11. Lissa
Lissa
—Esta es la vista estándar de un asunto, con el nombre, el abogado y el socio asignados, y la descripción del caso —dice Adelaide mientras se sienta a mi lado, ante mi escritorio, y me enseña los entresijos del programa.
Por suerte, es mucho menos complicado que el sistema de la clínica dental y bastante más intuitivo.
Aunque solo lleva diez minutos enseñándomelo, ya empieza a refrescarme la memoria sobre el trabajo que desempeñé como asistente personal hace muchos años.
Confío en que podré cogerle el tranquillo bastante rápido.
Vamos pasando por las distintas pantallas mientras me explica la jerarquía del equipo que trabaja con Oliver. Tiene quince abogados a su cargo, incluidos cuatro abogados sénior, todos ellos en esta planta.
—¿Hay algún motivo por el que esta planta no sea diáfana como las demás? —pregunto mientras ella me mira con una leve sonrisa.
—Es la preferencia del señor Heath. Le gusta dar a la gente espacio para trabajar sin interrupciones.
Siempre ha detestado los espacios diáfanos e insistió en conservar la distribución original de esta planta cuando compraron el edificio.
Se opusieron, pero él no cedió y, por aquel entonces, hacía ganar mucho dinero al bufete.
—¿Ya no?
—No lo parece, teniendo en cuenta cuánto han tardado en nombrarlo socio de pleno derecho.
Ya debería haber alcanzado ese nivel, pero esto es un club de hombres, y el señor Heath no sigue el juego como ellos quieren.
Se niega a dejarse arrastrar a su pequeña hermandad masculina y sigue insistiendo en cosas tan disparatadas como nombrar a una mujer socia sénior.
Suelto una carcajada por su tono.
—Las mujeres hacemos que las cosas salgan adelante —digo, citando de forma automática algo que Bethany y yo llevamos años repitiéndonos.
Cierro la boca enseguida, preocupada por haber soltado una palabrota delante de Adelaide, hasta que ella me sonríe.
—Joder que sí.
Se levanta, desliza unas carpetas hacia mí y yo vuelvo al trabajo.
Una vez que se sienta ante su escritorio, busco discretamente la información de Oliver en el sistema.
Lleva más de diez años trabajando para AGS y los ojos casi se me salen de las órbitas cuando veo su tarifa por hora. 2.500 dólares.
¿Quién tiene tanto dinero?
—Dijiste que habías trabajado antes en el sector jurídico, ¿verdad? —pregunta Adelaide—. Parece que ya sabes cómo funciona todo. Por cierto, el trabajo que hiciste ayer fue excelente; me ha ahorrado muchas molestias esta mañana.
—Ah. Gracias. Sí, también cursé algunas asignaturas preparatorias de Derecho en la universidad, así que supongo que eso ayuda.
Se asoma por un lado del monitor.
—¿En serio?
—Hasta que cumplí veinte años. Entonces me quedé embarazada y… —James me dijo que lo dejara—. No pude continuar.
—Bueno, se nota. Entiendes cómo deben organizarse las cosas. Además, marcaste con pestañas todas las secciones relevantes de las carpetas sin que yo tuviera siquiera que pedírtelo.
—¿Eran las correctas? Me preocupaba haber interpretado mal alguna parte.
—Eran perfectas.
Asiento, absurdamente satisfecha por haber sido de ayuda, aunque solo haya sido un poco. Cuando trabajaba a las órdenes de Francesca en la clínica dental, solo se dirigía a mí cuando hacía algo mal. Joder, no echo nada de menos aquel sitio.
Está bien saber que, por una vez, he aportado algo positivo.
Seguimos trabajando una frente a la otra durante el resto del día. La oficina continúa tranquila, aunque hoy hay más gente deambulando que ayer.
Varias personas se acercan para hablar con Adelaide sobre casos en los que trabaja Oliver. Sin embargo, casi nadie llama a su puerta.
Tengo la impresión de que la gente lo evita. De entrada, sí parece bastante aterrador. Quizá algunas personas nunca logren superar esa primera impresión.
A primera hora de la tarde, cuando regreso de comer, no me doy cuenta de que Oliver no está en su despacho hasta que aparece en el pasillo hablando con uno de los socios. Mantienen una conversación apresurada y en voz baja mientras Oliver escribe algo en el móvil.
Lleva un traje gris antracita, una impecable camisa blanca y una corbata azul marino, oscura como la medianoche, con una sutil textura tonal. El traje le sienta como un guante y me pregunto dónde lo habrá comprado; es imposible que un traje de confección le siente así.
—Gracias, Ruth, estupendo —dice mientras se lleva el teléfono al oído.
Pasa junto a mi escritorio. Es la primera vez que lo veo desde nuestro encuentro de ayer, pero no me mira ni reconoce siquiera mi existencia.
No lo miro directamente, temerosa de que todo lo que hicimos ayer esté escrito en mi cara. Se detiene ante el escritorio de Adelaide y ella le entrega el correo antes de que entre en su despacho y cierre la puerta.
No sé si agradezco o me decepciona que ni siquiera haya mirado en mi dirección. Empiezo a sentirme más nerviosa.
¿Ya se ha aburrido de mí? ¿Por qué ni siquiera ha mirado hacia aquí?
Sigo dándole vueltas mientras termino de revisar las carpetas restantes. No tenemos que enviarlas hasta dentro de un par de días y estoy casi segura de que voy adelantada.
Adelaide me repite varias veces lo bueno que es mi trabajo, lo cual continúa alegrándome el día.
Me gusta mucho este sitio. El ambiente es relajante y el trabajo no resulta estresante. Es el primer empleo que tengo en el que siento que encajo desde el principio.
—Entonces, hasta mañana —dice Adelaide mientras se pone un largo abrigo morado que estaba colgado detrás de la silla y una bufanda lila. Hasta la funda de su móvil es morada.
—Hasta mañana —respondo.
—Gracias por tu ayuda de hoy. Sabes que puedes marcharte a las seis en punto, ¿verdad? No pienses que tienes que quedarte hasta tarde.
—Ah, no lo haré. Gracias, Adelaide.
—Bien. Deberías plantearte volver a estudiar y convertirte en abogada —dice de pronto, observándome con curiosidad con sus ojos verde claro—. Eres muy inteligente. Y joven. Tienes tiempo de sobra para terminar.
Sonrío débilmente.
—Gracias. Hace mucho que no pienso en ello.
—Pues deberías. Serías una abogada estupenda. También tienes el temperamento adecuado.
—Gracias, Adelaide, te lo agradezco. Que pases buena noche.
Me dedica la primera sonrisa cálida que intercambiamos. Solo es el segundo día, pero ya parece que sus barreras empiezan a caer.
Un minuto después, oigo el aviso del ascensor y ella se sube al ascensor. Tres segundos más tarde se enciende la pequeña luz verde de mi escritorio.
Mordiéndome el labio, me levanto de inmediato y compruebo mi maquillaje en el móvil. Me aplico rápidamente un poco de brillo de labios.
¿Me besará? ¿Hoy podré tocarlo?
Las preguntas se agolpan en mi cabeza mientras me aliso la chaqueta y me dirijo a la puerta del despacho, en el que entro sin llamar.
Oliver está sentado detrás del escritorio, firmando algo cuando entro, y levanta la vista hacia mí. Sus ojos oscuros siguen mi recorrido por la estancia hasta que me detengo frente al escritorio.
—¿Tendrías algún inconveniente en desnudarte de inmediato? —pregunta sin preámbulos.
—Eh…
—Me gusta mirarte —añade, y un vergonzoso rubor me invade las mejillas.
—Sí, está bien.
—Cuando estés preparada, entonces.
La falta de charla me descoloca un poco, pero me recompongo enseguida. Al fin y al cabo, para eso estoy aquí y, si quiero que el dinero siga entrando, solo tengo que acordarme de dejarme guiar por él.
Me quito la ropa con cuidado y la amontono encima de los zapatos, como hice antes.
—Hay una mesa —dice en voz baja, señalando con el bolígrafo un pequeño mueble que ayer no estaba allí—. Puedes dejarlo todo encima. No quiero que vuelvas a poner la ropa en el suelo.
—Lo siento —balbuceo mientras dejo la chaqueta sobre la superficie y recojo los zapatos.
—Lissa.
Me vuelvo hacia él, sintiéndome ridícula.
—Debería explicarme: no quiero que dejes la ropa en el suelo porque después no deberías tener que andar recogiéndola a toda prisa. Durante esta hora del día, este espacio es tan tuyo como mío. He puesto la mesa para tu comodidad. Pero no has hecho nada malo.
Exhalo, molesta porque haya creído necesario aclarármelo y porque la idea de disgustarlo me convierta en un desastre. Es absurdo sentirme tan dolida por haber cometido un error, pero así es.
Me desnudo y, cuando me vuelvo, la misma vergüenza y preocupación palpitan en mi interior.
Me llevo una mano al cuerpo para taparme y me rasco el brazo con torpeza.
Ojalá tuviera una bata o algo parecido. Oliver parece tan pulcro y formal detrás del escritorio que yo me siento por completo expuesta.
Levanta la vista, frunce el ceño al mirar mi brazo y yo lo bajo, cerrando los dedos en un puño, cohibida.
—¿Podrías soltarte el pelo? —pregunta.
Tiro de la goma en la base de la coleta y sacudo la melena. Siempre ha sido ondulada por naturaleza y me cae sobre los hombros.
—Mmm, precioso —dice con un destello en los ojos—. Ven aquí.
Avanzo hacia el escritorio mientras él se levanta, lo rodea y se apoya contra el borde. Contempla mi cuerpo largo rato sin hablar.
Me esfuerzo mucho por no moverme, pero es el examen más minucioso al que nadie ha sometido jamás mi cuerpo y noto el cuello ardiendo por el rubor.
—¿Te avergüenzo? —pregunta, y no sé qué responder.
Sí sería mi respuesta rotunda, pero no quiero ofenderlo.
—Te he hecho una pregunta, Lissa.
Me aclaro la garganta.
—Un poco —contesto, enderezando los hombros.
—No tienes nada de lo que avergonzarte. Eres absolutamente perfecta.
No puedo evitar el pequeño resoplido que se me escapa, aunque intento sofocarlo.
—¿De verdad no lo crees? —pregunta, y sus ojos se endurecen un poco.
¿De verdad parece ofendido?
—Eres preciosa y deberías tratarte con más cariño.
La sinceridad de esas palabras me oprime la garganta. Nadie me ha llamado preciosa jamás o, si James lo hizo alguna vez, lo he olvidado. Bethany lo hace continuamente, claro, pero no es lo mismo.
Sostengo su mirada y tuerzo los labios.
—Lo intentaré.
—Buena chica.