17. Oliver
Oliver
Carmen Reynolds está sentada frente a mí en un restaurante con estrella Michelin. Es nuestro primer encuentro y parece que vaya a un desfile de moda.
Tiene poco más de setenta años, pero aparenta cincuenta y cinco. Lleva un largo collar de diamantes que cae por la parte delantera de la chaqueta del traje. No lleva camisa, y el estrecho escote deja a la vista los bordes de sus pechos de silicona, entre los que cuelga el collar.
Tiene el pelo largo, negro y brillante, los labios pintados de un rojo intenso y unas gafas de sol sobre la cabeza con diamantes en las esquinas.
Debo admitir que Carmen Reynolds es una mujer increíblemente hermosa.
También está como una auténtica cabra.
—Quiero clavarle los cojones a la pared —dice con un marcado acento británico—.
Me lo ha quitado todo. Todo. Voy a arrancarle su vida, su dinero y todo lo que ama, y con ello levantaré mi imperio.
Ese cabrón puede quedarse en su torre de marfil, bebiendo champán y esnifando coca con su nueva arpía, mientras yo gano mis millones y él se pudre sin mí.
Da un largo sorbo a su vino tinto y entrecierra los ojos para comprobar la etiqueta de la botella. Enarca las cejas.
—¡Dios mío, qué bueno está!
Se recuesta en la silla y me examina de arriba abajo con un interés descarado.
—Sabes, si tuviera diez años menos, treparía por ti como si fueras un árbol.
Doy un sorbo a mi agua con gas y alzo el vaso hacia ella. Necesito de verdad una copa de vino para soportar esta reunión, pero es la hora de comer y me espera mucho trabajo cuando vuelva al despacho.
—Y puede que te dejara.
Es una mentira descomunal, pero no tengo ni idea de qué otra cosa decir.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Seguro que me odias —dice con vehemencia—. Yo también me odiaría si estuviera en tu lugar. Eres como un inspector de Hacienda que descubre que su nueva clienta lleva treinta años anotando sus cuentas en pósits y paquetes de cigarrillos.
—No pasa nada, señora Reynolds.
—Ay, por Dios, llámame Carmen. Voy a deshacerme del apellido de ese cabrón, igual que de todo lo demás que me ha endosado. Sé que es un desastre. Estaba furiosa y lo amontoné todo antes de que él pudiera echarle mano, pero sé que ese gilipollas está ocultando algo.
—¿Como qué?
—Mira, Oliver —dice, dedicándome una sonrisa lasciva—, mi marido y yo llevábamos un tren de vida fastuoso.
No he tenido que trabajar ni un solo día en toda mi vida.
Sé que soy un ser humano despreciable al que la mayoría de la gente odia, pero es mi vida y quiero recuperar la mitad de mis bienes.
Se folló a medio Londres antes de conocerme y a la otra mitad después.
Puesto que durante los últimos diez años ha vivido por temporadas en Los Ángeles, te sugiero que empieces por allí.
—¿Crees que tiene una amante?
—Oh, cientos, me imagino. ¿Eso basta para que me den el cincuenta por ciento?
—¿La infidelidad? No. Por lo general, no. Pero si ha estado manteniendo a una amante, comprando propiedades a su nombre, coches, regalos o pagándole los estudios... Eso sí hará que el tribunal preste atención.
—Mmm —dice, dando un sorbo al vino mientras sirven los platos—.
Tendré que pensarlo. Imagino que alguna pobre desgraciada vive en Los Ángeles creyendo que es la única a la que ama.
Nunca fue capaz de mantener la polla dentro de los pantalones.
Una vez lo pillé follándose a nuestra niñera con mis diamantes alrededor del cuello.
La muy zorra. Ojalá yo también hubiera tenido los cojones de follarme a más hombres.
Me aclaro la garganta.
—¿Y crees que habrá pruebas de sus infidelidades entre la documentación que nos has proporcionado?
—Bueno, conseguí birlarle buena parte antes de que pudiera echarle encima sus manazas.
Se cabreó muchísimo. Pero ¿quién sabe? Puede que, después de setenta y cinco años, haya aprendido a no dejar rastro en los papeles.
Pero para eso estás tú, ¿no? Todo el trabajo de campo corre de tu cuenta; para eso te pago.
Le dedico una sonrisa tensa y me muerdo la lengua para no explicarle cuánto trabajo de campo nos ha creado. Pincho el pescado del plato con el tenedor, consciente de que discutir con esta mujer sería inútil.
Ya he tenido clientas como ella. Es la clase de persona que es tu mejor amiga hasta que se le agota la paciencia y entonces se desata el infierno.
Este caso va a requerir mucha investigación.
Es la clase de trabajo que ansiaba hacer cuando era abogado júnior, pero ahora no me apetece lo más mínimo.
Espiar a la gente, hacer que la sigan y descubrir qué ha estado haciendo en sus vidas secretas no es mi idea de diversión.
Aunque Noah Finnigan parece muy interesado en impresionarme; quizá pueda encargarle todo eso mientras el resto del equipo revisa los documentos.
Carmen come como un pajarillo, picoteando el pescado y llevándose a la boca trocitos minúsculos con el tenedor mientras contempla el restaurante.
Para cuando termina la reunión, noto la tensión acumulada entre los omóplatos. Últimamente odio tener que relacionarme con los clientes. Parece mucho más trabajo que antes.
Forzar sonrisas, fingir que me importa que pierdan su octava casa... Todo resulta agotador para el alma.
—Natalia es un peligro.
Sonrío al oír la voz exasperada de mi madre al otro lado de la línea.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunto mientras me siento en la silla con el teléfono pegado a la oreja, nada más volver de comer.
—No para de cambiarme las pastillas de sitio.
Me inclino hacia delante con el ceño fruncido.
—¿De verdad? ¿Está ahí? Hablaré con ella.
—No. No. Solo ocurre cuando limpia, pero las que tenía junto a la cama estaban en el baño y no las encontraba.
Toda mi diversión se esfuma. Mi madre se queja constantemente de Natalia. Sé que en realidad la quiere, pero las pastillas son una parte esencial de sus cuidados. Si no toma los analgésicos adecuados, se le agarrota por completo la espalda.
—Déjame hablar con ella, mamá.
—No. No voy a permitir que le grites.
—Eres tú quien se está quejando. Y yo nunca grito; solo le preguntaré qué ha pasado.
—Al final lo hemos solucionado —insiste—. Está todo bien.
Suspiro mientras miro la bandeja de entrada. Tengo 36 correos sin leer, al menos 10 de ellos urgentes, y se avecina una reunión de socios para la que debo asegurarme de estar completamente preparado. Al día le faltan horas.
—¿Cómo te has encontrado? —pregunto.
—Ay, ya sabes, cansada y enfadada. ¿Y tú?
—Estoy bien, mamá.
—No lo estás. Últimamente siempre estás triste y trabajas demasiado.
—Siempre trabajo demasiado.
Resopla.
—¿Has hecho alguna compra absurda últimamente?
—¿Como cuál? —pregunto con una sonrisa cariñosa.
—Bueno, la última vez que las conté, ¿cuántas estilográficas tenías?
—Veintinueve; con la tuya ya son treinta, un número redondo. Creo que ahora tengo todas las Montblanc. Son preciosas. En este mismo instante estoy mirando la que me compraste.
—Ollie, deberías gastarte el dinero en una mujer.
Si tú supieras.
—¿Ah, sí?
—Sí. Eres demasiado bueno para este mundo como para estar soltero, Oliver. Eres un hombre guapo y mereces que te quieran.
Sus palabras hacen que algo se resquebraje en mi interior; el pecho se me oprime dolorosamente mientras intento llenar los pulmones de aire.
Trago saliva para deshacer el nudo de la garganta y cambio de postura en la silla, notando cómo las cicatrices de la espalda rozan contra la camisa.
—No necesito una mujer, mamá. Ya sabes lo desgraciada que la haría.
—No sé nada de eso. Mi niño no hace desgraciado a nadie; lleva luz allá donde va.
Pongo los ojos en blanco.
—Venga ya, mamá.
—Es verdad.
—Vale, ya sé que no debo discutir contigo. Iré mañana y llevaré a Truman conmigo.
—Adoro a ese perro. Le pediré a Natalia que le compre alguna golosina en la tienda.
—No lo hagas, está engordando.
—Tonterías, los galgos no pueden engordar. Te quiero, nos vemos mañana.
—Adiós, mamá.
Intento concentrarme en el trabajo durante las siguientes horas, pero no dejo de pensar en Lissa.
Por fin, me levanto de la silla y me aflojo la corbata mientras miro el reloj. Son casi las cinco y apenas puedo esperar más.
Ya estoy medio duro para cuando cruzo la habitación. Arrastro una de las sillas hasta el centro y me recoloco los pantalones mientras la expectación crece en mi interior.
Contemplo los juguetes expuestos con una mezcla de excitación y expectación.
¿Cuál elegirá hoy?
Voy hasta el escritorio, me quito la chaqueta y me remango mientras me apoyo contra él y pulso el botón que hay detrás de mí. Observo la puerta, con la polla palpitándome dentro de los pantalones mientras espero a que aparezca Lissa.