At His Beck & Call (Sterling House) 36. Oliver
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36. Oliver

Oliver

Observo a Lissa, sentada junto a Henry en la cama. Le acaricia la cabeza, concentrada por completo en él.

Truman salta a la cama, olisquea con delicadeza a Henry y se acomoda a su lado. Apenas sé nada sobre el sexto sentido de los animales, pero Truman parece ser consciente de que Henry no está bien. Rara vez establece un vínculo así con alguien la primera vez que lo conoce.

Sé que no debería haberles pedido que vinieran. Supe que había sido un error en cuanto la invitación salió de mi boca, pero no pude evitarlo.

Al verla con Henry, tan dulce y delicada mientras la nieve cae al otro lado de la ventana, me invade una sensación de paz y equilibrio como nunca antes había experimentado.

¿Cómo coño he conseguido enamorarme de una escort?

No tiene sentido negarlo: me he enamorado de ella.

La última hora de la jornada laboral se ha convertido en lo que me ayuda a sobrellevar el resto del día.

Pienso constantemente en ese rato con ella, planeando cómo hacerla disfrutar, cómo conseguir que gima para mí.

Pero también pienso en cómo permitirle relajarse, desahogarse y estrecharla entre mis brazos.

Pienso en todo lo que ha vivido. Yo tengo tanto y ella tan poco, pero se merece todo cuanto el mundo puede ofrecerle.

Si pudiera hacer más por ella, lo haría.

Saco el móvil, abro la aplicación del banco y hago una transferencia por todo el tiempo extra que hemos pasado juntos esta semana. Probablemente sea más de lo que debería enviarle, pero me da igual.

Quiero que tenga una vida más fácil. La adoro, y también adoro a Henry, pese a que apenas lo conozco. Es como una prolongación de ella. Cada gesto que hace, su manera reflexiva, pausada y prudente de comportarse, me recuerdan a Lissa.

Me duele el corazón al pensar que está tan enfermo.

—¿Has pensado alguna vez en llevarte a Truman al trabajo? —pregunta Lissa.

Me guardo el móvil en el bolsillo y miro con el ceño fruncido a Truman, que tiene las patas delanteras apoyadas contra el muslo de Lissa.

—Baja, Truman —le digo con suavidad, pero Lissa se limita a reír y lo coge en brazos.

—No pasa nada, es un amor.

Truman le lame la barbilla. —Lo es. Pero a veces también es un trasto. Y no. Nunca he pensado en llevarlo a AGS. No creo que a los demás socios les hiciera mucha gracia.

Ella acaricia la diminuta cabeza de Truman mientras su colita golpea una y otra vez contra su cuerpo. Siento el impulso de rodear los pequeños hombros de Lissa con un brazo, pero, en vez de hacerlo, me meto rápidamente las manos en los bolsillos.

Ella se dirige tranquilamente al salón mientras yo voy a la cocina y recojo de la encimera las copas de vino abandonadas. La sigo con lo que queda de la botella. Me planteo abrir otra, pero ya he bebido bastante y necesito mantener la cabeza despejada.

Mi asistenta encendió el fuego antes de marcharse y todavía sigue ardiendo cuando entro en la estancia. Truman y Lissa se han acercado a él. Está preciosa bajo el suave resplandor dorado. No puedo dejar de mirarla mientras le sirvo un poco más de vino.

Se sienta en el sofá situado frente a la chimenea y, tras dudar un poco, me siento a su lado.

Me aterra que sea capaz de leer en mi rostro todo lo que siento.

La idea de que descubra mis sentimientos hace que las náuseas me suban por la garganta como ácido.

Si supiera los pensamientos absurdos que me rondan la cabeza, sin duda se reiría en mi cara.

Doy un sorbo al vino e intento no apretar la mandíbula. Truman salta entre nosotros y hace ese gesto que tanto me gusta: dar varias vueltas antes de acomodarse.

Al final se apoya contra la pierna de Lissa, pero a ella no parece importarle. Cuando él se tumba boca arriba con las patas en el aire, ella deja una mano apoyada sobre su barriga. A veces es de lo más ridículo.

—¿Has pensado alguna vez en montar tu propio bufete? —pregunta. Me quedo quieto, la miro y enarco una ceja.

—Sí —admito despacio—. Muchas veces. Pero he trabajado mucho para llegar a donde estoy en AGS. Estoy a punto de convertirme en socio de pleno derecho. Es el objetivo por el que llevo tanto tiempo trabajando.

Me dedica una gran sonrisa de aprobación. —¿Y qué pasará después? —pregunta.

Es una pregunta muy inocente, pero me obliga a detenerme a pensar. —Supongo que seguiré trabajando como siempre, le subiré el sueldo a Adelaide y le haré más regalos morados.

Lissa suelta una risita y sus ojos destellan a la luz del fuego. —¿Hay algún motivo por el que vista de morado todos los días? Llevo tiempo queriendo preguntárselo, pero no quiero hacer que se sienta incómoda.

Alzo los ojos hacia el techo. —Es una broma absurda entre nosotros que se nos fue de las manos.

Me mira intrigada y yo suspiro cuando vuelve a soltar una risita.

Dios, cómo me gusta ese sonido.

—Cuando Adelaide empezó a trabajar para mí, hace un millón de años, yo era un gilipollas integral.

Puede que fuera un abogado estupendo, pero me avergüenza admitir que consideraba a los asistentes personales y al personal administrativo como mis empleados.

No sentía el menor respeto por ninguno de ellos.

—¡No me lo puedo creer!

Sonrío, agradecido de que mi confesión la haya sorprendido.

—Era un capullo arrogante; por eso voy a convertirme en socio de pleno derecho antes de cumplir los cuarenta.

A mis veintitantos era muy ambicioso y tenaz.

Pero Adelaide era una de las pocas personas que no me dejaban salirme con la mía.

Yo era tan arrogante que creía que podría «doblegarla»; ahora me da vergüenza recordarlo.

Niego con la cabeza. —Una vez le dije que el morado era el color de la realeza y que siempre me había encantado.

Al día siguiente se presentó vestida de morado de pies a cabeza y me dijo a la cara que debía tratar a mis asistentes como a las reinas que son, porque constituían el activo más importante que tendría jamás.

—Vaya. No me la imagino hablándote así.

—¡Ja! Tiene mucho más carácter de lo que parece y todavía no me pasa ni una, aunque desde entonces me he moderado bastante. Aprendí la lección.

—¿Y cuál era?

—Que tenía razón. Un abogado puede hacer su trabajo gracias a toda la gente que trabaja entre bastidores.

Yo no podría hacer el mío sin Adelaide; ella lo sabe tan bien como yo.

Pero lo del morado perduró. Cada día me recuerda, a su manera, lo imprescindible que es.

No es que alguna vez fuera a deshacerme de ella. Es increíble.

—Te tiene en muy alta estima.

—Sí, bueno, sobre gustos no hay nada escrito.

Me dedica una gran sonrisa, haciendo que el estómago me dé otra voltereta, y vierto en su copa lo que queda de vino.

Durante un buen rato no dice nada y yo me remuevo en el asiento, nervioso ante la posibilidad de que esté pensando en volver a casa.

Nunca he dejado que una mujer duerma aquí. Jamás.

—¿Puedo hacerte una pregunta que no tienes por qué responder? —dice en voz baja.

Mis dedos se cierran con más fuerza en torno al tallo de la copa porque sé exactamente qué va a decir. Contemplo las llamas con el corazón desbocado mientras me obligo a pronunciar las palabras.

—Mi padre —digo despacio—. Las cicatrices de mi espalda son obra suya.

Me mira con los ojos muy abiertos y tristes, y en su mirada hay comprensión.

Busco la lástima que estoy acostumbrado a ver en los médicos y en quienes conocían el temperamento de mi padre.

Pero con Lissa es distinto. Hay preocupación, pero no lástima.

Se le endurece la mirada cuando vuelve los ojos hacia el fuego y frunce el ceño.

—¿Sigue vivo? —pregunta con suavidad.

—No. Murió de tanto beber hace mucho tiempo.

Miro al frente y las llamas se desvanecen mientras me sumerjo en un recuerdo que he evocado más veces de las que puedo contar. Me llega el olor a sangre mientras recorro el pasillo de la casa de mi infancia y doblo la esquina para encontrarme con una imagen que jamás olvidaré.

—Estuvo a punto de matar a mi madre. La noche en que se marchó. Ese fue su regalo de despedida. Que yo la encontrara así.

El fuego es la única luz de la estancia y la penumbra me envuelve mientras continúo hablando.

—Ya lo había hecho antes. Muchas veces. Pero mientras me escondía en mi habitación supe que aquella vez era diferente. Ella me había hecho jurar que no saldría, pero siempre me he preguntado si podría haberlo detenido. Nadie más iba a acudir a salvarla.

—Pero tu madre sobrevivió, ¿verdad?

—Sí. De algún modo.

—Y también te pegaba a ti. —No es una pregunta.

—Cuando podía, recibía las palizas en lugar de mi madre.

—Es horrible, Oliver.

—Era un hombre espantoso. Cuando no conseguía lo que quería, lo pagaba con todos los que tenía a su alrededor. Pero entonces crecí. Y seguí creciendo. Sabía que no podría continuar pegándome.

—¿Y tu madre se recuperó?

—Hasta cierto punto. Sufrió heridas graves, pero sigue ahí, tan peleona como siempre.

Me he gastado una fortuna adaptando su casa a sus necesidades —digo, negando con la cabeza con una sonrisa pesarosa—.

Y ella no para de adoptar gatos para que le hagan compañía.

Es como si quisiera tropezarse con uno y romperse la cadera.

—¿Cuántos gatos tiene? —pregunta Lissa, divertida.

—Muchísimos. Ya ni siquiera estoy seguro.

Sus labios esbozan una sonrisa mientras bebe un sorbo de vino. Se hace un largo silencio y entonces baja la copa hasta apoyarla en la rodilla.

—Tengo una cicatriz en el hombro de cuando James me arrojó contra la encimera de la cocina —dice. Su voz suena débil y hueca en la oscuridad—. Tu madre tuvo suerte de tenerte. No puedo imaginarme a Henry pasando por algo así.

—¿Por eso lo dejaste? —pregunto.

—No. Ojalá fuera una historia heroica en la que decidí salvar a mi hijo. Pero fue Bethany quien al final me abrió los ojos a la verdad.

—¿Qué verdad?

—Que James iba a matarme. Algún día perdería los estribos por última vez. Y yo ya no estaría. Ella me lo repitió una y otra vez, aterrada por mí. Creo que fue su miedo lo que me ayudó a ver lo que estaba ocurriendo de verdad. Que yo no me lo merecía. Que merecía algo… más.

Suspiro y me froto la mandíbula con una mano. —Desde fuera puede parecer sencillo. Pero es difícil verlo cuando vives con ello todos los días.

—Sí —dice con voz temblorosa—. Casi imposible.

Ninguno de los dos dice nada más. Permanecemos sentados en silencio, contemplando el fuego mientras Truman duerme plácidamente entre nosotros.

Hace muchísimo tiempo que no hablo de mi padre; sacarlo a la luz supone un alivio.

Miro de reojo a Lissa, preguntándome qué estará pensando, pero está reclinada en el sofá, con una leve sonrisa en el rostro, silenciosa e inmóvil.

Mantengo la boca cerrada porque no quiero perturbar la paz que reina entre nosotros, aunque lucho contra los sentimientos que intentan abrirse paso a zarpazos desde mi interior.