At His Beck & Call (Sterling House) 31. Oliver
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31. Oliver

Oliver

Llevo demasiado tiempo sentado, mirando las paredes de mi despacho. Debería haberme marchado hace varias horas, pero no consigo pensar con claridad, con la mirada clavada en el lugar donde estaba la camilla de masaje.

Ese recuerdo lleva días distrayéndome. No consigo entender por qué fue tan bueno.

Nunca había visto cómo masajeaban a una mujer y, durante un tiempo, me pregunté si sería por eso. La simple imagen erótica de las manos de una mujer recorriendo el cuerpo de otra...

He vuelto tarde al despacho después de pasar toda la tarde en una larga reunión con un cliente, y Lissa ya se había marchado. La frustración que he sentido por su ausencia ya era suficiente para distraerme, pero saber que no podré tocarla hasta mañana es una auténtica tortura.

Ojalá nunca la hubiera visto en el hospital.

Me levanto, me abrocho la chaqueta y fulmino con la mirada los estantes de consoladores camuflados, como si tuvieran la culpa de que todo esto me tenga tan descentrado.

Nunca quise conocer a Lissa como persona, como madre. Quería follármela y no sentirme culpable al dejarla marchar. Pero ahora que he visto esa faceta suya, es más irresistible que nunca.

La idea de hablarle de los pensamientos que me rondan la cabeza, de los sentimientos contra los que llevo luchando, del futuro que imagino en plena noche, cuando soy de verdad sincero conmigo mismo... Es una estupidez.

Ella no me quiere. Lo dejó claro cuando habló de «necesitar este trabajo». Para ella es un medio para conseguir un fin.

Un escalofrío me recorre al pensar en sus dedos tocando mis cicatrices.

No puedo permitirme que se desdibujen los límites entre la obligación y una conexión verdadera.

Voy hasta la puerta, la abro y contemplo el pulcro escritorio de Lissa. Ha seguido el ejemplo de Adelaide y lo mantiene todo impecable. Me acerco y paso un dedo por la esquina y por el respaldo de su silla, irritado por la punzada de felicidad que siento al percibir su aroma en el aire.

Me doy la vuelta y avanzo despacio por el silencioso pasillo.

A estas horas de la tarde, apenas queda gente en la planta.

Nadie debería pasarse todas las horas que está despierto en el despacho. No hay trabajo que lo merezca.

Pulso el botón del ascensor y envío un rápido mensaje a mi madre para saber cómo está.

Natalia se mostró bastante fría conmigo la última vez que estuve allí; interpretó mi mensaje sobre las pastillas como una acusación y no como una petición.

Me sabe mal por Natalia, pero me niego a creer que las facultades de mi madre se hayan deteriorado de forma tan repentina y hasta tal punto que esté tomando la medicación equivocada.

El móvil vibra con una respuesta en la que me dice que se encuentra mucho mejor y que ha estado descansando mucho.

Cuando el ascensor llega a la planta baja, salgo y miro al otro lado del vestíbulo, hacia la tranquila calle.

La nieve cae perezosamente al otro lado de los altos ventanales y ya se acumula en una gruesa capa sobre el suelo. Se suponía que esta tormenta de finales de invierno comenzaría de madrugada, pero parece haberse adelantado.

Tengo el coche en el aparcamiento de abajo, pero todavía no me apetece volver a casa. Prefiero caminar un rato y despejarme.

Saludo con la mano a los recepcionistas que siguen sentados tras el mostrador del vestíbulo, observando la nieve con expresión preocupada.

Espero que tengan forma de volver a casa si empieza a nevar con mucha más intensidad.

Los camiones quitanieves de la ciudad suelen hacer un buen trabajo manteniendo transitables las carreteras, pero las aceras pueden ser otra historia cuando la nieve se hiela.

Por ahora, sin embargo, es precioso caminar bajo la nieve.

Las luces difusas de los rascacielos que se alzan sobre mí atrapan los copos al caer, y los peatones pasan presurosos en grupos, con los abrigos oscuros cubiertos de nieve.

Hundo las manos en los bolsillos, escondo la cara en la gruesa bufanda de cachemira que me rodea el cuello y echo a andar.

Hay una cafetería estupenda a pocas puertas del despacho, así que entro y me cruzo con una mujer que sale corriendo hacia la nieve con un diminuto cockapoo en brazos.

Pido un café con leche y observo pasar los copos, preguntándome dónde estará Lissa esta noche y sopesando mis opciones respecto a ella.

En mi cabeza hay tres:

Una: despedirla. Librarme de ella antes de que mi estúpido corazón se implique aún más. Ella no me quiere, no de la forma en que yo la quiero.

Dos: seguir como hasta ahora, pero limitarme estrictamente a lo profesional. Se acabaron los momentos de vulnerabilidad en los que le permito ver mi pasado o la historia escrita en mi piel.

Tres: contarle la verdad y que pase lo que tenga que pasar.

Me vuelvo para coger el café y salgo de nuevo a la calle con una sonrisa irónica. La mera idea de la tercera opción me parece ridícula. Como si alguien como Lissa pudiera llegar a sentir algo por mí, un hombre que le paga para que se lo folle.

Hago una mueca y me detengo en mitad de la acera, contemplando mi reflejo en el escaparate que tengo al lado.

Llevo el pelo cubierto de pequeñas motas de nieve y tengo la nariz roja por el frío.

No eres nada. No eres nadie.

La voz de mi padre resuena en mi cabeza, fuerte y furiosa. Intento sacudírmela de encima y apartar la sensación de ineptitud que retumba en el fondo de mi mente, pero cuesta silenciar las palabras que has llevado toda la vida dentro de la cabeza.

Cuando doy un paso hacia el centro de la acera, a mi espalda chirrían unos neumáticos y un ciclomotor que trata de esquivar el tráfico de la calzada pasa a toda velocidad junto a mí mientras salto para apartarme.

El conductor grita algo ininteligible cuando la rueda delantera patina sobre una placa de hielo al intentar esquivarme. El ciclomotor se desliza contra varias bolsas de basura y vuelca de lado.

El conductor sale despedido del asiento y cae en la calzada, donde casi lo atropella un taxi que logra frenar justo a tiempo.

Dejo el café en el alféizar del escaparate y corro hacia el conductor del ciclomotor, que está tumbado de espaldas entre la basura, soltando maldiciones a voz en grito. Varias personas más se han detenido; tres están grabándolo todo y otra se limita a mirar boquiabierta sin hacer nada.

A veces odio de verdad a la gente.

—Toma —digo, ofreciéndole la mano.

Él la coge y se pone en pie con dificultad.

—¿Te has hecho daño?

Se quita el casco y niega con la cabeza. Es un tipo latino, atractivo, de barba corta y amplia sonrisa.

—Lo siento muchísimo, tío. Intentaba rodear el coche y no te he visto. ¿Estás bien?

—Estoy bien. ¿Seguro que tú no te has hecho daño? —le pregunto.

—Estoy bien, pero espero que la moto también lo esté.

Los dos nos volvemos hacia el ciclomotor, que yace sobre el montón de basura con una rueda todavía girando.

Lo levanto por él, y se echa a reír mientras me da un puñetazo suave en el brazo.

—Tío, eres jodidamente enorme. ¿Cómo no te he visto? Gracias.

El taxista grita furioso, agita el puño en el aire y se marcha, mientras que mi acompañante se limita a despedirse alegremente con la mano.

—Ten cuidado, ¿vale? —dice mientras pasa una pierna por encima de la moto y me guiña un ojo al volver a ponerse el casco.

—No vayas por la acera —digo.

Él suelta una risita, golpea el casco con la mano y se aleja a una velocidad absurda, zigzagueando entre coches y peatones antes de perderse en la noche, entre la bruma de nieve.

Regreso a por mi café y le doy un sorbo. Instintivamente, aguzo el oído por si vuelven a chirriar unos frenos, incapaz de imaginar que ese tipo vaya a sobrevivir a la noche a este paso.

Al llegar al final de la calle, miro a izquierda y derecha para cruzar. Sin embargo, algo que veo en el escaparate de un restaurante situado más abajo, a la derecha, me llama la atención.

Me quedo paralizado, con el corazón desbocado, al ver a Lissa, sonriente, sentada a una mesa junto a la ventana. Se está riendo; parece feliz y despreocupada.

Sin pensar, avanzo por la acera mientras los peatones refunfuñan cuando me abro paso entre ellos para alejarme del paso de peatones.

Está preciosa, con el rostro iluminado por la vela que hay en el centro de la mesa. También parece distinta, ¿más maquillada, quizá?

Me detengo frente a la ventana y contemplo a través de la nieve aquella escena luminosa y alegre, y al puto Noah Finnigan sentado frente a ella con una sonrisa estúpida en la cara mientras se ríen juntos.

Están en una cita.

Todo el cuerpo se me pone rígido y aplasto el vaso en la mano; el café caliente se derrama sobre mis dedos y gotea sobre la nieve bajo mis pies.

Lissa es mía.

Es lo único que ocupa mi mente mientras la ira me ciega y avanzo hacia la ventana.