, y miro el luminoso despacho blanco de Warren Sutcliffe, que está cerca.
Adelaide me contó que él y Oliver aspiran al mismo puesto de socio capitalista. Espero de verdad que se lo den a Oliver. Lleva muchísimo tiempo trabajando muy duro; se lo merece.
Renee reaparece y me entrega los documentos. Regreso a mi escritorio preguntándome si Oliver pedirá verme, pero la luz no se enciende y su puerta permanece cerrada.
Tengo varios correos de Adelaide en los que me pide ayuda con un evento próximo, así que llamo a uno de los proveedores para ocuparme del catering mientras observo cómo Adelaide se acerca al despacho de Oliver, llama y entra.
Mi cuerpo permanece rígido hasta que vuelve a salir, cabizbaja y revisando unos sobres. Ni siquiera mira en mi dirección.
Exhalo lentamente y continúo con mi mañana, con la cabeza en mil sitios e incapaz de concentrarme del todo en nada. Estoy a punto de tirar el café del escritorio dos veces, e incluso Adelaide comenta lo despistada que parezco hoy.
Voy al baño y me miro en el espejo mientras me aliso el pelo con las manos. Contemplo mi reflejo; las ojeras resultan evidentes mientras me toco la piel, intentando parecer menos cansada.
Saco el corrector y disimulo las ojeras lo mejor que puedo. Ya que estoy, me retoco el pintalabios.
Me ajusto la chaqueta del traje y, algo más presentable, regreso a mi escritorio, solo para descubrir que Adelaide se ha marchado.
Miro el reloj y comprendo que es la hora de comer. Estoy alargando la mano hacia el bolso cuando la luz de mi escritorio se enciende con fuerza.
Me quedo de pie, paralizada, medio delirante de alivio y medio aterrada.
¿Y si está a punto de despedirme?
Dejo caer el bolso y camino hacia la puerta de su despacho. Me tiemblan un poco las manos al girar el pomo y entrar.
Oliver está de pie en el centro de la habitación, con los brazos cruzados sobre su enorme pecho y la mirada clavada en mí mientras cierro la puerta. Me adentro un poco más en el despacho, con las manos revoloteando nerviosas a los lados.
—¿A qué hora te fuiste, Lissa? —espeta.
La pregunta suena una octava más grave que su voz habitual, y trago saliva cuando las profundas vibraciones llegan hasta mí.
—Temprano.