At His Beck & Call (Sterling House) 38. Oliver
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38. Oliver

Oliver

Estoy flotando en una nube mientras Lissa va al dormitorio de Henry para ver cómo está. Truman sale trotando del salón y se planta a mi lado.

Las manos se me cierran en puños y vuelven a relajarse mientras la alegría fluye por mi interior, una sensación nueva e inesperada.

Voy a clavarle los huevos a ese cabrón en la pared.

El placer visceral que siento al poder ir a por James, al golpearlo donde más le duele, me consume por completo. Supe qué clase de hombre era a kilómetros de distancia: un gilipollas rico y engreído que cree que puede tratar a la gente como le dé la gana porque tiene dinero.

Pues está a punto de aprenderlo todo en la Escuela de Hostias de Oliver Heath. No permitiré que le haga daño. Nunca más.

Me quedo junto a Truman en el pasillo, escuchando los movimientos silenciosos de Lissa dentro de la habitación.

De pronto, todo mi cuerpo se queda inmóvil y una oleada de inquietud me invade. Las puertas que creía firmemente cerradas han empezado a abrirse.

Eres idiota si crees que esto con Lissa funcionará alguna vez.

He vivido solo toda mi vida. La única persona con la que he estado realmente unido es mi madre. Adelaide me importa mucho, por supuesto, pero nuestra relación es laboral.

Lissa nunca me deseará de verdad. No como yo la deseo a ella.

Las circunstancias en las que nos conocimos son tan difusas y confusas que no sé muy bien cómo definir lo que tenemos. Pero estoy seguro de que no me quiere.

¿Quién demonios podría quererme alguna vez?

Miro fijamente el umbral, paralizado por la indecisión.

Esto es una estupidez. Todo lo relacionado con mi oferta, con involucrarme en su vida y arrastrarla más profundamente a la mía, es de una insensatez absoluta. Pero no consigo parar.

Cierro los ojos, atormentado por la vergüenza de cómo nos conocimos. Ojalá hubiera sido en otro sitio. En cualquier otro. Podría haber llegado a conocerla de verdad, haber pasado tiempo con ella al margen de mi retorcida y perversa forma de ser.

Vuelvo a abrir los ojos y descubro que me observa desde el umbral.

—¿Estás bien? —pregunta, frunciendo el ceño mientras yo asiento de manera automática y me agacho para coger al perro, esperando que toda la gama de emociones que siento no se me refleje en la cara.

Me acerco al umbral y, desde mi altura, echo un vistazo al interior.

Henry está justo en medio de la cama, con los brazos extendidos a ambos lados.

—Tendré que intentar ponerlo de lado para poder meterme a su lado —dice Lissa—. Desde la operación duerme mucho boca arriba.

—No lo despiertes —susurro—. Puedes venir a dormir a mi habitación.

Mis manos se aferran a Truman en cuanto esas palabras salen de mi boca.

¿Acabo de invitarla a dormir en mi cama?

Lissa frunce el ceño mientras contempla el cuerpo dormido de su hijo y después asiente despacio.

—¿Estás seguro?

No. ¿Qué coño estoy haciendo?

—Sí. No quiero que estés incómoda.

Me doy la vuelta, apretando al perro contra el pecho mientras intento asimilar lo que acabo de ofrecerle. No tiene ningún sentido, pero a estas alturas no voy a echarme atrás.

Recorro el pasillo hasta mi dormitorio, que se encuentra en la misma planta que el cuarto de invitados. Los ojos de Lissa se abren de par en par cuando entra detrás de mí, contemplando mi cama y los enormes ventanales por los que se filtra una luz brumosa mientras los copos de nieve siguen cayendo.

—Esta habitación es preciosa —dice Lissa con voz ligeramente temblorosa.

—No tienes que dormir aquí si no quieres —suelto de golpe, esperando que suspire aliviada y regrese a la habitación de su hijo, pero, en lugar de eso, alza la mirada hacia mí con curiosidad en esos enormes ojos.

—¿Dónde preferirías que estuviera?

A mi lado durante el resto de mi vida.

—Aquí. —Me muerdo la lengua mientras dejo a Truman en el suelo. El pequeño granuja salta a la cama, aunque sabe que no tiene permiso, quizá porque ha descubierto que me ablando cuando Lissa está cerca.

—Baja —ordeno con firmeza, y Truman se apoya sobre los cuartos traseros y se sienta muy tieso encima del edredón. Lissa suelta una risita ahogada a mi lado.

—Parece que Truman también quiere dormir en la cama —dice con ternura, y yo pongo los ojos en blanco.

—Está mimadísimo. Pero hoy está peor que de costumbre.

Me acerco al perro y lo fulmino con la mirada mientras él jadea mirándome, pero no tengo valor para apartarlo. Me froto la frente con la palma y reprimo la frustración que me provoca mi propia debilidad.

¿Qué me pasa hoy?

—Tengo un cepillo de dientes de repuesto —digo, señalando el baño con la cabeza—. ¿Quieres darte una ducha?

Una imagen vívida de su cuerpo arqueado sobre el capó de mi coche me cruza la mente mientras ella asiente con torpeza.

—Las toallas están dentro, a la izquierda. Y en el armario hay varios geles y champús. Usa lo que quieras.

Se acerca al baño y se detiene.

¡Madre de Dios!

Es una exclamación tan extraña viniendo de ella que me acerco por detrás y miro dentro por si algo va mal. Pero está igual que siempre.

—Es el baño más bonito que he visto en mi vida.

Frunzo el ceño mientras ella entra. El mármol negro y los detalles dorados siempre me han parecido ostentosos.

Lo mandé hacer cuando acababa de mudarme, cuando creía que el dorado y el negro eran «elegantes».

Si tuviera que reformarlo de nuevo, probablemente elegiría grises y plateados, pero está claro que a Lissa le gusta mientras da una vuelta sobre sí misma.

—Es más grande que todo mi apartamento —dice entre risas—. ¡Mira la ducha! ¡Es del tamaño del Empire State Building!

No puedo evitar reírme mientras revolotea entusiasmada de un lado a otro, maravillándose ante la bañera y gimiendo cuando se inclina sobre ella.

—Guau. Tiene una pinta increíble.

—¿Prefieres darte un baño?

—Oh, no —responde enseguida—. No. Es demasiado tarde.

Niego con la cabeza. —En absoluto. Si te apetece, deberías hacerlo.

Me mira con los ojos brillantes. —¿No te importa? Hace muchísimo que no me doy un baño y me encanta quedarme un buen rato a remojo.

—Entonces tendrás tu buen rato a remojo. Te abriré el grifo y tú podrás ajustar la temperatura. En esa cesta hay sales de baño y algunas cosas más.

Había comprado esos productos hacía poco pensando que quizá algún día, si Lissa estuviera aquí conmigo, podría apetecerle usarlos.

—Gracias, Oliver —dice, dedicándome una sonrisa radiante que hace que algo se me revuelva por dentro de manera muy poco oportuna.

—Disfruta —consigo decir—. Y quédate a remojo todo el tiempo que quieras.

Tengo que irme antes de meterme ahí contigo.

Prácticamente vibra de alegría cuando la dejo y cierro la puerta casi por completo tras de mí.

Miro a Truman, que ahora está tumbado en la cama igual que Henry, y lo fulmino con la mirada mientras voy a coger el libro y las gafas de la mesilla.

Truman abre un ojo cuando oigo correr el agua. Me observa con cautela, sin duda esperando que lo eche de la cama, pero su pelaje es casi exactamente del mismo tono que el edredón, así que lo dejo estar, complacido por lo bien conjuntado y cómodo que parece.

Al pasar junto a la rendija de la puerta del baño para salir del dormitorio, vislumbro a Lissa desnudándose dentro y aparto la mirada de inmediato.

Lissa me toma la palabra y se recrea en el baño durante casi cuarenta minutos. Me preparo una infusión, convenciéndome de que no estoy esperando a que venga a la cama, aunque resulta evidente que sí.

Es tarde y a estas horas suelo estar dormido, pero no consigo relajarme.

Hasta el sonido de sus movimientos en la bañera basta para tenerme la polla medio dura. La miro con irritación mientras se pone firme cuando Lissa sale al dormitorio con una toalla alrededor del cuerpo y sujetando la ropa que llevaba antes del baño.

Durante un segundo parece presa del pánico y mira hacia la puerta del baño.

Oculto una sonrisa mientras se pone la camisa antes de sacar la toalla por debajo, como si nunca hubiera visto su cuerpo desnudo.

Se vuelve y me examina con curiosidad; yo arqueo una ceja. —¿Qué pasa?

—Nada. Es solo que nunca te había visto con ropa informal.

Bajo la mirada hacia la camiseta y los pantalones cortos holgados que uso para dormir. —Supongo que no. Dejé de acostarme con traje; pica demasiado.

Se ríe mientras se acerca a la cama. Es absurdo lo incómodos que estamos los dos. He estado enterrado hasta el fondo en esta mujer decenas de veces y, sin embargo, parece que no nos conocemos de nada.

Aparto las mantas y ella se mete en la cama, diminuta en ella, engullida por mi camisa. Dejo las gafas encima del libro y las coloco junto a la cama antes de apagar la luz, mientras ambos contemplamos la nieve que cae al otro lado de la ventana.

—¿Crees que podremos ir al trabajo por la mañana? —pregunta.

—Sí. Pero puede que tengamos que salir temprano.

—¿La gente no se dará cuenta si llegamos juntos?

—Tal vez. Pero yo me ocuparé de todo. No te preocupes. ¿Dónde se quedará Henry mañana mientras estés trabajando?

—Tengo una cuidadora maravillosa que se llama Jenna. Se quedará con él porque todavía no está preparado para volver al colegio. Si podemos dejarlo allí primero, sería genial. Estará bien no tener que coger el autobús por una vez.

—¿Crees que Henry estará bien con la cuidadora? Ya sabes que puedes tomarte mañana libre si lo necesitas.

—Oh, estará bien. Puede descansar todo el día en el cuarto de invitados y ver dibujos animados. Está recuperando la energía muy deprisa y se encuentra muchísimo mejor.

—¿Le da bien de comer? —pregunto, pensando que quizá podríamos parar en un supermercado de camino a casa de la cuidadora para comprarle algo.

—Sí, le prepara todas las cosas que le gustan: macarrones con queso, perritos calientes, sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada. Y también se las apaña muy bien para que coma algo de verdura y fruta. A veces, mejor que yo —dice con una risita.

Se acurruca bajo las sábanas, demasiado lejos de mí. La distancia que nos separa me irrita y estoy a punto de hacer algo al respecto cuando ella se acerca.