15. Oliver
Oliver
Regreso a mi escritorio, divertido cuando Lissa cierra tras ella la puerta del cuarto de baño para asearse, como si no hubiera visto ya todo lo que tiene que ofrecer.
No es que la imagen de ella limpiándose mi semen del pecho vaya a escandalizarme.
Guardo unas cuantas camisas para cuando tengo que reunirme con algún cliente después del trabajo, así que me acerco al archivador que hay a un lado del despacho y saco una.
Estoy dejándola en la silla que hay frente a mi escritorio cuando llaman a la puerta con fuerza. Alzo la vista, sobresaltado, y miro hacia el cuarto de baño, preguntándome si Lissa lo habrá oído, mientras se me oprime el pecho.
—¿Heath? ¿Estás ahí?
—Joder —murmuro entre dientes.
Por favor, por favor, por favor, no salgas de mi cuarto de baño en ropa interior, Lissa.
Una punzada de ansiedad me recorre mientras me dirijo a la puerta, confiando en que el despacho no huela a sexo. Giro el pestillo tan despacio y en silencio como puedo.
Retrocedo, compruebo mi aspecto con toda la rapidez posible y después me coloco junto al escritorio, cojo una carta que hay sobre el escritorio y finjo leerla.
—¡Adelante! —grito, lo bastante alto con la esperanza de que Lissa me oiga.
El picaporte baja y Warren Sutcliffe entra. Lleva el pelo cobrizo engominado hacia atrás para ocultar la calva, y tiene la larga nariz torcida de un rojo intenso por culpa de la alergia. Sus ojos recorren el despacho con interés mientras cierra la puerta tras él.
¿Hay una acusación en su mirada o me estoy volviendo paranoico?
Me examina de arriba abajo de forma muy deliberada, y reprimo el impulso de comprobar si me he manchado los pantalones. Ya lo he hecho tres veces, pero aquí dentro está bastante oscuro.
Vuelvo a alzar la voz.
—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunto mientras tomo asiento y él se pasea tranquilamente por el despacho, mirando las estanterías.
El despacho de Warren está al otro extremo del pasillo y es el polo opuesto al mío.
A diferencia de la mayoría de los abogados que conozco, le gusta el minimalismo y prácticamente no tiene libros.
Su despacho parece el tipo de lugar en el que un asesino en serie se sentiría a gusto: paredes blancas e iluminación dura.
Odio la sensación que transmite y, siempre que puedo, busco cualquier excusa para no tener que ir a verlo.
—¿De verdad te has leído todos estos? —pregunta Warren, como si no estuviera mirando libros que todos leímos cuando éramos abogados principiantes.
—Sí —respondo con rigidez, consciente de que no debería seguirle el juego, pero quiero que salga de mi despacho cuanto antes—. Son obligatorios.
—Eres un poco estirado, ¿lo sabes? —dice, volviéndose hacia mí con una sonrisilla.
Alzo la vista hacia él.
—Sí, lo sé —respondo sin inflexión alguna, y él suelta una risita.
—Solo quería pasarme para ver cómo te va. Hace tiempo que no te veo. Por cierto, enhorabuena por el caso Reynolds. Sé que debe de darte muchos puntos en la carrera para llegar a socio de capital. Por lo visto, estamos muy igualados —dice, volviéndose hacia mí—. O eso me han dicho.
—¿Y quién te lo ha dicho? —pregunto, manteniendo la voz cuidadosamente neutra.
—Oh, mucha gente. Pero Burt y yo salimos el fin de semana pasado con la familia, así que prácticamente no habló de otra cosa. Te tiene en muy alta estima.
En todos los años que llevo en este bufete, nunca he oído a nadie llamar «Burt» a Thomas Burton.
Este tío es un gilipollas pretencioso.
—Bueno, me alegra oírlo —digo. Del cuarto de baño llega un leve tintineo y me pongo visiblemente tenso, pero Warren parece demasiado ensimismado para darse cuenta.
—Mira, no quiero que esto se convierta en una competencia directa —continúa—. Sé que soy prehistórico comparado contigo, pero estamos bastante igualados en cuanto a conocimientos y talento.
Ya te gustaría, capullo.
Inclino la cabeza, pues prefiero no hablar, con todo el cuerpo en tensión. Si Lissa sale ahora del cuarto de baño, voy a tener que dar muchas explicaciones, así que me inclino hacia delante para mantenerlo distraído todo el tiempo posible.
—¿Burton te ofreció el caso Reynolds? —pregunto, apretando los dedos en torno a la pluma que sostengo. Me la regaló mi madre; es una estilográfica magnífica para mi colección, y cruje bajo la presión de mi mano.
—No. Sabe que ahora mismo estoy a tope con el caso Harrington —responde Sutcliffe mientras coge uno de los adornos de bronce y lo examina.
Ha empezado a dolerme la cabeza y siento un martilleo en las sienes. Esto es favoritismo descarado en su máxima expresión, y hace que me hierva la sangre.
El de Harrington es un pozo sin fondo que lleva años coleando y, después de hablar con uno de los socios principales, descubrí que no le está quitando nada de tiempo porque Warren se lo ha delegado todo a su equipo de abogados júnior.
Dejo la pluma con cuidado a mi lado antes de partirla en dos.
—En fin, quería invitarte a comer la semana que viene —continúa Warren—.
No hay razón para que seamos enemigos, ¿verdad?
Los dos somos hombres hechos y derechos, aunque algunos peinemos más canas que otros —dice con una sonrisa—.
Por cierto, ¿cuándo vas a sentar la cabeza? ¿Estás saliendo con alguien especial?
No, pero a tres metros de ti hay alguien medio desnudo que acaba de hacerme la mejor mamada de mi vida.
—Ahora mismo, no.
—Qué pena —dice, dedicándome una sonrisa burlona—. Mi mujer tiene una amiga estupenda que está soltera, por si te interesa.
—Te agradezco el detalle, Warren. Me lo pensaré.
—Hazlo —dice, sin apartar los ojos de mi rostro mientras recuerdo los rumores de que, cuando era más joven, a Warren no le interesaban exclusivamente las mujeres—. Eres un tío guapo, Heath. Deberías sacarte más partido.
—Eh… ¿gracias? —respondo con un desprecio apenas disimulado.
Él suelta una carcajada alegre, me saluda con la mano y, tras darse la vuelta, vuelve a salir del despacho.
Exhalo despacio durante varios segundos, después me levanto, cierro la puerta y vuelvo a echar el pestillo. Me dirijo a la puerta oculta del cuarto de baño y llamo. Lissa abre con expresión aterrorizada y el sujetador completamente a la vista porque, gracias a mí, su camisa ya no tiene botones.
—Siento lo de antes. Warren Sutcliffe cree que las puertas cerradas no van con él.
—¿Me ha oído? Se me ha caído el anillo.
—No. No pasa nada. No presta atención a nadie salvo a sí mismo.
Tiene el pelo perfecto, igual que el maquillaje, y, de no ser por la camisa, nadie adivinaría lo que acaba de ocurrir.
—Toma —digo, entregándole mi camisa de repuesto—. Puedes ponértela para volver a casa.
Me mira con una sonrisilla en la cara y después se echa a reír. ¿Qué demonios? Es culpa mía que su camisa esté destrozada, pero al menos intento solucionar el problema.
—¿Qué? —pregunto con un deje de irritación en la voz. Entonces Lissa despliega la prenda y comprendo qué le hace tanta gracia. Contra su diminuto cuerpo, parece tan grande como una sábana.
—No estoy segura de que vaya a quedarme bien, señor Heath.
—Oliver —insisto, mirando el reloj—. Bueno, entre las cinco y las seis soy Oliver; el resto del tiempo, probablemente sea mejor que sigas llamándome señor Heath.
Ella asiente y sostiene la camisa frente a sí.
—Lo siento, puesta en ti parece más bien un vestido —murmuro, y ella se ríe aún más—. Deja que compruebe si tengo otra cosa.
—Eh…, ¿le importaría salir a coger mi bolsa de debajo del escritorio? Tengo una camiseta del gimnasio dentro; puedo ponerme esa.
—Por supuesto —respondo enseguida, sintiéndome como un idiota por haberle ofrecido la camisa.
Cuando vuelvo con su bolsa, la llevo al despacho, pero ella ni siquiera se molesta en entrar en el cuarto de baño: se quita delante de mí la camisa sin botones y se pone la nueva. Le queda como un guante, y me aclaro la garganta al ver las hermosas curvas que dibujan sus pechos bajo la tela.
—¿Estás bien? —pregunto cuando me devuelve la camisa.
—Sí, estoy bien. ¿Y usted?
Arqueo las cejas.
¿Cuánto tiempo hace que alguien que no sea mi madre me preguntó eso por última vez?
—Estoy bien —respondo—. Seguro que quieres volver a casa.
Ella asiente y mira su reloj mientras un atisbo de alarma aparece en su rostro.
—No me había dado cuenta de que era tan tarde. Nos vemos mañana.
Se marcha con ese sigilo tan propio de ella, y no se oye nada mientras recoge sus cosas y sale por la puerta.
Me apoyo en el escritorio y contemplo el espacio que acaba de ocupar, sin saber por qué hoy me siento tan descolocado. He disfrutado del sexo igual que ayer, pero Lissa tiene algo… más. Se entrega de una forma tan completa, como si se permitiera perder el control por primera vez.
Estoy arrepintiéndome de haber decidido limitar esto a una hora al final del día. Una mamada como esa sería una forma fantástica de empezar la mañana. A la hora de comer, podría hundir la cabeza entre sus piernas mientras ella agita esas preciosas pestañas al mirarme.
Joder, Oliver, contrólate.
Nos lo hemos pasado bien, resulta fácil estar con ella y está dispuesta a hacer lo que le digo. Y es jodidamente preciosa. Es todo cuanto podría pedir. No quiero dejarme llevar y, desde luego, tampoco quiero conocerla mejor. Eso solo complicaría las cosas.
Cojo la camisa, la doblo con cuidado y vuelvo a guardarla en el cajón.
Las cosas están justo como deben estar. Ordenadas y bajo control.