22. Lissa
Lissa
Durante un buen rato, ninguno de los dos se mueve. Oliver mira fijamente la puerta por la que James acaba de desaparecer, con los hombros rígidos y la espalda tensa.
Jugueteo con la cremallera del bolso, mordiéndome el labio mientras intento ordenar mis pensamientos y respiro por la nariz con respiraciones largas y pausadas para calmar los latidos desbocados de mi corazón.
—Estamos separados —suelto, mientras Oliver vuelve lentamente la mirada hacia mí con expresión atónita.
Nadie debería estar tan guapo bajo la cruda iluminación del hospital, pero no puedo dejar de mirarlo. Tiene en la mandíbula una cicatriz irregular muy tenue en la que nunca me había fijado, y me pregunto cómo se la hizo.
—Yo... —empiezo, deseando desesperadamente explicar lo que acaba de presenciar, pero entonces el corazón me da un vuelco al oír la voz angustiada de Henry.
Cierro la boca, alzo la mirada hacia Oliver a modo de disculpa y paso deprisa junto a él para salir al pasillo y dirigirme hacia la planta infantil.
Oliver debe de pensar que soy una auténtica sinvergüenza por dedicarme a este trabajo teniendo un hijo y un marido.
—Eh, cariño, no pasa nada —digo rápidamente, entrando a toda prisa en la habitación de Henry y acercándome a su cama.
El pecho me duele al ver las lágrimas que empiezan a surcarle las mejillas.
No debería haberlo dejado solo, pero estaba descansando tranquilamente y yo necesitaba de verdad un café bien azucarado.
Han sido unas horas abrumadoras, entre preparar las cosas para el hospital, venir hasta aquí cargados con todas las bolsas en el autobús y la visita del doctor Erkhart para explicarnos lo que sucederá durante los próximos días.
Está claro que Henry ha llegado al límite y está entrando en pánico. Me siento en la cama, me inclino sobre él y lo beso con dulzura. Huele a antiséptico y a productos químicos, y lo único que quiero es sacarlo de esta cama y llevármelo a casa.
—Lo siento, cariño, mamá solo necesitaba un poco de café. ¿Ya estás bien?
Henry tiembla y las lágrimas se acumulan en sus ojos mientras sorbe por la nariz, intentando dominarse. Pocas veces lo he visto así, y se me parte el corazón.
Lo estrecho con fuerza, deseando que nuestras circunstancias fueran distintas. Si no tuviera que trabajar, podría estar con él durante toda su recuperación, pero sencillamente no puedo permitirme tomarme una semana entera libre.
—¿D-dónde estabas? —pregunta, mirándome con ojos suplicantes—. ¿Está aquí papá?
Me quedo inmóvil. Los enormes ojos azules de Henry parecen un mar embravecido mientras contengo la respiración.
—No, cariño, pero seguro que vendrá a verte pronto, ¿vale?
—¿Quién es ese? —pregunta Henry, y me vuelvo en la cama para mirar hacia la puerta, donde está Oliver. Es como si dos mundos chocaran mientras Henry abre los ojos como platos al observarlo.
No tengo ni idea de qué hacer. Mi cabeza me grita que le pida a Oliver que se marche. Podría asustar a Henry y hacer que todo esto resulte aún más difícil, pero mi corazón agradece de forma extraña que esté aquí.
Una parte poco sensata de mí quiere que Oliver conozca a Henry, que vea una parte de mi vida real que no está delimitada por las cuatro paredes de su despacho.
—Ah —digo, sin saber muy bien cómo explicar quién es—. Ese es el señor Heath. Es el jefe de mamá. Recuerdas que empecé en un trabajo nuevo, ¿verdad, cariño? —Henry asiente—. Bueno, el señor Heath estaba por casualidad en el hospital y nos hemos encontrado.
Me detengo, preguntándome por qué está Oliver hoy en el hospital, exactamente, pero mis palabras han derribado una barrera y él entra en la habitación. Una sonrisa cálida, casi dulce, que nunca había visto en él se extiende por su rostro mientras mira a Henry.
—Eh, señor... Oliver —tartamudeo, sin saber cómo dirigirme a él en esta situación—. Este es mi hijo, Henry —digo, observando cómo la boquita de Henry forma una «o» mientras lo mira fijamente.
—Eres muy alto —dice Henry, y hago una mueca al mirar a Oliver. Pero su sonrisa no desaparece—. El padre de mi amigo Gregory es alto, pero no tanto como tú.
—¿Ah, sí? —pregunta Oliver con un tono suave y amable—. Mi madre me dijo que dejara de crecer cuando cumplí dieciséis años, pero se me olvidó y pegué otro estirón.
Henry se lo piensa, ladeando la cabeza. —¿Eres un gigante? —pregunta.
—¿Has visto alguna vez un gigante? —pregunta Oliver.
—Solo en los libros.
—Bueno, son mucho, mucho más grandes que yo. Para ellos no sería más que un juguete.
—Mamá dice que, cuando me ponga bien, podremos tener un cachorro —dice Henry, cambiando de tema con esa naturalidad tan propia de los niños y volviéndose para mirarme expectante.
—Eh, no exactamente —digo con voz débil—. He dicho que lo pensaríamos. ¿Recuerdas lo pequeño que es nuestro piso, cariño? —añado, apartándole el pelo de los ojos.
—¿Quieres ver una foto de mi perro? —pregunta Oliver, y me vuelvo hacia él, sorprendida. Me mira como si pidiera permiso y yo asiento mientras él se acerca y saca el móvil.
Le enseña a Henry una foto de un precioso y esbelto galgo italiano que mira a la cámara con una expresión adorable en su carita perruna.
—Es capaz de comerse un cuenco entero de comida y seguir teniendo hambre. Nunca se cansa y corre muy deprisa allá donde tenga que ir —dice Oliver, sentándose en una silla junto a la cama.
Henry le coge el móvil a Oliver, una costumbre que ha aprendido de Bethany y de mí, y yo me inclino hacia delante apresuradamente.
—Hen, cariño, ¿recuerdas que te dije que no es de buena educación coger el móvil de otra persona sin pedir permiso?
—No pasa nada —dice Oliver—. Hay un montón de fotos suyas. Puedes ir pasándolas si quieres.
Henry le dedica una sonrisa radiante mientras pasa las fotos con el dedo. —Es muy pequeño. Creía que tendrías un perro grande.
—Me gustan las cosas pequeñas —dice Oliver, clavando sus ojos oscuros en los míos, y las mejillas me arden al recordar cómo me levantó en brazos y me llevó por su despacho.
Durante los minutos siguientes, Henry mira fotos del perro, que descubrimos que se llama Truman. Es realmente precioso, con un hocico pequeño y perfecto y unos enormes ojos negros que siempre parecen estar pidiendo algo.
—Apuesto a que lo mimas —digo distraídamente—. Yo no sería capaz de negarle nada con esa carita tan dulce.
—Me tiene comiendo de sus patitas, eso seguro. Y mi madre es todavía peor que yo.
Entonces cambia de expresión y extiende una mano para que le devuelva el móvil, cosa que Henry hace enseguida.
—Ha sido un placer conocerte, Henry —dice Oliver con solemnidad—. Pero no quiero molestarte demasiado esta noche y deberías dormir un poco, ¿vale?
—¿Vas a volver a visitarme? —pregunta Henry.
—Ya veremos —murmura Oliver sin mirar en mi dirección, y yo aprieto la mano de Henry mientras Oliver se levanta y sale de la habitación.
Se vuelve justo antes de desaparecer en el pasillo con una expresión que no consigo descifrar.
Asiente en mi dirección, como para tranquilizarme respecto a lo que ha ocurrido entre nosotros, y el gesto me reconforta.
—¿Podemos tener un perro gris? —pregunta Henry de inmediato, y no puedo evitar reírme ante el entusiasmo de su voz.
—Quizá, cariño. Primero superemos tu operación y, cuando te encuentres mejor, lo pensaremos.
Henry sonríe y vuelve a tumbarse en la cama mientras yo saco un libro del bolso y empiezo a leérselo. Por casualidad, es la historia de un gigante que salva a una aldea de una enorme roca, y Henry insiste en que cambie el nombre del gigante por «Oliver», lo que me hace sonreír.
Sigo leyendo mientras la luz se desvanece poco a poco al otro lado de la ventana y cae la noche.
Al poco tiempo, Henry está profundamente dormido. Voy a quedarme en el hospital los próximos dos días, después de que Adelaide me haya aprobado un permiso de emergencia. Pero Oliver aún no lo sabe, y me pregunto si debería habérselo mencionado.
¿Me echará de menos el lunes y el martes? ¿O se olvidará por completo de mí y se limitará a sustituirme por otra asistente ejecutiva?
El recuerdo de lo ocurrido en su despacho me revuelve el estómago y me enfada conmigo misma por haber intentado traspasar un límite que él había establecido con claridad.
No olvidaré en mucho tiempo la incomodidad en su rostro cuando intenté tocarlo.
Me levanto de la silla situada junto a la cama y me estiro. Noto un cosquilleo seco al fondo de la garganta y salgo en busca de la cafetería. Durante las últimas horas he recibido tres o cuatro mensajes de James, exigiendo conocer todos los detalles de la operación y el horario de sus visitas.
He respondido con un lenguaje escueto y clínico, pero cada mensaje ha disparado mi ansiedad.
Conozco demasiado bien a James para creer que podré evitarlo por completo, pero haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que Henry pase tiempo con su padre. Es importante, por mucho que lo odie.
Mientras recorro los largos y blancos pasillos, veo un cartel que indica el camino hacia una cafetería en la cuarta planta.
Miro la hora y me concedo quince minutos antes de tener que regresar a la habitación de Henry.
Estaba completamente rendido cuando me he marchado y dudo que se despierte, pero no quiero arriesgarme a que vuelva a encontrarse solo.
Encuentro la cafetería y me pongo a la cola. La mujer que tengo delante se apoya con todo su peso en un andador mientras espera para llegar a la caja.
Me quedo detrás de ella, intercambiando mensajes con Bethany.
Hoy me ha escrito veinte o treinta veces, enviándome memes alegres, gifs divertidos y corazones para Henry, y nunca la he querido tanto.
Intentaba animarme y ayudarme a pensar en positivo mientras a Henry lo pinchaban y examinaban durante todo el día.
Se oye un estrépito delante de mí cuando la mujer del andador intenta coger una bandeja y esta se le resbala de la mano.
—Deje que se la recoja —digo mientras la rodeo y cojo la bandeja.
—¡Ay, por Dios! —dice apresuradamente—. Perdone.