12. Oliver
Oliver
Miro a Lissa, tumbada en la chaise longue, con los labios rosados y carnosos mientras recupera el aliento. Deseaba sentir su boca alrededor de mi polla más que nada en el mundo, pero prefiero tomarme mi tiempo con alguien nuevo.
Hasta ahora, ha superado mis expectativas. Si soy sincero conmigo mismo, ayer no tenía demasiadas esperanzas. Pensaba que era demasiado tímida y que mis preferencias la asustarían.
Pero es exquisita.
Sterling House por fin me ha dado lo que quería. El subidón del sexo aún me recorre el cuerpo mientras me arreglo la ropa para asegurarme de estar presentable. Esta noche todavía voy a quedarme aquí un buen rato y no puedo permitirme parecer desaliñado delante de mi equipo.
Paso una pierna con cuidado por encima de la chaise longue y le tiendo la mano para ayudarla a incorporarse.
—Hay un baño ahí detrás —digo, señalando con la cabeza la librería del rincón, que también hace las veces de puerta de mi baño privado.
Lissa enarca las cejas.
—¿Dónde?
Esbozo una sonrisa. Me encanta enseñar mis juguetes.
Camino hasta el fondo del despacho y presiono el borde de la estantería donde se encuentra el mecanismo. La puerta emite un leve siseo y, a continuación, toda la librería se abre hacia fuera. Lissa abre los ojos de par en par antes de soltar una risita encantada.
No puedo evitar mirarla fijamente. Tiene un rostro precioso, pero cuando se ríe se transforma por completo. De pronto me doy cuenta de lo triste que parecía antes.
—¡Qué pasada! —exclama mientras se pone en pie, pero entonces su sonrisa desaparece y se lleva compulsivamente los brazos al cuerpo para cubrirse.
Sin decir una palabra, se apresura hacia su ropa y empieza a ponérsela con movimientos bruscos y entrecortados. No digo nada y reprimo el impulso de pedirle que se asee primero. Sabe lo que quiere; es una mujer adulta, pero no me gusta la expresión de vergüenza que ha cruzado su rostro.
¿Cómo es posible que no se dé cuenta de lo perfecta que es?
En cuanto se pone el sujetador y la falda, los hombros le bajan varios centímetros mientras se enfunda la camisa, aunque la deja desabrochada porque aún tiene el pecho manchado. Alza la vista hacia mí y sus ojos se desvían fugazmente hacia la puerta de mi despacho.
—No pasa nada, no quiero ensuciarle el baño —dice, negando con la cabeza—. Puedo...
—Lissa.
Ella levanta la mirada.
—Me gustaría que lo usaras. No te lo ofrecería si no fuera así.
Aparta las manos de los botones que estaba abrochándose a toda prisa y los labios le tiemblan.
—Eh...
—No tienes por qué hacerlo, pero está ahí si lo necesitas.
Voy a sentarme a mi escritorio y evito mirarla deliberadamente para que no se sienta presionada. Es un completo enigma para mí. No se parece en nada a las escorts con las que he estado antes y no consigo descifrarla.
Se mueve con tanto sigilo que me sorprende cada vez. Incluso con zapatos de tacón, flota por el despacho como si fuera una sombra.
Una sonrisa de satisfacción curva mis labios cuando la veo entrar en el baño por el rabillo del ojo.
No permanece dentro más de cinco minutos, pero oigo correr el agua y, cuando me inclino para ver qué está haciendo, descubro que vuelve a recogerse el pelo en una coleta.
Es de un castaño intenso y oscuro, y reluce bajo las luces como satén negro.
Unos segundos después sale y, de no haber sabido que acaba de correrse para mí, no habría podido adivinarlo.
Se queda allí parada, aparentemente indecisa, y consulto la hora.
Solo han pasado unos treinta minutos desde que ha entrado.
Quizá debería haberme tomado mi tiempo con ella y haber prolongado las cosas.
Pero no puedo permitirme invertir demasiado tiempo en ella.
Todavía no sé si esto va a funcionar a largo plazo y prefiero que nuestros encuentros sean breves y placenteros.
En cualquier caso, le estoy pagando generosamente. Eso ha sido lo más excitante que he hecho en muchísimo tiempo.
—Gracias, Lissa. Puedes irte a casa cuando estés lista.
Asiente ligeramente, cruza la estancia sin hacer ruido, recoge su chaqueta y se marcha.
Cuando se cierra la puerta, me levanto y me acerco a la chaise longue.
La fabrica una empresa especializada en mobiliario sexual, pero nunca la había utilizado.
Las correas hacen que la polla me dé un respingo mientras imagino a Lissa atada y mi polla embistiendo dentro de ese coño prieto y perfecto.
¿De verdad estoy planteándome follármela tan pronto?
Por lo visto, sí. El sexo con penetración no es algo que suela permitirme, pero con Lissa haría una excepción sin dudarlo.
Una descarga de ansiedad me recorre el cuerpo al pensar en lo que sucedió la última vez que intenté llegar hasta el final con una mujer.
Ella estaba dispuesta y se había mostrado muy complaciente, pero, cuando le dije que no me quitaría la camisa, me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza. Su desconcierto y su evidente desdén acabaron de inmediato con mi excitación, y la mandé a casa.
La idea de desnudarme delante de una mujer y las preguntas inevitables sobre las cicatrices que me cubren toda la espalda me revuelve el estómago.
Sacudiéndome esa sensación, me agacho, recojo el juguete usado y lo llevo al baño. Lo limpio a fondo y vuelvo a colocarlo en la estantería.
Ordeno el resto del despacho, desplazo una silla unos centímetros hacia atrás hasta dejarla en su posición correcta y cubro la chaise longue erótica con una funda fina. Puede parecer inocente, pero no quiero que mi jefe vea las correas y empiece a hacer preguntas.
Regreso a mi escritorio, me siento, abro la aplicación del banco y transfiero diez mil a la cuenta de Lissa. Es más del doble de la tarifa habitual, pero me importa una mierda. Tengo más dinero del que sé en qué gastar y sospecho que para ella significará mucho más que para mí.
Después de cerrar la aplicación, busco entre mis contactos y llamo a Pippa Grooman para confirmarle que contrataré a Lissa durante al menos otras dos semanas. Para entonces debería tener una idea bastante clara de si esto va a funcionar.
En cuanto cuelgo el teléfono, la puerta de mi despacho se abre y la emoción vibra en mi interior ante la posibilidad de que Lissa haya vuelto. Sin embargo, aprieto la mandíbula cuando quien entra con paso despreocupado es Thomas Burton, el socio director.
Me hago una nota mental de comprobar tres veces que la puerta esté cerrada con llave cuando esté con Lissa mañana.
Por lo visto, cuando eres socio director puedes entrar sin llamar en el despacho de cualquiera.
—Hola, Tom —digo con tono neutro mientras lo observo entrar con su arrogancia habitual.
A mis treinta y ocho años, soy uno de los socios más jóvenes del bufete, y él me trata como tal.
Todos lo hacen. Como si fuera un novato que no sabe lo que se trae entre manos, a pesar de que he conseguido dos de los clientes más importantes de la cartera de este bufete.
—Oliver —dice mientras pasea la mirada por toda la estancia y la detiene en la escultura con un leve ceño fruncido. No me preocupa. No la mira porque crea que es un juguete sexual; la examina para averiguar si tiene algún valor.
Thomas Burton tiene detrás de su escritorio un cuadro valorado en dos millones de dólares y es uno de los mayores esnobs del arte que he conocido.
Pensar en todos los consoladores que se esconden a plena vista en las estanterías del despacho me provoca una pequeña descarga de emoción.
Probablemente sea tan estúpido como para pensar que valen algo.
—¿Trabajando hasta tarde? —pregunta.
—Sí. ¿Qué puedo hacer por ti?
No me levanto mientras él se balancea sobre las puntas de los pies y se mete las manos en los bolsillos.
—Esta mañana me ha llamado Carmen Reynolds —dice con un tono que conozco bien. Se avecina más trabajo para mí, como si no tuviera ya suficiente.
—¿La mujer de Richard Reynolds?
—La misma. Solo que ya no es su mujer. Él ha encontrado una modelo más joven y ella ha solicitado el divorcio.
—Vale.
No añado nada más. Sus ojos destellan al mirarme.
—Me ha pedido el mejor abogado de divorcios que tengo, Oliver. Y te he recomendado a ti para el caso.
Aprieto los puños bajo el escritorio. Esto es jodidamente típico. Warren Sutcliffe, el otro socio de mi equipo, está mucho menos ocupado que yo y tendría capacidad para asumir un caso de esta envergadura.
Pero Warren tiene mujer e hijos esperándolo en casa, a diferencia de mí, y cada vez es más habitual que estos proyectos enormes acaben sobre mi escritorio en vez de sobre el suyo.
El equipo directivo se comporta como si me estuviera haciendo un gran favor, como si estuviera impulsando mi carrera, pero sé que se debe a que Warren juega al golf con Tom todos los sábados y son amigotes.
—Entiendo. Ahora mismo estoy inmerso en el acuerdo de Clarendon —intento argumentar—. Me está ocupando muchísimo tiempo.
—Lo comprendo —responde con suavidad—. Pero prácticamente está cerrado ya, ¿no?
Pasa las negociaciones finales a Lewis y haré que te envíen los expedientes de Carmen.
Es una clienta lucrativa y esto impresionará a los demás socios capitalistas.
Podría ayudarte a consolidar tu posición en el futuro, sobre todo si consigues impresionarla.
Joder, Tom me conoce demasiado bien.
Quiero convertirme en socio capitalista desde que entré en el bufete.
Es parte del motivo por el que ascendí tan deprisa, trabajando todas las horas posibles para relacionarme con las personas adecuadas.
Si consigo sacar esto adelante y me nombran socio capitalista, seré uno de los más jóvenes de la ciudad.
La mayoría no da ese paso hasta pasados los cincuenta.
¿Será el caso Reynolds el empujón definitivo?
Nunca he sido el favorito de Tom y no parece que le caiga demasiado bien a la mayoría de la junta, pero cada año genero millones para el bufete.
Tom cambia el peso de un pie al otro cuando permanezco en silencio un poco más de la cuenta. Necesita que acepte y disfruto haciéndolo sudar un rato.
—De acuerdo —digo al fin—. Pero Lewis tendrá mucho trabajo pendiente que rematar. ¿Tiene él capacidad?
—Ya encontrará tiempo —responde Tom, despreocupado, y me muerdo la comisura de la boca para ocultar mi irritación. Tom no tiene ni idea de en qué está trabajando Lewis ni le importa.
—Envíame todo lo que nos haya mandado Reynolds y mañana hablaré con ella —digo.
—Gracias, Oliver —dice Tom, dando ya el asunto por zanjado.
No volveré a verlo hasta que el dinero de Carmen Reynolds esté bien metido en su bolsillo.
—¿Cómo está tu madre? —pregunta cuando levanto la vista. Sabe que estoy soltero y, aunque pregunta por mi madre cada vez que me ve, siempre parece hacerlo por puro trámite.
¿Cómo está la única familia que tienes? ¿Sigue viva?
—Está bien. ¿Cómo están Megan y los niños?
—Ah, los renacuajos están bien. Julia acaba de cumplir diez años.
—El tiempo vuela.
—Y que lo digas. No te quedes hasta demasiado tarde —dice con una sonrisita mientras se da la vuelta, sale a paso rápido y consigue dar un portazo al marcharse.
Me quedo mirando el techo mientras pienso en lo que acabo de aceptar.
Carmen Reynolds posee la mitad de una gran empresa de artículos de lujo.
Su marido, Richard, es multimillonario: su modelo de negocio ha dado lugar a cientos de franquicias y ambos han compartido los beneficios.
Siempre había creído que su matrimonio era bastante sólido, pero todos los matrimonios parecen sólidos en los medios de comunicación. Hasta que dejan de serlo...
Tengo el inquietante presentimiento de que esto va a ser una pesadilla.
Me inclino hacia delante y abro un correo dirigido a Lewis, el pobre pringado que va a tener que rematar el caso Clarendon. Le envío tantos detalles como puedo antes de cerrar sesión por esta noche.
Mientras apago las luces y el ordenador, mi mirada se detiene en la chaise longue situada al otro extremo de la estancia. Fantaseo con desnudar a Lissa y tenerla allí tumbada todo el día, tocándose, dejándome follarla, atándola y haciendo que suplique por mi polla.
Suelto el aire lentamente, me acomodo la erección, apago las luces y me voy a casa.