33. Oliver
Oliver
El cuerpo de Lissa está apretado contra la pared helada frente a mí; tengo las manos sobre sus muslos y la polla aún dentro de ella mientras intento asimilar lo que acaba de ocurrir.
¿En qué coño estaba pensando? Esto es inaceptable. ¿Es que soy un animal, joder?
—Lo siento —digo deprisa, apartándome un poco de ella mientras alza la vista hacia mí y parpadea, ruborizada y preciosa, con la nieve derritiéndose sobre sus pestañas—. Dios, déjame ayudarte...
No soy capaz de terminar la frase al ver los restos de sus bragas, que literalmente le he arrancado del cuerpo con mis propias manos.
Aturdida, se desliza pared abajo, y yo me apresuro a separarla de ella mientras salgo de su interior con cuidado. Baja las manos hasta la falda y tira del abrigo mientras yo la protejo de las miradas indiscretas de cualquiera que pueda asomarse al callejón.
No puedo creer lo que he hecho. Acabo de follármela contra una pared, sin preservativo por primera vez, cinco minutos después de su cita con otro hombre. Por no mencionar que soy un abogado respetado y conocido en esta ciudad; si alguien me viera, mi carrera se acabaría.
He perdido la puta cabeza.
Ella se recoloca la ropa mientras yo me controlo, me guardo la polla en los pantalones y me recrimino haber sido tan estúpido, tan impulsivo y tan salvaje.
No he podido apartar las manos de ella. La necesidad de reclamarla, de hacerla mía, ha sido abrumadora. No me siento orgulloso y ahora la observo, preguntándome qué estará pensando.
—Lo siento —repito—. No debería haber...
—No, no deberías haberlo hecho —dice con severidad, lanzándome una mirada fulminante—. De todos modos, ¿qué haces aquí?
—Pasaba por delante del restaurante y os he visto juntos a ti y a Noah.
—¿Así que has esperado fuera a que terminara mi cita para abalanzarte sobre mí? —pregunta, plantándose las manos en las caderas y con un aire más autoritario que nunca.
—Eh... Esa no era mi intención.
—Entonces, ¿cuál era tu intención?
—Hablar contigo.
—Genial. ¿Qué tal ha ido? —pregunta con sarcasmo.
—No debería haber hecho eso, Lissa —afirmo con firmeza—. Lo siento muchísimo.
Ella resopla, irritada, apartándose el pelo de los ojos de un soplido mientras su aliento forma una nube a nuestro alrededor.
—¿Qué les has hecho a mis bragas, bruto? —masculla—. Las has roto en dos.
—Lo siento —repito, pero, para mi asombro, ahora veo diversión en sus ojos.
—No puedo creerme que acabes de hacer eso —dice mientras se echa el pelo hacia atrás. Vuelve a mirarme con incredulidad, pero sus ojos aún reflejan cierto humor.
—Lo sé. Te juro que te compensaré.
—Bueno, para empezar, puedes acompañarme fuera de este callejón.
Eso es exactamente lo que hago: me dirijo al final del callejón para comprobar que no haya moros en la costa ni curiosos con cámaras.
Pero todos los que están en la calle principal caminan con la cabeza gacha para protegerse del frío. Ahora la nevada arrecia y caen copos enormes.
Lissa sale del callejón y busca un taxi de inmediato, pero niego con la cabeza y la retengo al ver luces rojas y azules parpadeando en la avenida principal.
—Eso no tiene buena pinta —digo mientras ella contempla, delante de mí, otro accidente. Ese es peor: hay cristales rotos del parabrisas esparcidos por la parte alta de la calle—. ¿Tienes que ir muy lejos? —pregunto.
—No mucho. Está a unas cinco manzanas andando.
—De acuerdo, entonces propongo que vayamos a pie. Es la opción más segura con toda esta nieve.
—¿Vayamos? —pregunta con incredulidad, arqueando las cejas. Está ruborizada, tiene los labios rojos y el rímel un poco corrido, y necesito toda mi fuerza de voluntad para no arrastrarla de nuevo al callejón y empezar el segundo asalto.
—Sí, «vayamos». No voy a dejarte aquí sola como acaba de hacer ese patético intento de cita. —Aprieto la mandíbula mientras una leve sonrisa se extiende por su rostro.
—Nunca te había visto celoso.
—No estoy celoso.
—Ya, claro —dice, con una irritante sonrisita ladeada, y echa a andar por delante de mí.
Llega al final de la calle y gira a la derecha; yo me pongo a caminar a su lado. Ahora hace un frío realmente glacial y la nieve se acumula sobre nuestros hombros mientras avanzamos. El abrigo de Lissa no es lo bastante grueso y ella tiembla de manera visible.
—Espera aquí —digo de repente al pasar junto a uno de los pequeños puestos callejeros para turistas. Me acerco al vendedor, compro un gorro de punto con NYC, regreso junto a ella y se lo entrego—. Te estás congelando; póntelo, por favor.
Lissa se ríe al verlo, pero se lo pone y está adorable con el pequeño pompón en lo alto. Seguimos calle arriba entre una cacofonía constante de bocinas; el tráfico empeora a causa del accidente que hemos dejado atrás.
Al final, entramos en una calle más tranquila mientras Lissa saca el móvil y consulta Google Maps.
—¿Has estado aquí antes? —pregunto.
—Muchas veces, pero tengo un sentido de la orientación horrible. ¿Vamos hacia el punto marcado? —Me entrega el móvil y lo compruebo de nuevo.
—Sí. Pero eso es mucho menos de cinco manzanas; ya casi deberíamos haber llegado.
—¿En serio? —pregunta, mirándome con el ceño fruncido—. Dice que son doce minutos.
—En coche. A pie, ya casi estamos.
—Oh, gracias a Dios, me estoy congelando. —Vacila y me mira de reojo—. Puedes irte ya, si tienes que hacerlo —dice, pero la pausa en su voz me hace pensar que quizá quiera que me quede.
Estoy desesperado por permanecer con ella el mayor tiempo posible; le devuelvo el móvil y me meto las manos en los bolsillos del abrigo.
—No tengo que ir a ningún sitio. ¿Vives aquí?
—Eh... No. Solo vengo a recoger a Henry.
—Entendido.
Ella pone los ojos en blanco con una leve sonrisa cuando llegamos a un elegante bloque de apartamentos, con preciosos árboles de hoja perenne cubiertos de nieve delante. Lissa pulsa un botón del cuarto piso y, en una pantalla azul de vídeo, aparece un rostro que entorna los ojos para mirarla.
—¿Quién está contigo? —pregunta una voz por el altavoz.
—Eh... mi jefe —dice Lissa, apurada. Desde el otro lado llega un suspiro audible antes de que suene el zumbador.
Subimos en ascensor hasta la planta de su amiga en silencio, pero, por cómo no para de moverse, noto que Lissa quiere decir algo.
—¿Qué ocurre? ¿No quieres que vuelva a ver a Henry? —pregunto.
—¡No! No, no es eso, solo que... Está con una amiga mía. Bethany. Es otra de las asistentes ejecutivas de Sterling. —Guarda silencio durante unos segundos y cambia el peso de un pie al otro—. Es mucho más alta y guapa que yo.
—¿Ah, sí? —pregunto con sorna—. Bueno, no tengo pensado serte infiel esta noche, si es eso lo que te preocupa.
Un momento. ¿Serle infiel? Mierda. Lissa no es mi novia.
Me mira fijamente, con la boca abierta, pero, antes de que pueda corregirme, el ascensor emite un tintineo y ella sale a un largo pasillo blanco, donde una morena esbelta nos espera junto a su puerta.
Me examina con una mirada crítica y extremadamente acusadora.
—¿Cómo es que habéis acabado juntos? —pregunta Bethany sin preámbulos—. ¿Acaso habías quedado con él a escondidas?
No me gusta su tono, así que también la atravieso con una mirada evaluadora mientras me sacudo el abrigo y desprendo algunos copos de nieve que aún se le adhieren.
Sin embargo, decido comportarme con educación y le tiendo la mano. —Oliver Heath. Encantado de conocerla.
Ella entorna los ojos al mirarme, pero me estrecha la mano. —Soy Bethany. Una de las amigas más protectoras de Lissa.
—Ha habido un accidente de tráfico y la he visto al otro lado de la calle —explico con firmeza—. Solo quería asegurarme de que llegara bien a casa.
Bethany abre un poco más la puerta para dejarnos entrar. Su apartamento es precioso, moderno y está decorado con un gusto exquisito.
—Está dormido —le dice Bethany a Lissa con una sonrisa—. A la media hora ya estaba rendido. Pero se ha comido un sándwich y dos perritos calientes antes de dormirse.
Henry parece diminuto, acurrucado en el sofá, con el pelo rubio cayéndole sobre la cara.
—Voy a pediros un taxi —dice Bethany, y se me encoge el estómago.
—No hace falta, llevaré a los dos a casa.
Bethany se vuelve hacia mí, con recelo en los ojos mientras mira a Lissa. —No sabía que su trabajo exigiera hacer horas extra.
Vaya, sí que es directa.
—Bethany —masculla Lissa en voz baja.
—Ha sido pura casualidad que nos encontráramos —insisto—. Pero quiero asegurarme de que llegue a casa sana y salva.
Bethany se cruza de brazos y resopla mirando a Lissa cuando esta vuelve junto a nosotros con Henry en brazos. Cojo la bolsa que le cuelga de la mano y la manta que lleva, y me las echo al hombro. Bethany me observa ahora con el ceño fruncido.
—Está bien, supongo que entonces te vas a casa con tu jefe —dice, desconcertada—. ¿Puedes llamarme cuando llegues sana y salva, por favor? ¿Seguro que no prefieres quedarte aquí?
Lissa niega con la cabeza. —No. Sé que mañana tienes que madrugar.
—Mándame un mensaje cuando llegues a casa —repite Bethany, dirigiéndole a Lissa una mirada prolongada mientras a esta se le ponen rosadas las orejas—. Encantada de conocerle, señor Heath. Desde luego, he oído hablar mucho de usted.
Nuestras miradas se encuentran.
Sí, imagino que lo sabe todo sobre mí.
—También ha sido un placer conocerla, Bethany.
Salimos del apartamento en dirección al ascensor mientras toma forma en mi mente un plan que sé que debería olvidar y borrar de mi cabeza. Pero, cuando miro el cuerpecito vulnerable de Henry, acurrucado en brazos de su madre, y veo la nieve caer con tanta fuerza fuera, no puedo evitarlo.
—Venid a mi casa —suelto de pronto—. Quedaos conmigo. Está cerca y será mejor que no intentéis volver a la tuya con esta tormenta.
Ella me mira, al parecer confusa. Henry refunfuña y tiembla un poco, y yo le coloco la manta sobre los hombros. Lissa mira mis manos apoyadas en la espalda de su hijo y después se muerde el labio.
—¿Está cerca?
—Mucho —respondo mientras el alivio inunda todo mi cuerpo al entrar en el ascensor.