At His Beck & Call (Sterling House) 13. Lissa
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13. Lissa

Lissa

Ala mañana siguiente llego a la oficina y me encuentro con un caos absoluto.

Cuando se abren las puertas del ascensor, el pasillo, normalmente tranquilo, bulle de actividad y ruido.

Renee y Paul pasan junto a mí cargados con pilas de cajas de archivo, seguidos por varios hombres que llevan aún más. Se dirigen hacia el despacho de Oliver, y de pronto me alegro de haber venido temprano.

Me acerco a Adelaide, a quien veo dando instrucciones a todo el mundo con expresión tensa.

Hoy lleva una rebeca y una camisa de color morado oscuro con pantalones morados, e incluso se ha puesto unos pendientes morados. No puedo evitar sonreír mientras me pregunto si alguna vez se viste de otro color. Aunque, con mi traje de mierda, sigue pareciendo mucho más elegante que yo.

Cuando me ve, percibo el alivio en sus ojos, y eso me hace muy feliz.

—Gracias a Dios —dice mientras sortea una caja y viene a recibirme—. ¡Has llegado muy temprano!

—Quería terminar las últimas carpetas —digo—. Como mencionaste que había que enviarlas hoy, no estaba segura de a qué hora.

Enarca una ceja y después asiente.

—Bueno, es verdad, pero ya llevas eso adelantado. No tenemos que enviarlas hasta el final del día, y en cambio me vendría bien tu ayuda con todo esto.

—Por supuesto. ¿Qué está pasando? —pregunto.

—Carmen Reynolds. Una clienta nueva —dice Adelaide, con un tono claramente irritado—.

No puedo creer que hayan enviado todo esto tan pronto.

Lo normal sería que el señor Heath dispusiera de cierto margen antes de reunirse con ella, pero, en vez de eso, se han limitado a trasladarlo todo a esta planta.

—Pero ¿qué es todo esto? —pregunto mientras observo a un hombre enorme pasar cargando con tres cajas de archivo a la vez.

—Es la documentación de los Reynolds. Ella tiene más de setenta años y parece que todo son copias en papel.

Esto es toda su información fiscal —dice, señalando unos archivos apilados hasta más de un metro de altura—.

Luego están las escrituras de propiedad, los informes de tasación, las inversiones y las cuentas en el extranjero. Tienen de todo.

—Guau, esto es una locura. Creo que, si tuviera que enumerar todos mis bienes, no llenaría ni una sola página, y mucho menos cincuenta cajas.

Adelaide suelta una carcajada.

—Yo tampoco. Bueno, será mejor que nos pongamos manos a la obra.

Por cierto, el hombre que está ahí dentro es Noah Finnigan.

Es uno de los abogados júnior que han asignado al caso.

Si no sabes dónde encontrar algo, pregúntale.

Él te dirá qué tiene prioridad, y yo voy a organizar las entregas para que no acabe todo en el pasillo.

—¿Quieres que te traiga un café antes de empezar? —pregunto mientras me quito el abrigo y cuelgo el bolso en el perchero.

Adelaide me dedica una leve sonrisa.

—Ah. Bueno, si vas a la cocina, me encantaría un té verde.

—Marchando —digo.

Después me acerco a la puerta y llamo. Noah levanta la vista hacia mí. Tiene una espesa mata de pelo castaño que le cae sobre los ojos de forma encantadora, grandes ojos verdes y los labios curvados en una sonrisa perpetua.

—¿Quieres un café? —pregunto.

—Dios mío, sí. Sería genial —dice mientras se coloca un bolígrafo detrás de la oreja—. ¿Eres Melissa?

—Lissa. Sí. Volveré para ayudarte dentro de cinco minutos.

—Gracias.

Me dedica una sonrisa y sus ojos recorren fugazmente mi cuerpo antes de volver a lo que estaba haciendo. No puedo evitar reparar en que es lo opuesto a Oliver: menudo, ágil y alegre. Solo he visto sonreír de verdad a Oliver una vez, y fue justo después de correrse por todo mi cuerpo.

Me aclaro la garganta, me vuelvo hacia Adelaide y me dirijo a la cocina.

Cuando regreso y le entrego el té, Adelaide parece algo menos serena. Las cajas se acumulan y empieza a resultar obvio que no tendremos espacio suficiente para todas.

—Al señor Heath no le va a gustar nada esto —dice Adelaide, retorciéndose las manos mientras contempla el desastre que han dejado los repartidores—. Probablemente no esperaba que todo esto llegara tan pronto.

—Déjame ir a ayudar a Noah a ver si podemos organizar parte de todo esto —digo—. La mesa de reuniones todavía no está llena. Siempre podemos poner las cajas de aquí al fondo y también sobre algunas sillas. Me aseguraré de que la sala esté disponible toda la semana.

Adelaide resopla, irritada, pero al menos deja de retorcerse los dedos delante del pecho presa del pánico.

—Guau —digo al entrar y entregarle el café a Noah.

Apenas queda espacio para llegar hasta el otro extremo de la sala. Y no solo hay cajas de archivo, sino también antiguas carpetas de fuelle como las que no veía desde la universidad, con miles de notas manuscritas y pósits asomando por todas partes.

Noah da un paso atrás, bebe un sorbo de café y gime ruidosamente, pero, a diferencia de Adelaide, no parece presa del pánico; los ojos le brillan de entusiasmo.

—Siempre he querido llevar un divorcio así.

No puedo evitar reírme al oír lo emocionado que está.

—Menos mal que los matrimonios se van a pique, ¿verdad? —bromeo.

—Totalmente. Por cierto, gracias por el café. ¿Eres nueva? Llevo unos meses trabajando aquí y no recuerdo haberte visto antes.

—Empecé hace solo un par de días. Lissa Davenport.

—Noah Finnigan. Encantado de conocerte. ¿Por dónde te gustaría empezar? —dice.

Me dedica una amplia sonrisa. Hay algo en él que me ayuda a relajarme, como si lo tuviera todo bajo control a pesar del caos.

—¿Qué quieres que haga?

Sus mejillas se tiñen ligeramente de rosa mientras deja el café sobre la mesa.

—Bueno, sería estupendo que clasificaras las escrituras de propiedad. Creo que podemos redistribuir algunas en menos cajas y apilarlas en la esquina. Yo voy a empezar con la documentación fiscal porque tendremos que resumirla y es bastante complicado ordenarla correctamente.

—Me parece bien.

—¿Has hecho este tipo de trabajo antes? —pregunta de repente, frunciendo el ceño.

—Bueno, he trabajado como asistente personal, así que sé cómo archivar todo de manera lógica, si te refieres a eso.

—Joder, menos mal —dice con vehemencia—. Me alegro muchísimo de que estés aquí.

Se ha desabrochado el botón superior de la camisa, lleva la corbata floja, se ha quitado la chaqueta y tiene las mangas remangadas. La verdad es que es muy atractivo, y desde luego no me molesta tener algo agradable que mirar mientras trabajo.

Miro hacia el despacho de Oliver y me pregunto qué pensará cuando llegue.

Cuando Oliver llega, todos contenemos la respiración a la espera de que estalle. Incluso Adelaide, que lo conoce mucho mejor que yo, parece nerviosa.

Pero, en lugar de eso, Oliver se limita a quedarse de pie en la puerta de la sala de reuniones, contemplándolo todo mientras aprieta y relaja la mandíbula y el pecho se le eleva y desciende con cada pesada respiración.

Saca el teléfono y se dirige a grandes zancadas a su despacho sin decir palabra. No vuelve a salir durante las dos horas siguientes.

Adelaide merodea por delante de la puerta, visiblemente inquieta, pero no llama, y yo mantengo la cabeza gacha, sin querer empeorar las cosas.

Noah trabaja como un poseso y apenas se ha tomado un descanso desde que empezó. Hemos hablado un poco, pero le interesan sobre todo los entresijos legales del caso, y yo no entiendo gran parte de lo que dice.

Una pequeña parte de mí se pregunta si emplea jerga jurídica a propósito para confundirme. Es abogado, claro, y debe de estar acostumbrado a hablar con otros abogados, pero a veces parece deliberado, como si intentara impresionarme.

Para cuando termino de revisar cientos de documentos y correos electrónicos relacionados con escrituras de propiedad, hemos conseguido llevar muchas cajas a la sala de reuniones y solo quedan cinco detrás de la silla de Adelaide.

Noah lleva todo el rato hablando sin parar sobre una cuenta que los Reynolds tienen en las Islas Caimán y revisando hojas de papel a una velocidad de vértigo. No entiendo cómo puede siquiera asimilar tan deprisa lo que está viendo, pero, de algún modo, lo consigue.

—¿Lissa?

Levanto la vista.

—El señor Heath ha preguntado por ti.

El corazón se me acelera y el estómago me da un vuelco mientras dejo el expediente que estaba revisando y salgo de la sala.

—¿Va todo bien? —le pregunto a Adelaide—. Pareces preocupada.

—No sé por qué ha pedido verte —dice, tirándose del cuello de la camisa—. Parece enfadado por todo esto. Pero no sé cómo podría haber gestionado mejor la situación.

Tiene la frente fruncida, con una profunda arruga grabada en la piel por años repitiendo esa misma expresión.

—Has hecho un trabajo estupendo ocupándote de todo —digo con sinceridad—. No te preocupes. Puede que necesite que haga alguna tarea rutinaria con la que no quiera molestarte. O que se la chupe. Voy a ver qué quiere, ¿vale?

—Mmm.

Aprieta los labios mientras asiente y vuelve a sentarse frente a su escritorio, contemplando las cajas como si pudieran empezar a multiplicarse ante sus ojos.

Me acerco a la puerta del despacho de Oliver y llamo. Desde dentro oigo un fuerte:

—Adelante.

Entro y cierro la puerta tras de mí. Oliver está sentado frente al ordenador, con unas gafas apoyadas sobre la nariz. Son de montura gruesa y negra, y provocan en mí una pequeña descarga de deseo.

Joder, qué sexy está este hombre con gafas.

—¿A qué viene todo ese ruido de ahí fuera? —gruñe.

Titubeo y me planto delante de su escritorio.

—¿Ruido? —pregunto.

—Alguien lleva veinte minutos hablando sin parar.

Enarco las cejas y miro por encima del hombro hacia la puerta.

—Ah, creo que es el abogado júnior que han enviado para el caso Reynolds.

Oliver gruñe con fuerza.

—Necesito que te ocupes de algunas cosas esta mañana —masculla mientras empieza a teclear a una velocidad de vértigo—. Adelaide está estresada y no me gusta verla así. Burton me ha metido de cabeza en un pozo de mierda con este caso, y lo sabe.

Parpadea y sus dedos se detienen sobre las teclas mientras me mira.

—No repitas eso.

—No lo haré. Aunque, sinceramente, sí parece un pozo de mierda.

Los labios de Oliver se estremecen mientras reanuda el tecleo.

—En fin, normalmente le pediría a ella que fuera a buscarme la comida, pero sé que esta tarde tiene una reunión para la que ha estado preparándose y todo este asunto de los Reynolds la ha descolocado. Quería pedirte que fueras tú a buscarme la comida.

Casi parece avergonzado de tener que pedírmelo.

—Por supuesto.

—Toma.

Me entrega un pósit.

—No dejes que le echen aliño. La bañan entera en esa cosa de yogur y no soporto el sabor.

Cojo el pósit, divertida al ver una petición increíblemente detallada de una ensalada garabateada en él. Hay un restaurante griego a la vuelta de la esquina en el que ya he estado, y es uno de los platos de su carta. Alzo la vista y descubro a Oliver observándome.

—¿Te hace gracia algo?

—¡No! —respondo rápidamente mientras doblo la nota—. Es solo que es muy... detallada.

Él resopla.

—A estas alturas ya deberían saber qué quiero, pero a veces todavía consiguen fastidiarlo. Pide algo para ti y pregunta también a Adelaide y al bocazas qué quieren.

—¿Noah? —aclaro.

—¿Es él quien no se calla?

—Supongo que sí —murmuro.

Oliver vuelve a mirarme y entrecierra los ojos.

—¿Necesitas algo más?

—Mantenlo alejado de mí. Sabe lo que se hace, y por eso lo han enviado aquí, pero no necesito que me dé la tabarra todo el día.

—Sí, señor —digo de forma automática, con el tono dramático que empleo con Henry cuando se pone petulante.

Es una pequeña tontería que hacemos y siempre disipa cualquier tensión entre nosotros, pero, en cuanto las palabras salen de mi boca, sé que he cometido un error.

Los dedos de Oliver se quedan inmóviles y, durante un instante, creo que va a estallar.

Entonces me mira a los ojos y hay tanto fuego en ellos que se me corta la respiración.

Me observa fijamente, con esos ojos increíblemente oscuros clavados en mí con tanta intensidad que siento una pulsación de calor entre las piernas.

Solo con una mirada.

—Eso es todo, Lissa —dice con la voz una octava más grave.

Salgo disparada del despacho tan deprisa como puedo.

Jesús. ¿Qué demonios ha sido eso? ¿Se ha molestado o se ha puesto cachondo? Ni siquiera soy capaz de distinguirlo.

Adelaide levanta la vista cuando salgo, traga saliva y mira nerviosa a mi espalda.

—Solo me ha preguntado si podía ir a buscarle la comida porque tú tienes una reunión esta tarde —digo.

Los hombros de Adelaide se relajan.

—Ah. Sí, tiene sentido —dice, aliviada.

—¿Qué quieres de Nikos? Voy a pedir algo para todos.

Me suelta de carrerilla su pedido de brocheta de pollo con falafel, y Noah pide un kebab de cordero con una voz que, ahora me doy cuenta, es demasiado alta para el tamaño de la sala en la que está.

Bajo a la planta inferior y siento una punzada extraña al entrar en el ascensor. Se parece un poco a la decepción, lo cual no tiene ningún sentido.

¿Acaso esperaba que Oliver hiciera algo en mitad de la jornada, con Adelaide y Noah justo al otro lado de la puerta?

Había dejado muy claro que solo estaríamos juntos entre las cinco y las seis de la tarde. No sé qué me pasa, pero me habría arrodillado si me lo hubiera pedido.