At His Beck & Call (Sterling House) 16. Lissa
35%

16. Lissa

Lissa

Ala mañana siguiente, me despierto antes del amanecer y salgo de la cama con cuidado de no despertar a Henry.

Cuando entro en el salón, la casa está húmeda y fría, así que cojo una rebeca de una silla y me la echo sobre los hombros.

Saco el móvil, abro la aplicación del banco y observo cómo gira el pequeño icono en la pantalla. Mi móvil es tan viejo que casi nunca tengo cobertura y todo tarda una eternidad en cargar.

Lleno de agua la cafetera y limpio el filtro antes de volver a mirar la pantalla.

Cuando lo hago, casi se me cae la jarra de la impresión. Hay más de veinte mil dólares en mi cuenta.

Cojo el móvil y me quedo mirando la cifra que tengo delante, completamente incrédula. Solo llevo cuatro días trabajando para la agencia. Esto no puede formar parte de una tarifa habitual.

Abro WhatsApp y le envío un mensaje a Bethany.

LISSA: ¿¿¿ES NORMAL CObrAR 10.000 POR UNA SOLA SESIÓN???

La respuesta llega casi al instante.

BETHANY: ES SUPERGENEROSO, PERO YA HE TENIDO CLIENTES QUE ME HAN PAGADO ESA CANTIDAD. DEBES DE HABERLE DEJADO ALUCINADO. ¡LITERALMENTE!

Me apoyo en la encimera de la cocina. Nunca había visto tanto dinero. James se encargaba de todo lo relacionado con nuestras finanzas. Me daba dinero cuando lo necesitaba, pero por lo general solo las cantidades exactas que él consideraba necesarias para comprar comida y ropa para Henry.

Nunca me dio una tarjeta de crédito que pudiera haber utilizado para escapar de él.

El tratamiento hospitalario de Henry va a costar cientos de miles de dólares, pero, por primera vez, pagar esa cantidad parece una posibilidad real.

Se me llenan los ojos de lágrimas mientras contemplo esa cifra preciosa y reluciente. Pronto será suficiente para cubrir el anticipo del tratamiento.

El médico me explicó que, al no tener seguro, el hospital no da por sentado que podré pagar. Exigen un anticipo y, si me retraso en algún pago, el plan de cobro es implacable. Los intereses son desorbitados.

Pero ahora tengo dinero para cubrirlo.

¡Lo tengo!

Ese pensamiento me llena de fuerza. Sí, puede que haya abierto las piernas para conseguir ese dinero, pero me da igual. Haré lo que sea necesario para mantener a Henry sano y a salvo.

Además, Bethany no se avergüenza de lo que hace para ganarse la vida; ¿por qué iba a avergonzarme yo?

Miro hacia Henry, que duerme en la cama, y suelto un suspiro que parece llevar semanas atrapado en mi pecho. Si las cosas siguen así, podré llegar hasta el final. Ya no es un sueño imposible; voy a poder salvar a mi hijo sin depender de su padre ni de nadie más.

Lo único que tengo que hacer es mantener contento a Oliver Heath.

Con energías renovadas, empiezo a limpiar todo el apartamento, junto la colada y preparo el desayuno de Henry.

Para cuando se despierta y sale del dormitorio, frotándose los ojos soñolientos y entornándolos ante la luz del día que entra por las ventanas, todo está impecable y hay huevos haciéndose en los fogones.

—¿Cómo te encuentras, cariño? —le pregunto con una sonrisa mientras se frota la tripa. Ahora ha empezado a hacerlo todas las mañanas; tiene el vientre abultado e hinchado de un lado.

Dentro de solo veinticuatro horas, nos habremos reunido con el médico y empezará el plan de tratamiento. No queda nada.

Puedo hacerlo.

Después de que Henry se vista para ir al colegio, nos sentamos juntos a la mesa de la cocina y nos reímos mientras comemos los huevos porque se burla de mi pelo, que apunta en todas direcciones.

Me permito saborear el alivio que me ha proporcionado el saldo de mi cuenta y relajarme de verdad por primera vez en muchísimo tiempo.

Después, una vez vestida y lista para ir a trabajar, salimos. Abro la puerta principal de nuestro edificio y veo a un hombre al pie de las escaleras, esperándonos. Mi buen humor se hace añicos al instante.

—¡Papá! —grita Henry mientras pasa corriendo a mi lado y baja las escaleras hacia James. Mi ex está allí de pie, con una enorme sonrisa en la cara y los brazos abiertos para abrazar a su hijo.

Está tan guapo como siempre, con un jersey de cachemira verde oliva sobre el pecho tonificado y su espeso pelo castaño claro formando ondas. Hubo un tiempo en que me encantaba pasar los dedos entre esos mechones, pero ahora verlos me provoca náuseas.

¿Qué coño hace aquí?

La orden de protección que tengo contra él debería impedirle presentarse sin avisar, pero James tiene la costumbre de retorcer las normas para que le favorezcan.

Incluso la jueza había sido indulgente con él la última vez que incumplió las condiciones de la orden.

James había desplegado todo su encanto y le había dicho que «solo quería ver a su hijo».

Me quedo paralizada en lo alto de las escaleras, observando cómo James abraza el cuerpecito de Henry, rodeándolo por completo con los brazos mientras sonríe feliz.

La viva imagen del padre perfecto. Menuda mentira...

Me recoloco el bolso en el hombro y bajo las escaleras. James siempre se comporta de maravilla delante de Henry; rara vez deja ver su verdadera naturaleza, pero, de vez en cuando, veo cómo se le cae la máscara. Solo puedo esperar que hoy no sea uno de esos días.

Los ojos color avellana de James se encuentran con los míos mientras baja a Henry hasta la acera. Le tiendo la mano a mi hijo y él se acerca para cogerla.

—Hola, Lissa —dice James, metiéndose las manos en los bolsillos—. Pareces cansada.

Que te jodan.

—¿Qué haces aquí? Tu visita no es hasta el próximo fin de semana. —Intento mantener un tono despreocupado para que Henry no se dé cuenta de lo enfadada que estoy.

—Lo sé, pero quería ver a mi hombrecito.

Henry suelta una risita y me aprieta un poco más la mano. No tiene miedo, sino que está entusiasmado por ver a su padre. Es perfectamente natural que le guste verlo, pero no puedo evitar sentir rencor ante la cara de felicidad que tiene.

—Oye, Hen, ¿por qué no me enseñas lo rápido que corres? Hasta la parada del autobús y vuelta —murmura James con una sonrisa.

No hace falta que se lo diga dos veces. Henry sale disparado, ansioso por demostrarle a su padre lo que vale, y corre a toda velocidad hacia la parada del autobús.

—¿Por qué tiene Henry una cita mañana con alguien llamado doctor Erkhart, Lissa? —pregunta James de inmediato.

Tiene los labios fruncidos en una mueca de disgusto mientras da un paso hacia mí. No puedo evitar retroceder. Es un impulso, una reacción automática ante una amenaza. Siento que estoy a dos segundos de echar a correr en dirección contraria.

—Es una cita rutinaria —murmuro—. Él...

—Me huele a mentira —dice, dando otro paso.

Es mucho más corpulento que yo y, al alzar la vista hacia él, no puedo evitar compararlo con Oliver.

Los dos son hombres grandes, pero no puedo imaginarme a Oliver haciéndome daño, volviéndose contra mí o rompiéndome los huesos en un arrebato de furia.

Sí, puede ser gruñón, pero no lo describiría como una persona irascible. James, en cambio...

Inspiro por la nariz y hago una mueca cuando el murete que bordea las escaleras me golpea la pantorrilla y estoy a punto de caer de espaldas por encima.

—Será mejor que no me estés ocultando nada sobre nuestro hijo, puta de mierda —masculla. El tono grave y colérico de su voz me resulta tan familiar que noto las náuseas ascendiendo por mi garganta.

Este es el James que conozco, el hombre al que se le acciona un interruptor y se convierte en otra persona, el que me culpa, me odia y tergiversa todo lo que hago.

—N-no te estoy o-ocultando nada —tartamudeo, aferrándome a los ladrillos que tengo detrás. La superficie áspera se me clava dolorosamente en la piel.

—¿He sido rápido?

James retrocede y se vuelve hacia Henry, que aparece por detrás del muro. Tiene el pequeño rostro enrojecido, demasiado enrojecido, y los ojos brillantes. Lo examino. No debería estar corriendo; los médicos me dijeron que procurara que se lo tomase con calma antes de la operación.

—Has tardado menos de un minuto, campeón. Es increíble. ¿Has estado practicando?

—Mamá dice que tengo que ir despacio —dice Henry mientras a mí se me encoge el estómago.

—Bueno, mamá no siempre sabe qué es lo mejor, ¿verdad?

Henry niega tímidamente con la cabeza. Esto también empezó antes de que me fuera: las pullas delante de Henry, como si todo lo que yo hiciera fuera inferior.

James es quien más sabe.

—¡Has sido rapidísimo! —digo mientras rodeo a James y agarro la mano de Henry. Me aparto deliberadamente de mi ex y la distancia tranquiliza mi corazón—. Nos veremos en tu visita de la semana que viene —añado mientras James resopla con desdén y me mira con los ojos llenos de ira contenida.

—Si descubro la verdad y resulta ser distinta de lo que me has contado, volverás a verme muy pronto —dice con un tono lo bastante desenfadado como para no despertar las sospechas de Henry.

Hen está mirando algo al final de la calle y tira de mi brazo. —Viene el autobús, mamá.

Miro hacia atrás, hacia James, que me observa con una sonrisa burlona. El viento le revuelve el pelo y su atractivo rostro queda bañado de luz cuando el sol sale de detrás de las nubes.

Me llevo a Henry de allí lo más rápido que puedo y nos quedamos al final de la cola mientras todos subimos al autobús. Henry y yo conseguimos entrar por los pelos y está abarrotado.

Cuando el autobús arranca, miro hacia las escaleras de nuestro edificio, donde James continúa de pie, observando cómo nos alejamos.

Solo puedo rezar para que nunca descubra lo que le ocurre a Henry, pero ahora mismo eso parece poco probable.

Cuando llego a la oficina, ya han pasado las nueve. Al verme llegar a mi mesa, Adelaide me dirige una mirada preocupada y se acerca para quedarse a mi lado mientras me quito el bolso.

—¿Va todo bien? Parece que has estado llorando —dice mientras levanto la vista hacia ella, sorprendida. Esperaba una diatriba por mi retraso, pero, en cambio, parece preocupada.

—Ah —digo en voz baja—. No, estoy bien.

—¿Estás segura?

Tengo el abrigo a medio quitar y el bolso me cuelga sin fuerza de los dedos. Estoy tan agotada que apenas puedo pensar con claridad, así que me encojo de hombros.

—Solo son asuntos familiares. Mi hijo está enfermo.

La mirada de Adelaide se dulcifica al instante. —Siento mucho oír eso, Lissa. ¿Necesitas tomarte unos días libres?

—¡No! —exclamo con desesperación—. No, necesito estar aquí. Necesito este trabajo.

—No me refería a... —Deja la frase sin terminar, junta los sobres que lleva en las manos y me da unas palmaditas suaves en el brazo—. Lo estás haciendo fenomenal. Espero que lo sepas. No hay mucha gente capaz de entenderlo todo tan rápido como tú.

—Gracias, Adelaide.

—¿Te importaría darle esto a Noah? Le he dicho al señor Heath que le llevaría el café.

Me entrega unos expedientes y los sobres y se marcha. Después de comprobarme el maquillaje y arreglarme la ropa, alisándome el pelo hacia atrás y esperando tener un aspecto medianamente presentable, entro en la sala de reuniones.

Noah está sentado a la mesa, con un bolígrafo entre los dedos y una mano hundida en el pelo, leyendo una pila de documentos. Tiene un subrayador en la boca y, cuando levanta la vista, me fijo en que sus ojos están inyectados en sangre.

—Hola —dice mientras se saca el subrayador de la boca y me sonríe—. Ah, gracias.

Le entrego los expedientes y echo un vistazo a la sala. Han cambiado de sitio muchas cajas y algunas de las que contenían documentos archivados han sido sustituidas por unos recipientes de plástico más resistentes que le dan a todo un aspecto más profesional.

—Gracias por tu ayuda —dice con calidez—. No habría podido hacer todo esto sin ti. Oliver ha mencionado que trabajas principalmente con Adelaide, así que no me dejan robarte para este caso. Me disgustó mucho enterarme.

Me río, agradecida por el elogio. —Bueno, al menos fui de ayuda mientras duró —digo—. ¿Esto es todo lo que va a llegar?

—Eso creo. Aunque puede que mañana lleguen algunas cajas más, pero me han dicho que solo serán unas veinte. —Hace una mueca tan exagerada que suelto una risita y niego con la cabeza.

—Aunque hay algo bueno en que trabajes con Adelaide —dice, desviando los ojos hacia la puerta que hay detrás de mí.

—¿El qué? —pregunto.

—Bueno, ahora no hay ningún conflicto de intereses. No es que antes hubiera uno muy grave.

—¿Conflicto de intereses?

—Por invitarte a tomar algo. He pensado que no perdía nada por intentarlo. Aparte de mi orgullo, claro.

Se me cierra la garganta cuando sus verdes y brillantes ojos, cargados de un entusiasmo excesivo, se encuentran con los míos.

Joder, ¿acaba de pedirme una cita?

Noah parece agradable, pero, con todo lo que está pasando, ¿de verdad quiero tener una cita con él?

Mi mente vuela hacia un lugar oscuro y en penumbra, hacia una voz profunda que me ordena hacer cuanto él quiera y hacia la embriagadora emoción de obedecer todos sus caprichos.

Entonces James cobra protagonismo en la imagen, con una mueca cruel y retorcida en el rostro mientras yo me encojo ante él.

¿Acaso no merezco ser feliz? ¿Que alguien cuide de mí de verdad?

—Claro —digo, aunque la palabra me resulta extraña en los labios—. Me encantaría.