At His Beck & Call (Sterling House) 30. Lissa
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30. Lissa

Lissa

Aprincipios de la semana siguiente, Henry está listo para salir del hospital. Ha pasado unos días buenos y ha estado comiendo muchos alimentos sólidos. La doctora Erkhart está encantada con sus progresos y cada día parece estar más fuerte.

Hoy he salido un poco antes del trabajo porque Oliver está en una reunión fuera de la oficina y Adelaide ha insistido en que me marche para poder estar con Henry.

Subo en ascensor hasta la planta de Henry y, al salir frente al mural de las ranas toro, todos mis pensamientos se centran en mi hijo. Me siento muy distinta de como me sentí la primera vez que las vi.

Hasta ahora todo ha ido bien y la doctora Erkhart espera empezar con la quimioterapia en cuanto dé señales claras de recuperación.

Todavía no sabemos cuánto durará el tratamiento, pero cuanto antes empiece, antes terminará.

Hace varios días que no sé nada de James, salvo por las enfermeras, que me han confirmado que ha estado viniendo a visitar a Henry.

El silencio resulta ominoso, como si se avecinara algo. Si piensa disputarme la custodia de Henry, las facturas de los abogados van a arruinarme. Pero ya cruzaré ese puente cuando llegue a él.

Al doblar la esquina para entrar en la habitación, se me levanta el ánimo. Henry está sentado en la cama junto a Bethany y los ojos se le iluminan al verme. Tiene en la mano el pequeño monstruo morado de ojos saltones, su compañero inseparable desde que se lo regalé.

Tiene mucho mejor aspecto que el que tenía esta misma mañana e incluso consigue bajar solo de la cama y acercarse a darme un suave abrazo.

Le pongo una mano en la cabeza y lo beso mientras él me sonríe.

—¿Listo para irnos, campeón? —le pregunto, mirando a Bethany mientras se acerca y me da un abrazo mucho más fuerte.

Henry me tira de la manga del abrigo. —¿Qué ha pasado con aquella ancianita tan simpática, mamá? Hace tiempo que no viene —pregunta de pronto.

—Ah, creo que se fue a casa, cariño. Estaba mucho mejor.

—¿Qué ancianita? —pregunta Bethany con el ceño fruncido.

—Conocí a una mujer encantadora en la cafetería y se ofreció a quedarse con Henry cuando yo no pudiera estar aquí. Ojalá supiera dónde vive; me encantaría darle las gracias por haberlo hecho.

—¿Vamos al piso de Bethany? —pregunta Henry, y yo asiento mientras miro por la ventana las oscuras nubes que se acumulan.

—Sí. Mamá va a salir un ratito esta noche, pero después vendré a recogerte, nos iremos a casa y nos acurrucaremos juntos.

Se ríe mientras miro a Bethany. Ella frunce el ceño al ver que me muerdo el labio.

—Debería cancelar la cita —digo al fin, expresando en voz alta la sensación que me atormenta desde que me he despertado esta mañana.

—Oye, Hen y yo llevamos semanas planeando esta cita —protesta Bethany mientras Henry se acerca a ella y esta le pasa un brazo por los hombros—. Le he prometido Buscando a Nemo, helado con pepitas de chocolate y cuentos antes de dormir. Tenemos una cita, igual que tú.

—Pero debería cancelarla —repito, temiendo la cita con Noah más que ninguna otra cosa. Vamos a cenar temprano y recogeré a Henry antes de las ocho, pero aun así me parece que pasaré una eternidad lejos de él, sobre todo ahora que por fin va a salir del hospital.

—Te lo pasarás bien —dice Bethany con calidez—. Y te vendrá bien. Además, parece que el mal tiempo no llegará hasta después de que vuelvas.

La estoy mirando con irritación cuando entra la doctora Erkhart con la medicación de Henry y unos cuantos documentos más.

—Te llamaré dentro de unos días para saber cómo sigue —dice mientras sonríe a Henry y le revuelve el pelo—. Calculo que empezaremos la quimioterapia dentro de un par de semanas. Pórtate bien con tu madre, ¿vale? —añade con una sonrisa.

Es una doctora maravillosa y no podría haber pedido un equipo mejor para cuidar de mi hijo.

—Y tú también tienes que descansar un poco, ¿de acuerdo? —dice la doctora Erkhart mientras me da un abrazo.

—Gracias por todo.

—Es un luchador —susurra para que solo yo pueda oírla—. Lo está haciendo de maravilla.

Me aparto conteniendo las lágrimas. Bethany me coge de una mano; yo cojo a Henry de la otra y bajamos al aparcamiento, donde está el coche de Bethany.

Ha sido increíble durante esta última semana. Ha procurado venir al hospital siempre que James no tuviera prevista una visita y el trabajo se lo permitiera.

Me alegra que Henry tenga una tía tan maravillosa, pero la culpa sigue pinchándome al pensar en la noche que me espera. Cuando acepté la cita no tenía ni idea de cuáles serían los horarios de Henry, pero ahora me parece absurdo dejarlo.

De camino a casa de Bethany, paramos en mi piso para recoger algo de maquillaje y ropa. Hemos acordado que me arreglaré en su casa para que pueda ayudarme.

Bethany suspira mientras yo me remuevo en el asiento, incapaz de quedarme quieta, y me giro para mirar a Henry. Bosteza de par en par mientras contempla la calle por la ventanilla, con los ojos vidriosos por el cansancio y los auriculares sobre las orejas.

—Hace siglos que no haces nada solo para ti, cariño —dice Bethany con firmeza mientras gira para entrar en mi calle. Tiro de mi falda y aliso la suave tela con las manos.

—Noah parece un hombre normal y agradable —continúa Bethany—. No es un capullo. No es James. Además, te pidió una cita después de conocerte solo un día, así que se gana puntos extra por eso. Hace años que nadie te invita a cenar ni te mima. Y Hen estará bien; nos lo pasaremos estupendamente.

¿Por qué tengo la sensación de que estar con Oliver sería más divertido que cualquier cosa que Noah pueda ofrecerme?

—Deja de preocuparte, será una noche estupen...

De pronto, sus ojos se clavan en algo que hay delante de nosotras y sus dedos aferran el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.

—Oh, el cabrón hijo de puta —susurra.

Nos detenemos al pie de las escaleras cerca de mi piso y, al levantar la vista, veo a James esperándonos arriba.

—A tomar por culo —dice Bethany con mordacidad—. Yo me encargo de echar a ese cabrón.

Le pongo una mano en el brazo y miro hacia Henry en actitud suplicante. Ella inspira hondo y aprieta la mandíbula.

—Vale, vale —gruñe mientras estruja el volante—. ¿Quieres que vaya contigo?

—No. No pasa nada —digo débilmente, con el miedo que me provoca la presencia de James vibrando por todo mi cuerpo—. Escucharé lo que tenga que decir y después se irá.

—No tiene derecho a estar aquí —masculla Bethany con amargura—. Que le den a ese cabrón.

—Beth.

—Perdona. Vale, me quedaré aquí con Henry. No dejes que se acerque a ti o no respondo de mis actos.

—Ni hablar —respondo con firmeza, y ella asiente. Salgo del coche, cierro la puerta con cuidado y camino hacia James.

Sé que está aquí con un único propósito: el sobre marrón que lleva en las manos es justo lo que me esperaba.

Pero algo ha cambiado. Por primera vez, mientras me acerco a él, no tengo miedo ni me encojo preguntándome qué va a hacer. Hoy estoy que echo chispas.

Que le den.

Hasta ahora ha destruido todo lo que había en mi vida. Lo único bueno que me ha dado es Henry y ahora intenta arrebatármelo.

¿Cómo coño se atreve a intentarlo?

James baja los escalones con expresión severa y enfadada y me planta el sobre delante. Una oleada de algo me recorre; esta vez no es ira, sino una extraña y arrolladora sensación de calma.

—No deberías estar aquí —digo, y mi voz suena mucho más alta de lo que esperaba. James se detiene, titubea durante un segundo y después continúa avanzando.

—Los papeles del divorcio —dice con aire triunfal—. No te acostumbres a tener la custodia exclusiva de nuestro hijo, de mi hijo; esos días están a punto de terminar.

—Tengo la custodia exclusiva porque estuviste a punto de matarme —escupo. No sé qué se ha apoderado de mí, pero me hace sentir poderosísima.

—¿Perdona? —Tiene la boca abierta por la conmoción. Es la primera vez que le planto cara y su incredulidad resulta palpable.

Le arranco los papeles de la mano. —¿Eso es todo?

—pregunto—. Estás aquí incumpliendo la orden de alejamiento.

Otra vez. Podrías haber enviado a otra persona para que me entregara esto, pero has venido para demostrar cuánto control tienes sobre mí.

Pues no tienes ninguno. Lucharé contra ti en los tribunales y ganaré la custodia de Henry.

Tendrás tus visitas cuando yo te lo permita y, hasta entonces, no vuelvas a molestarme, joder. ¿Lo has entendido?

Por dentro tiemblo como una hoja. En todos los años que llevo conociéndolo, nunca le he dicho nada ni remotamente desafiante. Pero ahora arde un fuego en mi interior que se parece mucho a la pequeña llama que cobra vida cuando estoy con Oliver.

—¿Qué acabas de decirme? —exige, con incredulidad en la voz.

—Me has oído —respondo.

Siento que todo mi cuerpo vibra tanto que parece que voy a atravesar la acera, pero no retrocedo. Doy un paso hacia él y, por primera vez en la vida, es él quien se aparta de mí.

—No impediré que veas a Henry cuando tengas permiso para venir, pero no vuelvas a hablarme salvo que sea absolutamente necesario. ¿Ha quedado claro?

Sus ojos se desvían hacia el coche, donde sé que Bethany debe de estar fulminándolo con la mirada. Solo espero que Henry no pueda oír nada de esto.

James se ríe con sorna. Es la táctica que siempre emplea cuando algo lo sorprende. Burlarse de quien ha conseguido vencerlo siempre es más fácil que admitir la derrota.

—Ya nos veremos —dice con tono hosco, pero yo niego con la cabeza.

—No. No nos veremos. Tú verás a Henry. Y nada más.

Resopla y se aleja con un aspecto insignificante y nada intimidante.

Lo observo durante varios segundos y después vuelvo la vista hacia el coche.

Me río para mis adentros al ver a Bethany haciendo un pequeño baile en mi honor en el asiento delantero.

Henry saluda a su padre con la mano, pero James apenas repara en él. Jodido cabrón.

Subo deprisa a mi piso, cojo mis cosas y miro a mi alrededor, consciente de lo horrible que es. Ojalá tuviera un lugar más limpio y ordenado donde Henry pudiera recuperarse.

Un día a la vez, Lissa.

Cojo unas cuantas cosas sin saber muy bien qué ropa guardar ni por qué voy siquiera a esa estúpida cita, y vuelvo al coche en un tiempo récord.

Bethany está radiante.

—¿Qué le has dicho? —susurra—. Eres la puta ama.

Miro hacia Henry, que todavía lleva los auriculares sobre las orejas, y dejo escapar una breve carcajada.

—Ni siquiera lo sé. Lo recuerdo todo un poco borroso, pero le he dicho que no vuelva por aquí sin mi permiso expreso.

—Joder, sí. Tú mandas, colega —dice Bethany con un acento ridículo que me hace reír aún más mientras nos dirigimos a su piso. La adrenalina corre por mis venas; estoy orgullosa de mí misma y me siento más fuerte que en mucho tiempo.

El precioso piso de Bethany siempre está impoluto, pero esta noche, en lugar de las líneas pulcras y las superficies despejadas a las que estoy acostumbrada, hay una manta de dinosaurios y un pícnic preparado delante del televisor.

—Ya te he dicho que llevo siglos preparándome para esto —dice con aire triunfal—.

Este es nuestro momento, el de Hen y el mío —añade mientras Henry se acerca a la manta de dinosaurios y se sienta de inmediato, con el monstruo morado en una mano y una enorme sonrisa en su dulce rostro.

Bethany le da un zumo de brik, enciende el televisor y le revuelve el pelo.

—Te quiero, pequeñajo. Lo sabes, ¿verdad? —Henry asiente—. ¿Y quién te quiere más que yo? —pregunta.

—¡Mamá! —grita emocionado, y me hace sonreír.

—¡Exacto! —exclama Bethany mientras se acerca a mí—. ¿Quieres que te ayude con el maquillaje, cariño?

—No voy a ponerme mucho.

—Deja que te ayude de todos modos. Ya sabes cuánto me gusta. —Va a su habitación y regresa con un neceser dorado lleno de maquillaje de Dior que probablemente valga más que mi alquiler mensual.

—¿Y por qué te preocupa tanto esta noche? —pregunta—. Sé que quieres estar aquí con Hen, pero él estará bien. Creía que te hacía ilusión salir con Noah.

—Y me la hacía. Al principio. Fue agradable que me pidiera una cita, pero ahora no creo que me interese de verdad.

Bethany se aparta para evaluar la base de maquillaje que ha extendido a toquecitos por mi rostro. —¿Por qué no?

—No lo sé —respondo, intentando parecer despreocupada, pero se queda mirándome tanto tiempo que tengo que devolverle la mirada, y su expresión refleja preocupación.

—Esto no tendrá nada que ver con Oliver, ¿verdad?

—¿Qué? Claro que no.

—Liss.

—¡Que no!

—Porque esa es la primera regla, cariño. Esto no es como en las películas. No dejes que te rompa el corazón un hombre que te considera parte del servicio. Esto es justo lo que temía: eres demasiado dulce para este trabajo.

—Sé que Oliver no está interesado en mí.

—¿Lo sabes?

—¡Sí! No soy idiota —digo mientras la ira aumenta en mi interior, y Bethany me mira desconcertada durante un momento.

—Vale. Entonces sal con un hombre de tu edad, a quien le gustes por ser tú misma y que no espere nada a cambio.

Vuelve a ocuparse de mi maquillaje y ninguna de las dos habla mucho hasta que llega la hora de marcharme. No consigo sacudirme los nervios de encima, pero no tienen nada que ver con Noah. Solo puedo esperar que Oliver nunca se entere de esto.

No debería importarme. Pero me importa. Muchísimo más de la cuenta.