At His Beck & Call (Sterling House) 18. Oliver
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18. Oliver

Oliver

No tengo que esperar mucho.

Hoy lleva el pelo medio suelto, recogido hacia atrás con un pasador brillante. Estoy deseando verla intentar ponerlo otra vez medio en orden después de hacer que se desmorone.

—Hola —digo, recordando el momento en que me llamó «señor» con aquella voz cantarina.

Quiero volver a oírlo, con desesperación. Pero es una línea que nunca he cruzado con una escort. Esa clase de tratamiento, esa clase de control, no es apropiada para este tipo de relación. Es demasiado íntimo, demasiado profundo.

—Hola —murmura ella.

—Cierra la puerta con llave, por favor.

Obediente, va a hacerlo y luego se vuelve, apoyándose en ella, torpe e insegura.

—Adelante, elige otro —digo, después de haber retirado cuidadosamente los dos consoladores que ya ha utilizado.

Cada día van aumentando de tamaño poco a poco, y me produce una emoción perversa verla recorrerlos con la mirada. Sé que escogerá el más pequeño, pero me encanta que al menos participe en el juego.

Camina junto a los estantes sin hacer ruido. Cuando llega al último, se vuelve hacia mí, con los ojos brillantes, y señala el juguete que quiere. No es el más pequeño; me equivocaba, aunque sigue siendo mucho más pequeño que mi polla.

—Quítate la ropa, Lissa.

Como siempre, la orden hace que se remueva, pero obedece tras unos segundos de vacilación.

Me fascina verla desnudarse. No tiene nada de espectáculo; lo hace de forma práctica y metódica, como si estuviera resolviendo un rompecabezas en su cabeza.

Otras escorts han disfrutado exhibiéndose para mí. Y tenían motivos de sobra: sus cuerpos eran preciosos. Pero Lissa lo hace como si lo hiciera contra su voluntad.

Frunzo el ceño ante ese pensamiento.

—¿Te sientes incómoda? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda pensarlas bien, y ella se detiene, de pie en ropa interior, mirándome con los ojos muy abiertos y preocupados. Maldigo para mis adentros.

—No has hecho nada malo, Lissa. Pero no parece que te guste esta parte.

Deja caer las manos ante sí y mira su ropa casi con anhelo. Se aclara la garganta.

—Tú no te quitas la ropa y... —dice en voz baja mientras se me encoge el estómago—. No me importa, pero no...

—¿Pero no qué?

Se encoge de hombros. —No me gusta mi cuerpo.

Durante un largo rato soy incapaz de hablar, atónito por su confesión. Que algo así venga de una escort ya es bastante sorprendente, pero que lo diga una mujer tan extraordinariamente hermosa es alucinante.

—¿Por qué no? —pregunto con voz ronca.

—Yo... Es que nunca me ha gustado. —Se muerde el labio y se rasca el brazo con gesto incómodo—. Lo siento. Supongo que no es algo que quieras oír.

—Lissa, quiero saber cómo te sientes, por eso te lo he preguntado. Y he estado con suficientes mujeres para saber que lo que yo diga no cambiará la opinión que tienes de ti misma, pero eres muy, muy hermosa. Espero que algún día seas capaz de verlo.

Esas largas pestañas le velan los ojos, mientras sus dedos siguen rascándole el brazo, y se me ocurre una idea. Me acerco al cajón, saco la camisa que no se puso ayer y se la llevo. Ella la mira con el ceño fruncido cuando se la tiendo.

—Póntela si quieres. Puedes taparte si te apetece.

—N... no, no pasa nada...

—Quiero que estés cómoda.

Tras una breve pausa, coge la camisa y se la pone. En su cuerpo diminuto parece un albornoz, pero hay algo increíblemente sexy en verla allí de pie con mi ropa.

—Siéntate en la silla —digo mientras voy al fondo de la habitación a coger el juguete y regreso para dejarlo sobre el escritorio, a mi lado.

Lissa está sentada en la silla con la espalda rígidamente erguida, tensa y nerviosa.

—¿Cómo te sientes? —pregunto mientras saco el móvil y envío una lista de reproducción relajante al altavoz situado en un extremo de la habitación. Casi nunca pongo música mientras trabajo, pero, cuando empiezan a sonar los suaves acordes de un arpa, veo que Lissa comienza a relajarse.

—Mira —digo en tono coloquial, sin darle ocasión de responder—, hoy no tenemos por qué hacer nada si prefieres que no.

—No, quiero hacerlo —responde enseguida, y se le sonrojan las mejillas. Asiento, absurdamente complacido por verla tan deseosa.

—De acuerdo. Entonces, ¿por qué no me dices qué quieres hacer?

—¿Tú te quitas la ropa alguna vez? —pregunta—. Quiero decir, ¿para tener sexo? —Un latigazo de irritación me atraviesa, pero la curiosidad inocente de sus ojos me hace detenerme.

—Normalmente no —respondo con frialdad, esperando que me pregunte por qué, como hacen todas.

—Entonces eso es importante. Tampoco quiero que hagas nada con lo que no te sientas cómodo.

Me quedo mirándola. El peso de sus palabras queda suspendido entre nosotros mientras las asimilo. Estoy tan acostumbrado a cuidar de mis parejas que nadie me había dicho nunca algo así. La tensión que llevaba alojada en lo más profundo del cuerpo se afloja.

—Gracias —digo en voz baja—. Te lo agradezco.

La observo en silencio durante otro minuto, escuchando el tictac del reloj de la pared, y entonces se levanta, se quita la camisa, el sujetador y las bragas, y vuelve a sentarse en la silla completamente desnuda, con expresión decidida.

—Ahora me siento mejor —dice con timidez.

—Bien. Por si te sirve de algo, adoro tu cuerpo. Me encantaría tenerte desnuda en esa silla todo el día solo para mirarte.

Tiene las mejillas tan rosadas que me siento un poco culpable por haberla cohibido, pero es la verdad.

—¿Estás preparada? —pregunto.

—Sí —responde sin aliento. Tiene los ojos clavados en el consolador que hay a mi lado, y yo lo cojo, saco del bolsillo el pequeño bote de lubricante y lo cubro con una fina capa. Lissa me observa mientras sus manos se acercan inconscientemente a su precioso coño.

Me acerco y se lo tiendo. Ella lo coge con cautela, como si fuera una bomba.

—Hoy quiero que te lo metas dentro —digo, y noto que la polla me palpita dentro de los pantalones—. Quiero verte darte placer con él, pero no te corras. Hoy solo te correrás con mi polla dentro.

De su garganta escapa un pequeño gemido entrecortado y sus pupilas se oscurecen cuando coge el juguete de mi mano.

Regreso al escritorio y vuelvo a apoyarme en él, esperando a que empiece.

Al cabo de un momento, lo baja entre sus piernas y abre mucho los muslos. Tengo la polla tan dura que apenas soporto estar separado de ella, pero la forma en que le tiembla el cuerpo me deja sin aliento.

Coloca el juguete en la entrada de su cuerpo, con la mirada fija en él, y comienza a empujarlo lentamente hacia dentro.

Ni siquiera intenta resultar erótica y me está volviendo completamente loco.

Poco a poco, se desliza hasta el fondo; entonces ella lo saca, separa aún más los muslos y su vientre firme se arquea hacia arriba mientras se le escapa un gemido grave.

Cuando comienza a moverlo adelante y atrás en su interior, sus gemidos aumentan de volumen. Siguen siendo suaves, pero están cargados de un anhelo que hace que me duela la polla.

Sin dejar de observarla, vuelvo a acercarme a los cajones, abro el de arriba y saco una larga tira de tela.

Me acerco a ella con la tela en la mano mientras me mira con curiosidad. Me coloco a su espalda, le paso la tela por delante de la cara y después se la introduzco en la boca.

—Muérdela —digo, y lo hace sin cuestionarlo—. Tienes que guardar silencio, y esto te lo recordará. Si necesitas que paremos, pon las manos sobre el cojín que tienes debajo.

Se la ato detrás de la cabeza y luego deslizo las manos por sus hombros hasta sus pechos mientras ella continúa dándose placer.

Al recordar cuánto le gustó el otro día, le pellizco ambos pezones sin previo aviso. Ella muerde con fuerza la mordaza y emite un gemido profundo y gutural cuando los suelto y doy la vuelta para situarme frente a ella.

Lentamente, me desabrocho el cinturón, me abro los pantalones y saco la polla. Sus ojos se clavan en ella, y verla con el juguete dentro del cuerpo y la mordaza en la boca hace que una gota de líquido preseminal brote de la punta.

—¿Estás preparada para mi polla? —pregunto mientras aparta la mano del juguete y se recuesta en la silla.

No lo ha sacado, dejándome esa tarea a mí, y sisea cuando tiro de él y se lo arranco de dentro.

Me encanta cómo se aferra a los brazos de la silla con tanta fuerza que los nudillos se le vuelven blancos.

Me pongo un preservativo mientras ella permanece sentada, esperándome.

—¿La silla o la chaise longue?

Sus ojos se desvían hacia la chaise longue y sé que es lo que prefiere.

Sin previo aviso, la levanto y la llevo hasta allí. Tiro el cojín al suelo de una patada, la tumbo y le separo las piernas.

Ahora puedo leer su placer con mayor claridad, y sé que está desesperada por sentirme; respira con fuerza y rapidez.

—¿Estás preparada para mí, Lissa?

Murmura algo que suena como un sí torturado.

—Debería hacerte esperar toda la noche. Privarte de esto el mayor tiempo posible. Pero ya no puedo esperar más. Necesito sentirte alrededor de mi polla.

Entonces tiro de ella hacia abajo por la chaise longue, alineando nuestros cuerpos mientras jadea bajo el mío, con mi polla rozando su entrada, y después penetro en ella con una embestida larga y perfecta.

Sus manos se aferran a mis hombros y sus pechos se arquean hacia mí mientras los chupo y hundo la polla en su interior.

Abre la boca en un grito silencioso y la mordaza se desprende mientras se retuerce debajo de mí.

—No. Hagas. Ni. Un. Ruido —digo, y entonces empiezo a follármela con más fuerza.

Ella se desploma contra la curva de la chaise longue, con las piernas muy abiertas y enroscadas alrededor de mí, mientras muevo las caderas adelante y atrás como un pistón, embriagado por el calor ceñido que envuelve mi polla.

Es perfecto, inesperado, y resulta tan increíble que en cuestión de minutos me encuentro al borde del orgasmo.

Normalmente, mis parejas han hecho comentarios sobre mi resistencia, sobre cuánto tiempo puedo follarme a una mujer antes de correrme, a veces dándole la oportunidad de alcanzar dos orgasmos antes incluso de que yo termine.

Pero hoy no se parece en nada a eso. Lucho por contenerme desde el primer momento. La imagen de ella sentada allí, toda pálida inocencia, masturbándose con el juguete, me ha desarmado por completo.

—Quiero que te corras sobre mi polla —le murmuro al oído—. Córrete para mí, Lissa.

Hundo la polla en ella con brutalidad, y deja escapar un grito que tengo que ahogar con la palma de la mano cuando el orgasmo me arrolla como un tren de mercancías.

Me desplomo sobre ella, jadeando con fuerza.

Nunca en mi vida había perdido el control tan deprisa.

El cuerpo de Lissa yace lánguido bajo el mío cuando me aparto un poco y contemplo su piel clara y húmeda y sus preciosos ojos. Es jodidamente deslumbrante.

Me retiro lentamente, haciendo una mueca cuando su cuerpo intenta succionarme de nuevo hacia dentro, y me tambaleo al ponerme de pie. Los pantalones se me han acumulado alrededor de los tobillos y me los quito de una patada; tengo las piernas desnudas, pero aún llevo puestos la camisa y la corbata.

—Joder, ha sido increíble —digo—. Lo siento, suelo durar un poco más. ¿Estás bien? —Ni siquiera parece oírme hasta que abre los ojos, me sonríe y asiente.

Se levanta de la chaise longue, va hacia su ropa y empieza a vestirse.

Recojo del suelo mi camisa de repuesto y la doblo mientras ella termina de vestirse. Abro el cajón inferior y saco unos pantalones limpios.

Estoy poniéndomelos cuando levanto la mirada hacia ella y descubro que me observa con curiosidad. Miro hacia abajo y me doy cuenta de que la corbata está a punto de caérseme del cuello.

Lissa se acerca y tira del extremo de mi corbata, ofreciéndose en silencio a ayudarme a anudarla de nuevo. Pero el contacto me sobresalta. Sentir sus manos aferradas a mis hombros mientras follábamos era una cosa. Necesitaba un punto de apoyo.

Pero esto resulta desagradablemente doméstico. El contacto de la mano de otra persona contra mi pecho me resulta extraño y, de algún modo, espantoso; me arrastra contra mi voluntad de vuelta al pasado.

Me estremezco y me aparto de ella, dando un paso atrás.

Sé que ha sido un gesto instintivo. Como respirar o parpadear. Pero no puedo permitir esto.

—Lo siento —dice de inmediato, apartando las manos de golpe—. Lo siento, Oliver. Lo había olvidado.

Me quedo mirándola mientras la mortificación se extiende por su rostro. Pero el momento ha quedado destruido, todas las buenas sensaciones se desangran, y no puedo combatir la decepción que me consume.

Le pedí que cumpliera una sola regla y ni siquiera es capaz de hacer eso.

—Puedes irte —digo, oyendo la frialdad de mi voz, y ella no vuelve a hablar; se limita a salir por la puerta en silencio.

Cada parte de mí quiere pedirle que vuelva, disculparme, explicárselo. Pero no lo hago. No puedo.

No lo haré.