39. Oliver
Oliver
Después de quedarme mirando la puerta cerrada durante casi un minuto entero, preguntándome qué acaba de pasar, me pongo algo de ropa y salgo del dormitorio.
Al llegar a la puerta del otro dormitorio, me detengo a su lado y aguzo el oído para averiguar si Lissa sigue moviéndose dentro.
Quiero entrar, sacarla de allí a rastras y llevármela de vuelta a mi habitación, con la ira bulléndome bajo la piel mientras poso una mano sobre el picaporte.
Lo único que le dije al principio de todo esto fue que debíamos mantener una comunicación abierta. Dejé claro que, si algo entre nosotros la incomodaba, debíamos hablarlo.
Pero tampoco esperaba que fueran a ponerse en duda los propios términos de nuestra relación.
Sé que está claro que he juzgado mal la situación, pero solo fue un gesto para ayudarla, nada más. No es que no se lo haya ganado. Es una bonificación por todo el tiempo que hemos pasado en mi despacho.
Permanezco junto a la puerta durante un buen rato, atento a cualquier indicio de movimiento. Me planteo susurrar su nombre, entreabrir la puerta y pedirle que venga a hablar conmigo.
Pero, al final, me voy a la cama como un cobarde y me quedo despierto mirando el techo hasta las cuatro de la madrugada.
Cuando me despierto apenas un par de horas después, tengo calor y estoy incómodo, con la cabeza atestada de preguntas que no puedo responder.
Ayer mencionó que iba a dejar a Henry con una niñera. Espero que me permita llevarlos en coche y que podamos hablar una vez que lo hayamos dejado.
Aparto las mantas de una patada y voy a la cocina para prepararle una taza de café y distraerme así de lo desagradable que será lo que está por venir.
Con la taza humeante en la mano, voy a llamar a la puerta de la habitación de invitados, pero, en cuanto mis nudillos golpean la madera, esta se abre.
Entro y me encuentro la cama hecha y ni rastro de Lissa o Henry.
—¡Joder!
Me vuelvo de golpe, preguntándome si acaban de irse, pero no oigo ninguna voz en las inmediaciones. Es esa clase de silencio que solo existe en una casa vacía. Tengo ganas de golpear algo.
Dejo su café en la encimera de la cocina, echo pienso en el cuenco de Truman y saco el teléfono. La llamo mientras recorro la estancia de un lado a otro, pero no contesta. ¿Anoche salió sin más de nuestro dormitorio, recogió a Henry y se marchó?
Nuestro dormitorio.
Empieza a dolerme la cabeza.
¿Sigue trabajando para mí? ¿Lo he estropeado todo hasta tal punto que ha desaparecido por completo de mi vida?
Bajo la mirada hacia Truman mientras devora el contenido de su cuenco, haciendo crujir el pienso con estrépito al tiempo que sus patitas ejecutan un baile de felicidad sobre el suelo.
Aprieto más el teléfono y vuelvo a llamar a Lissa, pero salta el buzón de voz. Ni siquiera son todavía las siete de la mañana. ¿Cuánto tiempo lleva fuera?
Me paso las manos por el pelo mientras pienso en lo que llevaba puesto anoche. Desde luego, nada apropiado para abrirse paso a través de la nieve.
Oigo un crujido y miro el teléfono. Una línea blanca y astillada se extiende desde el borde: la pantalla se ha roto bajo la presión de mi mano.
—¡Joder!
Giro sobre los talones y entro a grandes zancadas en mi habitación para vestirme. La culpa empieza a transformarse en ira.
¿Cómo se atreve a marcharse sin decírmelo? ¿Cómo se atreve a irse sin hablar conmigo?
Mi mal humor persiste durante todo el trayecto hasta la oficina, y el tráfico de mierda no contribuye precisamente a mejorarlo. La nieve parece alcanzar casi un metro de altura y hay varios accidentes que atascan los cruces durante todo el camino hasta el edificio.
Mientras conduzco, dicto un mensaje rápido para mi madre con el fin de asegurarme de que está bien y recibo una foto como respuesta. Solo aparecen sus pies, rodeados de gatos frente a una chimenea encendida. Parte de la tensión abandona mis hombros, pero sigo sin tener noticias de Lissa.
Cuando ya he aparcado el coche en el garaje bajo la oficina y he subido lentamente en ascensor hasta mi planta, estoy al límite.
No me sentía tan furioso desde que vi a James amenazando a Lissa en el hospital. No tengo control sobre mí mismo, y no me gusta ser incapaz de gestionar mis emociones.
Avanzo a paso ligero por el pasillo en dirección a mi despacho, consciente de que probablemente Adelaide aún no habrá llegado. Y espero por Dios que Lissa haya venido directamente aquí después de dejar a Henry.
Pero los dos escritorios están vacíos.
Entro en mi despacho dispuesto a derribar la silla de una patada, pero me quedo clavado en el sitio al encontrarme a Thomas Burton dentro, esperándome. Está inclinado sobre mi mesa, escribiendo algo, y yo permanezco en el umbral hasta que repara en mi presencia.
Miro rápidamente a mi alrededor para comprobar que no me haya dejado nada comprometedor que pueda encontrar, pero, cuando se fija en mí, una amplia sonrisa se extiende por su rostro.
—Ah, Oliver, siento irrumpir aquí tan temprano. Tengo una reunión con los ejecutivos dentro de unos minutos y quería dejarte una nota para que me llamaras. Me ha parecido más personal que un correo electrónico.
—Buenos días, Tom —digo, conteniendo la ira como buenamente puedo—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Solo me he pasado para decirte lo impresionada que está Carmen con tu trabajo.
Alzo la mirada hacia él con el ceño fruncido. Que la llame «Carmen» resulta extraño; normalmente no se referiría a una clienta por su nombre de pila.
—Sí —respondo—. Ha ido mejor de lo que podríamos haber esperado. Richard Reynolds no ha declarado al menos tres propiedades residenciales en distintos estados que utiliza para alojar a sus amantes. Ella va a dejarlo sin nada.
Rodeo el escritorio y, al sentarme en la silla, interpongo una barrera entre nosotros.
—En realidad, fue una de mis asistentes ejecutivas quien descubrió la conexión —añado, con una opresión en el corazón—. Todo el mérito para Noah Finnigan, por supuesto; él ha hecho la mayor parte del trabajo. Pero Lissa Davenport fue quien descubrió el primer apartamento.
—Vaya... Tienes una buena asistente —murmura Tom con condescendencia, y me muerdo el interior de la mejilla para contener una réplica mordaz.
Cuidado, Oliver. No cabrees al hombre que votará para nombrarte próximo socio ejecutivo.
—En cualquier caso, son noticias excelentes —continúa Tom—. Buen trabajo.
—¿Se sabe ya cuándo se celebrará la votación para elegir al próximo socio ejecutivo? —pregunto rápidamente, pero él ya ha perdido el interés y pasea la mirada distraída por mi despacho. Está claro que tiene sitios más importantes donde estar.
—La cosa está entre Warren Sutcliffe y tú —murmura—. Supongo que lo sabes.
—Sí. Pero también sé que he generado muchos más ingresos para el bufete que Sutcliffe. Y he conseguido varios clientes nuevos muy importantes.
—Cierto —dice con una sonrisa tensa—. Últimamente has hecho un buen trabajo, Oliver. Sigue así. Pero no soy el único al que tienes que impresionar.
Llaman a la puerta y el corazón me da un vuelco ante la posibilidad de que sea Lissa, pero, en su lugar, Noah asoma la cabeza.
—¡Oh! —exclama con expresión sorprendida—. Lo siento, no sabía que estaba reunido.
—Ya me iba. Entra, Finnigan —dice Tom, guiñándome un ojo mientras se acerca a él con paso despreocupado—. Oliver me ha contado que has trabajado mucho en el caso Reynolds. Buen trabajo.
El gesto resulta increíblemente condescendiente cuando le da una palmada en el hombro, pero Noah sonríe al verlo pasar, apartándose de su camino y siguiéndolo con la mirada como si fuera una especie de dios.
En cuanto Burton desaparece de la vista, Noah se vuelve hacia mí y entra en la estancia con una carpeta apretada contra el pecho.
—Buenos días, señor Heath —dice con los ojos enrojecidos y cansados mientras me tiende la carpeta.
La imagen de él sentado frente a Lissa en el restaurante, haciéndola reír con una vela entre los dos, me cruza la mente. Le arrebato la carpeta con algo más de brusquedad de la necesaria.
—Buenos días, Noah. ¿Qué es esto? —pregunto.
—Información sobre James Davenport —responde, señalando el expediente mientras lo abro—. Me tomé la libertad de ordenar que lo siguieran cuando descubrí cierta actividad extraña en sus redes sociales.
—¿Algo importante? —pregunto con el corazón desbocado.
—Oh, ya lo creo. —Lo miro y mis dedos se cierran con más fuerza sobre la carpeta que sostengo. La abro y contemplo las fotografías de su interior con una sacudida de satisfacción.
—Buen trabajo. Gracias.
—Es... el marido de Lissa, ¿verdad? —pregunta mientras frunce el ceño y me sostiene la mirada.
—Hace poco tuviste una cita con ella, ¿no? —pregunto, y sus mejillas se tiñen de escarlata—. Están separados, si eso es lo que te preguntabas.
—N... no —dice, pero no aparta la mirada de mi rostro. Se le tuercen los labios y me observa fijamente, sin pestañear—. Solo me preguntaba qué tiene que ver esto con el bufete.
Me detengo, maldiciéndome por haber mencionado la cita. —No importa —digo despacio—. Necesitaba que se hiciera, y no tengo que darte explicaciones. Eso es todo.
Permanece unos segundos más frente a mi escritorio, fulminándome con esa misma expresión irritada, antes de darse la vuelta y salir.
Una sensación inquietante crece en mi pecho mientras lo veo marcharse. Me levanto y cierro la puerta, dando golpecitos con el expediente en el muslo.