At His Beck & Call (Sterling House) 32. Lissa
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32. Lissa

Lissa

Noah es amable, simpático y considerado. Nada más llegar, me ha dicho que sabía que tenía que volver con Henry, y hemos acordado saltarnos los entrantes para ahorrar tiempo.

Pero tampoco ha hecho una pausa para respirar desde que he llegado. No sé si está nervioso, pero lleva todo este tiempo hablando sin parar del caso Reynolds, y el trabajo es lo último en lo que me apetece pensar.

No sé cuándo habrá vuelto Oliver al despacho, pero hoy no he podido despedirme de él. No consigo dejar de pensar en él: en cómo le habrá ido la tarde, en qué estará haciendo ahora mismo y con quién estará.

—¿Te gustan las albóndigas? —pregunta por fin Noah. Es la primera pregunta que me hace desde hace un buen rato.

—Sí. Este sitio es estupendo, tiene un ambiente maravilloso.

—Sí. He venido varias veces; el encargado es amigo de mi padre y lleva al frente de este sitio desde los ochenta.

—Ha sido una buena elección —digo con una sonrisa. Está nervioso, creo; por eso habla por los codos.

Lleva una camisa verde bosque que hoy no llevaba en el trabajo. Debe de haber pasado por casa para cambiarse y se ha arreglado el pelo. No es nada extraordinario, pero es agradable que un hombre se esfuerce por mí.

—Entonces, estás casada, ¿no? —pregunta, y todas las buenas sensaciones que intentaba despertar se evaporan al instante.

—Separada.

—Cierto. Recuerdo que le mencionaste a Adelaide a tu marido. Lo siento. Debe de ser duro.

¿Este tío ha tenido alguna cita en su vida? Vaya pregunta.

—Hace tiempo que no estamos juntos —digo, intentando suavizar la tensión que se ha colado en mi voz.

—Dios, perdona. Sí, no quería decirlo de ese modo, solo… Recuerdo que comentaste algo al respecto.

Da un largo trago de vino y yo hago lo mismo. Nos hemos acabado la botella entre los dos, aunque la mayor parte ha terminado en mi copa. No suelo beber tanto. Me siento bastante achispada, otra señal de que debería poner fin a esto antes de decir alguna estupidez.

Noah parece percibir lo definitivo del gesto cuando dejo la copa de vino sobre la mesa y me recuesto en la silla. Me dedica una sonrisa tranquilizadora, consulta el reloj y asiente.

—Creo que dijiste que tendrías que marcharte poco antes de las ocho. Justo a tiempo, ¿no?

Es como si buscara la aprobación de su madre o algo así.

—Sí. Gracias… Lo he pasado bien.

Su sonrisa vacila, pero se recupera enseguida.

Supongo que no he conseguido mantener la voz tan neutra como pretendía.

Lo he pasado bien, pero no tengo ningún interés en volver a verlo.

Noah es agradable y guapo, pero no puede compararse con Oliver.

La de veces que he pensado en mi jefe durante la velada da vergüenza.

Sea lo que sea esto que tengo con Oliver, quiero seguir adelante hasta que se canse de mí. Ya ni siquiera siento que tenga elección. Y yo que pretendía mantener ciertos límites entre nosotros…

El camarero nos trae la cuenta y Noah insiste en pagar, dejando una propina generosa. Incluso me ayuda a ponerme el abrigo junto a la puerta y me la sostiene abierta al salir.

Mi vida sería mucho más sencilla si me gustara.

—¿Quieres que te lleve a algún sitio? —pregunta. Nieva mucho más de lo que esperaba y me asalta la preocupación al pensar que voy a llevar a Henry en autobús con este tiempo. Nunca debería haber aceptado esta cita; ha sido egoísta e innecesaria.

—¿O puedo llamarte un taxi? —insiste Noah, alzando una mano cuando un taxi amarillo aparece como por arte de magia.

—No hace falta, solo tengo que andar unas calles para recoger a Henry. Pero deberías cogerlo tú; hace muchísimo frío.

Noah parece abatido mientras le indica al taxista que espere. —¿Estás segura?

—Sí, está a un paso.

Me alivia que acceda y me dé un abrazo torpe. Parece que quizá quiera despedirse con un beso, pero me aparto para dejar claro que no es lo que deseo, y él esboza una sonrisa a medias mientras sube al taxi.

Observo cómo se aleja, invadida por una profunda gratitud porque la noche haya terminado. Me arrebuzo en el abrigo, saco el móvil para comprobar de nuevo en qué dirección tengo que ir y echo a andar calle arriba.

Entonces, una mano surge del callejón que tengo al lado y me arrastra hacia atrás, adentrándome en la oscuridad.

Ni siquiera tengo tiempo de gritar antes de que un aroma familiar me llene la nariz; es la colonia que usa Oliver y soy adicta a su olor.

Me empuja con fuerza contra la pared mientras se cierne sobre mí. La tenue luz amarilla de la farola que hay encima ilumina sus facciones afiladas y su boca, retorcida en una mueca feroz.

La alegría de verlo se extingue enseguida bajo el miedo.

¿Va a despedirme por haber tenido una cita con alguien del bufete?

—¿Qué coño? —masculla, agarrándome con ambas manos por la parte superior de los brazos. No queda ni rastro del sereno control al que estoy acostumbrada en su despacho. Está furioso y, por primera vez, veo auténtica ira en sus ojos.

Intento apartarme, pero él me arrastra hasta la parte más oscura del callejón, donde no pueden vernos desde la calle.

En medio de la negrura, con la nieve cayendo a nuestro alrededor, siento como si el temporal nos envolviera en un abrazo.

El frío y la nieve me cortan la respiración cuando me empuja contra la pared, y noto el frío incluso a través del abrigo.

—¿Estabas en una cita con Noah? —pregunta con voz fría y cargada de rabia.

Se vale de su altura y su fuerza para inmovilizarme contra la pared.

—Sí —respondo—. Me invitó a salir cuando empecé a trabajar en el bufete.

—¿Y no se te ocurrió que podría suponer un conflicto de intereses? —sisea.

—¿Con qué?

Sus ojos centellean mientras aprieta las caderas contra las mías, y yo jadeo. El aire frío me quema la garganta cuando su polla dura se restriega contra mí.

—Con esto, Lissa. Con el hecho de que te follo todos los putos días y me perteneces.

—¿Que te pertenezco? —espeto—. No le pertenezco a nadie.

—Eres mía —dice mientras desliza los dedos por mi muslo y tira del dobladillo de mi falda. Resulta tan alarmante y tan impropio de él mostrarse así de autoritario que ni siquiera protesto.

La idea de que esté tan excitado y furioso que necesite tomarme ahora mismo me resulta emocionante más allá de las palabras.

—No volverás a verlo —dice mientras sus manos desgarran mis bragas y mi cabeza cae hacia atrás contra los ladrillos.

Debería detenerlo. Sé que debería hacerlo. Pero yo lo deseo tanto como él. Llevo toda la noche pensando en esto.

—No puedes… ¡Ah! decirme lo que tengo que hacer —intento replicar cuando sus dedos se introducen en mí, aunque oigo los pasos de los peatones a unos metros de distancia.

Con un gruñido, se lleva los dedos a la boca y los chupa antes de volver a bajarlos entre mis piernas y hundirlos dentro de mí sin previo aviso.

De algún modo, el escozor hace que ansíe más, y separo las piernas mientras me aprieto contra él. Su boca encuentra mi cuello; me succiona la piel, me lame y también me muerde.

Normalmente se controla tanto que esta pérdida de compostura resulta estremecedora. Mis manos buscan la pared a mi espalda mientras él empuja las caderas contra las mías y yo le rodeo la cintura con las piernas.

—Voy a recordarte quién es tu dueño —gruñe junto a mi oído mientras me froto contra su polla, deseando tenerla dentro, sintiendo su longitud y su grosor. La veneraría durante días si pudiera. Nunca en mi vida había deseado tanto que me follaran.

No puedo evitar gemir cuando se empuja dentro de mí, sin condón, casi sin preparación, y aun así estoy tan mojada que podría gritar.

—¿A quién perteneces? —brama mientras embiste con violencia.

—A ti —exhalo, y lo siento hasta en lo más profundo del alma.

Gruñe con rabia y entonces me folla con tanta fuerza que mi espalda se raspa contra los ladrillos. Tengo las piernas torcidas en un ángulo incómodo, las bragas desgarradas y colgando de ellas, y su mano me cubre la boca mientras gimo y le muerdo los dedos.

Siento una necesidad desesperada de demostrarle que no hay nadie más.

Hace diez minutos me estaba despidiendo de Noah y ahora tengo la polla de Oliver tan adentro que casi puedo sentirla en la garganta. Gruñe y embiste contra mí; su boca encuentra la mía y su lengua acompasa el ritmo de sus caderas mientras gime dentro de mi boca.

Las manos de Oliver se posan en mi culo mientras lanza una mirada furtiva hacia la entrada del callejón, donde alcanzo a ver pasar siluetas, ajenas a lo que sucede en la oscuridad.

—¿Crees que pueden vernos? —susurra—. ¿Crees que saben que eres una puta desesperada por mi polla?

—Gimo contra él y le rodeo el cuello con los brazos—.

Voy a llenarte de semen, a inundarte por dentro.

Puede que algún día incluso te ponga un tapón después para mantenerlo todo dentro de ti tanto tiempo como se me antoje.

Grito contra su hombro cuando siento la primera descarga de su semen a la vez que mi propio clímax me arrasa. Me llena tal como ha prometido, y se siente tan bien, tan prohibido, que apenas puedo respirar.