At His Beck & Call (Sterling House) 20. Oliver
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20. Oliver

Oliver

Llego a casa de mi madre el sábado por la tarde más tarde de lo previsto. Se había ofrecido a prepararme el almuerzo y yo había pensado ir a verla al mediodía, pero el trabajo se ha interpuesto.

El caso Reynolds es sumamente complejo y no deja de cambiar.

El marido de Carmen también ha contratado a Ingram Bennet como abogada.

Ya nos hemos enfrentado antes. Es implacable e intentará conseguir para Richard Reynolds hasta el último céntimo que pueda.

No puedo dormirme en los laureles con este asunto, y he tenido que pasarme la mayor parte del día delegando trabajo en otros miembros de mi equipo.

Estoy frustrado, no solo porque Tom Burton me haya endosado este caso enorme e irritantemente complicado, sino porque Warren Sutcliffe se ha librado de tener que hacer trabajo alguno. Otra vez. Es como si tener una familia significara que no está obligado a generar ingresos para el bufete.

Si soy sincero conmigo mismo, las cosas han sido así desde que entré en AGS. Siempre he sido «el callado», el que no encaja, el que recibe miradas perplejas o temerosas cada vez que entra en una habitación.

Mi imagen intimidante me ha resultado útil, y nunca he querido convertirme en uno de esos pelotas serviles que siguen a Burton a todas partes como un rebaño de estúpidos aduladores.

Pero también quiero convertirme en EP.

Hay que encontrar el equilibrio entre establecer contactos con las personas adecuadas y permanecer en mi fortaleza de la soledad. A veces hay que jugar al juego para conseguir lo que uno quiere.

Eso también se aplica a otros aspectos de mi vida, y aprieto la mandíbula al pensar en el tiempo que pasé con Lissa el día anterior. Ahí también hay una línea. Una mucho más aterradora que llevo mucho tiempo sin cruzar.

Lo que más me asusta es que quería que me tocara. Mi reacción inicial, ese respingo, fue instintiva y automática, pero después acabé lamentando haber reaccionado así.

Un pequeño gemido me devuelve al presente cuando detengo el Chiron frente a la casa de mi madre y miro a Truman, que araña la ventanilla con la pata.

El coche es de lo más poco práctico para un perro, y mi madre me ha reprendido en repetidas ocasiones por llevarlo en el asiento delantero, pero la alternativa es comprar un coche más grande con una jaula detrás, y no soy capaz de hacerlo.

Jadea mirándome, con sus enormes ojos llenos de emoción, porque sabe exactamente dónde está y que está a punto de ver a la abuela y de que lo mimen hasta malcriarlo.

A los gatos ni siquiera parece molestarles, ya que es un galgo italiano y no mucho más grande que ellos.

Se limitan a lanzarle una mirada de advertencia y siguen a lo suyo.

Miro a través del parabrisas las hojas ligeras que caen desde el parque y observo a una joven de largo cabello rubio cruzar al trote mientras comienza a caer una fina lluvia.

—Mira lo que has hecho —le digo a Truman—. Has hecho que empiece a llover para que tengamos que quedarnos más tiempo con la abuela, ¿verdad?

Suelta ese pequeño ladrido quedo que tanto me gusta, y me río entre dientes mientras salgo del coche, doy la vuelta hasta el otro lado y cojo su correa.

Sale de un salto con un repiqueteo de uñas, sus largas patas rebotando sin esfuerzo sobre la acera. Ha dejado arañazos en el cuero y una buena cantidad de pelo gris y corto por todo el asiento.

El hombre que limpia mis coches se escandaliza de que deje entrar al perro y, cada vez que viene a limpiar alguno, chasquea la lengua entre dientes y dice algo en ruso que no entiendo.

Cruzo la calle, saco la llave del bolsillo y abro la puerta. Sin embargo, en cuanto lo hago, Truman ladra, un sonido grave y amenazador que nunca le había oído emitir, y una sacudida de pánico me atraviesa el pecho mientras sale disparado por la casa a una velocidad vertiginosa.

—¿Mamá? —grito, entrando y cerrando la puerta tras de mí mientras los gatos se arremolinan alrededor de mis pies.

—¿Oliver?

Su voz suena tensa y, antes de darme cuenta, corro a buscarla siguiendo los ladridos de Truman.

Cuando llego al salón, con el corazón en la garganta, encuentro a mi madre tendida en el suelo, con el andador a varios metros de distancia y sangre en la cabeza.

—¡Dios, mamá! —grito mientras los recuerdos asaltan mi mente y me abalanzo hacia ella.

La encontraba así muchas veces cuando era joven. Mi padre nunca se contenía al pegarle, y cada vez que entraba en una habitación me preguntaba si encontraría el cadáver de mi madre.

Caigo de rodillas a su lado.

—¿Puedes levantarte? ¿Estás bien?

—Ay, Oliver, qué idiota soy —dice. Está fría al tacto, así que cojo una manta gruesa del respaldo de una de las sillas y la cubro con ella.

—No te muevas —digo con urgencia—. ¿Qué ha pasado?

—Ay, iba hacia las escaleras. Solo necesitaba un vaso de agua y he tropezado. El andador ha salido volando y no he podido levantarme. Es la espalda.

Trago saliva, con la garganta atenazada por la alarma, mientras recorro la habitación con la mirada.

—¿Dónde está Natalia?

—Tiene el día libre —dice, y entonces me coge la mano y me la aprieta con suavidad—. No pasa nada, Ollie, estoy bien.

Es el mismo tono de voz que usaba cuando yo era pequeño. Entonces sabía que no estaba bien con la misma certeza con la que lo sé ahora.

—Voy a llamar a una ambulancia.

—No, no, no quiero montar un escándalo.

—No discutas, voy a llamarla. Necesitas atención médica. ¿Qué te ha pasado en la cabeza?

—¿En la cabeza?

—Estás sangrando.

—Ah, no lo sé. Puede que me haya golpeado con la silla al caer.

—¿Has perdido el conocimiento? —pregunto, con las palmas sudorosas mientras marco el 911.

—No lo sé.

—No pasa nada, mamá. Haremos que te examinen, no pasa nada —digo, pero me tiembla la voz y siento como si volviera a tener catorce años, oyendo el golpe sordo de las pisadas de mi padre mientras se aleja del daño que ha causado, al tiempo que yo me deslizo dentro de su dormitorio e intento despertar a mi madre sacudiéndola.

Truman la olisquea con delicadeza y, cuando el teléfono empieza a sonar, se tumba junto a mi madre y le acaricia el cuello con el hocico mientras ella levanta una mano arrugada para alisar su lustroso pelaje.

Me siento a su lado, sosteniéndole la mano, y espero a que llegue la ambulancia mientras la ansiedad se arremolina en mi interior, consumiendo cada célula de mi cuerpo.

—Bueno, su madre ha sufrido una pequeña caída —dice el médico mientras estamos sentados en la habitación del hospital.

El médico que tengo delante no puede tener mucho más de veinte años y parece mortalmente aburrido. No deja de hablar por encima de mi madre como si ella no estuviera presente, y yo me muerdo la lengua, a escasos segundos de exigir que nos atienda otra persona.

—¿Está bien? —pregunto entre dientes.

—Ah, sí, supongo que sí —dice con una risita poco apropiada—. Vaya día ha tenido, señora Heath.

Mi madre no dice nada. Lo ha descartado tan deprisa como yo, pero el médico no parece capaz de captar el ambiente.

—¿Podría hablar un momento con usted, señor Heath? —me dice, empujándose las gafas hacia arriba con un dedo rechoncho.

Asiento y aprieto brevemente la mano de mi madre antes de salir de la habitación con él y detenerme frente a un enorme cuadro en el pasillo que parece representar a los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Una elección interesante para un hospital.

—¿Su madre ha tenido algún problema para recordar qué pastillas debe tomar? —pregunta.

—Que yo sepa, no. ¿Por qué?

—Bueno, parece bastante confusa. ¿Ha sufrido antes alguna caída como esta? Tal vez tengamos que plantearnos ponerle una pulsera de emergencia para que pueda activar una alarma en caso de que vuelva a ocurrir.

—Tiene un andador, pero ha tropezado.

—Mmm, ¿y no ha notado ningún deterioro en su capacidad cognitiva ni en su capacidad para tomar decisiones?

—No está senil —respondo entre dientes.

—No, por supuesto, pero los análisis indican que tal vez no esté tomando la medicación tal como se le ha prescrito.

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, parece que ya había tomado la medicación de la noche, lo que podría haberle provocado un mareo y causado la caída. ¿Suele confundirse con las pastillas?

—No —digo—. Está perfectamente lúcida.

—Entiendo. Bueno, volveré dentro de poco con más detalles, pero creo que sería mejor dejarla ingresada esta noche, o incluso uno o dos días. Tiene la tensión arterial más alta de lo que nos gustaría y podría ser conveniente mantenerla en observación para comprobar si hay alguna causa subyacente.

El corazón me da un vuelco cuando vuelve la vista hacia mi madre con una expresión de lástima que me pone los dientes de punta.

—Entiendo, gracias, doctor —consigo decir mientras se aleja. Hasta su forma de andar resulta irritante, con ese pequeño brinco, como si estuviera viviendo el mejor día de su vida.

Regreso a su habitación, donde ella me sonríe. Parece agotada. En la ambulancia me ha confesado que llevaba cuatro horas en el suelo cuando llegué. Nunca me había sentido tan culpable. Debería haber estado allí mucho antes.

—¿Natalia sigue cambiándote las pastillas de sitio, mamá? —pregunto al sentarme—. Creen que esta mañana has tomado las que no debías y que eso podría haberte hecho perder el equilibrio.

Se lleva una mano a la frente.

—Ay, Dios mío. Estoy montando un escándalo tremendo.

Aprieto los dedos. Siempre decía eso en las contadas ocasiones en que acababa en el hospital cuando yo era pequeño. Se sentaba en urgencias cubierta de sangre, inventando toda clase de excusas para justificar a mi padre.

—No estás montando ningún escándalo, mamá. Estás aquí porque necesitas que te atiendan. No pasa nada. Tú limítate a concentrarte en mejorar.

Levanta la mano hasta mi barbilla y me toca con suavidad. Este contacto es poco habitual. No somos demasiado afectuosos el uno con el otro. Pero me gusta sentir su piel contra la mía.

—Voy a mejorar, Ollie. Solo he sufrido una caída tonta.

Asiento, incapaz de hablar, y saco el teléfono.

—Tengo que hacer unas llamadas, ¿de acuerdo? Intenta descansar un poco. ¿Necesitas algo?

—Solo un poco de agua.

Le sirvo un vaso y la ayudo a beber. Le ajustamos la cama para que esté cómoda y le acaricio la mejilla un momento antes de salir de la habitación.

No quiero despedir a Natalia; es fantástica con mi madre y la ha cuidado de maravilla desde que la contraté, pero el asunto de las pastillas es grave y debo asegurarme de que no vuelva a ocurrir.

Salgo al pasillo con la intención de hacer la llamada justo fuera de la habitación de mamá, pero cerca hay un hombre en una camilla que grita de forma intermitente y no puedo ni oír mis propios pensamientos.

Marco el número y recorro el pasillo hasta la zona exterior de la unidad, deteniéndome cerca de la escalera, donde hay algo más de silencio.

Mi conversación con la agencia es breve y directa, y dejo las cosas claras lo mejor que puedo sin dar a entender que la culpa es de Natalia. La forma en que el médico ha hablado de mi madre me ha asustado.

¿Podría estar teniendo problemas de memoria sin que yo me haya dado cuenta?

Es muy posible que Natalia, una cuidadora profesional, jamás le cambiara las pastillas de sitio de esa manera. ¿Y si ha sido cosa de mi madre y estoy culpando a la persona equivocada? ¿Y si no está bien y estas son señales de que su mente ya no es la que era?

No soporto la idea y, en cuanto cuelgo, recorro el pasillo hacia los ascensores con la esperanza de tomar un poco el aire antes de volver.

Entonces levanto la vista al doblar la esquina y me detengo en seco.

Lissa está junto a los ascensores. Está preciosa con un conjunto mucho más cómodo que el que suele llevar en la oficina, un jersey azul marino que realza su piel pálida.

Hay un hombre de pie frente a ella. Se inclina sobre Lissa y gesticula hacia ella con una mano, furioso, mientras ella se encoge contra la pared. Es una postura que he visto adoptar a mi madre muchas veces, una que me trae demasiados malos recuerdos.

Entonces los grandes ojos azules de Lissa se vuelven hacia mí y se abren de par en par, horrorizados; la boca se le queda abierta mientras el hombre se acerca aún más, con un lenguaje corporal amenazador y colérico.

Ella se estremece, y eso es todo cuanto necesito para lanzarme hacia ellos, dispuesto a arrancarle la garganta a ese tipo.