At His Beck & Call (Sterling House) 19. Lissa
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19. Lissa

Lissa

Ala mañana siguiente es sábado, el día de nuestra cita en el hospital. Estoy tumbada en la cama con Henry a mi lado; la hinchazón de su vientre resulta aún más visible cuando está boca arriba.

Lleva varias mañanas quejándose de molestias y, aunque tenemos analgésicos para cuando le duele de verdad, me alivia saber que lo operarán poco después de esta cita.

Está tan tranquilo que no quiero despertarlo.

Odio la idea de que entre en quirófano sin mí. Quiero estar con él todo el tiempo, cogiéndole de la mano, diciéndole que todo va a salir bien.

Henry se remueve y se da la vuelta mientras abre los ojos, y me dedica la sonrisa más dulce que he visto en mi vida.

—Hola, mami.

—Hola, cariño. ¿Has dormido bien?

Asiente, bosteza y se incorpora frotándose los ojos. —¿Vamos a desayunar tortitas? —pregunta esperanzado.

—No puedes comer tortitas todos los días, Hen. Tenemos que asegurarnos de que comes comida sana, ¿recuerdas?

—¿Solo una?

Suspiro. La verdad es que con este niño soy incapaz de decir que no. —De acuerdo, pero tenemos que salir pronto hacia el hospital.

La expresión de su carita no cambia; se limita a asentir. Se me encoge el corazón al pensar en lo valiente que es. Desde que descubrimos qué le pasaba y supo que iban a operarlo, se ha mostrado callado y pensativo con todo este asunto.

Me levanto de la cama con una sonrisa al oír el repiqueteo de sus pequeños pasos detrás de mí.

—El perrito se llama Steve —dice mientras empiezo a sacar de los armarios los ingredientes para las tortitas.

—¿El perrito amarillo del que me hablaste?

Asiente y se sienta a la mesa. —Gregory dijo que hizo caca detrás de la tele y que la tele explotó.

—Vaya —digo entre risas—. Creo que necesitaríamos una casa más grande si tuviéramos un perro, Hen. Aquí estaría todo un poco apretado, ¿no crees?

Mira alrededor del apartamento y sonríe. —Me gusta vivir aquí.

—Me alegro, cariño. A mí también me gusta —miento. Odio este apartamento. Odio el olor que te recibe al cruzar la puerta, odio a nuestro vecino, que se pasa el día fumando, y odio a la pareja de arriba, que se grita desde el amanecer hasta el anochecer.

Pero quiero a mi hijo, y estar lejos de su padre es mejor para los dos.

Trago saliva mientras intento combatir el miedo que me atenaza el pecho. No consigo quitarme de la cabeza la imagen de un quirófano solitario, del diminuto cuerpo de Henry tendido en la camilla mientras unos hombres y unas mujeres lo miran desde arriba y lo abren con el bisturí.

Me seco los ojos, ocultándole las lágrimas mientras bato la masa de las tortitas.

—¿Podemos echarles pepitas de chocolate? —pregunta.

—Creo que no tenemos chocolate con leche, cariño, solo negro. La última vez no te gustó tanto.

—A ti sí te gustan, mamá. Échales pepitas de chocolate para ti.

Me vuelvo y le lanzo un beso. Él me dedica una sonrisa radiante, y añado tanto chocolate a las tortitas que probablemente los dos acabemos en coma de azúcar para cuando veamos a la doctora.

El vestíbulo del hospital es enorme, con gruesas vigas metálicas que cruzan el techo, personal atareado yendo de un lado a otro y todo tiene un acabado brillante.

Henry y yo subimos a la tercera planta para reunirnos con la doctora, pero, cuanto más nos acercamos, más callado se queda.

Ni siquiera puedo imaginar cómo asimila un niño de seis años lo que está a punto de vivir, si es que puede hacerlo. Me siento inútil y estúpida por no haberlo preparado mejor, y desearía poder hacer que todo esto desapareciese y llevármelo a casa sin más.

Tiene la cara pálida cuando salimos del ascensor, pero en el pasillo al que accedemos hay, justo enfrente, un enorme dibujo de tres alegres ranas toro. Una tiene junto a la boca un bocadillo que nos da la bienvenida al «Ala de la Jungla», y las tres levantan el pulgar en señal de aprobación.

Henry las mira y después alza los ojos hacia mí.

—Parecen tontas —dice—. Las ranas toro no tienen pulgares.

—¿Ah, no? —pregunto sonriendo.

—Y esa lleva un sombrero de vaquero.

—Bueno, todas las ranas toro llevan sombrero de vaquero, Hen —digo, guiñándole un ojo mientras él se ríe—. Si no, ¿cómo iban a montar en las libélulas?

Parte del color vuelve a sus mejillas mientras nos acercamos a la recepcionista, que nos indica adónde tenemos que ir. A su derecha hay dos pequeñas salas de espera, ambas pintadas con colores vivos y con sillas rojas y verdes.

Henry se dirige de inmediato hacia los juguetes del rincón, y yo me siento junto a otros tres grupos de padres con sus hijos.

Una niña está al lado de su madre jugando con un spinner que se ilumina por los bordes, y contemplo durante un instante sus fascinantes colores mientras respiro despacio para intentar calmar los nervios.

Soy la única madre sola de la sala. Todos los demás grupos parecen familias de verdad. Me asaltan pensamientos angustiosos mientras los observo.

Quizá debería decírselo a James. ¡Es su hijo! ¿Es horrible por mi parte ocultarle los problemas de salud de su propio hijo?

Pero sé demasiado bien qué ocurrirá si descubre la verdad. Me quitará todo el poder de decisión e insistirá en utilizar su seguro médico para ayudar a Henry. Después de eso, no me permitirán opinar sobre lo que le suceda a mi hijo.

En casos como este, las aseguradoras y los hospitales se inclinan ante quien pone el dinero.

Si James puede demostrar que es capaz de pagar las facturas, hará lo que siempre hace: limitará poco a poco, pero con paso firme, mi contacto con Henry, asumirá el control de sus cuidados y, al final, me lo arrebatará por completo.

Ya me lo ha hecho demasiadas veces. Así fue como empezó a controlar mis finanzas, como me convenció para que dejara de tomar la píldora, como me atrapó cuando me quedé embarazada. James es un maestro de la manipulación y está acostumbrado a salirse con la suya.

Si se entera de lo de Henry, solo será cuestión de tiempo que tenga que elegir entre los puños de James y ver crecer a mi hijo.

—¿Señora Davenport?

Levanto la vista y veo a la doctora Erkhart de pie en el umbral. Ronda los cuarenta y cinco años y tiene pequeñas arrugas de expresión alrededor de los ojos. Parece una persona que sonríe constantemente y, cuando su mirada se posa en Henry, comprendo por qué.

Al acercarse a nosotros, le dedica una sonrisa traviesa y tiende la mano, no hacia mí, sino hacia él.

—Tú debes de ser Henry —dice mientras él me mira con incertidumbre.

—Sí —responde, y la doctora asiente, coge algo de entre los documentos que tiene delante y se lo entrega.

—Me han dicho que venías. Eres muy importante.

Henry baja la mirada hacia la pequeña pegatina que le ha dado. Por uno de esos felices caprichos del destino, es un golden retriever amarillo que menea la cola, con las palabras «eres muy valiente» debajo.

Sin decir nada, despega la pegatina del papel protector y hace ademán de pegársela en la camiseta. Entonces, en el último segundo, cambia de opinión y me la entrega.

—Mi mamá es valiente —afirma con firmeza—. Debería tenerla ella.

Mi mirada se cruza con la de la doctora, que me sonríe con tristeza mientras nos hace pasar a la consulta. El despacho es luminoso y espacioso, con una pequeña ventana abierta en la pared del fondo por la que entran el olor a hierba recién cortada y el tenue rumor del tráfico.

Me siento ante el escritorio mientras Henry se acerca a un extremo de la habitación, donde hay un montón de peluches apilados en un rincón.

—Gracias por venir, señora Davenport. ¿Ha encontrado el sitio sin problemas? —pregunta la doctora.

—Sí, perfectamente, gracias. Le agradezco que nos haya hecho un hueco y toda la información que me dio por teléfono.

—Sé que esto es aterrador para los dos, pero está en buenas manos. Llevo casi toda mi carrera tratando esta enfermedad y, con el tratamiento adecuado, Henry tiene muchas posibilidades de recuperarse por completo.

Asiento, aferrándome a sus palabras como a un salvavidas. —Eso es estupendo.

—Me gustaría operar a Henry cuanto antes. La buena noticia es que tenemos un hueco. Lo prepararíamos hoy y se quedaría con nosotros las dos próximas noches para operarlo a primera hora del lunes. ¿Le viene bien?

La miro fijamente, totalmente desprevenida por la rapidez con la que está ocurriendo todo. Esperaba que pasara más o menos una semana antes de la operación, y la idea de que vaya a ser en menos de cuarenta y ocho horas resulta, como poco, abrumadora.

—Eh… Yo… Tengo que trabajar el lunes —digo sin mucha convicción, pensando a toda velocidad si podré conseguir que me den el día libre. Acabo de empezar en el puesto, por no mencionar el momento terriblemente incómodo que viví ayer con Oliver.

¿Y si ya ha decidido despedirme por eso?

—Por supuesto, lo entiendo, y comprendo las circunstancias con su exmarido. También podemos hacerlo a finales de la semana que viene; solo tiene que decirme qué día le vendría bien. Pero cuanto antes podamos operarlo, antes podrá comenzar el tratamiento posterior.

—¿Cuánto durará la operación?

—Normalmente, entre tres y cuatro horas. A veces puede alargarse, pero confío en que la de Henry no sea una intervención compleja. Si puede traerlo hoy a última hora, podremos hacerle los análisis de sangre, el TAC y la resonancia magnética, y así estará todo bien encaminado para la operación.

Asiento y miro a mi hijo, totalmente aterrada.

—Según los datos que tenemos en el expediente, va a pagarlo usted misma. ¿Es correcto? No tenemos registrado ningún seguro a su nombre —dice la doctora Erkhart con cautela.

Trago saliva. —Así es.

—Lissa, quiero que ahora mismo se centre en los cuidados de Henry, pero el coste de esta operación podría superar los cien mil dólares.

—Lo sé —digo, tratando de parecer lo más segura posible—. Puedo pagarlo.

Me observa preocupada y mira de reojo a Henry. —De acuerdo. Por lo general, pedimos un depósito cuando el paciente paga por su cuenta. Puedo reducirlo a diez mil dólares, pero tendrá que abonarlo antes de traerlo.

—No hay problema.

La doctora Erkhart vuelve a mirarme con sus ojos castaño oscuro, dulces e inquisitivos. Hace un leve gesto de asentimiento y empieza a escribir en el ordenador.

—Entonces, ¿tengo que traer a Henry hoy a última hora? —pregunto, intentando controlar los latidos desbocados de mi corazón.

—Sería estupendo, si puede. Podemos dejarlo instalado durante el fin de semana.

Debería estar listo para volver a casa en menos de una semana, siempre que todo salga bien, y después podremos empezar la quimioterapia.

Pero, de momento, céntrese en la operación.

Es un pequeño luchador. Conseguiremos que se recupere.

Le dedico una débil sonrisa mientras empiezo a planear mentalmente qué podría necesitar durante los próximos días.

Solo puedo rezar para que, después de llevar menos de una semana en el trabajo, Oliver y Adelaide me permitan tomarme un día para estar con mi hijo.

No puedo permitirme faltar más, y pensar en él recuperándose solo me parte el corazón en dos.

Pero no tengo otra opción. Si quiero pagar este tratamiento, tengo que trabajar.

Mientras la doctora Erkhart me muestra los documentos y empiezo a leerlos, ignoro la vocecita de mi cabeza que me repite lo estúpida que fui por tocar ayer a Oliver.

No debería haberlo hecho, y está claro que lo incomodé. Me disculparé y, con suerte, me concederá el beneficio de la duda. No puedo permitirme perder este trabajo.

No soy demasiado orgullosa para suplicar si hace falta.