25. Lissa
Lissa
El jueves por la tarde, estoy sentada con la cabeza apoyada contra la pared y las piernas descansando sobre la base de la escultura mientras Oliver embiste contra mi cuerpo y ambos gemimos mientras follamos.
Parece que llevemos horas dándole, pero ninguno de los dos ha terminado. Las sesiones, que antes duraban entre veinte y treinta minutos, ahora se alargan casi hasta una hora cada vez.
Las enormes manos de Oliver se aferran a mi espalda mientras me levanta del asiento y me lleva hasta el escritorio.
Hoy solo lleva puesta la camisa, pues se ha deshecho de la corbata, la chaqueta y los pantalones en cuanto he entrado en su despacho y he cerrado la puerta con llave tras de mí.
Me muero por ver su pecho musculoso. He notado el relieve de sus abdominales a través de la tela de la camisa mientras follábamos, pero todavía no se la ha quitado.
Me lleva en brazos los últimos pasos y me baja hasta que mi trasero queda apoyado en el borde del escritorio.
Oliver alarga el brazo a mi alrededor, saca del escritorio una larga tira de satén y la deja colgando frente a mí. En sus ojos prende una necesidad descarnada que me dispara el pulso.
—Antes dijiste que quizá te interesaría dejar que te atara solo las manos. ¿Quieres probar?
Asiento antes siquiera de haber asimilado lo que ha dicho. Quiero probarlo todo con él.
Me recorre el cuello con la lengua, rozándome la piel con los dientes, y procede a atarme las muñecas.
Después de hacer el nudo, me da la vuelta y me empuja hacia abajo hasta dejarme inclinada sobre el escritorio. Se inclina encima de mí y sujeta la tela a un pequeño gancho de la superficie del escritorio, debajo de un asa alargada que siempre había supuesto que era un mero elemento decorativo.
Es del mismo bronce que todos los juguetes que hemos usado, aunque más gruesa y resistente. Mis manos descansan contra el borde del escritorio mientras él me presiona los hombros.
—Separa las piernas.
Ya no comprueba cómo estoy tan a menudo como antes.
Lo hablamos hace un par de días y ambos coincidimos en que ha aprendido a interpretarme muy bien.
Recalcó la necesidad de usar las palabras de seguridad si alguna vez me sentía incómoda, pero nunca me ha hecho falta.
De algún modo, sé que estoy a salvo con él.
Separo más las piernas y gimo de placer cuando vuelve a hundir la polla dentro de mí de una sola embestida brutal.
—Ay, Dios.
La cabeza se me vence hacia delante cuando empieza a golpearme con las caderas. No tengo nada a lo que agarrarme y me cuesta mantener el equilibrio hasta que mis dedos se aferran al asa rectangular del escritorio, justo encima de donde tengo las muñecas firmemente atadas.
En cuanto lo hago, sé que era justo lo que pretendía, porque deja escapar un gruñido desde el fondo de la garganta, me agarra las caderas con fuerza suficiente para dejarme moratones y me penetra sin contenerse.
Es el polvo más duro que hemos echado nunca y me deshago casi al instante, con la boca abierta en un grito mudo mientras el placer se desenrosca dentro de mí, interminable, hasta que grito con cada embestida.
Se inclina sobre mí y su peso resulta casi insoportable mientras sus manos encuentran mis pechos y los aprietan con fuerza cuando me corro. Mis paredes le oprimen la polla y hacen que él también se corra. Siento su miembro estremecerse y palpitar mientras ambos intentamos recuperar el aliento.
Permanezco suspendida en una nube de placer durante lo que parece una eternidad, hasta que sus manos se deslizan sobre mis muñecas y me desatan.
Me pone en pie y tomo aire de golpe cuando sus dedos se mueven entre mis piernas y vuelven a hundirse dentro de mí mientras él deja escapar un murmullo de aprobación.
—Te has corrido con muchísima fuerza —dice, introduciéndolos aún más hasta que arqueo la espalda contra él y separo más las piernas, deseando volver a sentir su polla.
¿Cuándo me he convertido en semejante zorra por este hombre?
Sus ojos se encuentran con los míos mientras baja la cabeza, me muerde el labio y me chupa la lengua, penetrándome la boca al mismo ritmo que mueve los dedos. Estoy acalorada y dolorida, pero me da igual.
—¿Qué te parece hablar sucio? —pregunta, separando los dedos en forma de tijera dentro de mí y haciendo que los ojos se me vuelvan hacia atrás.
—¿A qué te refieres? —pregunto sin aliento. Oliver suele hablar sucio durante el sexo. Le encanta contarme con todo lujo de detalles lo que va a hacerme. Me pone muchísimo, aunque me dé vergüenza.
—No me refiero a decirte lo que voy a hacerte —dice mientras me frota el clítoris con el pulgar y yo intento no perder el control.
Después de follar es demasiado y, aun así, no es suficiente—.
Me refiero a que yo diga cosas que podrían parecer...
desagradables si creyeras que las digo en serio. Cosa que jamás haría.
Frunzo el ceño mientras jadeo contra él. Su otra mano me sostiene la parte alta de la espalda mientras sigue hundiendo los dedos dentro de mí. Estoy tan jodidamente cerca...
—¿C... como qué? —pregunto.
—Quiero follarte tan fuerte —murmura contra mi oído— y llenarte con mi semen hasta que te gotee, mientras observo cómo se escurre fuera de ti cuando te das placer con el juguete más grueso de mi colección. Verte correrte con él, como la zorrilla que eres.
Vuelvo a correrme y me aferro con fuerza a él mientras su lengua se introduce de nuevo en mi boca. Me muerde los labios y la lengua, me roza con los dientes, y sus dedos siguen implacables mientras los separa, los retuerce y luego los saca para metérmelos en la boca.
Gimo a su alrededor, sorprendida por la sensación, pero la expresión de sus ojos resulta embriagadora. Parece eufórico, más que satisfecho, y se los chupo solo para intensificar su mirada.
—Joder... Así —susurra—. Déjamelos bien limpios.
Paso la lengua entre ellos, con aquel sabor ácido e intenso sobre la lengua, hasta que por fin me suelta y me sienta en una de las sillas frente al escritorio mientras jadeo, recupero el aliento y desciendo de las alturas.
Se arrodilla frente a mí, se humedece los labios y mantiene la mirada fija en la mía.
Joder.
—¿Cómo te sientes? —pregunta, observándome.
—Bien —farfullo, y él esboza esa media sonrisa que cada vez me gusta más mientras me acaricia el muslo con suavidad.
—¿Ha sido demasiado? No volveré a emplear esa clase de lenguaje si te incomoda.
Niego con la cabeza, con las mejillas ardiendo.
—Me ha gustado. No sé por qué, pero ha estado bien.
—No tiene nada de malo que te gusten ese tipo de cosas, sobre todo cuando no son más que una fantasía. Nunca trataría así a una mujer en la vida real. Pero fingir puede ser... placentero, siempre que sepas que todo forma parte del juego.
—Mmm —es lo único que consigo decir, y él se ríe por lo bajo antes de acercarse a la mesa para coger mi ropa.
Esto es otra cosa que ha empezado a hacer hace poco. Después me viste, cuando estoy completamente agotada. Me encanta observar la concentración de su rostro mientras averigua dónde va cada cosa y cómo se sube la cremallera de mi falda.
Después de ponerme las bragas, me levanta para que me ponga en pie, pero la sensación de dicha se desvanece al oír vibrar el teléfono dentro del bolso.
Oliver frunce el ceño.
—¿Es tu móvil?
Asiento y lo saco del bolso.
—¿Diga? —respondo, a punto de dejarlo caer mientras intento despejarme.
—Hola, ¿hablo con la señora Davenport?
—Sí.
—Me llamo Emily Cartwright, soy la supervisora de enfermería de la planta Jungle. Quería preguntarle si ha sacado a Henry de su habitación.
Me quedo inmóvil.
—No...
—De acuerdo.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Ese es el problema, señora Davenport, no estamos seguros. Su padre ha venido esta tarde para la visita programada, pero creemos que puede habérselo llevado del hospital y aún no han regresado.
La sangre me martillea con tanta fuerza que apenas oigo lo siguiente que dice.
—Dios mío. Voy para allá ahora mismo.
—Como ya sabe, Henry se está recuperando bien, pero en estos momentos no debería permanecer mucho tiempo fuera ni estar lejos de los profesionales médicos.
—Lo entiendo. Ya voy de camino.
—¿Lissa?
Me vuelvo y encuentro a Oliver en la puerta de su despacho. Parece intocable, perfecto en todos los sentidos, y se me rompe el corazón al pensar que, en otra vida, este hombre podría haber significado algo de verdad para mí.
—Tengo que irme —digo con voz seca y cortante, muy distinta de la que suelo usar con él. El pánico se está apoderando de mí y no puedo ocultarlo.
—¿Qué ocurre? —pregunta con firmeza, acercándose mientras recojo mis cosas.
—H... Henry ha desaparecido. Creen que su padre puede habérselo llevado del hospital.
—¿Qué? Creía que tenía que estar ingresado hasta el domingo.
—Y tiene que estarlo, pero James no siempre escucha cuando le dicen lo que debe hacer. Y ahora tengo que verlo cuando se suponía que su visita ya había terminado.
—¿Qué quieres decir?
Levanto la vista hacia él y las palabras se me escapan antes de que pueda plantearme si es prudente contarle a Oliver tantas cosas de mi vida privada.
—Tengo una orden de alejamiento contra James.
No puede acercarse a menos de quinientos pies de mí, pero la incumple constantemente.
Puede ver a Henry, aunque solo con mi autorización.
Al principio no le conté que Hen tenía cáncer y ahora está enfadado porque no lo sabía.
Me ha dicho que va a quitármelo, y Henry es lo único que tengo, y...
—Tranquila, Lissa —dice Oliver con tanta calma que casi me lo creo—.
Vamos a ir allí ahora mismo y nos ocuparemos de esto.
No tiene ningún derecho sobre Henry hasta que se llegue a un acuerdo y, aun entonces, la custodia suele concederse preferentemente a la madre.
Supongo que tienes la custodia exclusiva.
Asiento y él gruñe, furioso.
—Vamos a ir ahora mismo y encontraremos a Henry.
Lo miro fijamente mientras cada ápice de la independencia por la que tanto he luchado clama en mi cabeza.
Tengo que dejar de depender de los demás.