27. Lissa
Lissa
Ala mañana siguiente, estoy en la sala de conferencias con Noah. Lleva varios días trabajando con algunos de los otros asociados para poner orden en varias cajas, pero necesita mi ayuda con una de las partes más complejas de la documentación inmobiliaria.
Tanto Carmen como Richard Reynolds poseen una cantidad increíble de activos, entre ellos trece casas repartidas por todo el mundo, varios hoteles, franquicias y licencias comerciales.
No sé cómo Noah no se ha vuelto loco revisándolo todo.
Llevamos un par de horas trabajando en la pequeña sala de conferencias, mientras Adelaide asoma la cabeza por la puerta de vez en cuando para ver cómo estamos.
He notado que Noah me mira varias veces e intento evitarle la mirada todo lo posible, pero, cuando nuestras miradas se cruzan, siempre me dedica una amplia sonrisa.
Es una sonrisa bonita, y él es un hombre muy atractivo, pero ya me arrepiento de haber aceptado tener una cita con él. Visto en retrospectiva, fue una decisión impulsiva y ahora, por absurdo que resulte, me siento culpable por quedar con otro hombre.
Oliver no es mi novio, pero últimamente nuestras «sesiones» se han vuelto tan intensas que mi corazón y mi cabeza empiezan a confundirse respecto a lo que hay entre nosotros.
Ningún hombre me ha besado jamás como me besa Oliver, como si fuera suya.
Había oído a mujeres hablar de que un hombre les hacía «flaquear las rodillas», y eso es exactamente lo que siento cuando estoy cerca de él.
Podría derretirme contra todo su cuerpo cada vez que me toca y estar casi a punto de suplicarle que...
—¿Lissa?
Levanto la vista de golpe y la sangre me sube al rostro al descubrir a Noah de pie a mi lado.
—Vaya. ¿Qué estás leyendo? Llevo como un minuto hablándote.
—Dios mío, lo siento mucho. Estaba... eh... ensimismada.
—Acaban de llamarme —dice Noah con el ceño fruncido—.
Heath me pidió ayer que investigara algo y tengo que ir a comprobarlo.
¿Te importa seguir revisando estas carpetas?
Sobre todo hay que reorganizar los archivos negros y, si puedes poner arriba cualquier dato relevante, les echaré un vistazo esta tarde.
—Claro. No hay problema.
—Gracias, Lissa. —Se vuelve para marcharse, pero se gira de nuevo, con las mejillas ligeramente sonrosadas—. Por cierto, tengo... eh... muchas ganas de nuestra cita de la semana que viene. Hay un pequeño restaurante cerca de aquí donde sirven buena comida italiana. ¿Te apetece?
Me dedica otra sonrisa y yo se la devuelvo mientras me mira esperanzado.
—La comida italiana me parece genial —miento, mientras sale del despacho todavía sonriendo.
Se me hace un nudo en el estómago al pensar en la cita. Ya ni siquiera se trata solo de esa absurda sensación de estar traicionando a Oliver; sencillamente, no quiero tener una cita con Noah. Debería decirle sin más que tengo que cancelarla, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
La verdad es que quiero pasar tiempo con Oliver siempre que se me presenta la oportunidad, y sé que no debería sentir eso por él.
Precisamente por eso le dije ayer que no debía enredarse conmigo ni con mi vida.
Soy su acompañante de pago; tengo que quitarme de la cabeza la idea de que para él soy algo más que eso.
—Voy a salir a por café. ¿Quieres algo? Había pensado ir a Wickmore’s.
Levanto la vista hacia Adelaide, que hoy lleva un conjunto morado oscuro con unos grandes pendientes morados que no pegan nada con su sombra de ojos.
—Me encantaría un café, gracias.
—¿Cómo está Henry? —pregunta al entrar en la sala. Ha sido muy amable y pregunta por él todas las mañanas desde la operación.
—Está bastante bien —respondo con una sonrisa—.
Ha habido algunas complicaciones por una pequeña infección; una noche de esta semana tuvo mucha fiebre, así que van a dejarlo ingresado durante el fin de semana para mantenerlo en observación.
Pero nuestro médico confía en que pueda volver a casa la semana que viene.
—Tiene que ser horrible estar trabajando. Sabes que puedes tomarte todo el tiempo libre que necesites.
—Gracias, Adelaide. Hay gente que pasa tiempo con él mientras estoy trabajando.
Conocí a una mujer encantadora que también estaba ingresada en el hospital y se ha pasado horas leyéndole.
Además, mi mejor amiga, Bethany, ha ido a verlo un par de veces.
Y, por supuesto, su padre también ha estado allí.
Vacila un instante en el umbral y después se acerca a mí con algo en la mano. Abre la palma y deja al descubierto el pequeño monstruo morado de ojos saltones que siempre está en la parte delantera de su escritorio.
—Me lo regaló mi marido cuando entré en este bufete hace un millón de años. Lo compró para animarme. En aquella época tenía cáncer de mama y me hizo reír.
Lo deja junto a mi codo.
—Me encantaría que se lo dieras a Henry. Era mi amuleto de la suerte y siempre me hacía sentir mejor. Es un luchador, se nota. Y, si quiere quedárselo, puede hacerlo; o puede dárselo a otro niño que lo necesite.
Miro la alegre expresión del pequeño monstruo, el único toque de color en el escritorio de Adelaide y el único objeto personal que tiene en la oficina. Conteniendo las lágrimas, la miro y asiento.
—Le encantará, gracias.
Me dedica una sonrisa tensa y sale de la sala. Coloco al pequeño monstruo delante de mí y lo acaricio con suavidad. No se separará de Henry hasta que termine la quimioterapia. Necesita toda la suerte posible.
Cuando Adelaide me trae el café un poco más tarde, estoy absorta en unos documentos que he descubierto al fondo de los archivos y, cuando lo deja a mi lado, levanto la vista hacia ella, confusa.
—¿Puedo preguntarte algo que quizá sea una tontería?
—Por supuesto —responde, inclinándose hacia delante para ver lo que estoy leyendo.
—¿Hay algún motivo por el que aparezcan cargos asociados a este apartamento de Miami que no están declarados en ninguna otra parte?
Se inclina sobre el papel para leer la línea que he resaltado y frunce el ceño mientras niega con la cabeza.
—Ninguno evidente, pero los bloques de apartamentos como ese suelen tener gastos ocultos. A veces se paga por una plaza en un aparcamiento subterráneo o hay gastos de mantenimiento independientes del alquiler. Aunque has hecho bien en resaltarlo. Asegúrate de comentárselo a Noah cuando vuelva.
—Gracias, lo haré.
Pero, mientras la veo salir de la sala, algo hace clic en mi mente.
Los Reynolds tienen un apartamento en un precioso complejo junto al mar. El edificio cuenta con varias plantas y su vivienda está en la sexta, ocupando casi la mitad de uno de los lados. Sin embargo, la información que he encontrado no es coherente.
Richard Reynolds había declarado los gastos del apartamento en dos líneas distintas de varios documentos, y empezaba a perfilarse un patrón.
Ocean Ave: comunidad de propietarios 7.700 $, unidad 670
Ocean Ave: comunidad de propietarios 3.985 $, gastos de almacenamiento
Más adelante en los documentos vuelven a mencionarse los gastos de almacenamiento, pero resulta extraño. ¿Qué necesitarían «almacenar» los Reynolds junto a un apartamento en el mismo edificio? Tienen trece casas; no pagarían además gastos de almacenamiento, ¿verdad?
Saco el móvil, busco el complejo en el que viven y trato de averiguar cuáles son las cuotas habituales de la comunidad de propietarios que se cobran a los residentes, pero la página web es sorprendentemente imprecisa.
Después miro en Reddit y encuentro la respuesta casi de inmediato.
Varias personas se quejan del aumento de las cuotas de sus apartamentos de dos dormitorios en el mismo complejo. La nueva cantidad es exactamente de 3.985 dólares al mes.
Rascándome la cabeza, vuelvo a examinar los documentos. He utilizado un rotulador verde para señalar cada ocasión en la que aparece el cargo, pero nadie más lo ha marcado. Tengo la sensación de estar haciendo una montaña de un grano de arena y probablemente haya entendido algo mal.
Salgo para preguntárselo a Adelaide, con los papeles en la mano y dispuesta a enseñarle lo que he descubierto, pero no está en su escritorio.
Miro hacia la puerta de Oliver y me planteo preguntárselo. Si es algo importante, probablemente me dirá que se lo dé a Noah para que se encargue de ello y, si no lo es, quedaré como una idiota.
Por otra parte, no lo he visto en toda la mañana.
Irritada por mi propia debilidad, me preparo para el inevitable batacazo y me acerco a su puerta. Respiro hondo, llamo y oigo desde dentro un firme «adelante».
Dejo la puerta entreabierta para demostrar que no estoy allí con intención de molestarlo con ninguna «actividad fuera del horario laboral» y me acerco a su escritorio.
—Siento molestarte —digo apresuradamente, pero Oliver ya se está apartando del ordenador y sigue mis movimientos con la mirada mientras me acerco a él.
—No pasa nada, ¿qué ocurre?
—Iba a comentárselo a Noah, pero ha tenido que salir. Siento si es una tontería, pero resulta extraño y estoy intentando averiguar si significa algo.
—¿El caso Reynolds? —pregunta, tendiendo la mano hacia los papeles, que le entrego.
—Sí, estaba revisando la información inmobiliaria. Tienen tantas propiedades que resulta confuso, pero el cargo por almacenamiento de su apartamento de Miami no tiene sentido. A mí me parece que las cuotas podrían corresponder a un segundo apartamento que no se ha clasificado correctamente.
Oliver se levanta y empieza a caminar por el despacho mientras revisa la documentación.
Es algo que le he visto hacer a menudo. Cuando lee, prefiere estar de pie o caminar de un lado a otro por el despacho.
He entrado varias veces y lo he encontrado apoyado contra las estanterías o el escritorio, leyendo en su iPad.
—Cada mes salen casi cuatro mil dólares en gastos de almacenamiento —digo—. Es exactamente lo mismo que cuesta la cuota de la comunidad de un apartamento de dos dormitorios en el mismo complejo. Lo he buscado.
Oliver me mira con una leve sonrisa en la cara y los ojos brillantes y cargados de diversión.
—¿Lo has buscado? —pregunta.
—Bueno... sí. Me estaba molestando.
Se ríe entre dientes. Es un sonido precioso que no oigo a menudo y que va directo a lo más profundo de mi cuerpo.
—Puede que acabes de descubrir algo muy importante, Lissa —murmura, y el corazón se me hincha ante su elogio—. Gracias. Si Reynolds no está declarando este apartamento, quizá sea porque no quiere que su mujer sepa de su existencia.
—Pero ¿de verdad tendría a una amante instalada en el mismo edificio en el que vive con su mujer?
—No conoces a Richard Reynolds: ese hombre carece por completo de escrúpulos.
No me sorprendería que hubiera comprado el apartamento de al lado.
Bajar unas cuantas plantas supondría para él una molestia tremenda.
—Golpea el papel con el dorso de la mano—.
Un trabajo excelente. Mándame a Noah cuando vuelva y hablaré con él.
Sonrío y me vuelvo para marcharme cuando unos dedos fuertes me aferran la muñeca.
Miro atrás. Sus ojos no están fijos en mí, sino en la puerta, y mi corazón se acelera cuando tira de mí para acercarme a él y su boca cae sobre la mía en un beso ardiente que hace que me derrumbe contra su cuerpo de inmediato, incapaz de reprimir un gemido de necesidad.
Parece que han pasado años desde la última vez que me besó, y solo fue ayer.
Su lengua se mueve contra la mía y sus manos, posesivas y fuertes, recorren mi espalda mientras explora mi boca. Gime suavemente antes de apartarse un poco y volver a dirigir los ojos hacia la puerta.
—Buen trabajo —murmura contra mis labios antes de regresar a su escritorio y sentarse.
No vuelve a levantar la vista hacia mí. Apoyo el dorso de las manos en las mejillas ardientes, con la esperanza de no parecer tan alterada como me siento cuando salgo del despacho.
Sin embargo, el universo me sonríe, porque Adelaide no está fuera y puedo regresar a mi mesa sin que nadie me vea. Tardo mucho en volver a concentrarme en el trabajo, mientras los pensamientos sobre Oliver dan vueltas sin cesar en mi cabeza.
No puedo creer que me haya besado en pleno horario laboral... y con la puerta abierta.