22. Lissa #2
—¿Quiere que la ayude a coger la comida? —pregunto, mirando el andador.
Me sonríe y asiente. —Me vendría bien, aunque en realidad solo quería un poco de leche caliente.
—Yo tampoco voy a coger más que una bebida. Deje que la ayude.
—Muchísimas gracias, querida.
Avanzamos por la cola mientras pido una infusión para mí y leche caliente para mi acompañante, quien me dice que se llama Anne.
Cuando recogemos nuestras bebidas, me vuelvo hacia las mesas de la sala. Hay varias vacías y una pausa en las conversaciones crea de pronto una atmósfera tranquila y reconfortante.
—Tengo unos minutos. ¿Quiere que nos sentemos juntas? —pregunto, encantada ante la oportunidad de mantener una conversación adulta con esta mujer dulce de aspecto maternal.
La habitación de Henry tiene ventanas, pero la cruda iluminación me ha provocado algo de dolor de cabeza y ya me siento como si llevara varios días en el hospital.
Los grandes ventanales del otro lado de la cafetería dan a la parte trasera del hospital, donde distingo las siluetas de los árboles agitándose con el viento, iluminadas por las luces del aparcamiento.
—Sería estupendo, gracias, querida —dice Anne mientras nos sentamos, y yo le entrego la leche.
—¿Por qué está aquí? —pregunta con aire sombrío, como si nos hubieran encarcelado. Se me escapa una risa.
—Ah, eh... Van a operar a mi hijo esta semana —digo, soplando mi té, que está ardiendo.
—Vaya —dice en voz baja—. Espero que todo salga bien.
—Gracias. Está en buenas manos. ¿Y usted? —pregunto, esperando que no me haga más preguntas sobre Henry; mis nervios, ya destrozados, no soportan más recordatorios de lo que está a punto de ocurrirle.
—Tuve una caída absurda —dice con exasperación—. Tengo un hijo, mucho mayor que el suyo, y está armando un escándalo tremendo. Igual que los médicos. Yo solo quiero estar en mi cama, en casa. Aquí no hay nadie con quien hablar, salvo las enfermeras, y todo esto es completamente innecesario.
—Puede resultar bastante solitario, ¿verdad? —digo mientras bebe un sorbo de leche. Ella asiente y traga, cerrando los ojos con un pequeño suspiro de satisfacción.
—¿Cuántos años tiene su hijo? —pregunta.
—Seis. Cumplirá siete en agosto.
—Qué niño tan valiente.
Es un comentario bonito, aunque no conoce de nada a Henry, y agradezco que no haga más preguntas.
Permanecemos casi en silencio durante el tiempo que tardamos en terminar las bebidas. Anne parece muy agradable. No fuerza la conversación; de vez en cuando menciona a alguna enfermera amable que la ha atendido o a algún médico incompetente que la trata como si estuviera perdiendo la cabeza.
Me hace reír y hasta consigo hacerla reír un poco a ella, y cuando retiro las cosas de la mesa y regreso para ayudarla a levantarse, agradezco haberla conocido.
La observo con más atención mientras vuelvo a la mesa.
Parece pequeña y vulnerable, y le cuesta ponerse en pie incluso apoyando ambas manos en la mesa.
—¿Le gustaría venir a sentarse conmigo un rato en la habitación de mi hijo? —pregunto de forma impulsiva—. Si está cansada y necesita descansar, no pasa nada, pero...
—¡Ah, me encantaría! —responde de inmediato—. Estoy tan aburrida que podría morirme, y entonces mi hijo sí que se enfadaría.
Me río y la ayudo con el andador, dejando que avance despacio y a su ritmo hasta los ascensores.
—¿Cuándo es la operación? —pregunta mientras bajamos una planta hasta la zona infantil.
—El lunes. No trabajo hasta el martes y luego tendré que volver. Pero... su padre estará aquí un rato. Me preocupa muchísimo que se quede solo cuando no estemos ninguno de los dos.
Anne se vuelve hacia mí y su rostro se ilumina.
—Bueno, ¿le gustaría que me quedase con él? Me encantaba leerle cuentos a mi hijo cuando era pequeño. Soy una anciana, pero puedo vigilarlo.
La miro mientras nos dirigimos hacia la habitación de Henry, sin saber qué decir. Sin añadir una sola palabra, ella entra renqueando, se sienta en la silla que hay junto a la cama y lo contempla con un sereno asombro en el rostro.
—Pero ¿no tendrá que descansar también durante su estancia? —le pregunto.
—Ah, sí. Seguro que se pondrán pesados y me dirán que vuelva a la cama, pero prefiero estar sentada que tumbada. Se me atrofiarán los músculos si no me muevo y tiene razón: debería haber alguien con él. Por supuesto, usted no me conoce de nada, pero me encantaría ayudar.
Miro a mi hijo, cuyo pequeño pecho sube y baja plácidamente, y una calidez me recorre al pensar que alguien podría acompañarlo durante el día.
Miro a Anne, insegura respecto a su ofrecimiento, pero algo en lo más profundo de mí me dice que puedo confiar en ella. Me recuerda un poco a mí misma. No sé explicarlo, pero al instante me siento a gusto con ella.
—Me encantaría. Pero asegúrese de cuidarse usted también. No se sienta obligada.
Me da unas palmaditas en la rodilla. —Nunca en toda mi vida me he sentido obligada a cuidar de los demás, querida. Lo hago encantada.
Me recuesto en la silla y le sonrío, sintiendo cómo parte de la carga que he llevado sobre los hombros durante los últimos días empieza a desvanecerse.