34. Lissa
Lissa
Cuando salimos a la calle, Oliver nos mira a Henry y a mí. Henry duerme profundamente entre mis brazos.
—¿Quieres que lo lleve yo? —pregunta, y niego con la cabeza, nerviosa ante la idea de pasárselo por si se despierta.
Oliver frunce el ceño, se quita la gruesa bufanda y me la coloca alrededor del cuello. La tela cae sobre mi pecho, cálida y reconfortante. También huele a su colonia, y empiezo a pensar en lo que ha ocurrido esta noche en el callejón…
Echamos a andar calle arriba hacia Central Park, que aún queda a unas cuantas manzanas, y Oliver va apenas un paso por delante de nosotros, protegiéndonos a Henry y a mí con sus anchos hombros de los empujones de los transeúntes.
No deja de mirar atrás para asegurarse de que seguimos justo detrás de él.
—¿Seguro que no quieres que lo lleve yo, Lissa? Tiene que empezar a pesarte…
—De verdad que estoy bien. Supongo que estoy acostumbrada.
A medida que avanzamos por la acera, aumenta la crispación en la calle. El aire se llena de bocinazos e improperios. Al cabo de unos minutos, la cabecita de Henry se alza de mi hombro, con las mejillas rosadas por el frío.
—¿Dónde estamos? —farfulla con voz agotada.
Debería haber cogido un taxi para volver a casa.
Pero, justo cuando pienso eso, estalla otra discusión plagada de insultos en la calzada porque dos coches de Uber chocan, y decido que ir andando tiene que ser más seguro.
Un poco más adelante, Oliver gira bruscamente a la izquierda y entra en una calle secundaria donde el ruido de la vía principal queda amortiguado.
Llegamos ante una hilera de casas, la mayoría de ladrillo y con enormes ventanas arqueadas, y Oliver se detiene frente a una de ellas mientras saca las llaves del abrigo.
El exterior está perfectamente cuidado, con pensamientos en lo alto de los escalones que subimos y un cálido resplandor procedente del interior.
¿De verdad voy a entrar en casa de este hombre con mi hijo? ¿Qué sé realmente de él, aparte de que no me canso de él?
Oliver se vuelve hacia mí con la mirada dulce; la nieve que lleva en el pelo hace que parezca increíblemente sexy bajo la luz de la farola.
—Vamos a meteros dentro para que entréis en calor.
—Gracias —digo, y una extraña expresión cruza fugazmente su rostro antes de que vuelva a darse la vuelta y entre en la casa.
Abre la puerta y me indica que pase.
—Guau —susurro. Los altos techos y el amplio suelo blanco hacen que parezca la entrada de una biblioteca.
Oliver me sonríe.
—Llevo tiempo queriendo renovarlo, pero todavía no me he puesto a ello.
Entiendo a qué se refiere. El mármol blanco del suelo está bordeado de baldosas negras, lo que da a todo el espacio un aspecto anticuado. Sobre nuestras cabezas, unas vigas entrecruzadas destacan contra el revestimiento blanco del techo.
Henry se retuerce entre mis brazos, deseoso de mirar a su alrededor, así que lo dejo en el suelo. Él se vuelve y alza la mirada hacia Oliver.
—Hola, Henry —dice Oliver sonriéndole—. Siento que te hayamos despertado.
—¿Esta es tu casa? —pregunta con curiosidad.
—Sí. Me preguntaba si te gustaría conocer a mi perro.
Si hubiera podido embotellar la expresión de Henry, lo habría hecho. Es lo más emocionado que lo he visto en mucho tiempo.
—¿El gris? —chilla.
—Sí. El paseador se lo ha llevado hoy a dar un paseo largo, así que espero que se porte bien. A veces tiene la mala costumbre de saltar encima de la gente —dice, mirándome—, pero, si se pone pesado, lo mantendré alejado de vosotros.
Su voz rebosa cariño cuando habla de su perro, y oculto una sonrisa mientras nos conduce hacia una larga escalera. Se detiene al pie, mira a Henry y se lleva las manos a las caderas.
—Henry, hay dieciocho escalones hasta la planta de arriba. ¿Podrás subirlos o prefieres que te lleve?
Espero que Henry se aferre a mí con timidez, como suele hacer, pero, para mi sorpresa, asiente y empieza a subir delante de nosotros con paso decidido. Oliver lo observa con una leve sonrisa, y yo me encojo de hombros cuando nuestras miradas se encuentran.
—Es muy decidido —digo con suavidad.
—Sí, me recuerda a otra persona que conozco.
Oliver sube detrás de él, pero Henry va reduciendo el paso a medida que se cansa al acercarse a lo alto. Oigo el correteo de unas garras emocionadas y, de pronto, un perrito gris aparece en la planta superior.
Oliver se coloca por instinto delante de Henry cuando el perro empieza a dar saltos por todas partes y, aunque es pequeño, casi queda hocico con hocico frente a él.
—Vale, amigo. Tranquilízate —susurra Oliver al oído del perro mientras lo coge en brazos y lo acaricia con su enorme mano—. Truman, este es Henry.
El pequeño hocico del perro se agita frenéticamente cuando Oliver lo baja para que salude a Henry, quien lo acaricia de inmediato y me mira con los ojos brillantes.
—¡Es monísimo!
—Es precioso. Me encanta el color de su pelo —digo, acariciando a Truman con cierta cautela mientras Oliver lo deja en el suelo y él sigue olisqueando a Henry.
—Este sitio es enorme —digo mientras miro a mi alrededor.
—Sí, es mucho —murmura él, sosteniéndome la mirada.
—Pero supongo que durante el día habrá muchísima luz con todas estas ventanas —comento al contemplar frente a nosotros una preciosa cocina de color marfil con electrodomésticos de acero inoxidable.
—Sí —responde Oliver sin apartar los ojos de mí—. Supongo que sí.
Aunque fuera está oscuro, las ventanas son enormes y también hay tragaluces, así que puedo imaginar la estancia inundada de luz durante todo el día.
Entramos todos en la cocina. Henry sigue a Truman mientras el perro suelta un pequeño ladrido de emoción, y Oliver saca su comida.
—¿Quieres darle de comer, Henry? Se convertirá en tu mejor amigo para toda la vida.
—Ya es mi mejor amigo —dice Henry, y Truman se acerca y se sienta a su lado, agitando frenéticamente su fina colita.
Oliver le entrega a Henry un vasito de comida y le enseña dónde está el cuenco de Truman. Henry vierte la comida y acaricia el lomo de Truman mientras este come.
—¿Cuántos años tiene Truman? —pregunto, contemplándolos con cariño.
—Cinco. Es un perro rescatado.
—Henry quería un cachorro amarillo —murmuro—. Pero me da la impresión de que ahora va a querer un galgo.
—Te lo advierto —dice Oliver—: tienen más energía de la que sabrás qué hacer con ella.
—Está claro que no conoces a muchos niños de seis años —replico sonriéndole, y él se ríe por lo bajo.
—¿Te apetece beber algo?
—Solo agua, por favor. ¿Tienes algún zumo que pueda tomar Henry?
Oliver abre la nevera y veo un surtido de platos preparados, pulcramente dispuestos en pequeños recipientes sobre los estantes.
—Si alguno de los dos tiene hambre, podríamos calentar un par de estos y compartirlos. Y podéis coger cualquier otra cosa que queráis de la cocina.
—Oh, no, no pasa nada, no hace falta que…
—Lissa. —Cierro la boca al oír ese tono que tan bien conozco. Se lo he oído muchas veces en su despacho—. Me encantaría que comieras algo si tienes hambre.
Su mirada es intensa, y aparto la mía mientras trago con dificultad. Por sorprendente que parezca, sí tengo algo de hambre, aunque no hace tanto que he cenado.
Truman ya ha devorado la escasa comida de su cuenco y corretea hasta una puerta situada a la derecha de la cocina. Oliver resopla y pone los ojos en blanco.
—Ahora quiere dejarme en ridículo —murmura.
Intrigada, me acerco hasta donde está Truman. Oliver me sigue a regañadientes con un suspiro.
—No me juzgues con demasiada dureza.
Abro la puerta y contemplo completamente asombrada algo que solo puede describirse como un gimnasio para perros. Hay juguetes desperdigados por todo el suelo. También hay una piscina de bolas y una cinta de correr para perros con un arnés enganchado.
Henry chilla de alegría cuando Truman salta sobre él, corretea por la habitación y le trae sus juguetes, visiblemente emocionado.
—Está presumiendo —dice Oliver, frunciendo el ceño al mirar al perro. Parece incómodo, como si supiera lo exagerado que resulta todo aquello.
¿Por qué nos ha traído aquí? ¿Por qué no se ha limitado a pagarnos un taxi y mandarnos a casa?
—¿Estáis cansados? ¿Necesitáis… eh…? —Deja la frase en el aire, y me vuelvo hacia él con las cejas enarcadas, contemplando fascinada cómo se le enrojecen las puntas de las orejas—. ¿Necesitáis cambiaros?
—Ah. Eh… Probablemente —respondo, ruborizándome al recordar el estado de mi ropa interior.
—Puedes usar uno de los baños para ducharte y cambiarte si quieres. Seguro que encuentro algo de ropa que puedas ponerte.
—Sería estupendo.
La ducha de nuestro piso tiene muy poca presión y el agua apenas sale templada, y Henry la odia casi tanto como yo. La idea de que pueda darse una ducha bien caliente y quedarse limpio después de tantos días en el hospital me llena de felicidad, y Oliver parece notarlo.
—Venid, os enseñaré vuestra habitación para que podáis asearos. Mientras tanto, tengo que sacar a Truman para que haga sus cosas y gaste un poco de energía.
—¡Yo también quiero ir! —exclama Henry emocionado.
Oliver me mira, interrogante.
—Esta vez no, Hen. Tenemos que lavarte y conseguir que vuelvas a dormirte —digo mientras le revuelvo el pelo.
Oliver me mira y articula en silencio: —¿Estás segura? Estaré encantado de llevármelo.
Le dedico una sonrisa agradecida y niego levemente con la cabeza.
—Muy bien, Hen, vamos a dejarte bien limpio.