At His Beck & Call (Sterling House) 35. Lissa
73%

35. Lissa

Lissa

Henry decide que prefiere darse un baño en vez de ducharse. Lleno la bañera, asegurándome de que el agua esté caliente, pero no demasiado. Jugamos un rato a «¿Qué prefieres?» mientras se enjabona.

—¿Qué preferirías tener de mascota, un dragón o un unicornio? —le pregunto.

—Un dragón, claro, mamá —responde—. Son feroces y podrían protegernos.

El corazón me da un vuelco. ¿Le preocupa a mi pequeño tener que protegerme?

—¿Qué preferirías, tomar helado para desayunar o cenar pizza de postre? —pregunta Henry.

—Siempre me ha gustado el helado a cualquier hora del día. Sobre todo el de chocolate.

Henry asiente, de acuerdo conmigo.

Cuando termina de bañarse, me dice que le duele menos la tripa, y eso me hace sonreír y agradecer que estemos aquí.

Oliver llama a la puerta del dormitorio cuando hemos terminado y, al entrar, encuentra a Henry en el suelo, sacando un libro de una enorme estantería de caoba.

—¡Mira este, mamá! —Levanta El conejo de terciopelo.

—Ay, me encanta ese libro. Mi madre solía leérmelo. —Casi puedo ver su dulce rostro mientras me arropaba y luego se acurrucaba conmigo, dispuesta a leerme un cuento.

—Me alegro de que lo hayas encontrado, Henry —dice Oliver—. La verdad es que tengo ahí una pequeña colección de libros infantiles. Algunos me los leía mi madre y otros los he ido encontrando a lo largo de los años.

Me acerco y me inclino para mirar los títulos. Reconozco muchos, pero hay algunos de los que nunca había oído hablar. Todos parecen estar en perfecto estado.

—¿Cuántos libros hay? —pregunto.

—Ah, quizá un par de cientos. Durante una temporada se convirtió en una especie de obsesión.

—¡¿Un par de cientos?! —exclama Henry, incapaz de contener la emoción. Le encanta leer y siempre quiere arrastrarme a la biblioteca para coger más libros.

—Sí. Puedes llevarte algunos prestados si quieres, Henry. Solo tienes que tener muchísimo cuidado con ellos. Algunos son primeras ediciones.

—Ohhh, quizá no sea buena idea —digo enseguida—. No me gustaría que estropeáramos alguno.

Henry pone carita triste.

—No, no pasa absolutamente nada. Los libros están para disfrutarlos. Piensa que es tu biblioteca privada, Henry. Llévate unos cuantos y, cuando termines, los traes de vuelta y puedes coger más.

A Henry se le ilumina la cara y no puedo evitar soltar una risita. Pasa los siguientes quince minutos escogiendo los libros que quiere mientras yo me cambio y me desmaquillo en el baño.

Oliver me ha dejado unos pantalones de pijama que me quedan enormes, pero me los ato bien a la cintura y me remango las perneras. También me ha dejado una camiseta negra y suave que huele a él. Casi me engulle por completo, pero me da igual. A estas alturas de la noche, solo quiero estar cómoda.

Cuando regreso al dormitorio, Henry está tumbado en la cama enorme con Truman acurrucado a su lado.

En la mesilla hay una pequeña pila de los libros que ha elegido.

Parece absolutamente agotado; ya se le empiezan a cerrar los ojos.

Sé que ha cenado con Bethany y decido que lo mejor para él ahora mismo es dormir.

Oigo el tintineo de los cubiertos en la cocina y me acerco a Henry para taparlo mientras Truman se aproxima a olisquearme la mano.

—¿Estás bien, cariño? —le pregunto—. ¿Estás cómodo?

Asiente, con los párpados ya caídos mientras se acurruca en la inmensa cama.

—¿Podemos quedarnos aquí? —pregunta.

—Sí, cielo, creo que vamos a pasar aquí la noche para esperar a que amaine la tormenta.

—Vale. Pero ¿podemos quedarnos aquí para siempre?

Se me encoge el corazón; había olvidado lo rápido que los niños pueden encariñarse con las cosas. Se enamora muy deprisa.

—Solo esta noche, cariño.

—¿Está Oliver aquí?

—Sí. Está en la cocina y voy a comer algo con él, ¿vale? Pero, si me necesitas, ven a buscarme. Sabes dónde está la cocina, ¿verdad? Al final del pasillo.

Asiente, pero ya se está quedando dormido y, cuando cierra los ojos, me levanto de la cama.

Contemplo su dulce rostro, los labios entreabiertos mientras duerme y el color saludable que ha recuperado, al tiempo que pienso en lo que tendremos que afrontar a continuación. Respiro hondo y miro a mi alrededor, observando la preciosa habitación.

Sería muy fácil creer que esta podría ser nuestra vida, que Oliver me ha invitado aquí por alguna razón que no sea la culpa por lo ocurrido en el callejón.

Pero no puedo permitirme pensar así. Por Henry, tengo que ser sensata y práctica. Solo puedo permitirme sentir hasta cierto punto, y la gratitud tendrá que ser lo máximo que me permita sentir.

No me hago ilusiones de que Oliver sea algo más que alguien pasajero en mi vida y, si mi corazón se ha confundido, tendrá que acostumbrarse a la decepción.

Salgo sin hacer ruido al pasillo, con unos calcetines gruesos que me quedan demasiado grandes y, cuando entro en la cocina, Oliver alza la mirada.

Sus ojos me recorren y las comisuras de sus labios se curvan.

Debo de parecer un payaso con la ropa que me ha prestado, que me cuelga por todas partes mientras me acerco hasta detenerme frente a él.

—¿Te apetece una copa de vino? —pregunta.

—Sí. Gracias.

Observo cómo abre una botella de tinto, sin entender qué es todo esto entre nosotros. Sirve dos copas y me entrega una, señalando con la cabeza la mesa, donde hay tres servicios preparados.

—Henry se ha dormido, lo siento.

—¿Está bien? ¿Necesita algo?

—No, tiene todo lo que necesita. Truman está con él.

—¿En la cama? —pregunta Oliver, con tono indignado.

No puedo evitar reírme ante su expresión escandalizada.

—Eh... Sí, ¿no pasa nada?

—Ese perro sabe perfectamente cómo conseguir lo que quiere —dice con tal irritación que solo consigue que me ría más.

—Eres muy estricto con él.

—Sabe que no puede subirse a las camas —dice Oliver, negando con la cabeza, pero no hace ademán alguno de ir a buscarlo, así que nos sentamos a la mesa.

—Muchísimas gracias por prestarnos los libros. Henry está encantado y ya ha escogido unos cuantos.

Oliver me sonríe.

—Me alegro de que eso lo haya hecho feliz. El pobre se merece un poco de alegría ahora mismo.

Durante unos instantes, bebemos el vino en silencio.

—Podemos marcharnos cuando deje de nevar —digo, expresando en voz alta mi temor de que espere que volvamos a casa esta noche.

—Eso es absurdo. Vais a dormir aquí. Siempre que estéis cómodos. No tiene ningún sentido que volváis a casa esta noche.

Lleva mi plato hasta el horno y lo llena de comida. Desde luego, no se parece a los platos preparados que he comprado alguna vez. Son verduras frescas y pollo con una salsa que huele de maravilla.

—¿De dónde los sacas? —pregunto.

—Los encargo —dice—. Los prepara un chef con estrella Michelin.

Me quedo mirando la comida.

—Dios mío, ¿lo dices en serio?

—Sí —dice, parpadeando al mirarme—. Creía que todo el mundo lo hacía...

Al ver su sonrisa burlona, pongo los ojos en blanco, encantada de que me esté tomando el pelo. No tenía ni idea de que fuera capaz de hacerlo y me deja descolocada. ¿Dónde está el hombre taciturno y autoritario que apenas habla salvo para hacerme sonrojar?

Oliver bebe un sorbo de vino y come con delicadeza, llevándose pequeños bocados a la boca con el tenedor. Esperaba que lo devorara al instante, pero se toma su tiempo y mastica despacio después de cada bocado.

—Adelaide me ha contado que tenías pensado estudiar Derecho —dice, mirándome por encima del borde de la copa.

—Es verdad.

—¿Por qué lo dejaste?

—Bueno, me quedé embarazada de Henry.

—¿James te pidió que abandonaras los estudios?

Asiento. Me observa con atención durante varios segundos.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis casados?

—Seis años.

—¿Y ha pedido el divorcio?

—Sí. Se enfadó muchísimo porque no le conté lo de la enfermedad de Henry. Supongo que está en todo su derecho.

Oliver traga saliva y aprieta la mandíbula.

—Los hombres como él no merecen derecho alguno —murmura con voz amarga y furiosa. El ambiente cambia mientras sigo comiendo, sin saber qué decir.

A medida que el silencio se prolonga, se me empieza a hacer un nudo en el estómago y miro a mi alrededor en busca de otro tema de conversación, pero no se me ocurre ninguno.

Las superficies están completamente despejadas y apenas hay nada que comentar. Empiezo a temer que la situación se vuelva aún más incómoda y terminamos de comer; cada bocado se me hace eterno.

Por fin, Oliver junta el cuchillo y el tenedor sobre el plato y se recuesta en la silla, mucho más relajado que yo.

Quizá le estaba dando demasiadas vueltas y a él sencillamente le gusta el silencio.

—¿Te apetece que te enseñe la casa?

Me animo al instante.

—¡Me encantaría!

Se levanta, coge mi plato y lo deja en el fregadero. Recorremos juntos la casa despacio mientras Oliver me enseña cada habitación.

Cuando llegamos al salón, me quedo atónita al descubrir una vitrina entera llena de relojes, como si la hubieran sacado directamente de una joyería. Debe de haber treinta en total, probablemente valorados en miles cada uno.

Recorro la hilera contemplándolos todos.

—James siempre quiso ese —digo—. Le gustaba el submarinismo y, por lo visto, es uno de los mejores para bucear a gran profundidad.

—Resiste más de trescientos metros bajo el agua. Una vez lo llevé mientras hacía espeleobuceo.

—¿Cuántos tienes? —pregunto.

—Más de cien, pero estos son mis favoritos. Me encanta coleccionarlos. Casi todo el mundo cree que estoy loco.

—Pero son preciosos.

—Es ridículo tener más de un reloj. Al fin y al cabo, solo puedo ponerme uno cada vez.

—Pero esa no es la cuestión, ¿verdad? —digo con una sonrisa—. Lo importante es la colección.

Asiente y sus ojos se oscurecen.

—Exacto. Seguiré comprándolos hasta tener todas las ediciones limitadas.

—A mí me pasa lo mismo con los zapatos... Solo que no puedo permitirme los que me gustan.

—¿Zapatos?

—Mmm, los Manolo, en concreto. Siempre he querido tener un par. Pero son carísimos —digo.

—Entonces, ¿te gusta la moda?

—Me encanta. Bethany tiene unos cincuenta pares de Jimmy Choo, pero calza un número más que yo; si no, se los robaría todos.

Siempre he querido ir a París durante la Semana de la Moda.

También me obsesiono por completo cuando llega la temporada de premios, con todos esos vestidos.

Me paso horas deslizando el dedo para ver los conjuntos y criticándolos todos, como si yo no estuviera sentada en el sofá con mis vaqueros de Target.

Él se ríe.

—Mmm. Quizá estemos hechos de la misma pasta.

—Entonces, libros infantiles y relojes... ¿Coleccionas algo más? —pregunto.

—Te sorprenderías. Y probablemente te horrorizarías.

—¿Cuál es tu colección favorita?

Sus ojos destellan al mirarme mientras ladea la cabeza.

—¿Henry estará bien si nos ausentamos solo diez minutos? No está lejos.

No da más explicaciones, pero, de camino a las escaleras, voy a comprobar cómo está Henry. Truman se incorpora de un salto al ver a Oliver y corretea hacia él, pero Henry no se mueve en absoluto. Está profundamente dormido.

—No vamos muy lejos, ¿verdad? —pregunto, preocupada.

—Serán diez minutos. Te lo prometo.

Bajamos por las escaleras hasta llegar al sótano.

—¿Qué es esto? —pregunto cuando entramos.

—Es mi garaje.

Tanto lujo me parece increíble y, cuando entramos en un aparcamiento privado en el sótano, se me abre la boca.

Está lleno de coches. Debe de haber veinte. Relucientes. Perfectos. La mayoría, plateados o negros.

—Esta es, con diferencia, mi colección favorita —admite Oliver—. Repugnante, ¿verdad?

—Dios mío —digo con voz chillona—. Esto es una locura.

—Una puta locura, desde luego. Pero son preciosos, ¿verdad?

—Impresionantes —digo mientras nos acercamos a ellos. Los relucientes capós reflejan las luces hacia mí y centellean a medida que pasamos junto a cada uno.

Es sobrecogedor y ni siquiera puedo imaginar cuánto cuestan.

—Este es el que utilizo más a menudo —dice, acercándose a un Porsche negro. Cuando me detengo delante de él, se coloca a mi espalda y me rodea la cintura con las manos. Me estremezco entre sus brazos cuando apoya la cabeza en mi hombro—. Me encantaría enseñarte el asiento trasero, pero no tiene.

Suelto una carcajada cuando me da la vuelta y me sonríe desde arriba.

—No sé cómo consigues que este atuendo te siente bien. Esos pantalones de pijama son diez veces más grandes que tú y, aun así, estás jodidamente preciosa.

Suelto una risita nerviosa y luego jadeo cuando me empuja hacia atrás y sostiene mi peso al caer sobre el capó del coche. Se coloca entre mis piernas y desata el cordón de mis pantalones, con los ojos cargados de deseo mientras me mira.

—Seré rápido, te lo prometo. Pero tengo muchísimas ganas de verte correrte sobre el capó de mi coche favorito.

—Oliver, no puedo. —Me mata tener que pronunciar esas palabras—. Tengo que volver a la casa por si Henry me necesita.

—Por supuesto, ¿en qué estaba pensando? —dice—. Me alegro de que me lo hayas dicho. Quiero que siempre me lo digas si alguna situación te incomoda.

Me vuelvo a atar, cohibida, los pantalones que me ha prestado y asiento.

—Quizá en otra ocasión... —Me coge de la mano y me conduce de vuelta a la casa.

Intento dejar de pensar en lo bien que se siente todo esto, en lo feliz que soy con él en su casa y en lo desesperadamente que deseo estar cerca de él.