37. Lissa
Lissa
—James ha contratado abogados —digo por fin.
Oliver y yo llevamos un rato sentados en la penumbra, sumidos en el silencio, bebiendo vino a sorbos, sin movernos ni hablar. Es maravilloso limitarse a estar con otra persona, pero la intimidad de nuestra conversación anterior me ha infundido valor.
Se vuelve hacia mí con el ceño fruncido mientras deja la copa de vino, plenamente concentrado en mí.
—¿Te lo ha dicho él? —pregunta.
—Fue a mi apartamento y me entregó personalmente los papeles del divorcio. Lleva amenazando con hacerlo desde que me marché, pero creo que, en alguna parte de su retorcida visión de nuestras vidas, esperaba que volviera con él.
Oliver no dice nada. Mantiene la vista clavada en el cojín del sofá que hay entre nosotros, donde Truman gruñe en sueños y luego da un gran bostezo.
—Tengo la custodia exclusiva de Henry —continúo—, pero no tengo ninguna posibilidad contra James.
—Tienes una orden de protección contra él, Lissa. Eso suele influir en la decisión del juez. Los tribunales tendrán en cuenta sus antecedentes de violencia doméstica. Sin duda jugará a tu favor.
—Lo sé. Ya me lo han dicho, pero no puedo permitirme un buen abogado y, aunque pudiera, James ha incumplido la orden tantas veces durante el último año que el juez siempre ha sido indulgente con él.
Oliver frunce aún más el ceño al coger la copa de vino. —¿Eso era lo que había ocurrido cuando te vi aquel día en el hospital?
Asiento y las palmas empiezan a sudarme al recordarlo.
—Nunca debería haberle ocultado la enfermedad de Henry —digo, dando voz al sentimiento de culpa que me palpita bajo la piel—. Tenía todo el derecho a saber qué le pasaba a su hijo.
—Tal vez. —Esa sola palabra me encoge las entrañas y me vuelvo hacia Oliver, intentando tragar a pesar del nudo que tengo en la garganta—.
Pero Henry está separado de su padre por las decisiones de James.
No tenía derecho a hacerte daño y, aun así, lo hizo.
Si James hubiera sido mejor padre y mejor marido, no se habría separado de su hijo y habría sabido de su enfermedad desde el principio.
Tú elegiste ahorrarte más sufrimiento a ti y a tu hijo.
Eso no es malicioso ni vengativo, Lissa…
Sus palabras hacen que se me llenen los ojos de lágrimas. La habitación está ya tan oscura que las sombras parecen cerrarse a nuestro alrededor.
—James tiene mucho dinero —digo, impotente—.
Tiene más dinero del que sabe qué hacer con él.
Podría demostrarle fácilmente al tribunal que Henry tendría una vida mejor a su lado.
Solo necesitarían una fotografía de mi apartamento de mierda.
Hay moho en los armarios y parejas gritándose en todas las plantas.
James, en cambio, trabaja en el sector financiero y tiene su propia casa en Brooklyn.
El juez verá que Henry tendría una buena vida con él.
Oliver me clava esa mirada oscura e intensa.
—Define «buena». —Se humedece los labios y se recuesta contra el respaldo del sofá, con el puño apoyado en la sien; tranquilo y sereno—.
Así que James le proporciona una casa. Estupendo.
¿También tendrá un padre que lo quiera? ¿Podrá ver a su madre, que lo adora y quiere lo mejor para él, o te impedirá verlo para siempre?
Un lugar donde vivir no es nada comparado con el mundo que tú has construido para él.
Se inclina un poco hacia delante. —Tú tienes la custodia de Henry por una razón.
Puedes ofrecerle una vida mejor porque no lo utilizas como moneda de cambio para anotarte tantos.
Cualquier abogado competente podría defender ese argumento.
Estás comparando un vínculo económico con uno emocional.
No hay color. Al menos, desde mi punto de vista.
Niego despacio con la cabeza. —Los abogados competentes cuestan dinero. Muchísimo dinero.
Los cálidos dedos de Oliver me rodean la muñeca y él baja mi mano hasta el sofá, entre ambos.
Su pulgar me acaricia suavemente la piel mientras lo miro, con el corazón latiéndome a mil por hora cuando nuestras miradas se encuentran y quedan prendidas.
—Tienes al mejor abogado de la ciudad —dice con solemnidad.
—¿Qué?
—No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo luchas sola contra esto. Henry debe estar contigo; cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta. Vi a su padre. Sé cómo son los hombres como él y no permitiré que te quite a tu hijo, Lissa. Te representaré y no te cobraré nada.
Se me abre la boca y empiezo a negar enérgicamente con la cabeza. —De ninguna manera. No.
Frunce el ceño y arquea una ceja. —¿Y por qué no?
—Porque no puedes representarme.
—¿Por qué?
—Cobras más de dos mil dólares la hora. Has trabajado mucho para alcanzar esa posición, para trabajar con clientes que pueden pagarte. Yo no puedo hacerlo. No sería justo.
—Pero te lo estoy ofreciendo.
—No quiero que me ofrezcas eso. No te lo he contado por ese motivo. —El pecho se me oprime más a cada segundo. De pronto, haberme sincerado con Oliver me parece la cosa más estúpida y patética que he hecho en mi vida.
¿Habrá estado escuchándome e imaginando que le pedía ayuda? ¿Como una madre desesperada que se abre paso hasta su casa y le suplica que ayude a su hijo?
—Lissa…
—¡No! —digo, dejando la copa y poniéndome bruscamente en pie—. No. Henry y yo deberíamos marcharnos.
Salgo de la habitación hecha una furia y el manto de oscuridad se desprende de mis hombros cuando entro en el pasillo.
Las luces sobre mi cabeza son intensas y desagradables mientras avanzo hacia la habitación de Henry, justo antes de que unas manos enormes se posen sobre mis hombros y me detengan en seco.
Oliver me da la vuelta. Hay algo peligroso en sus ojos, pero retrocede y vuelve a soltarme.
—No te vas a marchar —dice con una urgencia que me hace estremecer. Inspira profundamente, aparta la mirada para recobrar la compostura y vuelve a empezar—. Lo que quiero decir es que, por favor, no te vayas. Lissa, solo te estoy ofreciendo mi ayuda, nada más.
—No puedes ayudarme. No de esa manera.
—¿Por qué no?
—Porque es una locura. Tú me pagas por… —Me interrumpo, miro hacia la puerta abierta de la habitación de Henry y niego con la cabeza—. No te he hablado de James para que me ayudaras. No era eso lo que intentaba decir en absoluto. Solo… no sé… Sentía que, de algún modo, estábamos en la misma onda.
—¿De verdad crees que alguna vez podría pensar que intentarías manipularme de esa manera?
—No me conoces tan bien.
—Te conozco lo suficiente. Eres una buena persona, Lissa.
No voy a quedarme mirando cómo sufres y luchas cuando tengo los medios para ayudarte.
Deja todo lo demás a un lado, todo lo que hemos hecho juntos.
Esto es independiente. Se trata de justicia, y tú la mereces.
Más que todas las Carmen Reynolds del mundo.
Ella es una mujer rica y amargada que pelea por las últimas migajas de sus privilegios.
Tú, en cambio, luchas por el fundamento mismo de tu vida. Deja que te ayude. Por favor.
—Pero… nunca podría devolvértelo —digo con desesperación.
No alcanzo a comprender por qué hace esto por una escort a la que apenas conoce, pero, cuando por fin alzo la vista hacia él, veo determinación en sus ojos mientras se mete las manos en los bolsillos.
—¿Crees que alguna vez me ofrecería a hacer algo que no quisiera hacer? Conoces mi forma de ser. No acepto hacer cosas que no quiero. Puedo ayudarte con esto, Lissa. Puedo ganar el caso por ti.
El fulgor del triunfo regresa ahora a sus ojos, y me recorre una descarga de emoción al ver en su expresión la misma satisfacción que he visto tantas veces en su despacho después del horario laboral. Es evidente que hay una parte de él que de verdad quiere ayudarme.
¿Estoy loca por planteármelo?
Tengo dos voces gritándome en la cabeza, peleando por imponerse. Una es la de Bethany, que me dice que nunca quede en deuda con un hombre. Si esta relación se desmorona, ¿qué le impediría dejarme en la estacada y negarse a representarme?
La otra es mucho más fuerte. Es una voz que llevo semanas relegando al fondo de mi mente. Grita como si estuviera dentro del más oscuro de los túneles; sus ecos ascienden en espiral por mi cabeza, incapaces ya de ocultar la verdad.
Te estás enamorando de este hombre y te estás preparando para la caída más dura de tu vida.
¿Crees que te desea? ¿A ti? Cuando podría tener a cualquier mujer de esta ciudad.
En cuanto termine de ayudarte, su obligación habrá acabado y te soltará como si fueras una brasa ardiente.
No permitas que nadie vuelva a tener tanto poder sobre ti. Nunca más.
—Lissa, llevaré este caso pro bono y no hay ninguna posibilidad de que consiga la custodia de Henry. De ahora en adelante, tendrás el control absoluto de tu relación con él.
Retuerzo las manos frente a mí mientras el «no» vuelve a subirme por la garganta. Pero, al pensar en mi hijo, en su carita valiente, en su fortaleza ante ese muro de incertidumbre y enfermedad, sé que no puedo elegir otra cosa.
Asiento despacio y una enorme sonrisa se extiende por el atractivo rostro de Oliver.
Henry es lo que importa. Mi vida, mi corazón, tendrán que encontrar la manera de sanar por sí solos.