At His Beck & Call (Sterling House) 24. Lissa
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24. Lissa

Lissa

Oliver me folla contra la pared durante varios minutos largos y exquisitos antes de despegarme de la pared y llevarme a la chaise longue del placer.

Es divino, abrumador y justo lo que necesito después de estos últimos días. Me refugio en el mundo que ha creado, un espacio oscuro donde nadie salvo él puede verme ni oírme.

Me fundo con la penumbra, sintiendo únicamente su polla, sus atenciones y la seguridad de su presencia mientras nos lleva a ambos al orgasmo con una eficacia implacable.

Sentir su lengua en mi boca es una sensación nueva e inesperada que me hace elevarme aún más en una espiral de éxtasis mientras acompasa cada embestida de su polla con el movimiento de mi lengua.

Cuando termina, permanece apretado contra mí más tiempo de lo habitual, con los brazos no exactamente rodeándome, sino apoyados en la chaise longue. Estoy sin aliento y cansada, pero una energía inquieta me bulle bajo la piel. Pese al orgasmo alucinante, aún no siento que haya terminado.

Cuando se aparta, tengo que luchar contra el impulso de atraerlo de nuevo hacia mí.

Oliver se pone en pie y me mira desde arriba con otra expresión extraña que no sé interpretar mientras descuelgo las piernas por un lateral y me incorporo. Me visto deprisa.

Hoy hay algo que arde en mi interior. El deseo de algo más del que no consigo librarme. Al mirar el reloj, me doy cuenta de que solo han pasado quince minutos.

Si soy sincera conmigo misma, durante estos últimos días he esperado este momento con demasiadas ganas y he echado demasiado de menos esto.

El noventa por ciento de mis pensamientos han estado con Henry, con su operación, su recuperación y todo lo que vendrá después.

Pero, en los momentos de calma en los que estaba sola, solo podía pensar en Oliver.

—¿Esto es tuyo?

Me vuelvo y veo que Oliver me tiende una de las horquillas doradas que me prestó Bethany. Tengo el pelo hecho un desastre y le dedico una sonrisa avergonzada mientras asiento.

—Gracias.

—Usa el baño si lo necesitas.

Camino hasta la esquina del fondo de la habitación, presiono el pequeño panel que abre la puerta y entro. La dejo abierta mientras me acerco al espejo para arreglarme el pelo. Está hecho un completo desastre, con mechones levantados por toda la cabeza.

Mientras me paso los dedos por él, oigo una suave risa ahogada procedente del despacho.

Oliver aparece en el umbral y me observa mientras recompongo mi aspecto. Hay algo muy doméstico en la escena.

No puedo evitar imaginar un futuro del todo irreal en el que estamos juntos en una habitación de hotel, como una pareja de verdad. Me ayudaría a elegir un vestido, me diría que estoy preciosa y observaría cómo me recojo el pelo, mechón a mechón.

Oliver se retira y se apoya en su escritorio. Por lo general, volvería al trabajo cuando terminamos, pero, en lugar de eso, me observa, y entre nosotros hay una extraña energía.

¿Soy la única que la siente?

Una vez que he arreglado mi aspecto, salgo esperando que se haya movido, pero sigue en el mismo sitio, con sus ojos oscuros e intensos fijos en mi rostro mientras cierro la puerta.

—¿Vas a…? —Se interrumpe, tensa la mandíbula y encoge los hombros—. ¿Vas a volver al hospital?

—Sí. Me quedo allí todas las noches mientras Henry se recupera.

—¿Y está bien?

—Sí.

Se produce una larga pausa. Oliver abandona su postura despreocupada contra el escritorio, se yergue en toda su estatura y se acerca a mí, demasiado, para colocarme un mechón de pelo detrás de la oreja.

—¿Tú…?

Deja la pregunta en el aire, sin apartar los ojos de mi rostro, hasta que de pronto levanta ambas manos y me sujeta la cabeza. No lo hace con brusquedad, pero sí con firmeza, como si no quisiera dejarme marchar.

Lo miro desconcertada, sin entender qué quiere, hasta que empuja las caderas contra las mías y noto que ya vuelve a estar duro.

—¿Tienes que marcharte ahora mismo? —susurra.

Vuelve a hacerme retroceder contra la pared, aprieta la polla contra mí y yo jadeo, derritiéndome contra su cuerpo. Esto es lo que quería. Aún no había terminado.

—¿Quieres más? —pregunta.

—Sí —murmuro, y observo su mano derecha cuando la extiende hacia la estantería que hay a mi derecha. Coge uno de los adornos, más grueso y ancho que los otros que hemos usado.

—Voy a meterte esto dentro hasta que te corras —dice con una voz tan baja y profunda que me reverbera por la columna—. Voy a hacer que me lo supliques y después voy a follarte la garganta.

Se me escapa un gemido cuando presiona el juguete contra mi labio inferior.

—¿Qué te parece, Lissa?

Asiento mientras me introduce el juguete en la boca; mi lengua entra en contacto con el metal frío al tiempo que su otra mano se desliza entre mis piernas.

Gimo cuando curva los dedos contra mí, rozándome el clítoris mientras el juguete se hunde más en mi boca. Cierro los ojos.

—Hoy pienso aprovechar la hora entera —exhala—. Hasta el último segundo.

Cuando llego al hospital, son casi las seis y media. Tengo el cuerpo sereno y relajado después del segundo asalto de sexo.

El juguete había superado todo cuanto había experimentado hasta entonces. Una vez que estuvo por completo dentro de mí, Oliver giró el extremo sin avisarme y unas vibraciones deliciosas me recorrieron hasta hacerme retorcer debajo de él con cada pulsación.

Me corrí otras dos veces antes de que me permitiera marcharme, y me duele agradablemente la garganta por habérmelo metido hasta el fondo.

Justo después volvió a follarme con el juguete, casi desesperado, sin dejar de besarme con fuerza. No creía que me quedara otro orgasmo dentro, pero me demostró que me equivocaba.

Cuando llego a la habitación, Anne está sentada junto a la cama de Henry. Él duerme, igual que cuando me marché, y se me encoge el corazón al pensar que habrá despertado sin mí a su lado.

Anne se vuelve hacia mí con una sonrisa amistosa y se levanta con dificultad, agarrándose al andador mientras yo me acerco para ayudarla.

—Se ha portado como un auténtico campeón —dice con cariño—. Las enfermeras lo adoran. Han venido antes y le han dado unos trocitos de hielo, sobre los que ha hecho un montón de preguntas. También me ha dado varios, y me han ayudado a enfriar el té.

—¿Ha pasado la doctora?

—Sí. Parecía satisfecha, pero no ha hablado mucho conmigo. Al fin y al cabo, no soy pariente suya, aunque ha dicho que te llamaría.

Asiento. —Lo ha hecho. Me ha dejado un mensaje de voz. Esperan poder retirarle la sonda mañana, así que voy a quedarme hasta entonces. Muchísimas gracias por estar con él.

—No hay de qué. Ha sido estupendo tener su compañía y le he leído muchos cuentos. Ha dormido bastante, algo que las enfermeras me aseguran que es muy bueno y justo lo que debería hacer.

—¿Ha comido bien? Sé que no le entusiasma la comida de aquí.

—Ha comido estupendamente, cariño. La enfermera le ha traído sopa y unas tostadas. También le han dado gelatina de fresa, que le ha encantado.

No es hasta entonces cuando miro la otra silla de la habitación y veo un osito de peluche de aspecto caro y un montón de globos.

—Ah, sí, los han entregado hoy —dice Anne con una sonrisa cálida.

Me acerco y paso los dedos por el borde de la pequeña tarjeta azul que cuelga del cuello del oso. Solo pone: «Para mi chico valiente». Sé que es de James, y es natural que un padre quiera hacerle un regalo a su hijo, pero la relajación que siento en el cuerpo se evapora en un instante.

Me siento una madre horrible porque me molesta que el padre de mi hijo le mande su cariño, pero no puedo evitarlo.

¿Y si James aparece durante la noche y estoy sola en la habitación? ¿Y si está enfadado por lo de Oliver y decide darme una lección?

Siempre le he tenido miedo a James. Eso sí puedo admitírmelo, pero ahora estoy asustada de una forma distinta. Ya no estamos juntos. La confianza que antes tenía en que no me haría daño ha desaparecido por completo. Ahora todo parece mucho más alarmante, más inestable e impredecible.

—Es un niño precioso —dice Anne con dulzura, sacándome de la espiral de mis pensamientos—. Muy listo y simpático. Y muy educado con el personal.

—No sé cómo agradecerte que hayas estado con él. Espero que pasar aquí todo el día no te haya cansado demasiado.

—¿Estás de broma? He encontrado un ejemplar de Charlie y la fábrica de chocolate en su mochila. Me lo he pasado de maravilla leyéndoselo. Mañana terminaré de leérselo.

Suelto una risita y le sonrío. —Anne, eres mi salva…

—¿Mami?

Todos los músculos del cuerpo se me tensan y corro hacia la cama cuando Henry abre los ojos.

—¡Hola, cariño! —digo, incapaz de impedir que las lágrimas me asomen a los ojos cuando él alarga los brazos hacia mí y le beso la frente—. ¿Estás bien?

Asiente mientras me siento despacio en la silla que ocupaba Anne. Ella coloca el andador a mi lado y me apoya una mano suave y tranquilizadora en el hombro mientras yo intento contener las emociones.

—La señorita Anne me ha dado un poco de su zumo —dice con voz ronca mientras se humedece los labios secos. Cojo el vaso de agua y le sostengo la pajita para que beba.

—¡Me ha dicho que hoy te has portado muy bien! ¿Cómo te encuentras?

—Me duele la tripita.

—Lo sé, cariño. Pero vamos a asegurarnos de que se ponga mejor, ¿vale? Y mañana deberían quitarte todos estos tubos.

Henry vuelve a hundirse en la almohada y baja los párpados como si fuera a dormirse otra vez, pero, en lugar de eso, fija la mirada en los globos y esboza una pequeña sonrisa de felicidad.

—Debería volver a mi habitación —dice Anne con dulzura—. Pero mañana pasaré a verlo, si quieres. Con un poco de suerte, pronto me dejarán salir de aquí, aunque Henry es una compañía excelente para una anciana como yo.

—Gracias por el cuento —susurra Henry. Me levanto junto con Anne y la acompaño hasta la puerta. Cuando está a punto de salir de la habitación, se vuelve hacia mí con una agudeza nueva en la mirada.

—¿Está por aquí su padre? —pregunta, y su voz ha adquirido un matiz nuevo, un tono cortante que antes no estaba ahí.

—Sí. Pero hay ciertas… restricciones para sus visitas. No puede estar aquí cuando estoy yo.

Los ojos de Anne se ensombrecen cuando mira a Henry por encima del hombro y después recorre despacio la habitación con la mirada hasta detenerse en los globos y el oso de peluche. Por fin, vuelve a mirarme y asiente con brusquedad.

—Tú mantente firme, jovencita —dice con solemnidad antes de darse la vuelta y alejarse por el pasillo, dejándome con la profunda sensación de que sabe exactamente qué clase de hombre es James y entiende cuánto necesitaba oír esas suaves palabras de consuelo.