At His Beck & Call (Sterling House) 26. Oliver
56%

26. Oliver

Oliver

Una vez de vuelta en el hospital, acompaño a Lissa y a Henry hasta su habitación.

Me sorprende lo mucho que Henry habla conmigo mientras subimos en el ascensor, señalando cosas y haciéndome preguntas sobre ellas. Esta vez no parece sentirse intimidado por mí en absoluto.

Cuando llegamos a su habitación, me descubro poniendo una mano en la espalda de Lissa para hacerla pasar, y ese gesto inocente resulta tan apropiado como indebido al mismo tiempo.

Deja de tratarla como si fuera tuya. No te pertenece. Y jamás querría pertenecerme.

—Voy a la cafetería a por algo de beber. ¿Quiere algo? —pregunto sin mirarla a los ojos cuando se vuelve hacia mí.

—Oh, no. Ya ha hecho muchísimo —dice, abriendo mucho los ojos mientras niego con la cabeza.

—No se lo ofrecería si no lo dijera en serio, Lissa. ¿Puedo traerle algo?

Ella juguetea con la bufanda que lleva puesta mientras se la desenrolla del cuello.

—Un café con leche descafeinado estaría genial, gracias.

—Henry, ¿quieres algo? —pregunto mientras Henry vuelve a meterse en la cama y Lissa lo acomoda.

—¿Puedo tomar un zumo? —pregunta, mirando a su madre en busca de aprobación. Lissa se encoge de hombros y me dedica una media sonrisa agradecida.

—De manzana, si tienen —murmura. Me marcho y recorro los pasillos del hospital, siguiendo las indicaciones hasta llegar a la cafetería.

Cuando llego, me sudan las palmas y me las seco contra los pantalones del traje.

Quería matarlo. Con mis propias putas manos.

La intensidad de mi ira hacia James es desconcertante, alarmante. Es una furia más intensa que cualquier otra que haya sentido jamás.

El hecho de que Lissa tenga una orden de alejamiento contra él significa que James le hizo algo. No sé qué, pero, por su lenguaje corporal el día que lo vi y por el temperamento que mostró cuando me enfrenté a él, no es difícil imaginarlo.

La idea de que alguien le ponga la mano encima a esa mujer dulce y preciosa, incapaz de hacerle daño a una mosca, me revuelve el estómago. Quiero romper algo, atravesar una pared de un puñetazo.

Esta furia me asusta. Es como si estuviera fuera de mi cuerpo, como si alguien, algo, la hubiera puesto ahí y fuera imposible combatirla.

¿Me estoy convirtiendo en mi padre?

Ese pensamiento amenaza los mismísimos cimientos de quien creo ser. Este puto cabrón ha despertado en mí algo cuya existencia desconocía.

Llego a la cola de la cafetería, apenas capaz de procesar nada de lo que sucede a mi alrededor hasta que alcanzo la caja. Tratando desesperadamente de recordar qué quería Lissa, pido un zumo de manzana para Henry y por fin recuerdo que ella quería un café con leche descafeinado.

Alzo la vista hacia el panel, sin saber qué quiero, y me decido por un expreso, solo para tomar algo lo más fuerte posible. Espero a que preparen las bebidas mientras, al extremo del mostrador, me hundo en silencio en una espiral de pensamientos.

De alguna forma absurda, Lissa encarna gran parte de lo que quería encontrar en una pareja. Es perfecta para mí en la cama; la manera en que accede a lo que deseo me excita siempre, pero también sé que el control es una ilusión.

Eso es lo que quiero. No deseo que ninguna mujer me tenga miedo de verdad. Quizá sea eso lo que me diferencia de mi padre.

Pero sí te gusta dominar a las mujeres.

La vocecilla mordaz de mi cabeza me oprime el pecho mientras recojo las bebidas y regreso a la habitación.

¿Cómo ha podido torcerse tanto todo esto?

Contraté a Lissa para que fuera una acompañante y, sin embargo, de algún modo me siento responsable de ella, siento la necesidad de protegerla. Incluso Henry, a quien apenas conozco, me recuerda a mí mismo de niño. Curioso y reflexivo.

Joder. Debería rescindir su contrato ahora mismo. Esto no va a acabar bien.

—Gracias.

Alzo la mirada, sobresaltado al descubrir que, perdido en mis pensamientos, ya he recorrido todo el camino de vuelta hasta la habitación.

Lissa coge con delicadeza el zumo de manzana y el café con leche mientras yo abro el expreso y me lo bebo de un único trago abrasador. Observo cómo perfora la parte superior del brik de zumo con la pajita y se lo entrega a su hijo, con movimientos muy cuidadosos y suaves.

¿Cómo podría alguien enfadarse con ella? Es maravillosa.

—¿Necesita algo más? —pregunto, pues no quiero entrometerme mucho más en el tiempo que pasan juntos. De todos modos, tengo pensado ir a buscar a mi madre, ya que por fin le han dado el alta para salir del hospital esta noche.

—No. Gracias —responde Lissa en voz baja antes de volverse hacia mí y levantarse de la cama. Mira de nuevo a Henry—. Vuelvo dentro de un par de minutos, ¿vale, cariño?

Él asiente, sorbiendo feliz por la pajita mientras el brik de zumo se va aplastando despacio entre sus manos.

Salgo de la habitación con Lissa detrás de mí.

—Gracias por lo que ha hecho hoy —dice en cuanto Henry deja de oírnos—. Se lo agradezco, pero estoy bastante segura de que no quiere verse enredado en mi vida ni en la de mi hijo. Le agradezco muchísimo que me defendiera, pero tengo que ocuparme de James yo sola.

Cierra los ojos un instante y suelta un suspiro contenido.

—Este trabajo es la mejor manera de conseguirlo. Gracias a él puedo pagar los cuidados de Henry y cualquier gasto legal que surja durante el divorcio. Espero que no crea que esperaba que viniera conmigo hoy. Estaba alterada, pero debería haberle dicho que se quedara en la oficina.

Al oír sus palabras, se me encoge el estómago. Son clínicas, objetivas y frías. Cualquier ilusión de que pueda haber algo más entre nosotros se extingue bajo su mirada dura y concentrada.

Habla como si estuviera negociando un acuerdo comercial, y no soy demasiado orgulloso para admitir que me pilla desprevenido. Oírla decir que el trabajo es su salvavidas, y no, como se ha convertido para mí, la mejor parte de mi día, supone un crudo recordatorio de lo que somos el uno para el otro.

Nada.

Es una acompañante, le pago por mantener relaciones sexuales conmigo y, cuando finalice el contrato, todo habrá terminado. No volverá a pensar en mí. Y yo debería hacer lo mismo.

—No hay problema —murmuro, dando ya un paso atrás, deseando desaparecer de aquí. Lissa no necesita un protector. Y, si lo necesita, no soy yo—. La… veré mañana.

Me doy la vuelta y camino deprisa hacia la habitación de mi madre sin mirar atrás. Después de doblar la esquina, sacudo los brazos como si así pudiera librarme de la necesidad que siento de volver sobre mis pasos y exigir más explicaciones.

¿Cómo que solo es un trabajo, si cada día te derrites entre mis brazos? Eso no es fingido, sé que no lo es.

Mientras camino hacia los ascensores, sopeso mis opciones y me pregunto si debería llamar a Sterling House y pedirle a Pippa que ponga fin a nuestro tiempo juntos. Sería mucho más fácil.

Pero, incluso después de todo lo que acaba de decir Lissa, quiero ayudarla.

Cierro los ojos, frustrado, mientras entro en el ascensor y pulso con brusquedad el botón de la planta de mi madre.

Está claro que Lissa necesita independizarse de James; es un límite que no debería cruzar, pero siento como si lo conociera.

Hay algo en sus ojos que me dice todo cuanto necesito saber sobre él.

A lo largo de mi vida he visto innumerables ejemplos de este tipo de casos y, casi siempre, la pareja más dominante y violenta tiene algo que ocultar.

Es casi seguro que hay algo que no le está contando, algo que podría ayudarla en su caso, y Lissa no dispone de los recursos necesarios para descubrirlo.

Pero yo sí.

Merece una oportunidad de ser feliz con su hijo, lejos de un mundo de dolor. Puede que yo sea capaz de dársela, aunque sé que al final no habrá recompensa alguna.

Saco el teléfono y marco el número de Noah antes de poder cambiar de opinión.

—Hola, señor Heath —dice con tono enérgico, y oigo un murmullo de voces al fondo. Consulto el reloj y pongo los ojos en blanco. Probablemente ya esté en casa.

—Lo siento, no me había dado cuenta de que era tan tarde.

—No pasa nada. En realidad, solo estoy cogiendo algo de comer antes de volver a la oficina. ¿Necesita algo?

—Quiero que mañana se tome un descanso del caso Reynolds.

—Ah, claro. ¿Para qué?

—Quiero que investigue a un hombre llamado James Davenport. Investigue un poco. Mire a ver si encuentra algo turbio en su pasado que podamos utilizar. Le enviaré los datos.

Se produce una breve pausa al otro lado de la línea.

—¿Es para un caso?

—Sí —respondo con brusquedad, a punto de colgar.

—¿A qué asunto debo imputar mis horas?

Maldito Finnigan y su obsesión con los procedimientos.

—Es pro bono. Fuera de las horas facturables.

—¿Tiene algo que ver con Lissa?

Se me revuelve el estómago.

—¿Por qué iba a tenerlo? —pregunto. Oírlo usar su nombre me irrita por razones en las que ahora mismo no quiero pensar.

—Bueno, Davenport es su apellido.

—Limítese a investigarlo, ¿quiere? —espeto.

Otra pausa.

—Por supuesto. Le informaré de lo que averigüe.

—Gracias.

Cuando llego a la habitación de mi madre, la encuentro con las cosas ya recogidas, sonriéndome desde la cama, con la bolsa a su lado. Sin embargo, su sonrisa se desvanece al ver mi expresión y frunce el ceño mientras me acerco.

—¿Lista para irnos? —pregunto al tiempo que cojo su bolsa.

—¿Qué ocurre? —me pregunta. Nunca he sido capaz de ocultarle nada, y me está dedicando esa mirada que tan bien conozco. Si cree que estoy disgustado, no dejará pasar el asunto.

Los hombros se me desploman y la bolsa queda colgando sin fuerza de mi mano mientras exhalo un profundo suspiro.

—Hoy ha ocurrido algo en el trabajo —confieso, sin querer revelar nada sobre Lissa—. Me he enfadado. Muchísimo. Y no me ha gustado cómo me ha hecho sentir.

Se produce un largo silencio mientras me observa, todavía sentada en la cama, con una calma infinita.

—Me ha asustado —añado—. Sentía que quería golpear algo, romper algo. No sentía que tuviera el control.

Noto que las mejillas me arden ante la confesión. Odio mostrarme vulnerable incluso en las mejores circunstancias, pero contarle algo así precisamente a mi madre resulta horrible.

—Me preocupa ser como papá en el fondo y que por fin esté saliendo de mí ahora que soy mayor.

—Mírame, Oliver.

Lo hago, con la sensación de que podría zambullirme en sus grandes ojos grises, rebosantes de bondad.

—No te pareces en nada a tu padre. Jamás podrías parecerte a él.

A él nunca le preocupó su temperamento. Se limitaba a dejar que lo dominara.

Durante años. Puede que tengas ganas de romper algo, pero no lo haces.

Esa es la diferencia, porque eres un hombre bueno y tienes la fortaleza necesaria para controlarte y tomar la decisión correcta.

Se levanta y camina despacio hacia mí, apoyando sobre el andador el peso de su cuerpo maltrecho sin apartar la mirada de la mía. Es como contemplar la sombra de la mujer que podría haber sido si mi padre jamás hubiera existido.

—Eres mejor que él en todos los sentidos, Oliver. No lo dudes jamás. Tu padre no era un monstruo; solo fue débil y amargado durante toda su vida. Tú eres mi hijo y el hombre más bondadoso que he conocido.