At His Beck & Call (Sterling House) 21. Lissa
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21. Lissa

Lissa

—Eres una zorra mentirosa —me espeta James entre dientes, tan cerca que noto su aliento en la mejilla—. Acabo de hablar con las putas enfermeras. Sé por qué han ingresado a Henry. Soy su padre. Debería apartarlo de ti para siempre por haberme ocultado esto.

Retrocedo hasta que la esquina de la pared se me clava dolorosamente entre los omóplatos. Tiene una mirada desquiciada y aterradora.

Con manos temblorosas, rebusco en el bolso y saco el móvil, tratando de reunir todas mis fuerzas, fingiendo que no es mi exmarido, sino un desconocido del que necesito librarme.

—Tengo una orden de alejamiento, James. No puedes acercarte a menos de quinientos pies de mí salvo que se haya acordado oficialmente...

—Cierra la puta boca, Lissa. ¡Como si eso importara cuando nuestro hijo tiene cáncer!

—Sé que debería habértelo contado... —intento decir.

Aspiro bruscamente cuando me clava un dedo en el pecho. No lo hace con fuerza, pero sí con la suficiente para recordarme de qué es capaz.

—He tenido que enterarme por una don nadie detrás del mostrador de recepción. ¿Crees que puedes mantenerme al margen con tu puta orden? Es mi hijo; no te atrevas a utilizarlo como arma contra mí.

—Tengo la custodia exclusiva —consigo decir, aunque apenas es un susurro.

¿Por qué soy tan inútil?

Entonces aparece una sombra en el pasillo, junto a nosotros. Por un momento, pienso que es el médico que viene a decirme que Henry me necesita, pero es demasiado grande.

Miro a la derecha y el mundo se detiene cuando veo allí a Oliver Heath. Sus largas piernas devoran la distancia que nos separa mientras avanza. Es como si lo hubiera invocado solo con pensarlo.

¿Por qué demonios está aquí, precisamente?

James está tan cerca que noto el calor de su cuerpo.

Nos hemos encontrado en esta situación tantas veces, conmigo encogiéndome ante él, intentando escapar...

Pero ahora, mientras miro a Oliver sin dar crédito, una oleada de algo nuevo se extiende por mi interior.

Es un bálsamo, un fresco antídoto contra el miedo.

Oliver jamás me haría daño. Es más, tampoco permitiría que nadie me lo hiciera.

La tensión abandona mis hombros y me enderezo contra la pared hasta recuperar toda mi estatura, mirando a James directamente a los ojos.

Parece percibir de inmediato el cambio en mí y frunce el ceño, confundido. James siempre ha sido bueno leyendo a la gente cuando sus manipulaciones no funcionan, y se detiene para mirar a nuestras espaldas; sus ojos se abren de par en par ante la imponente figura de Oliver.

La última vez que vi a James, pensé que Oliver y él tenían una constitución similar.

Pero ahora que los veo uno junto al otro, comprendo que aquella valoración era lamentablemente inexacta.

Oliver le da mil vueltas a James como ejemplar masculino; de hecho, James parece francamente enclenque a su lado.

Oliver se detiene a unos pasos de nosotros, con los ojos oscuros y amenazadores mientras fulmina a James con la mirada.

—¿Hay algún problema? —La profunda y retumbante voz de Oliver me envuelve como una plegaria.

James retrocede de inmediato, aparta la mirada y recupera la compostura mientras la máscara vuelve a encajar en su rostro.

—Esta es una conversación privada —dice con una sonrisa afable, desplegando todo su encanto. Ha cambiado de chip.

Oliver no se mueve; tan solo desplaza lentamente los ojos hacia mí y recorre mi cuerpo con la mirada antes de volver a subir, como si buscara alguna herida.

—No pretendía interrumpir —dice con frialdad—, pero me ha parecido que Lissa estaba angustiada.

Que utilice mi nombre de pila es como agitar un capote ante un toro. James se queda inmóvil; sus ojos van de mí a Oliver y su boca se tuerce.

—¿De qué os conocéis? —exige, incapaz de disimular la sospecha en su voz. Miro a Oliver, pero él no se apresura a responder y espera a que hable yo.

—Este es Oliver Heath —le digo a James mientras él examina a Oliver con una larga mirada evaluadora—. Es mi jefe.

James parpadea y después se vuelve hacia Oliver, girando con suavidad sobre los talones mientras toda su actitud se relaja. Evidentemente, ahora que sabe que Oliver es un hombre de negocios, considera que están en igualdad de condiciones.

—Ya veo. No sabía que habías conseguido otro trabajo —dice, y percibo en su voz un conocido deje de burla—. Encantado de conocerte, Oliver.

Por favor, Dios, no permitas que esto haga que Oliver me despida.

No necesito que Oliver conozca todas mis mierdas personales, además de mis fracasos como acompañante. ¿Y si pensaba despedirme por haber intentado tocarlo ayer? Ahora, con esto sumado a todo lo demás, probablemente esté más que dispuesto a librarse de mí.

Espero con el corazón en un puño a oír la respuesta de Oliver, convencida de que se disculpará y se marchará. Pero sus ojos no se apartan del rostro de James ni un segundo.

—¿Estás bien? —me pregunta Oliver en voz baja, y la pregunta me recuerda tanto al rato que pasamos en su despacho que se me encienden las mejillas.

Eso no es en absoluto lo que esperaba que dijera. Por lo general, James consigue encandilar a todo el mundo. Es demasiado afable, demasiado atractivo; la gente ve el envoltorio, no el contenido, y da por hecho que es un buen tipo.

Pero Oliver mira a James con una expresión firme y gélida, cargada de pura ira.

¿Cuánto habrá oído de nuestra discusión?

—Está bien —responde James por mí—. Estábamos teniendo una conversación privada, como ya he dicho. Siento que lo hayamos molestado, pero necesito hablar con Lissa a solas.

Oliver no se mueve. —Ya veo... ¿Y de qué os conocéis? —pregunta, y un peso se me instala en el estómago al comprender lo que está a punto de ocurrir.

—Soy su marido —escupe James.

Joder, joder, joder.

A esas palabras les sigue un silencio largo, interminable. Los ojos de Oliver se abren de par en par y pasan de James a mí y de nuevo a él. Pero no tarda en recobrarse y endereza los hombros.

—No parece que Lissa quiera que estés aquí —declara con firmeza.

—¿Y a ti qué coño te importa? —le espeta James.

Lo miro fijamente. Es raro que pierda así la compostura. Enterarse del estado de Henry debe de haberlo alterado más de lo que pensaba.

—No me gusta cómo le estabas hablando —dice Oliver con calma mientras cruza los brazos y se alza amenazador sobre James—. Sin embargo, no hablaré por ella. Lissa, ¿quieres que este hombre esté aquí?

—Soy su marido —le gruñe James, tensando la espalda, pero el corazón se me hincha cuando da un minúsculo paso atrás. Es la primera vez que veo intimidado a James, y resulta emocionante.

Lo miro fijamente, a ese hombre que intentó destruir mi vida, que me hizo sentir que no valía nada durante todo el tiempo que estuvimos casados.

Después miro a Oliver. Apenas lo conozco, pero durante el tiempo que hemos pasado juntos me ha demostrado más consideración de la que sentí en todos mis años con James.

James me mira con una advertencia centelleándole en los ojos.

Enfurecerlo así es una auténtica locura, provocarlo cuando no tengo forma de defenderme. Oliver no estará siempre aquí. James sabe dónde encontrarme si quiere darme una lección.

Pero estoy tan jodidamente cansada... En ese momento, nunca me he sentido tan agotada. Quiero estar con mi hijo sin miedo, sin dolor. Solo necesito estar al lado de Henry. Nada más importa.

—No —digo con firmeza, sin apartar los ojos de la mirada cargada de odio de James—. No quiero que esté aquí.

James entorna los ojos y resopla con desprecio en mi cara. Da un paso adelante, como si pretendiera volver a arrinconarme contra la pared, pero se detiene cuando Oliver avanza hacia él de forma amenazadora.

James se ríe de mí y niega con la cabeza. —Vaya, vaya. Ahora eres la señorita Valiente, ¿eh? —susurra—. Tendrás noticias de mis abogados —murmura James en voz tan baja que apenas lo oigo—. Y ellos se asegurarán de que consiga a mi hijo y de que nunca más puedas apartarlo de mí.

Después pasa a grandes zancadas junto a Oliver y, para rematar, choca contra su enorme hombro.

Oliver no se mueve ni un centímetro por el impacto; sus ojos permanecen oscuros y peligrosos mientras siguen a James hasta que desaparece de la vista.