At His Beck & Call (Sterling House) 29. Lissa
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29. Lissa

Lissa

Felicity es preciosa. También es tan alta que intimida, lo que me pone nerviosa.

Oliver no aparta los ojos de mí mientras me tumbo en la camilla, con una toalla cubriéndome el cuerpo, pero yo lo observo con atención, consumida por los celos.

La sensación de traición que sentí al entrar y ver a otra mujer junto a él fue de una intensidad pasmosa. Por mucho que lo intenté, no pude ocultársela. Está claro que lo que dice es verdad; esto es para mí y solo para mí, pero aun así no me gusta.

¿Por qué necesita a otra persona en la habitación? ¿Por qué no podemos estar solos nosotros dos?

Estoy tensa e irritada mientras Felicity se unta las manos de aceite y empieza a masajearme los hombros. Es agradable, y el aroma de los aceites y la suave lista de reproducción que ha puesto resultan relajantes, pero no consigo dejar de darle vueltas a todo.

Oliver está sentado frente a nosotras. He pensado en pedirle que se marche, pero, por algún motivo, no me ha gustado la idea de quedarme a solas con ella. No tiene nada que ver con Felicity; está claro que es una profesional con mucha experiencia, pero no quería que él se fuera.

Ahora desearía haberle pedido que se marchara. Nos observa con una intensidad que hace que una descarga de placer me atraviese el cuerpo.

Al principio, las manos de Felicity se deslizan con suavidad sobre mis hombros, pero su pulgar encuentra un nudo muscular en el hombro derecho y presiona con fuerza mientras cierro los ojos.

Joder, qué bien sienta.

Cuando vuelvo a abrirlos mientras ella desciende por mi espalda, Oliver observa cómo sus manos recorren mi cuerpo. Distingo el bulto en sus pantalones, que me revela cuánto está disfrutando de las vistas.

Poco a poco, empiezo a relajarme. Las manos de Felicity se deslizan por mi cintura, ejerciendo una presión más profunda sobre los tejidos. No tenía ni idea de lo tenso que estaba mi cuerpo hasta que ella ha empezado a aliviar parte de esa tensión.

Las últimas semanas han sido muy estresantes, y no sabía que llevaba tanta tensión acumulada.

—¿Está bien la presión? —La voz de Felicity es dulce y suave, con un ligero acento que no logro identificar. Asiento—. Ahora voy a bajar a las piernas. Intente concentrarse en la respiración y en la música. Déjese llevar y húndase en la camilla.

Inspiro hondo y noto cómo parte de la ansiedad se disipa.

Quiero que Oliver se acerque, ansío sentir también sus manos sobre mí, pero me da demasiada vergüenza pedírselo.

Mientras sus firmes dedos recorren los músculos agarrotados de mis piernas y ascienden hasta rozar la parte superior del muslo, noto que la humedad empieza a acumularse entre mis piernas.

Que otra mujer me toque delante de Oliver, por muy inocente que sea el masaje, resulta extrañamente erótico.

Trago saliva y me remuevo sobre la camilla. Las manos de Felicity se detienen apenas una fracción de segundo antes de continuar.

—¿Quiere que le masajee los glúteos?

Asiento, incapaz de hablar, y sus manos recorren mi culo, hundiéndose en los músculos.

Oliver cambia de postura en el asiento y desliza una mano discretamente hacia sus pantalones para tirar de ellos.

¿Puede Felicity ver lo duro que está? ¿Qué estará pensando de todo esto?

Lo observo ajustarse con discreción y, cuando vuelve a alzar la vista, nuestras miradas se cruzan y se sostienen.

No tengo ni idea de si Felicity percibe la creciente tensión de la habitación, pero siento que el deseo me rezuma por cada poro.

Necesito tener a Oliver a mi lado. Quiero que se deshaga de ella y venga a follarme sobre esta camilla.

Gimo cuando Felicity presiona un punto especialmente agarrotado de mi culo.

El masaje continúa durante lo que parece una eternidad. Es maravilloso, pero desearía que ahora mismo fuera Oliver quien tuviese las manos sobre mí.

Mi mente evoca imágenes de él sacándose la polla mientras Felicity observa, metiéndomela en la boca y diciéndome lo buena que soy para él.

—Es hora de darse la vuelta, Lissa.

Levanta la toalla y aparta la vista mientras me giro. Así está mejor. Ya no puedo ver a Oliver, y solo me queda rezar para que ella no se dé cuenta de lo excitada que estoy.

Esto tiene que resultarle raro, ¿verdad?

Exhalo con fuerza cuando hunde los dedos en los músculos de mi pecho y recorre mis clavículas y mi cuello. Acumulo mucha tensión en el cuello, y notar cómo empieza a liberarse es una delicia.

Al no mirar a Oliver, consigo relajarme un poco más, aunque sigo siendo consciente de que me observa.

Abro los ojos cuando las manos de Felicity se apartan. Ella retrocede, con la mirada puesta en Oliver, y le dedica una sonrisa fugaz mientras se limpia el aceite de las manos con una toalla.

—Gracias —dice Oliver con voz grave y serena mientras yo me deshago sobre esta camilla—. ¿Podría dejarnos unos minutos? Le avisaremos cuando estemos listos.

—Por supuesto.

Él se levanta, le entrega algo que parece un fajo de billetes de dólar y se mete las manos en los bolsillos mientras la observa salir de la habitación. Yo sigo tumbada en la camilla, con una toalla como única barrera para no estar completamente desnuda.

Se acerca como a cámara lenta, con los ojos clavados en mi cuerpo y la polla tensándole los pantalones.

Abro las piernas de manera automática y dejo escapar un largo suspiro mientras mis caderas empiezan a empujar contra la camilla con descaro, desesperadas. Debería avergonzarme, pero, cuando Oliver me observa, solo me siento sexy y hermosa.

Su mano me toca la garganta y gimo, abrumada por la descarga que supone tenerlo por fin a mi lado.

—¿Estás mojada para mí, Lissa? —murmura. Separo aún más las piernas y sus labios se curvan en una sonrisa de satisfacción—. Estás desesperada por mi polla...

Desliza la mano hacia arriba hasta cubrirme la parte delantera del cuello con la presión perfecta y aprieta ligeramente.

—¿Te gusta?

Asiento, intentando transmitirle sin palabras cuánto deseo que continúe.

—Quiero que me la chupes. ¿Harás eso por mí, Lissa? —dice. Asiento mientras se desabrocha el cinturón, se saca la polla y me sostiene la cabeza con una mano.

—Eres lo más sexy que he visto en mi puta vida —dice mientras me acerco al borde de la camilla y abro la boca. Me hunde la polla hasta el fondo de la garganta con un solo movimiento.

Su mano desciende por mi cuerpo, arranca la toalla y sus dedos, ahora resbaladizos por el aceite, recorren mi vientre y bajan entre mis piernas. Los introduce en mí sin esfuerzo y emite un gruñido de satisfacción.

—Estás chorreando por mí. —No puedo evitar gemir con su polla en la boca—. Abre más las piernas.

Cuando lo hago, me introduce dos dedos y levanto el culo de la camilla mientras él empieza a embestirme la boca con fuertes sacudidas.

Durante los minutos siguientes solo hay gemidos, maldiciones y húmedos sonidos de placer que deberían avergonzarme, pero estoy demasiado excitada para eso.

Imagino a Felicity regresando para recoger sus cosas y quedándose petrificada en la puerta mientras Oliver me folla la garganta con los dedos hundidos en lo más profundo de mi interior.

Introduce un tercer dedo y yo me aparto de su polla cuando él retrocede y se inclina para morderme un pezón, tapándome la boca con una mano cuando gimo demasiado alto.

¿Puede oírnos?

Me mordisquea y me lame los pechos, con el aceite aún resbaladizo sobre mi piel, mientras sus dedos me penetran sin tregua. Después se incorpora, camina hasta el extremo de la camilla y me agarra por los muslos.

—Vas a guardar silencio —dice. La orden restalla en la habitación silenciosa, más dura de lo que nunca ha sido conmigo. Me encanta. El control que hay en sus ojos. No tengo que pensar, solo obedecer.

Se coloca un preservativo antes de apoyar su enorme polla contra mi entrada y empujar las caderas hacia delante. Me llena hasta el fondo mientras me aferro a los bordes de la camilla y me muerdo el labio para no gritar.

Joder, qué bien.

Se inclina hacia delante, apoyándose en la camilla, y al principio balancea las caderas contra mí. Después vuelve a erguirse, me agarra las piernas y tira de mí hasta dejar mi culo fuera de la camilla antes de penetrarme con fuerza, sin apartar los ojos de mi rostro.

El masaje nos ha dejado a ambos excitadísimos, y ya sé que está cerca, incluso mientras noto que mi propio orgasmo aumenta.

Me da una sola palmada en el culo y me abandono por completo al orgasmo, contrayéndome alrededor de su polla y arqueándome sobre la camilla. Él suspira y se queda inmóvil, con los ojos cerrados y el rostro alzado hacia el techo, mientras su polla palpita en lo más profundo de mí.

—La próxima vez voy a llenarte y a contemplar cómo mi semen sale de ti, Lissa. ¿Ha quedado claro? —gruñe, inclinándose sobre la camilla hacia mí.

Asiento y me estremezco mientras él sigue embistiéndome y me frota el clítoris con el pulgar para hacer que me retuerza. Deja escapar una risita grave cuando vuelvo a convulsionarme, casi vuelvo a correrme en apenas treinta segundos.

Me desplomo de nuevo sobre la camilla, jadeando con fuerza, mientras Oliver sale de mí, se quita el preservativo y lo arroja a la papelera.

Se quita la chaqueta y la corbata, con una fina película de sudor cubriéndole la frente por el esfuerzo. Después rodea la camilla, desliza los brazos bajo mi cuerpo, me levanta y me lleva al cuarto de baño, donde me deja suavemente de pie.

—Dame cinco minutos y luego vuelve.

Y entonces se marcha. Aprovecho para asearme un poco, pero no tarda mucho en abrirse de nuevo la puerta. Oliver regresa, tira de mí para llevarme al despacho principal y camina con paso firme hasta el sillón, donde se sienta.

Sigo desnuda cuando me atrae hacia él, me sienta en su regazo y me acuna entre sus brazos.

La camilla de masaje y Felicity han desaparecido, y la habitación está sumida en un profundo silencio.

Me acomodo con suavidad contra su costado, acurrucada como un bebé entre sus brazos. Una de mis manos ha quedado detrás de su cuerpo, atrapada entre su espalda y el cojín del sillón.

Mientras me arrellano aún más contra él, mis dedos ascienden con la intención de liberar el brazo, pero se meten por accidente bajo la tela de su camisa.

Solo dura un segundo, nada más, pero noto una textura acanalada en su piel, como franjas que le recorren la espalda, largas y elevadas sobre su superficie natural.

Oliver se pone rígido de inmediato e intento apartar la mano de golpe, pero sigue atrapada. La euforia se desvanece al instante.

—Lo siento, ha sido sin querer —intento explicar con voz temblorosa. Me pregunto si va a soltarme en el suelo sin más y a decirme que me largue.

Saco la mano de allí, pero él no me suelta; de hecho, me rodea con los brazos con más fuerza que antes. Mira fijamente al frente con expresión sombría, y lo observo durante largo rato, consternada.

—Lo siento muchísimo —consigo decir—. No pretendía hacerlo.

—No pasa nada —dice con voz ronca.

—¿Es por eso por lo que nunca te quitas la camisa?

—Sí.

Me aprieto contra él mientras estrecha su abrazo. —Lo entiendo —digo en voz baja—. Nunca te pediría que me enseñaras algo que no quieres mostrarme.

Su abrazo se afloja un poco y se me encoge el corazón cuando deposita un tierno beso en mi sien.

—Algún día, quizá.

No respondo; la promesa implícita en sus palabras despierta en mí la esperanza de algo que jamás podrá ser. Enrosco los dedos en el borde de su camisa y permanecemos así durante largo rato.

Cuando por fin estoy lista para levantarme, ya han pasado las seis; el tiempo ha volado. Tengo que salir de aquí e ir al hospital.

Ninguno de los dos habla mientras nos vestimos. Ojalá tuviera tiempo para ducharme, porque estoy cubierta de aceite, pero al menos noto la piel suave y tersa cuando me pongo la camisa. Una vez que ambos estamos completamente vestidos, él me mira con curiosidad durante un largo instante.

—¿Has estado bien? ¿No te has sentido asustada ni incómoda? —pregunta.

—Ha sido maravilloso —respondo—. Inesperado y maravilloso.

—¿Qué te parecería que dejáramos de usar preservativos en el futuro? Puedo hablar con Sterling House, pero solo si tú estás de acuerdo.

Me lo planteo, consciente de cuál es la política de la agencia. Él tendría que hacerse pruebas de todo, igual que yo.

—No me opondría —digo, sabiendo que eso es quedarse muy corta.

Una expresión de profunda satisfacción vuelve a adueñarse de su rostro, y le sonrío. Esa terrible llamita de esperanza que tantas veces he intentado extinguir arde con más intensidad a cada segundo.

Miro esos preciosos ojos oscuros e intento ocultar la desesperación que siento por llegar a conocerlo de verdad y porque él también me conozca a mí.