At His Beck & Call (Sterling House) 14. Lissa
31%

14. Lissa

Lissa

Adelaide y Noah acaban de marcharse por hoy y son casi las seis de la tarde. Sé que debería irme, pero, la verdad, no quiero hacerlo hasta estar segura de que Oliver no quiere que vaya a su despacho.

Desde que me lanzó esa mirada esta mañana, me cuesta concentrarme.

Estoy en mi mesa, guardando los documentos que no se incluyeron en las carpetas que enviamos esta tarde. Ha sido un día increíblemente ajetreado para todos, pero todo el mundo ha arrimado el hombro y hemos avanzado muchísimo.

Adelaide estaba más tranquila cuando ha vuelto de su reunión y me sonreía cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Está claro que empieza a cogerme cariño.

Noah ha pasado todo el día en la sala de conferencias y ha hecho un trabajo fantástico.

Las carpetas y cajas de archivo que parecían no seguir ningún orden tienen ahora su correspondiente etiqueta.

Están empaquetadas y apiladas en hileras uniformes y, aunque la sala de conferencias está a rebosar, la situación resulta manejable.

Estoy contemplando la pila más cercana a la puerta, maravillada por la pulcritud de la letra de Noah, cuando se enciende la lucecita del borde de mi mesa.

La oleada de calor que me recorre me deja sin aliento.

¿Qué me ha hecho este hombre?

Después de tantos años sin que nadie me tocara, supongo que no resulta del todo sorprendente que mi libido haya despertado y se haya puesto en alerta. Pero, aun así, ese latido de deseo constante y soterrado me desconcierta.

Son poco más de las seis cuando entro en su despacho.

Oliver está detrás de su mesa, sin chaqueta y con los antebrazos a la vista mientras sus dedos vuelan sobre las teclas.

Vuelvo a reparar en lo distinto que es de Noah.

Noah apenas ocupa la silla cuando se sienta; la presencia de Oliver parece llenar toda la habitación.

La camisa se le tensa sobre los músculos del pecho, y mis ojos se sienten atraídos por el triángulo de piel que deja a la vista el primer botón desabrochado. Parece agobiado e irritado y, aun así, mi cuerpo ya lo ansía.

Me humedezco los labios mientras me acerco a su mesa.

—¿Necesitaba algo? —pregunto cuando no levanta la vista hacia mí.

Sus dedos no se detienen sobre las teclas y él aprieta la mandíbula.

—Cierra la puerta con llave.

Sí, señor.

Esta vez no lo digo en voz alta.

Voy hasta la puerta, echo el pestillo sin hacer ruido y regreso hacia su mesa. Los nervios me atenazan el estómago mientras espero a que me diga qué quiere.

Veo la tensión alrededor de sus ojos y, por Adelaide, sé que lleva todo el día encadenando llamadas. Es evidente que este caso no es algo que haya solicitado; se lo han impuesto.

No me mira en absoluto, y me pregunto si debería sentarme y esperar a que esté preparado en vez de quedarme plantada delante de su mesa como una idiota.

Sus largos dedos recorren las teclas durante varios segundos, hasta que por fin pulsa la tecla Intro y se reclina en la silla.

Los ojos de Oliver se posan en mí, oscuros e inescrutables.

—Son más de las seis —dice de pronto, echando un vistazo al reloj.

Asiento.

—Sí, pero no me importa quedarme si necesita... —Mi seguridad se desvanece ante la intensidad de su mirada. Parece un resorte comprimido a punto de saltar.

Emite un sonido de exasperación, se levanta y rodea la mesa para fulminarme con la mirada.

—¿Por qué no te has ido a casa?

—¿Quiere que me vaya a casa? —susurro, sin saber si lo he cabreado. Está tan inmóvil y callado...

—Quiero follarte la boca —dice con frialdad, agarrándome la barbilla entre el pulgar y el índice mientras yo intento controlar la respiración—. Pero he tenido un día de puta mierda y no quiero hacerte daño.

Guardo silencio, sin saber qué quiere oír. A estas alturas, haré cualquier cosa que me ordene. La necesidad de complacerlo, de hacer que se disipe la rabia de sus ojos, ejerce sobre mí una atracción embriagadora.

Oliver me observa con una mueca en los labios, como si intentara decidir qué quiere hacer. No me suelta la barbilla, y esos ojos negros y coléricos no se apartan ni un instante de mi rostro. Resulta alarmantemente excitante.

—Ponte de rodillas.

Me arrodillo y, al hacerlo, un pequeño sonido involuntario escapa de mi garganta. Alzo la vista hacia él y, cuando nuestras miradas se encuentran, gruñe.

—Pon las manos detrás de mis muslos.

Obedezco mientras él separa más los pies. Entonces me pasa los dedos por el pelo y tira de él con tanta fuerza que gimo.

—Voy a meterte la polla en la boca y a follarte la garganta. Si quieres que pare, aparta las manos de mis piernas. Si quieres que vaya más despacio, aparta una. ¿Ha quedado claro?

Hoy no hay ternura; eso es lo que ha cambiado. Las otras veces que hemos estado juntos, era como si se contuviera, como si me tratara con más delicadeza de la que realmente deseaba. Esta versión de él parece más real, más auténtica, y no sé cuál de las dos prefiero.

—Sí, ha quedado claro —murmuro.

Sus dedos se cierran con más fuerza en mi pelo mientras con la otra mano se desabrocha los pantalones y se saca la polla. De cerca parece más grande, intimidantemente grande, y una punzada de miedo me atraviesa ante la posibilidad de no ser capaz de hacer lo que quiere.

—Mírame, Lissa —dice.

Alzo los ojos hacia él.

—Nada de esto debería dolerte. No debería asustarte ni hacer que te entre el pánico. Si necesitas que pare, pararé sin hacer preguntas.

—De acuerdo.

—Pero... —dice, apartando la mirada y dejando escapar un largo suspiro—. Hoy estoy muy alterado. No voy a ser delicado.

No digo nada porque no sé cómo quiere que responda. Entonces esos ojos oscuros bajan hacia mí como si yo le perteneciera, y me echa la cabeza hacia atrás con brusquedad.

—Abre la boca.

Mis labios se separan al instante y, un segundo después, tengo su polla en el fondo de la garganta. La ha empujado hasta el fondo y me dan arcadas cuando retrocede.

—Joder.

Vuelve a hacerlo y me cuesta soportarlo, pero la forma posesiva en que me sujeta la cabeza hace que una sensación extraña se extienda por todo mi cuerpo. Es como si ya no tuviera control alguno sobre mí misma; ahora él tiene todo el control.

Continúa poco a poco, penetrándome hasta el fondo y retirándose, como si quisiera acostumbrarme. Mantengo las manos firmemente apoyadas detrás de sus muslos, evaluando cómo me siento, si quiero que esto termine. Pero no quiero. Es nuevo, un poco inquietante, pero no doloroso.

Su polla es gruesa y me separa mucho los labios al introducirla. Después de la cuarta embestida, la mantiene ahí, justo en el fondo de mi garganta, mientras yo me esfuerzo por respirar.

Cuando retrocede, vuelve a soltar una maldición mientras yo dejo escapar una bocanada de aire, sobresaltada.

—No puedo contenerme. Voy a follarte ya. Si sueltas mis piernas, pararé, te lo juro.

Entonces me hunde la polla hasta el fondo, justo en la garganta, y empieza a embestir de verdad.

Mis dedos se crispan y me aferro a él con todas mis fuerzas mientras me mantiene la cabeza inmóvil y su cuerpo golpea contra mi boca. Cierro los ojos y escucho sus gruñidos sobre mí.

Durante los primeros segundos no sé qué siento, como si todo pensamiento hubiera sido aniquilado en mi mente.

Pero entonces el placer empieza a retumbar en mi cuerpo al oírlo gemir sobre mí.

Me rodea la cabeza con ambas manos mientras impulsa las caderas hacia delante, cada embestida golpeándome el fondo de la garganta con fuerza suficiente para dejar moratones.

No suelto sus piernas. Ahora ni siquiera se me ocurre hacerlo. Hay algo extraño en que me utilice así, como un agujero para su polla, y en saber al mismo tiempo que, si yo quisiera que parase, lo haría.

Al final jadea y mi cuerpo palpita de placer mientras me agarra del pelo y me mantiene la cabeza inmóvil para hundirme la polla en la boca.

Resulta perturbador cuánto disfruto con esto, con su frialdad. Nunca me había sentido así durante el sexo y no sé si es algo bueno o malo.

Con un gemido entrecortado, se queda inmóvil, pero en el último segundo se retira, se agarra la polla mientras me abre la camisa de un tirón y se corre sobre mis pechos.

Los botones salen disparados por todas partes, pero respiro tan deprisa, jadeando para recuperar el aire que me ha negado, que apenas soy consciente de lo que ocurre.

—Jodeeeer.

Es más un gemido que una palabra. Entonces Oliver se arrodilla frente a mí, me tumba con suavidad en el suelo y agarra el bajo de mi falda. Se detiene y alza la mirada hacia mí.

—Me gustaría devolverte el favor.

—¡Sí!

Es la única palabra que consigo pronunciar mientras me aparta la falda, me baja las bragas por las piernas y empieza a lamerme el clítoris con tanta fuerza que mi cuerpo se arquea, despegándose del suelo, mientras me muerdo el dorso de la mano para no gritar.

Tardo diez segundos en correrme, si acaso, con la garganta ronca y dolorida después de la mamada. Llego al orgasmo con su lengua entre mis piernas, lamiendo mi humedad mientras deja escapar un gemido de placer que resonará eternamente en mi cabeza.

Nunca me había corrido con tanta intensidad. Cada orgasmo con Oliver Heath parece mejor que el anterior.

Estoy tendida en el suelo, jadeando, con su semen cubriéndome la piel y su lengua penetrando mi cuerpo mientras me estremezco sin control.

Entonces, sin decir palabra, me incorpora hasta dejarme sentada, se echa hacia atrás contra la mesa y me sienta en su regazo.

Ninguno de los dos habla mientras me acuna entre sus brazos; la intimidad del gesto contrasta de forma impactante con todo lo que acaba de suceder. Me acaricia el pelo y deposita un beso suave en mi coronilla mientras yo me abandono contra él.

—¿Estás bien? —pregunta al cabo de un rato, cuando nuestras respiraciones empiezan a recobrar un ritmo normal.

—Mmm —respondo asintiendo—. Sí.

—¿Te he hecho daño?

—No —digo, sin estar del todo segura de que sea cierto. La garganta me mata, pero no me importa. He tenido más orgasmos en tres días que en los últimos dos años y me siento completamente extasiada.

—He sido más brusco de lo que pretendía —dice.

Me aparto para mirarlo a los ojos mientras él me examina, recorriéndome el rostro con la mirada.

—No me ha importado.

Entonces una sonrisa lenta se extiende por su rostro mientras vuelve a deslizar la mano entre mis piernas, y yo inspiro de golpe.

—Ya me he dado cuenta.

Sus dedos juguetean con mi clítoris mientras me estremezco entre sus brazos, y sus ojos recorren las huellas de su orgasmo sobre mi cuerpo.

—Siento lo de tu camisa. Te compraré otra —dice—. Tengo algo que puedes ponerte para volver a casa.

Me río y bajo la vista hacia mi cuerpo.

—Esta vez debería usar su cuarto de baño, sin duda.

Una sonrisa tenue asoma a sus labios y me besa con suavidad en la sien. El corazón se me encoge, muy poco oportunamente, mientras intento ignorar la burbuja de pura alegría que siento al estar entre sus brazos, pegada a su enorme cuerpo.

—Adelante. Tómate todo el tiempo que necesites.