At His Beck & Call (Sterling House) 11. Lissa #2
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11. Lissa #2

Exhalo aliviada y todo el cuerpo de Oliver se tensa. Sus labios se curvan en el amago de sonrisa que ya vi antes.

—Hay varios objetos repartidos por la habitación con los que podemos jugar. Me gustaría que escogieras uno para que te lo introduzca.

Las mejillas vuelven a encendérseme y él se aparta del escritorio.

—Echa un vistazo.

Me vuelvo, incómoda más allá de lo imaginable por tener que caminar desnuda por la habitación mientras él me observa, aunque también me excita de una forma extraña.

Me acerco a las estanterías y recorro los estantes con la mirada. Veo varios objetos parecidos al que utilizó ayer. Todos están apoyados sobre un extremo y podrían confundirse con adornos minimalistas. Pero yo sé lo que son.

Los examino, calculando su anchura y longitud, de pronto nerviosa. El que Oliver utilizó ayer era muy pequeño.

¿Será capaz mi cuerpo de soportar algo más grande?

Mientras recorro la habitación, comprendo que ha retirado el que utilizamos ayer. Todos estos son más largos y anchos, y la base de algunos se ensancha en un ángulo alarmante. Al final encuentro uno cilíndrico y con el extremo acabado en punta. Mide unos diez centímetros de largo.

Jesucristo, tendrá que servir.

Me detengo y, sin necesidad de que diga una palabra, parece percibir que ya he tomado una decisión.

—Ve a la chaise longue —dice.

Me vuelvo, confundida por un instante, hasta que veo un mueble nuevo en la habitación. Estoy casi segura de que ayer no estaba allí y me pregunto cuándo habrán podido entregarlo hoy.

Es de un rojo oscuro e intenso, con una forma ondulada que lo convierte en la chaise longue más extraña que he visto en mi vida.

Me acerco.

—Túmbate.

Uno de los cojines del centro es extraíble y lo coloco en el suelo. Cuando consigo apoyar bien el culo, por fin comprendo para qué sirve el sillón.

Es igual que los adornos: corriente a simple vista, pero con una finalidad sexual oculta. El corazón me da un vuelco cuando reparo en unas discretas correas de tela a ambos lados.

Me acomodo, con las piernas elevadas, el culo más bajo que las rodillas y el cuerpo reclinado, mientras Oliver se acerca a mí.

Lleva un tubo de lubricante en la mano y extiende una fina capa sobre el juguete que he escogido. El sonido húmedo de sus dedos sobre el metal hace que un pequeño escalofrío me recorra el cuerpo.

—¿Preparada? —pregunta.

Asiento y él me clava la mirada.

—Sí. Estoy preparada.

—Buena chica.

Una vez más, esas palabras provocan una liberación, como si algo se aflojara en mi interior.

Se coloca al extremo del sillón. Tengo las piernas cruzadas, en una postura incómoda y poco natural.

Ojalá fuera más sensual, como Bethany, y desprendiera confianza.

En cambio, siento como si mi cuerpo estuviera hecho de líneas rígidas y aristas que se niegan a cooperar.

—¿Prefieres estar boca arriba o a cuatro patas? —pregunta con desenfado, como si quisiera saber si prefiero café o té.

Al mirarlo a los ojos, recuerdo la intensidad de su mirada mientras introducía el juguete en mi interior el día anterior. Fue demasiado y, de alguna forma, no fue suficiente.

—Eh… ¿a cuatro patas? —respondo, todavía insegura de haber tomado la decisión correcta, pero cuanto menos mire a este hombre a los ojos, mejor.

—Buena elección. Date la vuelta y apóyate hasta que estés cómoda. Separa los muslos.

Me doy la vuelta, respirando de forma irregular mientras apoyo los brazos contra la parte más alta del asiento.

Planto las rodillas en los bordes y espero, preguntándome si lo meterá de golpe sin previo aviso.

¿Por qué me excita tanto esa idea?

Me doy cuenta de lo excitada que estoy, de la humedad entre mis piernas que no sentía desde hacía mucho tiempo. Bueno, salvo ayer.

Jadeo cuando un dedo largo recorre mi centro y se introduce de una sola embestida, como si me hubiera leído el pensamiento.

—Joder.

Bajo la cabeza hasta los brazos, avergonzada al sentir lo mojada que ya estoy. No tenía ni idea de que fuera tan pervertida.

—Mmm, estás muy estrecha —dice con conocimiento de causa, mientras me acaricia el culo con la otra mano—. ¿Puedes aceptar otro?

—S… sí.

Un segundo dedo se abre paso junto al primero.

Se detiene y después los retira, y me entra el pánico pensando que, de alguna manera, he hecho algo mal.

Entonces gimo cuando empieza a hundirlos en mí con un ritmo dolorosamente lento que me vuelve loca en cuestión de segundos.

El profundo gemido que emite resulta adictivo y, al cabo de unos minutos, los muslos me tiemblan sin control por permanecer suspendidos en la misma postura.

—Levántate.

Obedezco y apoyo los pies en el suelo, a ambos lados del asiento, mientras noto la punta roma del juguete golpeando mi entrada.

—¿Estás segura de que estás preparada, Lissa?

—Sí.

—Eso está por ver.

Entonces empuja y hago una mueca por su grosor. He elegido el más fino que he encontrado, pero después de un año sin nada, todavía parece demasiado. Gimo y dejo escapar pequeños sonidos entrecortados cuando su otra mano encuentra mi pecho y me pellizca el pezón. Con fuerza.

—Oh, Dios —exhalo, apartándome del contacto por puro reflejo aunque mi cuerpo cobra vida con el dolor.

—Te gusta, ¿verdad?

Una descarga me atraviesa el cuerpo. Y es divina.

—Sí.

Vuelve a apretar, con suavidad al principio.

—¿Recuerdas tus palabras de seguridad?

Asiento y él aprieta con más fuerza.

—Sí —aclaro—. Amarillo y rojo.

—Las utilizarás si las necesitas. Dime que lo entiendes.

—Lo entiendo.

Entonces sus dedos me pellizcan con tanta fuerza que parecen una prensa. Es tan inesperado que grito y, en ese mismo instante, introduce el juguete hasta el fondo. La sensación es tan buena que casi caigo hacia delante sobre el asiento, presa del éxtasis.

Lo saca y después empieza a hundirlo de nuevo en mi interior con embestidas duras e interminables que parecen prolongarse para siempre.

¿He dicho que esta cosa medía diez centímetros? Parece jodidamente enorme.

—Estás preciosa así, Lissa —murmura junto a mi oído mientras su pulgar y su índice me torturan el pezón, estrechando aún más la presión.

Conozco mi palabra de seguridad y espero necesitar usarla en cualquier momento, pero esa mezcla de dolor y placer es lo mejor que he sentido en mi vida.

—Estás temblando para mí, como una buena chica —dice.

Entonces su lengua me roza el cuello y su mano me cubre la boca mientras me corro con violentas convulsiones. ¿Cómo lo sabía?

Mi cuerpo se estremece en oleadas, los músculos me tiemblan como si estuviera a la intemperie muerta de frío, aunque en la habitación hace calor. Casi me siento colocada.

Antes de que pueda recuperarme, me levanta, me da la vuelta y coloca mi cabeza en el extremo más bajo del asiento. Es increíblemente fuerte y me mueve como si no pesara nada.

Sus largas piernas quedan a ambos lados del asiento; es lo bastante alto para erguirse sobre mí y que aún sobre espacio.

Por fin se baja la cremallera de los pantalones y veo su polla por primera vez: al menos veinte centímetros de carne sólida, gruesa, goteando líquido preseminal y dura como el granito.

Quiero tocarlo, pero no me lo ha pedido y solo puedo observar cómo se masturba con urgencia y una fuerza brutal, sin apartar los ojos de mí.

Nuestras miradas permanecen unidas durante lo que parecen minutos interminables mientras se acaricia, gruñendo, con una mano apoyada en el respaldo del sillón.

De pronto se queda inmóvil y el semen brota de su polla, derramándose por todo mi cuello y mis pechos.

—Joder —susurra, respirando con dificultad.

Después se incorpora, vuelve a meterse la polla en los pantalones y me dedica una sonrisa pequeña y lánguida que despierta algo luminoso y peligroso en mi interior, como un hábito adictivo del que no voy a ser capaz de librarme.