9. Oliver
Oliver
Espero hasta que la puerta se cierre tras Lissa antes de levantarme y empezar a poner el despacho en orden. La polla se me tensa dentro de los pantalones, ansiosa por liberarse, pero la ignoro.
Esta parte me gusta: devolverlo todo metódicamente a su sitio.
No sé muy bien qué me ha llevado a comprar tantos «objetos» para el despacho esta vez. Llevo varios años recurriendo al mismo proveedor y compro cosas de vez en cuando. El asiento también lo tengo desde hace tiempo, pero muchos de los demás artículos son nuevos.
Nunca había usado la escultura hasta hoy. No sé muy bien por qué me había contenido; quizá nunca me pareció adecuada, o quizá las proporciones de Lissa tenían la forma perfecta para ella.
Sea como sea, me alegro de haber esperado. Joder, ha sido muy excitante. Y su cuerpo es perfecto. Podría pasarme el día entero contemplándolo.
Pienso en ella sentada desnuda frente a mi escritorio mientras atiendo una llamada tras otra, contemplando durante horas esa piel de alabastro. La polla empieza a gotear.
Esto no ayuda.
Tardo unos diez minutos en limpiarlo todo y dejarlo como estaba y, al terminar, regreso al escritorio y echo un vistazo a la bandeja de entrada.
Como de costumbre, tengo varios correos de trabajo que aún no he leído, y hay una solicitud de Thomas Burton, el socio director, para reunirnos dentro de unos días. Espero que eso signifique que están pensando en ascenderme a socio de capital. Por fin. Ya he esperado bastante.
Vuelvo al trabajo y la erección se me baja deprisa mientras leo los furiosos intercambios entre mis clientes, que no paran de exigirse cosas el uno al otro.
Toda una vida juntos reducida a lo que pueden sacar al final de ella.
Como si el matrimonio solo tuviera que ver con el dinero y las posesiones, y no con el amor.
Respiro hondo y suelto el aire despacio. Las relaciones son cosas que les ocurren a los demás.
Miro hacia la puerta y después dejo que mis ojos vuelvan a la escultura, ya de nuevo en su sitio, a buen recaudo, para que nadie pueda imaginar jamás para qué se ha utilizado.
Me gustan esas cosas: tener a mi alrededor objetos con una doble función. Un socio podría sentarse en mi despacho sin saber jamás que decenas de los objetos que hay dentro están destinados al placer.
Me quedo mirando la puerta, pensando en Lissa.
De momento, me servirá. Es receptiva y obedece las órdenes, y eso es lo único que importa.
Además, no se parece en nada a Melony, la última acompañante que tuve, que consiguió sacarme de quicio a los tres minutos de conocerla.
Lissa se va casi demasiado al extremo opuesto. Demasiado callada. Demasiado nerviosa.
Pero pienso hacer que se le quite cuanto antes.
Para mí es importante que ella se corra tantas veces como yo, si no más. Ver cómo una mujer se deshace de placer por mí es lo mejor de estos acuerdos.
Además, así no tendrá que verme desnudo en mucho tiempo, lo que me viene de maravilla.
Unos minutos después, me levanto, decido que ya he trabajado bastante por hoy y cruzo la habitación para recoger la chaqueta de la silla sobre la que la he tirado a toda prisa.
Antes de marcharme, compruebo otra vez que no haya dejado nada comprometedor a la vista. No quiero asustar a Adelaide cuando venga mañana por la mañana a dejar unos expedientes.
Salgo del despacho, bajo en ascensor hasta la planta baja y entro en la zona de recepción.
Al entrar en el aparcamiento, desbloqueo mi Bugatti Chiron con un giro de muñeca. Es completamente negro, elegante y precioso, y, en cuanto me acomodo en el asiento, me hace sentir bien.
El rugido del motor en el espacio cerrado del aparcamiento tampoco está nada mal, y disfruto acelerando en las curvas de cada planta hasta alcanzar la salida e incorporarme al tráfico de Nueva York, rumbo a casa de mi madre.
Paso las manos por el volante mientras serpenteo entre el tráfico, sin importarme siquiera que hoy todas las calles estén colapsadas.
No tengo prisa.
Mi madre vive en un barrio precioso frente a Central Park.
Cuando se mudó allí, no era más que un piso de dos dormitorios.
Pero, desde entonces, he comprado los pisos situados a ambos lados del suyo y hemos reconstruido por completo el espacio.
Vive sola, salvo por los gatos ragdoll que no para de acumular.
La última vez que los conté, había siete de esas pequeñas bolas de pelo.
Me detengo junto a los escalones que suben hasta su casa y salgo, disfrutando de la sensación del sol en la cara y escuchando los chillidos de los niños que corren por el parque a mi espalda.
Subo los escalones a paso ligero y entro mientras oigo maullidos por todas partes. Los gatos saben que el clic de la puerta suele significar comida y se arremolinan alrededor de mis piernas cuando cojo a uno en brazos. Voy a acabar con el traje cubierto de pelos, pero me da igual.
La gata —estoy bastante seguro de que se llama Belinda— empieza a ronronear y cierra sus brillantes ojos azules mientras le acaricio la cabeza. Lleva un collar rosa de estrás y tiene un aspecto completamente ridículo.
Avanzo por el pasillo, sobre la moqueta de color crema, y miro hacia el salón en busca de alguna señal de mi madre mientras admiro las flores de vivos colores que ocupan casi todas las superficies. Siempre le ha encantado la primavera.
—¿Ollie? ¿Eres tú? —grita desde algún sitio.
—Hola, mamá. ¿Dónde estás?
—En mi estudio.
Dejo a la gata sobre una silla y voy a buscarla, mientras todas las pequeñas bestias pasan corriendo a mi lado, empeñadas en hacerme tropezar.
—Deberías dar de comer a estos animales —digo con una leve sonrisa mientras me apoyo en el marco de la puerta del estudio de arte de mi madre. Le encanta pintar, pero sus dibujos a carboncillo son mis favoritos.
Está trabajando en uno de mí, de espaldas a ella, en el que solo se ven mi barbilla y mi nariz. Me hace parecer mucho más atractivo de lo que soy.
—Hace casi seis horas que no les doy de comer; es evidente que las pobres criaturas se están consumiendo —dice con sarcasmo.
Se levanta del asiento que ocupa frente a uno de los caballetes y acerca el andador hacia ella. Reprimo el impulso de ayudarla; es perfectamente capaz de moverse sola, pero odio verla esforzarse.
—¿Natalia sigue aquí? —pregunto mientras me fulmina con la mirada.
—Sí. No deberías pagarle los siete días de la semana. Ya te he dicho que no la necesito los domingos. Estoy en la iglesia, y es una pérdida de tiempo para ella y de tu dinero.
—Le pago los siete días de la semana por si la necesitas, mamá. Esa es la idea.
—Hazle caso al chico —dice una voz desde la otra habitación mientras una mujer hispana y menuda pasa como una exhalación junto a mí y coge a mi madre del brazo para sujetarla contra el marco. Mi madre la mira con el ceño fruncido.
—Deja de atosigarme —masculla.
—Deja de discutir —replica Natalia, y las dos se enzarzan en una disputa juguetona, como dos gallinas cluecas. Recorremos el pasillo en dirección a una pequeña salita situada en la parte delantera de la casa.
La vista desde la ventana es preciosa; los colores de la primavera se extienden por todo el parque ahora que a los árboles empiezan a salirles hojas.
Mi madre se sienta con el ceño fruncido mientras Natalia vuelve a salir apresuradamente de la habitación. Regresa en un abrir y cerrar de ojos con café y un surtido de galletas.
—Deberías estar en casa con tu familia —insiste mi madre, y Natalia me lanza una mirada cansada mientras niega con la cabeza y se marcha.
—¿Quieres que te suba el sueldo? —le grito, y ella suelta una carcajada de júbilo.
Ya le pago por encima de la tarifa máxima de una asistenta a jornada completa, y no me importa. Le pagaría el triple por aguantar a Anne Heath. Por mucho que quiera a mi madre, es una mujer beligerante y obstinada que jamás permite que nadie la ayude.
Mi madre aparta el andador y yo me levanto para colocarlo detrás de ella, de modo que pueda alcanzarlo con facilidad.
Hay fuego en la chimenea aunque ya no sea invierno, y crepita alegremente entre nosotros mientras mi madre sirve el café.
Es descafeinado, como todas las demás bebidas de la casa, y huele de maravilla.
Ha llenado una taza y está empezando con la otra cuando el brazo le tiembla. Le quito con suavidad la cafetera de la mano, y ella hace un gesto desdeñoso y se sienta.
Mi madre tiene tantas lesiones, cortesía de mi difunto padre, que apenas recuerdo cuáles le causan más molestias. La columna vertebral es la principal preocupación y este año le ha ocasionado más problemas que ninguna otra cosa.
Le pago sesiones de fisioterapia dos veces por semana y una visita mensual al quiropráctico.
Se queja constantemente de que no los necesita, pero desde que empezó a seguir sus recomendaciones y a hacer estiramientos y ejercicios con más regularidad, el dolor ha disminuido un poco.
Natalia no le permite escaquearse de sus rutinas diarias, y la adoro por ello.
—Es demasiado cara —dice mientras cojo dos galletas y las pongo en mi plato. Son mis favoritas: chocolate por fuera, caramelo justo debajo de la superficie y una galleta de mantequilla tan tierna que se deshace en la boca. Deliciosas.
—El dinero no importa, mamá. Se va a quedar aquí a menos que la despidas, y eso le partiría el corazón en dos.
—Se pasa todo el tiempo hablando conmigo. Apenas hace nada en esta casa —protesta mi madre.
—¿Necesitas que limpie más?
—¿Qué? Claro que no. Esta casa está impoluta.
—Entonces, ¿por qué estamos discutiendo?
—No me gusta —refunfuña—. Deberías gastar el dinero en una joven agradable.
—¿Quién dice que no puedo hacer ambas cosas?
Levanta la vista, pero niega con la cabeza y frunce el ceño. Me conoce demasiado bien para preguntarme por mi vida amorosa. Nunca ha habido nadie. Esa es la cruda realidad. Ninguna mujer me querría a largo plazo.
—¿Qué tal tienes la espalda? —pregunto. Es una pregunta familiar y reconfortante, como un peso entre nosotros que vuelve a irritarla al instante.
—Está mucho mejor. Aunque el fisioterapeuta es satánico. Está claro que ha venido a este mundo para provocarme un infarto.
—Bien, bien —murmuro, tomando un sorbo de café mientras ella me fulmina con la mirada.
—¿Qué tal va el trabajo? ¿Han concertado ya la reunión?
—Tom me ha pedido que nos reunamos dentro de unos días.
—Me contarás cómo ha ido, ¿verdad?
—Por supuesto.
—¿Te quedas a cenar? —grita Natalia desde la cocina, y miro a mi madre, que pone los ojos en blanco, derrotada.
—¿Qué estás preparando? —le grito.
—Ve a hablar con ella si quieres hacerle una pregun...
—¡Pastel de pollo!
—¡Me quedo! —respondo a voz en grito, acomodándome en la silla y contemplando el fuego.
—Vosotros dos vais a acabar conmigo —murmura mi madre mientras bebe un sorbo de café. Después me mira de reojo y arruga la frente—. Me encanta verte, Ollie, pero necesitas otras cosas en tu vida aparte de tu madre y el trabajo.
—Tengo mis coches —concedo, y ella se ríe.
—¿Esa monstruosidad negra de ahí fuera es tuya?
—Sí.
—Es ridícula.
—Gracias.
Vuelve a negar con la cabeza, sonriéndome con cariño, y permanecemos sentados un momento en un silencio apacible.
Belinda entra con paso indolente en la habitación y salta al regazo de mamá.
—Menos mal que tengo a mis bebés. Al menos ellos me entienden.
Pongo los ojos en blanco y me río mientras mamá rasca a Belinda bajo la barbilla y ella ronronea como una motosierra.