23. Oliver
Oliver
Siento una energía renovada al salir del ascensor el miércoles por la mañana.
No tenía ni idea de cuánto echaría de menos a Lissa hasta que llegué el lunes y ella no estaba.
Me había repetido que no importaba, que solo era una mujer a la que había contratado y que su ausencia no alteraría mi jornada. Pero esa mentira solo consiguió que me sintiera peor conforme avanzaba el día.
La tensión me ponía los nervios de punta. Contesté mal a varios empleados, rompí el plumín de una de mis estilográficas favoritas y me perdí una reunión por la tarde porque estaba imaginando todas las cosas que no podría hacerle a Lissa a las cinco.
Además, su ausencia no solo me afectó a mí. Adelaide parecía más inquieta, más estresada de lo que había estado desde que Lissa empezó a trabajar con nosotros. Lo único positivo fue que Noah estuvo notablemente más callado.
A medida que se acercaba el miércoles, por un lado estaba deseando saber cómo se encontraba Henry y, por otro, sentía unas ganas vergonzosas de volver a ponerle las manos encima a Lissa.
Me paso la palma por la corbata y me ajusto la manga de la camisa, recordándome que Lissa lleva varios días en el hospital con su hijo. Adelaide me contó qué intervención iban a practicarle a Henry, y se me encoge el corazón al pensar en cualquier madre pasando por algo así. Sobre todo sola.
O, al menos, espero que estuviera sola y no tuviera que soportar también a su marido.
Nunca se me había ocurrido que Lissa pudiera estar casada. Pensarlo me hace un nudo en el estómago. Pero, como ella señaló, en realidad están separados, y por un buen motivo, a juzgar por lo que vi. Él no es buena persona. Eso quedó patente en cuanto le puse los ojos encima.
Me planteé ir a visitarlos y llevarle un regalo a Henry, pero decidí que supondría traspasar los límites que yo mismo había impuesto.
Aunque quería hacerlo. Más que nada en el mundo.
De camino por el pasillo, me miro el pelo en el cristal de la sala de conferencias y después frunzo el ceño ante mi reflejo mientras dejo caer la mano a un costado.
Es muy probable que lo último que le apetezca ahora mismo sea estar conmigo. Y, si es así, desde luego no voy a presionarla.
Pero, joder, no va a ser fácil.
Mientras avanzo por el pasillo, saludo con la cabeza a algunos de los abogados más jóvenes de mi equipo y me detengo a hablar con Ruth, la asociada sénior del caso Clarendon, para preguntarle cómo le va a Lewis.
Contra todo pronóstico, las cosas parecen marchar sin contratiempos, aunque ella todavía tiene aspecto de estar abrumada y agotada.
Al doblar la esquina al final del pasillo, mis ojos se posan de inmediato en Lissa y no puedo evitar quedarme mirándola. Adelaide está de espaldas a mí, hablando de algo con Noah mientras aferra una carpeta, pero a mí solo me interesa Lissa.
Lleva un traje mejor que los que suele ponerse. Creo que podría ser el mismo que llevó a la entrevista. Tiene el pelo suelto y ondulado y va más maquillada de lo habitual, lo que realza sus preciosos ojos.
Paso junto a ellas carraspeando, preocupado por que, si hablo, mi voz delate toda la lujuria que siento con solo estar en su presencia.
No sé qué me pasa, pero es algo extraño y nada bienvenido. No ha habido muchas mujeres en mi vida, pero con las pocas que ha habido he follado y después he seguido adelante sin mirar atrás. Nunca había sentido por ellas esta necesidad que me consume por completo.
Quiero encerrarla en mi despacho, metérsela y no sacarla nunca.
—Buenos días, señor Heath —dice Adelaide, y yo la saludo con una sonrisa tirante—. ¿Qué tal ha ido la segunda reunión con la señora Reynolds?
—Tediosa y demasiado larga —murmuro, luchando contra el impulso de darme la vuelta, cargarme a Lissa al hombro y llevármela al despacho como un cavernícola—. ¿Alguna llamada?
—Solo de Larry Fleet. Es el hombre que llamó la semana pasada por su pedido.
Ah, sí, mi proveedor de juguetes. Si estuviera aquí ahora mismo, le pediría todo lo que tuviera en existencias.
—Gracias, Adelaide —digo, volviéndome despacio, consciente de que sería inapropiado no preguntarle a Lissa cómo está, aunque el extraño revoloteo que siento en el estómago no me ayuda a mantener firme la voz—.
¿Cómo está su hijo, Lissa? —pregunto con rigidez.
Ella alza las cejas y me dedica una sonrisa suave y preciosa.
—Está muy bien. Todo ha salido sin contratiempos.
Un pequeño nudo entre mis omóplatos se deshace al oír sus palabras. —Me alegro. Sus ojos se detienen en los míos una fracción de segundo de más antes de apartarse.
Contrólate, hombre.
—Es bueno tenerla de vuelta.
Maldiciéndome por dentro, entro en mi despacho sin mirar a Adelaide, aunque noto sus ojos clavados en mí mientras cierro la puerta.
¿Es bueno tenerla de vuelta? ¿Qué coño me pasa?
Me cubro la traicionera polla con una mano y voy a sentarme al escritorio, echándome una severa reprimenda mental mientras intento volver a controlar mis emociones descarriadas.
Para cuando llegan las cinco, ya he recuperado la compostura casi por completo. Adelaide ha entrado varias veces para entregarme cosas que debía firmar y ponerme al día sobre los progresos de Noah con los expedientes de Reynolds, pero, por lo demás, ha sido una tarde sin incidentes.
Miro fijamente el botón de mi escritorio, preguntándome si debería pulsarlo. Es absurdo pensar así, preocuparme porque Lissa no esté «de humor», pero eso es precisamente lo que me ronda la cabeza.
Probablemente haya pasado unos días infernales, con su hijo angustiado, dolorido y postrado en una cama de hospital. Y, por si fuera poco, a eso se habrá sumado el hecho de tener que volver al trabajo.
Hablé con Adelaide de ello el lunes y le pregunté si podíamos darle a Lissa una semana libre, pero, por lo visto, ella pidió regresar hoy y se negó a coger más días. No sé qué hacer con eso.
¿Debería insistir en que vaya a estar con su hijo? Joder...
Fulmino con la mirada mi polla dura. Parece que llevo empalmado desde que volví; quizá sea así. La deseo, eso es indiscutible, pero no quiero presionarla. Me da igual cuál sea su trabajo; esto es una relación consensuada entre los dos.
Mi dedo pulsa el botón antes de que pueda seguir dándole vueltas, y Lissa cruza la puerta y entra antes incluso de que haya apartado el dedo.
¿Estaba esperando junto a la puerta o algo así?
Está preciosa, como siempre, mientras aguarda mis instrucciones.
Para mi asombro, ella habla antes de que yo consiga pronunciar una sola palabra.
—Siento lo de la última vez.
Parpadeo, atónito ante semejante afirmación. —¿Qué?
—Olvidé su regla y lo siento. No pensé, y no volverá a ocurrir.
Un latido de calor me recorre la entrepierna mientras la veo juguetear nerviosa con las manos. Si estuviéramos juntos de verdad, le diría que merece un castigo por ello, la tendería sobre mi regazo y le azotaría el trasero. Pero no podemos llegar hasta ahí.
Todavía no. Quizá nunca.
—No pasa nada —respondo entre dientes, conteniéndome para no alargar la mano sobre el escritorio y arrastrarla hasta mi regazo.
—En cualquier caso, lo siento —insiste—. ¿Está todo bien?
La miro con el ceño fruncido. —¿Qué? —vuelvo a preguntar como un idiota.
—Solo me preguntaba si se encuentra bien. Estaba en el hospital y... —Su voz se apaga mientras yo la fulmino con la mirada.
Debería estar furioso con ella por saltarse los límites de esta habitación y hacerme preguntas personales sobre mi vida. Pero lo cierto es que nos encontramos fuera del trabajo. Difícilmente es culpa suya.
De hecho, es mía. Nunca debería haberme acercado así a ella y a su ex.
Aprieto los puños bajo el escritorio al pensar en ese gilipollas. Odio imaginar que alguna vez la haya tocado.
—Henry preguntó por usted cuando se despertó —dice de pronto con una sonrisa pesarosa—. Creo que, sobre todo, quiere conocer a su perro, pero no paraba de preguntar si el «hombre grande» iba a volver.
Las uñas se me clavan con tanta fuerza en las palmas que tengo que contener una mueca de dolor.
No quiero conocerte mejor, Lissa. No quiero que tu hijo conozca a mi puto perro y no quiero encariñarme más de lo que ya lo he hecho.
Pero pensar en ese niño adorable despertándose y acordándose de mí remueve algo en lo más profundo de mi pecho y, aunque la fulmino con la mirada, el gesto me conmueve.
—¿Va a quitarse la ropa o necesita un descanso? —pregunto con la tensión patente en la voz mientras lucho por no correrme antes siquiera de tocarla.
Sea lo que sea esto, está empeorando, y empiezo a pensar que ya no tengo el control. No puedo permitirlo. Tengo que recuperar el control.
Sus mejillas adquieren un precioso rubor, pero noto que mi tono la ha sorprendido. Agita las manos frente a ella buscando las palabras y, pese a saber que es demasiado pronto, que estoy forzando las cosas y que debería contenerme y asegurarme de que se siente cómoda, no puedo hacerlo.
Tiene las pupilas muy dilatadas y respira cada vez más deprisa. Cuando me levanto del escritorio y avanzo hacia ella, parece insegura, pero no asustada.
—¿Va a despedirme? —susurra. Yo me detengo y alzo las manos para arrancarle la chaqueta de los hombros. Ella jadea y deja que la arroje al suelo.
—Ni de puta coña —gruño mientras inclino la cabeza hacia ella y aplasto mis labios contra su boca, atrayéndola bruscamente hacia mí al tiempo que la levanto hasta mis caderas. No le queda más remedio que rodearme con las piernas mientras abre la boca con un jadeo ahogado.
Le introduzco la lengua en la boca y la acaricio con ella. Lissa gime sobresaltada cuando su espalda choca contra la pared.
Deslizo los dedos bajo su falda, le agarro las bragas y se las bajo de un tirón. Gime contra mi boca mientras se las arrastro hasta los tobillos y después me bajo la cremallera con soltura, manteniéndola apoyada contra la pared con la otra mano.
—Creo que ya hemos hablado bastante por hoy —murmuro mientras se estremece entre mis brazos, con mi polla presionando ya contra su entrada.
Deslizo los dedos entre sus piernas; el ángulo resulta incómodo, pero sonrío al notar lo mojada que ya está para mí.
—¿Ha estado esperándome, Lissa? —murmuro. Ella se estremece y echa la cabeza hacia atrás contra la pared.
—Joder —logra decir con voz entrecortada.
Introduzco el pulgar en su interior. Ella baja las caderas y empuja contra mí, dejando escapar un gemido grave.
—¿Lleva demasiado tiempo privada de mi polla? Quizá debería darle lo que quiere...
—Sí —dice entre dientes.
Vuelvo a agarrarla por los muslos y ella deja escapar un sonido agudo de placer mientras le introduzco la polla centímetro a centímetro y apoya las manos en la pared a su espalda.
—¿Quiere que me la folle? —pregunto, recorriéndole el cuello con la lengua mientras jadea sobre mí.
—Sí.
—Mmm. Bueno, ¿quién soy yo para privarla de ello? —digo al tiempo que embisto con fuerza y ahogo con mi boca su grito de placer.