At His Beck & Call (Sterling House) 28. Oliver
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28. Oliver

Oliver

Durante el resto del día, tengo programadas reuniones individuales con los miembros de mi equipo para hablar de los casos en los que están trabajando.

Como consecuencia, paso gran parte del tiempo fuera de mi despacho, lo cual probablemente sea bueno.

No me puedo creer que la haya besado con la puta puerta abierta. Contrólate, Heath.

Cuando regreso a mi despacho, se me instala una desagradable sensación en el estómago al ver que Lissa no está en su mesa. Me encanta contemplarla al pasar. Aunque me aseguro de que nunca me pille haciéndolo.

Adelaide sí está allí y, cuando paso junto a ella, se levanta, me sigue al despacho y cierra la puerta. La miro por encima del hombro, arqueando las cejas. No es habitual en ella; durante el horario laboral no le gusta cerrar la puerta porque, según dice, fomenta una «cultura del engaño».

La puerta solo se cierra a partir de las cinco de la tarde, y las horas que faltan hasta entonces parecen alargarse cada vez más.

—¿Qué pasa, Addy? —pregunto, mirándola con una leve sonrisa burlona—. Pareces alterada.

—Deja de llamarme Addy —dice sin demasiada acritud. Llevo una década haciéndolo y no pienso dejarlo.

—¿Necesitas otro aumento?

—No —masculla, irritada, y arqueo una ceja, divertido—. Quería preguntarte si podía llevar a Lissa a comer.

—Claro. ¿Por qué ibas a necesitar mi permiso?

—Ha tenido una semana horrible.

—Aunque Henry parece estar mejor, por lo que ha contado ella, ¿no?

—La operación ha ido bien. Pero aún queda un largo camino por delante. El cáncer no chasquea los dedos y desaparece sin más.

—Por supuesto —digo con suavidad.

—Me gustaría llevarla a Morgan’s. Es un restaurante agradable y, como es viernes, he pensado que le vendría bien tomarse una pausa más larga para comer y relajarse.

Me meto la mano en el bolsillo, saco mi tarjeta de crédito y se la tiendo.

—Es una idea excelente. Pedid lo que queráis.

Me siento a mi escritorio y, cuando levanto la vista hacia ella, descubro que se ha quedado inmóvil, contemplando la tarjeta de crédito.

—Me refería a que pagara el bufete —dice, frunciendo el ceño.

—Usa mi tarjeta, será más sencillo. Y tomaos todo el tiempo que queráis.

Durante unos instantes no dice nada; sigue frunciendo el ceño mientras se guarda mi tarjeta en el bolsillo.

—¿Lissa se quedará con nosotros una temporada? —pregunta con curiosidad en la mirada—. Es muy buena; de hecho, una de las mejores. ¿Sabías que en su día pensaba estudiar Derecho?

Levanto la vista, sorprendido. —¿En serio?

—Sí. La verdad es que creo que habría sido una abogada estupenda. No es ni de lejos tan resuelta como algunos de vosotros, pero posee una dulzura que haría sentirse cómodo a cualquier cliente. Es una lástima que no pudiera continuar con sus estudios.

—¿Por qué no estudió Derecho? —pregunto, intrigado ahora.

—No estoy segura. Solo dijo que tuvo que dejarlo.

Seguro que ese cabrón de su marido la obligó a abandonar los estudios.

—Hum... Bueno, me alegro de que te caiga bien. Últimamente pareces menos estresada. ¿Se está calmando el caso Reynolds? Espero que Noah te haya resultado útil.

—Mucho. Está un poco obsesionado con el trabajo, como tú, pero es buena gente.

Asiento. En realidad, no sé gran cosa de él.

—Bueno, que disfrutéis de la comida —digo, y ella se palmea el bolsillo.

—Ahora que tengo tu tarjeta, creo que pediré una botella de champán carísimo.

Resoplo, sabiendo que ni se le pasaría por la cabeza hacer algo así. —Adelante. Aunque no podrás caminar en línea recta después de media copa.

—Para que lo sepas —dice con jovialidad—, en mi sesenta cumpleaños conseguí beberme una copa entera de vino sin caerme ni una sola vez.

—Estoy orgulloso de ti, Addy.

—Deja de llamarme así —masculla mientras se marcha, y no puedo contener la sonrisa cuando vuelvo al trabajo.

Durante las horas siguientes, mis pensamientos regresan varias veces a Lissa y Adelaide, y me las imagino en el restaurante, con el rostro de Lissa relajado y sereno.

La idea de verla soltarse y disfrutar se me queda grabada y, conforme avanza la tarde, se me ocurre otra cosa.

Cojo el teléfono y llamo a una empresa a la que ya he recurrido antes para prepararle una pequeña sorpresa. Puede que no le apetezca, pero me gustaría regalarle algo.

Puede que sea una escort, pero eso no significa que no pueda obsequiarla con algo especial de vez en cuando.

Cuando por fin llegan las cinco, estoy sentado, esperando con paciencia a que Lissa cruce la puerta. Estoy nervioso, algo impropio de mí, pero no quiero que se lleve una impresión equivocada.

Tal como esperaba, cuando abre la puerta se queda paralizada, mirando a la mujer que está frente a mí con la boca abierta.

Felicity, la mujer a la que he contratado, le sonríe con calidez, pero Lissa le devuelve una sonrisa incómoda antes de dirigir enseguida la mirada hacia mí.

—No pasa nada, entra —digo con suavidad. Lissa suelta el picaporte y entra con sus habituales pasos silenciosos, sin apartar los ojos de Felicity mientras la puerta se cierra a su espalda.

—Eh...

—¿Qué digo siempre? —pregunto, cogiéndole la mano—. Todo sucede con tu permiso, ¿recuerdas? —Se relaja, aunque no demasiado.

—Esta es Felicity, es masajista —digo mientras Felicity se aparta, coge la camilla plegable que está apoyada contra las estanterías y la monta.

—¿Masajista? —pregunta Lissa, como si nunca hubiera oído hablar de tal cosa.

—Hoy quería darte algo que fuera solo para ti. Para que te relajes.

Se me encoge el estómago cuando miro a Felicity. Ya hemos hablado de lo que quiero y estoy desesperado por que las cosas salgan como deseo, pero no llevaré adelante mis planes si Lissa muestra la más mínima incomodidad.

—Felicity te dará un masaje y yo puedo salir del despacho —digo despacio—. O puede darte un masaje mientras yo me quedo mirando. Tú decides.

Los hombros de Lissa se relajan mientras baja la mirada hacia mí.

Continúo: —O puede marcharse sin más. Le pagaré el masaje de todos modos, así que nadie habrá perdido el tiempo; tú eliges.

Traga saliva, y mi preocupación se dispara al ver que la inquietud no abandona su rostro.

Me levanto de la silla y llevo a Lissa detrás de mi escritorio para hablar con ella, pero, para mi sorpresa, sigue avanzando y le dedica una sonrisa nerviosa a Felicity antes de abrir la puerta del cuarto de baño y entrar.

La cierro tras nosotros y espero a oír lo que tenga que decir. Parece tremendamente incómoda.

Joder, lo he interpretado fatal.

—¿Quieres que haga cosas contigo y conmigo? —pregunta, apretando los labios en una línea furiosa.

—No —respondo con firmeza—. No es...

—Porque, si quieres contratar a otra asistente ejecutiva, puedes hacerlo —dice con torpeza—. Yo no...

—Lissa. Mírame. —No lo hace, así que le pongo el pulgar bajo la barbilla y le alzo el rostro hacia mí—. No voy a reemplazarte. Nunca había visto a Felicity, pero trabaja para una empresa especializada en este tipo de cosas.

—¿En masajes? —pregunta con escepticismo.

—Sí.

Aprieta los labios. —Entonces, ¿no quieres otra asistente?

—Felicity no se me va a acercar para nada. Todo esto es para ti.

Frunce el entrecejo, confusa, y la empujo con suavidad contra el lavabo mientras ella apoya las manos a su espalda para mantener el equilibrio. Ahora me fulmina con la mirada, con los ojos llameantes.

—Puedo pedirle que se marche.

—Es... ¿Es solo un masaje?

—Sí. Quiero que te relajes y disfrutes, nada más. Me gustaría mirar, si no te importa que me quede en el despacho. Pero Felicity no me interesa.

Siento un pequeño cosquilleo en el pecho. —¿No te gusta la idea de que toque a otra mujer? —pregunto. Sus ojos se endurecen, pero no dice nada.

Aprieto mi polla cada vez más dura contra su cuerpo y bajo la cabeza para besarle la mandíbula.

—Dímelo —ordeno mientras se estremece entre mis brazos y de su garganta escapa un pequeño gruñido sensual.

—No... No me gusta —espeta. Joder, ese tono cortante de su voz me pone a cien.

—¿Quieres que le diga que se marche?

—No.

—Se aplican las mismas reglas —digo, besándola con suavidad en los labios—. Si te sientes incómoda, todo se detiene.

—De acuerdo —susurra, respirando más deprisa ahora—. Pero no te toca en absoluto.

—No quiero que lo haga —digo mientras deslizo los dedos bajo su falda—. Solo quiero mirarte.

Me aparto cuando ella se inclina hacia mí y separa las piernas. Veo que la idea la excita, pero aún no sé interpretarla lo bastante bien como para saber cómo acabará esto.

—¿Estás segura de que te parece bien? —pregunto, presionando los dedos contra sus bragas mientras ella cierra los ojos y se derrite contra mí con un leve gemido. Dios, cómo me encanta ese sonido.

—Sí —susurra—. Creo que sí.

—Vamos, te va a encantar.