At His Beck & Call (Sterling House) 38. Oliver #2
80%

38. Oliver #2

—Si no me encuentras por la mañana, manda una patrulla de búsqueda —murmura. Sonrío, recostado en la almohada, mirando sus ojos azul tormenta y deseando tocarla.

—¿Henry duerme bien? —pregunto.

—Normalmente sí. A veces tiene pesadillas. Pero, si se despierta y no me encuentra, me llamará.

—Te despertaré si lo oigo —digo justo cuando Truman salta con cautela a la cama y me mira esperanzado—. Ni hablar —le espeto, y él baja de mala gana al puf que hay a los pies de la cama.

—Pobre Truman —dice Lissa con tristeza mientras lo ve acomodarse y, con un gruñido exasperado, la atraigo contra mi cuerpo.

—Hum, bueno, solo estorbaría —digo con brusquedad.

Sus ojos brillan mientras alza la mirada hacia mí. Ahora ya no hay forma de ocultar mi erección, y su pierna se frota contra ella con picardía, enviando una descarga eléctrica por todo mi cuerpo.

Mi mano se desliza bajo su camisa y recorre su cuerpo mientras ella tiembla entre mis brazos, y me coloco encima, apoyando apenas el peso para no aplastarla.

—No tenemos por qué hacer nada, ¿sabes? —digo mientras ella me contempla con las pupilas oscurecidas por el deseo.

—Quiero hacerlo —susurra—. Siempre que tú también quieras.

Me río entre dientes. —Eso nunca está en duda —respondo, meciendo las caderas contra ella.

Me inclino y le beso el cuello mientras sus manos suben para acariciarme la espalda. Me tenso cuando sus dedos recorren los relieves de las cicatrices bajo la tela, pero no dice nada.

Aparto las mantas de golpe, acalorado de repente, y le saco la camisa por la cabeza antes de arrojarla a un lado. Está tumbada bajo mi cuerpo contra el gris de mis sábanas y nunca he visto nada tan hermoso en toda mi vida.

—¿Qué quieres? —pregunto mientras la nieve proyecta sombras circulares sobre su piel.

—A ti —responde sencillamente, y la intimidad de esas dos simples palabras acaba por desarmarme por completo.

Tratando de recuperar el control, le sujeto las muñecas y se las empujo bruscamente por encima de la cabeza mientras ella jadea y se arquea contra mí.

—Voy a atarte las muñecas al cabecero —digo mientras abre más las piernas—. ¿Es eso lo que quieres?

—Sí.

Alargo la mano hacia la silla junto a la cama y cojo la corbata que llevaba del montón de ropa cuidadosamente doblada.

Tiro de ella hacia mí, la deslizo sobre la cama y la subo entre sus pechos. Ahora respira con fuerza, con los brazos sobre la cabeza y los ojos siguiendo la corbata, fascinados.

Le ato una muñeca al cabecero y luego la otra. Ella pone a prueba las ataduras y gime cuando descubre que apenas ceden.

—¿Estás bien? —Ella asiente—. Puede que necesites otro baño cuando haya acabado contigo.

—Oh, no —dice, mordiéndose el labio—. Sería una tragedia.

—Abre las piernas.

Obedece, y mi mano desciende hasta su sexo mientras gime bajo mi cuerpo. Me complace descubrir que está húmeda y preparada para mí cuando introduzco un dedo en ella.

—Hum —digo mientras vuelve a arquearse—. ¿Por qué estás tan mojada, Lissa? ¿Pensabas en mí mientras te bañabas? ¿En lo bien que te follo?

Jadea cuando le introduzco otro dedo de una sola embestida larga. Ahora tiene la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta mientras me inclino sobre ella y cubro sus labios con los míos.

El beso es suave y tierno, muy distinto de nuestros encuentros habituales, y, a medida que bajo por su cuerpo, los gemidos de Lissa aumentan de volumen mientras le doy placer con la lengua, succionándole el clítoris.

Al cabo de un rato, le introduzco tres dedos, observando cada una de sus reacciones mientras tira de las ataduras, con todo el cuerpo moviéndose contra las sábanas, jadeando desesperada y dejando escapar palabras incoherentes que se parecen mucho a súplicas.

Me siento sobre los talones, retiro despacio los dedos y acaricio mi polla dura sin apartar los ojos de ella mientras se humedece los labios.

Antes de poder pensármelo demasiado, agarro el dobladillo de mi camiseta, me la saco por la cabeza y la arrojo a un lado.

Lissa gime cuando me inclino y dejo que mi peso se apoye contra ella. Ahora tira de verdad de las ataduras, pero no me pide que la desate.

Alineo mi polla y gimo al hundirme en su calor húmedo, sintiendo cómo las paredes de su cuerpo me absorben mientras ella gime debajo de mí.

—Joder —susurra—. Deja que te toque.

Le lamo el cuello y empujo las caderas para recorrer el último centímetro mientras ella grita demasiado fuerte, por lo que le tapo la boca con la otra mano.

Cuando vuelvo a hundirme en ella y establezco el ritmo, embistiendo con las caderas en cada penetración, enloquece debajo de mí, tirando sin cesar de la corbata y suplicándome en silencio que la libere.

Aunque una parte de mi cerebro me dice que la mantenga atada, encerrada donde no pueda tocarme, la otra aniquila mis temores y mi mano se mueve para deshacer el nudo con un giro de muñeca.

Al instante, me rodea con los brazos y nos retorcemos juntos; sus manos vagan por mi espalda, sobre las cicatrices, sin vacilar, atrayéndome contra ella, aceptándome tal como soy.

Es la mejor y la peor noche de mi vida.

Embisto contra ella durante lo que parece una eternidad, hasta que su boca se abre en un grito silencioso mientras nos corremos juntos.

Hundo las caderas hacia delante, llegando tan profundo como puedo mientras ella tiembla bajo mi cuerpo con los brazos alrededor de mi cuello.

En ese momento somos uno, enredados sin espacio alguno entre nosotros.

Me desplomo encima de ella, respirando con fuerza, mientras sus dedos me acarician la espalda con una delicadeza infinita, pero no soporto esa sensación durante mucho tiempo; lo ajena que me resulta despierta algo en el fondo de mi mente, algo desagradable que no tiene nada que ver con ella.

Ruedo hacia un lado.

Nos quedamos tumbados así, contemplando el techo sin hablar; mi mano encuentra la suya sobre las sábanas y nuestros dedos se entrelazan sin fuerza mientras ella deja escapar un pequeño suspiro de satisfacción.

Estoy a punto de dormirme, pero me obligo a salir de la cama para ir al baño.

Cierro la puerta e intento ordenar mis confusos pensamientos.

Me tomo mi tiempo para empapar con agua tibia una manopla para ella y, al alzar la vista hacia mi reflejo, me sorprende la satisfacción que veo en mi propia expresión.

Pero, cuando vuelvo a entrar en la habitación, me detengo en seco. Lissa está sentada en la cama, con el móvil entre las manos y el ceño fruncido.

Me quedo quieto, con la manopla en la mano, esperando a que hable, pero ella no dice nada. Entonces alza la mirada hacia mí y el estómago se me encoge al ver el dolor en sus ojos. Dolor y rabia.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Has ingresado cincuenta mil dólares en mi cuenta —dice con voz temblorosa. Cuando no respondo de inmediato, sale de la cama y se pone mi camisa de un tirón, fulminándome con la mirada como nunca lo había hecho.

—Sí —respondo con cautela—. Quería asegurarme de que recibieras una compensación adecuada.

Y en realidad quería darte muchísimo más.

Suelta un bufido sonoro y pasa por encima de mi camiseta tirada mientras se acerca a mí. Solo entonces me doy cuenta de que estoy desnudo, expuesto, con mis cicatrices por completo a la vista por primera vez en mi vida adulta.

Pero, cuando llega hasta mí, se limita a pasar de largo y se dirige a la puerta. Alargo la mano por instinto, desesperado por impedir que se marche.

—Lissa —digo, pero ella se zafa, llega hasta la puerta y vuelve la mirada hacia mí mientras la abre—. Quería darte algo. Tengo tanto... Por favor, acéptalo con la intención con la que te lo he dado.

—¿Y con qué intención me lo has dado? —espeta.

No digo nada, horrorizado por la rabia que deforma su precioso rostro.

—Buenas noches, Oliver —dice entre dientes antes de salir de la habitación y cerrar la puerta con cuidado para no despertar a Henry. Truman levanta la cabeza desde el puf y deja escapar un gemido mientras la ve marcharse.

Joder.