8. Lissa #3
—¿Sí o no? No pasa absolutamente nada si la respuesta es no. Estaré encantado de continuar como hasta ahora.
Sigo mirándolo durante lo que parece un momento interminable y, por fin, asiento.
—Sí. Eso creo —consigo decir, y la forma en que sus labios se curvan con satisfacción hace que quiera aceptar todo cuanto me proponga.
Quiero conseguir que ponga esa cara todo el tiempo.
Se levanta y acerca el juguete a mi boca mientras una de sus manos sube para rodearme el cuello con delicadeza. Es un contacto suave, apenas perceptible, pero posesivo y firme. Me ancla.
—Mójelo para mí, Lissa.
Frota el borde contra mis labios hasta que los abro y me lo introduce en la boca. Está frío, más frío de lo que esperaba, y levanto los ojos hacia él, insegura de lo que quiere.
Sus ojos oscuros me atraviesan con un deseo tan intenso que apenas puedo respirar.
Muevo la lengua a su alrededor mientras él lo empuja dentro de mi boca, hacia delante y hacia atrás, primero con suavidad y luego con fuerza.
Su expresión resulta difícil de interpretar, pero la lujuria de sus ojos es innegable.
—Muy bien. —Lo saca—. Iré despacio.
Lo baja hacia mis muslos abiertos, pero, en cuanto entra en contacto con mi piel, me tenso.
—¿Necesita que pare? —Niego con la cabeza—. Con palabras, Lissa.
—No —digo—. Es solo que... —Me detengo. No puedo decirle nada útil como «hace años». Para él no tendría sentido que llevara sin mantener relaciones sexuales desde...
Ay, joder.
La punta penetra en mí, lenta y constante, ensanchándose y engrosándose mientras él sigue empujando, con la mano aún sobre mi garganta.
Gimo y elevo las caderas mientras sigue introduciéndolo. De repente, quiero que lo haga con más fuerza. Hay algo en el fondo de mi mente que necesita que lo hunda dentro de mí, que me haga daño, que me haga sentir algo.
Y entonces lo hace. Como si, en ese instante, pudiera leerme el pensamiento, y de pronto lo introduce entero dentro de mí con una única y brutal embestida. Aparta la mano de mi garganta y me cubre la boca cuando dejo escapar un grito ahogado.
Joder, qué bien sienta.
—¿Está bien?
Asiento, pero parece capaz de leer en mi rostro cuánto me gusta; ahora no necesita palabras.
¿Cómo puede este hombre, que apenas me conoce, entenderme ya tan bien?
Empieza a embestir y pierdo la cabeza por completo. Me retuerzo sobre el asiento improvisado, mientras su mano permanece siempre en algún lugar de mi cuerpo: en la garganta, en la boca, acariciándome los pechos mientras me da placer.
Nunca había sentido nada parecido. Este placer visceral, demencialmente intenso. Está totalmente concentrado en hacer que me corra, y eso es lo único que quiero hacer.
Tengo las piernas completamente abiertas, su mano se mueve con un ritmo constante y los sonidos húmedos de mi cuerpo me vuelven loca hasta que empiezo a estremecerme y me tiemblan los muslos.
—Dios mío.
Nunca he sido ruidosa durante el sexo. Era más fácil guardar silencio, por si hacía algo mal. Pero hoy podría derribar a gritos el edificio entero.
—¿Va a correrse para mí, Lissa? —pregunta—. Estoy aquí para usted, tarde lo que tarde.
Eso es todo. Mi cuerpo se cierra alrededor de la forma que tengo dentro mientras él la hunde hasta una profundidad imposible, con sus dedos también en mi interior, y me contraigo con tanta fuerza a su alrededor que veo las estrellas.
Es el mejor orgasmo de mi vida. Ninguno de los demás se le acerca siquiera.
Me desplomo contra la pared. Él retira la mano de mi garganta y me observa durante un minuto con la misma expresión de aprobación en los ojos.
—Voy a sacarlo ahora. Seré todo lo cuidadoso que pueda.
Lo extrae y lo deja a un lado, apoyado sobre uno de sus extremos mientras reluce bajo la tenue luz de la habitación.
Sigo sin aliento, jadeando, mientras sus grandes manos me levantan con elegancia y vuelven a depositarme en el suelo. Me cuesta mantener el equilibrio, y me sostiene un momento mientras me apoyo contra él. Huele bien, a detergente para la ropa y a desodorante especiado.
Y entonces me suelta y vuelve a sentarse detrás de su escritorio. El cambio resulta brusco y desagradable después de la intimidad de lo que acaba de ocurrir.
Lo miro, decepcionada, y enseguida me recompongo.
Jesús, céntrate, Lissa. Este es tu puto trabajo.
Me pregunto si debería hacer algo vulgar, como darle las gracias o decirle que ha sido una experiencia que me ha cambiado la vida por completo, pero, en lugar de eso, me limito a acercarme al montón de ropa y vestirme despacio.
Ni siquiera me he ofrecido a devolverle el favor. ¿En qué demonios estaba pensando? Mierda.
—¿Necesita algo? —pregunto con torpeza cuando estoy lista para marcharme. Se me revuelve el estómago al darme cuenta de que son las cinco y media. He pasado menos de una hora en su compañía y él ni siquiera se ha corrido.
—No, gracias, Lissa. Ha sido suficiente.
Suficiente.
—Entonces, ¿nos vemos mañana?
—Sí. Que pase una buena tarde.
No levanta la mirada mientras abandono la habitación, y salgo de la oficina sumida en una bruma posorgásmica.